IV

Llegaron días en que don Alonso Blázquez Serrano creyó sentir el acecho

de las peores especies demoníacas descritas por los teólogos. Su ánima

brioso y brillante se hundió, sin remedio, en las más obscuras regiones

de la melancolía. Un pavor enfermizo le agitaba continuamente. Su

elocuencia trocose en mutismo; su antigua arrogancia, en el más profundo

convencimiento de la propia indignidad; su exaltado amor a la vida, en

el desvío total de todo goce, de todo triunfo.

¿Hacia qué corredor lleno de celadas había enderezado sus pasos? ¿Qué

escalera de maleficios habíase puesto a descender a la vejez? Todo se le

tornaba contrario; y él mismo se comparaba al infelice Laoconte sofocado

por la serpiente.

--¿Por qué, por qué? ¡oh cielos!--exclamaba a veces, dirigiendo la

mirada hacia lo alto, como si protestara contra el ensañamiento de la

divinidad.

Por el contrario, en los instantes de contrición, acusábase a sí mismo

de graves culpas imaginarias; y rememorando las paganas orgías de otro

tiempo, sus viejas patrañas de burlador, su afición a las riquezas, su

desmedida vanagloria, llegaba a considerarse como un pecador

empedernido, como un alma obscura y miserable manchada por toda clase de

crímenes.

La adversidad había esperado para llagarle el corazón los años de

senectud; y, a la par de los abrumadores quebrantos, el mismo mundo

material cobraba una vida hostil en torno suyo. Hasta las cosas

familiares entraban en el temeroso encantamiento: una inmóvil colgadura,

un paño negro, un antiguo retrato de familia, un espejo, una daga,

exhalaban a veces, para él un sentido perturbador, vahos de espanto y de

demencia. Hubiérase dicho que ciertos objetos buscaban expresarle

lúgubres presagios.

Hízose entonces más devoto que nunca, redobló las penitencias, inventó

cilicios especiales y feroces disciplinas, sumergiose en incesante

plegaria. Su espíritu, hastiado del mundo, buscaba ahora confortarse con

el ensueño de la otra vida; pero allí también hallose con tremenda

incertidumbre: ¡el destino de su alma, su salvación! La eternidad de los

castigos infernales fue muy pronto una idea vertiginosa, que anonadaba

su mente. Entretanto, Jesús y la Virgen ya no eran las claras figuras

desprendidas de los cuadros de Italia, sino luengos y pálidos espectros,

bañados en un sudor de purgatorio, y cuyas pupilas parecían contemplar

continuamente el dolor de las ánimas condenadas.

Aquel caballero filósofo, que se había burlado siempre de los bajos

temores, y para quien el riesgo diario de las aventuras había sido la

mejor espuela del ánimo, humillaba ahora su frente, cargada de miedo, y

temblaba de una nada, de una visión, de una sombra. El anochecer era la

hora terrible. La última luz del crepúsculo, agonizando estremecida en

los interiores, le sumergía en ansiedad inexplicable. A veces, imágenes

de cadalsos, de quemaderos, de arcas mortuorias, aparecían en la

penumbra; llamaba entonces a sus criados con brusquedad, y, mandando

cerrar las ventanas, hacía encender sobre las mesas, sobre los

contadores, sobre todos los muebles, numerosos candelabros, candelabros

traídos de todas las estancias. Pero aun en medio de aquella

deslumbradora luminaria, de aquel incendio de cera que reverberaba en su

rostro, veíasele palidecer y pasarse la crispada mano por la frente,

como si buscara arrancarse, a pedazos, alguna visión.

No faltaban, por cierto, razones a su dolencia. Los desengaños

cortesanos fueron el comienzo de su desgracia. Don Alonso, durante la

bienandanza de Antonio Pérez, había ofrecido en su honor festines y

cacerías, llegando a obtener de sus labios la espontánea promesa de

hacerle otorgar, en la primera ocasión, una silla en el Consejo de

Italia. Luego, cuando la estruendosa caída del privado, y aun después de

la fuga, el caballero avilés, fiel a sus principios de lealtad, fue

quizás el único palaciego que osara defenderle. Esto bastó. Una consigna

sigilosa bajó de lo alto. Se le hizo sufrir toda suerte de

humillaciones, se le postergó en las ceremonias, se le vejó ante las

damas, sus memoriales fueron a dar a los braseros. Algunos eclesiásticos

le abordaban dulcemente y le proponían, cual si fuera por mero

esparcimiento, teológicos problemas que rozaban el dogma. Estaba

perdido. Aquel hijodalgo que creía no conocer el miedo conoció el

terror, un terror sobrenatural, un terror por encima del coraje del

hombre. Era el maleficio, el aojo del Rey.

Su varonil empaque tomó entonces un aspecto doblegado y taciturno. Su

tez cobró un tinte macilento. Las antiguas cuartanas reaparecieron.

En aquella sazón, un pintor, a quien llamaban el Greco, hízole su

retrato. Peregrina pintura, en la cual podía descifrarse el secreto

íntimo del hombre, mejor que en su semblante verdadero, como si el

artista hubiese untado el pincel en la substancia viviente del rencor,

de la melancolía, del orgullo. Alta lechuguilla exornaba el rostro

amarillado y patético. Se veía que el interno brasero de las pasiones

extremas desecaba la carne y atosigaba y torcía los humores. El iris y

la pupila, estriados de biliosas agujas, verdegueaban bajo un fluido

transparente, que parecía renovarse sin cesar, como el de una mirada

viva, y la boca se encogía bajo el mostacho, como si luchara por

contener algún altivo denuesto. Máscara tiesa de cortesano disfrazando a

medias la honra colérica, el brío estrangulado.

Al mismo tiempo un apaciguamiento místico y una luz de religiosa

esperanza parecían envolver la figura y formar la atmósfera del cuadro.

Cuando don Alonso, ahitado de la corte y viendo venir la ancianidad,

determinó refugiarse en su propia mansión, contando repartir los años

que le restaban entre el amor de su hija y el goce tranquilo de los

tesoros de curiosidad y de arte, aglomerados en las señoriles estancias,

nuevos infortunios, cada vez más inesperados y violentos, vinieron a

buscarle allí mismo y a poner en peligro su honra, su libertad, su

linaje y hasta su último resto de dicha en la tierra.

Don Alonso amaba a Beatriz con amor ciego y tolerante de padre mundano.

La educación que él la diera no había consistido sino en ceder a todos

sus antojos, en seguir embobado todos los sesgos de su veleidoso

espiritillo. Una caricia de aquella manita diablesca, un oportuno

gimoteo, bastaban para que el ruego más descabellado le pareciese al

hidalgo la más razonable exigencia. Con esta blandura corruptora creía

agregar al propio afecto el de la madre ausente, a quien el nacimiento

de su única hija habíala costado la vida.

Tomole maestros de danza, de canto, de vihuela; de todas las cosas que

se aprenden sin dolor y ofrecen más tarde nuevos licores a la juvenil

embriaguez. Espantábale someter aquella cabecita de ángel pelinegro a

cualquier esfuerzo penoso. A los quince años, la niña sabía apenas

deletrear. El arte de la labor le era desconocida. Su séquito de dueñas,

antes la servía para mantener en torno suyo el aparato ceremonial, que

para custodiar su persona; y como su padre pasaba tanto tiempo en la

corte, Beatriz gobernaba el solar a su antojo, cual infanta levantisca.

Sin embargo, doña Alvarez, que había aprendido su oficio en las grandes

casas de Madrid, solía dirigirla, ante los extraños, severos

apercibimientos, que ella escuchaba con mohín mentiroso de enfado,

comprendiendo que todo aquello contribuía a presentarla como una joya

delicadísima, como un ser exquisito y precioso rodeado de las más

atildadas precauciones.

De esta guisa, sabiamente aleccionada, comenzó a llenar Beatriz su

misión en la tierra: reír, vestir hechiceramente, hacer cada vez más

ligera su danza, salpicar a cada giro del faldellín un rocío de

fascinación. De alambique en alambique, llegó a ser una verdadera

quintaesencia de cortesanía y de embeleso. Todo lo que era pesado o boto

para el amor desapareció de su menuda persona, no quedando sino lo

vivaz, lo mondo, lo agudo, lo picante, el grano concentrado de especia,

el clavo de olor, capaz de perfumar a un tiempo innumerables deseos.

A pesar de su celoso cariño, don Alonso deseaba casarla temprano, con

algún mancebo capaz de mantener el lustre de la sangre. Ramiro se le

impuso con predilección exclusiva. Todo, en aquel descendiente de

ilustres caballeros, la precoz seriedad, el porte, el discurso, le

inspiraban el presentimiento de una vida llamada a las más heroicas

empresas. Además, había notado que cada vez que pronunciaba su nombre

delante de Beatriz, el rostro de la doncella se coloreaba al pronto de

instantáneo rubor. Llevola tan sólo una vez a la corte para no poner en

peligro su propósito, y trató de alejar a los hermanos San Vicente, cuya

familiaridad debía inspirar a Ramiro perpetua desconfianza. Para esto

ordenó a doña Alvarez que, así como Gonzalo o Pedro se presentasen de

visita, estando él ausente, les hiciera decir que Beatriz no podía

recibirles mientras su padre no regresara de la corte.

El segundón fue el primero en llegar. Al escuchar la consigna, pensó que

fuera cosa de la servidumbre, y como venía de una taberna, quiso entrar

de buen o mal grado, amenazando abrirse paso con la espada; pero los

porteros, dispuestos a morir en el umbral, permanecieron inconmovibles.

Gonzalo, por su parte, tomó un camino más seguro: el soborno de doña

Alvarez. Como los cuartos se trocaron en reales y los reales en

doblones, la dueña se fue ablandando como correaje en el unto, y el

mancebo pudo contar, en la misma alcoba de su amada, con una nueva

Celestina de prodigiosos ardides.

El rumor de aquel violento desaire corrió por la ciudad y fue el origen

de un odio acerbo entre las dos familias. Doña Urraca tomó a su cargo la

venganza. El favor de que gozaba su marido en la corte, a más del cargo

de comisario del Santo Oficio, serían armas sobradas para abatir algún

día la soberbia de su pariente.

Por aquel tiempo, cierta noche de verano, don Alonso encontró sobre un

bufete de su cámara un papel misterioso. Interrogó a los criados y a las

dueñas. Nadie supo responder. Se le decía, sin firma alguna, que Ramiro

era hijo de moro. Riose de aquella ridícula especie, y mientras

despedazaba el papel, recordó la anterior invención sobre la complicidad

del mancebo con los conspiradores de la morería. Los meses pasaron. Por

fin, pocos días antes de la muerte de don Íñigo, volvió a recibir un

billete en el cual le manifestaban que Ramiro era hijo de doña Guiomar

de la Hoz y de un moro de Córdoba; y que si acudía tal día, a tal sitio

y a tal hora, se le haría conocer toda la historia del nacimiento.

Don Alonso dirigiose al lugar de la cita, acompañado de un solo lacayo.

Era una cuesta, poco antes de llegar a la Encarnación, donde el rumor de

una fuente ablanda la aspereza del paraje. Cuando le pareció que había

sido burlado, un hombre menudo y encogido salió por detrás de una

encina. Era Diego Franco, el campanero de la Catedral. Gorra en mano, y

acechando al hablar con sus ojos pequeños y vivos todo el contorno,

repitió la historia que Medrano le había referido, en lo alto de la

torre, durante una hora de beodez. Juraba por todos los santos, daba los

más verosímiles indicios, y afirmaba que cuando doña Guiomar se había

casado con el caballero Lope de Alcántara ya estaba preñada del moro.

Sólo entonces, relacionando con aquella narración ciertos pormenores que

él había observado indiferentemente en casa de don Íñigo, concibió don

Alonso la primera sospecha. Pensó en la llegada tan misteriosa del padre

y la hija para no volver, nunca más, a su casa de Segovia; en el

nacimiento de Ramiro en Avila a los pocos meses; en la vida claustral

que llevaron durante algunos años; en la constante melancolía de doña

Guiomar; en la escasa afección del anciano por su nieto; en el silencio

que rodeaba la memoria de aquel Lope de Alcántara, muerto, sin embargo,

tan gloriosamente por su Rey. La denuncia resultaba asaz verosímil. ¿Qué

hacer? Había un medio de saberlo: preguntárselo derechamente a don

Íñigo. Pero su viejo amigo estaba concluyendo.--No importa--se dijo, y,

aquella misma tarde, se dirigió a la casa del moribundo.

El anciano estaba rígido en el lecho. Como se esperaba su muerte por

momentos, habíanle vestido el manto todo blanco que prescribía para

aquel último trance la regla de Santiago. Sostenía su cabeza el mismo

cojín de cuero verde sobre el cual su esposa doña Brianda había exhalado

el último suspiro.

Don Alonso pidió que les dejaran a solas. Cuando todos se retiraron, el

moribundo bajó tristemente los ojos hacia el amigo. Entonces Blázquez

Serrano pidiole disculpas de venir a turbar aquellos momentos de

saludable meditación; pero se trataba, dijo, de un asunto harto grave y

venía a exigirle el postrer homenaje a la amistad que les había ligado

hasta entonces.

--Vuesa merced se va--exclamó;--pero yo quedo, y solamente la palabra de

vuesa merced puede auxiliarme en esta cuita.

Luego declaró su deseo de casar a Beatriz con Ramiro, y refirió la

denuncia que acababa de llegarle.

--Yo sospecho que vuestro nieto es víctima de una villana calumnia; pero

en caso contrario--añadió don Alonso acercando su rostro al rostro del

anciano y tomando el tratamiento familiar,--en caso contrario, vos, mi

grande amigo, no permitiréis que esa desventura se extienda hasta mi

casa. Por Nuestro señor Jesucristo, decidme, aquí a solas, agora que

nadie nos escucha: ¿es esto verdad?

Don Íñigo parecía no haber oído un solo vocablo, como si su espíritu

flotara en región demasiado lejana; pero de pronto sus grandes ojos,

donde la vida se apagaba como la última penumbra en agua inmóvil y

triste, comenzaron a manar, sin el menor movimiento de los párpados, un

humor abundoso, un flujo de lágrimas. Poco después, entreabrió

lentamente la boca, y una sola sílaba, pronunciada con fuerza, como por

otro ser invisible, una sílaba que era todo un inmenso dolor, resonó en

el silencio:

--¡Sí!--dijo don Íñigo.

Y fue un sí espectral, lúgubre, un largo sí de otro mundo. Ultimo

aliento, última burbuja de aquel espíritu que se hundía para siempre en

el mar de la eternidad.

* * * * *

Pocos días después aparecieron en Avila los pasquines sediciosos, y

aunque don Alonso, prevenido y aconsejado por el mismo don Diego,

habíase marchado la víspera a la corte, el señor de San Vicente y su

esposa, en una plática de sobremesa, soplaron su nombre al doctor Pareja

de Peralta, alcalde de corte enviado por el Rey. La intimidad de

Blázquez Serrano con los culpables hacía verosímil la denuncia, con sólo

presentarle como a uno de esos vasallos hipócritas que dan su sonrisa al

monarca y el corazón a los rebeldes, y se hacen encontradizos en

palacio, justamente cuando va a estallar en algún punto del reino la

mina que ellos mismos ayudaron a socavar.

Una carta de su maestresala trájole la primer advertencia. Por ella supo

don Alonso que, en la tarde del 21 de octubre, un hato de ministros de

justicia había invadido su mansión, penetrando en todas las cuadras,

revolviendo armarios y arcones, descajonando hasta el último escritorio

y concluyendo por llevarse un gran fajo de papeles y un sello de

amatista con las armas de Bracamonte. El y otros criados habían querido

impedirlo, pero el alguacil les había amenazado con la horca, invocando

el nombre de Su Majestad.

Don Alonso resolvió trasladarse a Avila, sin pérdida de tiempo, para

tranquilizar a su hija y desbaratar las calumnias. La intriga estaba

hábilmente urdida y, aunque los mismos papeles secuestrados comprobaban

su inocencia, el sofisma procesal torturó los hechos y los vocablos. Por

fin, la generosa intervención del prior de Santo Tomás vino a socorrerle

al borde mismo del derrumbadero, paralizando la causa.

Sin embargo, pocos días después de la ejecución de Bracamonte, y no sin

prevenir de antemano al Corregidor, marchose don Alonso para Madrid, con

el propósito de pedir amparo a su amigo el Conde de Chinchón y arrojarse

a los pies del soberano protestando de su inocencia.

Felipe Segundo se hallaba todavía en El Escorial, y don Alonso prosiguió

su viaje con una carta del Conde. Durante el camino, reclinado en los

cojines del coche, fue componiendo en su mente dramático discurso, con

el cual contaba conmover el corazón del monarca. Ensayaba la mímica y la

voz, trocaba un vocablo por otro, rehacía toda una frase y, lleno de

confianza, cumplimentábase a sí mismo por el hallazgo de un epíteto más

culto o de un hipérbaton más elegante.

Dos días tardó en hacerse conceder una audiencia. El Caballerizo Mayor

le condujo.

El Rey se hallaba en la antecámara de su celda, y llenos estaban los

vecinos corredores de gente togada, de frailes, de clérigos, de

cortesanos. Todo un mundo vestido de ropas negras o pardas que se movía

con actividad silenciosa y grave.

El sol de otoño inundaba el cuartujo monástico donde eran recibidos los

embajadores. Don Alonso respiró al entrar un tufo de ungüentos

medicinales. Dos anchos bufetes cargados de papeles ocupaban el fondo.

En uno de ellos trabajaba Rodrigo Vásquez, en el otro un hombrecillo

hirsuto y barbinegro que don Alonso no conocía. Fray Diego de Chaves,

acercándose a una de las ventanas, púsose a mirar hacia el campo.

El monarca más poderoso de la tierra, el rey taciturno y papelero,

estaba sentado en una silla frailuna, con una pierna extendida sobre un

taburete y el codo apoyado en una tosca mesa de roble, anotando sin

cesar, con su propia mano, pilas enormes de documentos. En pie, a su

izquierda, Santoyo, su ayuda de Cámara, tomaba las fojas y espolvoreaba

de arenilla la reciente escritura.

Felipe Segundo debía de estar harto enfermo. Su tez había cobrado opaco

blancor de yeso humedecido.

No se oía en la estancia otro murmullo que el rasguear incesante de las

péñolas en el papel.

Afuera el aire resplandecía y el cielo azul brillaba como un límpido

esmalte sobre la austera y rocosa campiña. Por momentos el Rey levantaba

la cabeza para meditar, y la luz que entraba por los vidrios desteñía

del todo sus pupilas quietas y aceradas de serpiente.

Don Alonso esperaba junto a la puerta, y, para distraer su emoción,

desviaba por momentos los ojos hacia una extraña pintura suspendida del

muro: loca apariencia, de zodíaco infernal, lleno de condenados y

demonios.

Aquel monarca no precisaba del aparato de los tronos. Cuando llegó el

momento de entregarle la esquela del Conde y doblar ante él la rodilla,

don Alonso sintiose temblar de la cabeza a los pies. El Rey leyó

brevemente. Luego, su boca fría, violácea y duramente crispada hacia

adentro, como si mordiese ya la acre ceniza de todas las glorias del

mundo, dejó escapar, moviendo levemente los labios, una voz apenas

perceptible:

--Si fueseis tan leal vasallo como el Conde asegura--dijo--bien

pudisteis prevenirnos de la aleve traición que se tramaba a vuestra

vista.

Don Alonso quiso entonces decir lo que llevaba ordenado en su memoria;

pero sus ojos se encontraron con los del Rey, y su razón, inhibida de

pronto, no halló sino vocablos importunos, deshilados, inocuos:

--¡Vuesa Majestad no debe dudar... yo nunca imaginé... soy todo

inocente!

El Rey le detuvo con un ceño y sus labios volvieron a moverse. Pero esta

vez nadie, ni acercando el oído a su rostro, hubiera podido distinguir

una sola palabra. Era como el monótono zumbido de un insecto, el mismo

lenguaje incomprensible y sordo que exasperaba a los emisarios de otros

soberanos.

Por último, la mano que descansaba asida a la cadena de oro del toisón,

una mano de cadavérica blancura, levantose en el aire señalando la

puerta; y como don Alonso vacilara, el regio ademán acentuose con un

estremecimiento perentorio del índice. Toda réplica hubiera sido fatal.

El caballero obedeció.

* * * * *

Cuando Blázquez Serrano se halló de nuevo a solas, en su coche, camino

de Avila, el fuego de la honra comenzó a encenderle la sangre. Ya no

quería seguir meditando en la enormidad del ultraje recibido, buscaba

sólo la forma de la venganza. Pensó con admiración y con envidia en su

amigo Antonio Pérez; pensó en huir como él a una corte extranjera y

lanzar desde allí contra el tirano las silbadoras saetas de su rencor.

De esta suerte haría eterno su nombre, y su honra vengada pondríase a la

par de la grandeza del Rey. Al concebir esta idea, una puerta ilusoria

abriose de pronto en su imaginación, y sus ojos vieron de nuevo la

figura sobrehumana de Felipe Segundo siguiéndole con la mirada a lo

largo de los caminos. Todo su brío se desplomó. Hallose anonadado,

vencido, por algo irresistible, como el poder de un hechizo funesto.

¡Ahora sí que su garganta sentía la hez nauseabunda de las ambiciones

palaciegas! Asaltole frenética ansia de dejar de existir para el siglo,

de entregar lo que le restaba de vida al servicio de Dios, entre los

cuatro muros de una celda.

Al día siguiente, al acercarse a Avila, ordenó al cochero que se llegase

al convento de Santo Tomás. Quería hablar de paso con el Prior.

Era un mediodía frío y luminoso de fines de octubre. Los arrieros

moriscos dormían al borde de la carretera, junto a sus botijos, echados

panza arriba, como asesinados. La ciudad de las herrumbradas murallas y

poderosos torreones parecía hartarse de sol. Reinaba en torno un sosiego

resplandeciente y adusto. Don Alonso recordó el verso de Alighieri:

Loco e in Inferno detto Malebolge,

Tutto di pietra e di color ferrigno,

Come la cerchia che d'intorno il volge.

Entró derecho a la celda de su amigo atravesando el Patio del Silencio.

Abrió la puerta con suavidad. El religioso dormitaba extendido de

espaldas sobre rústica tarima; su boca, entreabierta, sonreía

dichosamente. Una de sus piernas colgaba fuera del lecho, y el pantuflo,

sostenido sólo por los dedos del pie, rozaba las losas. Blázquez

Serrano, antes de despertarle, contemplole unos minutos con envidiosa

admiración.

Una hora después salía del convento resuelto a ingresar a las órdenes.

Quiso entrar a su palacio por la puerta del corral, y subió

cautelosamente las escaleras, pasando por la librería y avisando

silencio a los criados que se adelantaban a recibirle.

¡Cuán hondo movimiento de fastidio produjeron ahora en su ánimo aquellos

vastos salones, donde había aglomerado con obstinada pasión tanto objeto

valioso, escogido y adquirido por él, en sus viajes!

¡Oh tediosas vanidades! ¡Cuánta pena inútil, cuánta ceguera, cuánta

puerilidad significaban aquellas fruslerías entre el amargo realismo de

la existencia! ¿Para qué tanto afán disipado en colorir y labrar

marfiles y leños, en retorcer la pasta quemante del vidrio, en incrustar

ataujías ante la expectativa de la muerte?

¡Y qué decir de la pompa de los estrados, del boato de las colgaduras,

del aparato de las libreas!

¡Ah, tantos años sin encontrar la verdad! ¡Pero ahora, al menos, la veía

ante sus ojos como escrita en letras de fuego sobre el muro: librarse

cuanto antes de la pesadumbre de la riqueza, ir en pos de la quietud, de

la humildad, del escondrijo espiritual, lejos de la intriga mundana,

lejos de los rostros crispados por la codicia y el odio, y dirigir todas

las potencias del alma hacia el supremo objetivo de la salvación! Era ya

un anciano y no podía ofrecer al Señor sino un pasado de crímenes y un

aparato caedizo y funesto de vanagloria.

Habíase sentado en un sillón de la librería, esperando que aderezaran su

lecho.

--Aún queda remedio--se dijo de pronto, y levantose bruscamente para

hacer llamar a su confesor y consultarle, sin demora, la reciente

determinación de ingresar a las órdenes. Pero, al acercarse a una

puerta, su oído comenzó a escuchar un acompañamiento de rabel y una voz

juvenil y melodiosa. Despegó azoradamente los labios. ¡Su hija!

De estancia en estancia fuese acercando a la alcoba. La puerta mal

cerrada dejaba una abertura, pero don Alonso no pudo ver sino a la dueña

que, sentada sobre un almohadón, seguía el compás con la cabeza,

entrecerrando los ojos. Beatriz cantaba:

Ventura quiso qu'os viese,

amor que luego os amase,

ausencia que n'os mirase

porqu'en veros no muriese:

todo lo hizo ventura,

ventura fue conosceros,

conosceros fue quereros,

quereros fue desventura.

Presentes penas mortales

causan dolor verdadero;

sus muestras hacen señales

del triste mal venidero:

la muerte siento venir,

porque ventura consiente,

qu'el grave dolor presente

descubre lo por venir.

Con el último acento de aquella vieja canción castellana, doña Alvarez

exclamó:

--¡Pascua de flores, ángel de alcorza! ¡Quién fuera vuestro galán para

escuchar a vuestras plantas ese blando tañer y esa voz tan regalada, que

hace correr las lágrimas de puro deleite! Yo sé de uno que daría las

niñas de sus ojos por sólo haberos escuchado agora, señora mía.

--¿De Ramiro dices?--preguntó la doncella.

--Callad con ese espectro de noche, verdacho como una aceituna,

soberbioso y figurero como un rey de farándula, que no le quisiera yo

para mí, con ser viuda y quintañona. De otro digo, rubio como un ángel y

el más alindado de los galanes. ¡Ah, quién me diera vuestra doncellez

para dejarle hacer su deseo!

--¿Qué nuevo presente os ha enviado el regidor? ¿Qué manto, qué sortija,

qué conservas?

--¿A mí con eso? Bien sabe Dios cuán limpias están aquestas manos

hidalgas de grasa corredera.

--Es gentil hombre en verdad don Gonzalo--interrumpió Beatriz poniendo

su índice en la mejilla, con pensativo mirar.

Luego, atiesando graciosamente su cuerpo, exclamó:

--Yo no sé, Alvarez, lo que pasa en mi corazón. A las veces sólo quiero

acordarme de Ramiro, y me siento como hechizada. ¡Ah, y qué celos me

asaltan! Tengo celos no sé de quién, celos rabiosos de todos los

estrados, de todas las celosías e aun de la fontana de la plazuela con

sus mozas de cántaro. ¿No echaría sobre mis ropas o mis cabellos algún

polvo de brujas el día aquel de las polillas?

--Bien pudo ser, pues ha sido harto aficionado a las mozas moriscas del

arrabal, que han debido enseñarle, de seguro, los filtros, el

aojamiento, las nóminas y todas sus tretas malditas.

--Sois una perra--como dice Leocadia.

--Buena borrasca es ella.

--Otras veces, de noche, metida en la cama, dame pavor, Alvarez, pensar

en Ramiro. Paréceme que viene a matarme, que está escondido en algún

rincón de mi cámara haciendo mover las colgaduras y crujir los arcones;

y a la mañana siguiente huélgame oírte hablar de Gonzalo. Donoso lo es

en verdad el señor regidor. Me quiere desde que yo era ansí, ansí, y qué

rendido y alfeñicado. Pero mi padre dice que el linaje de los San

Vicente no vale dos habas.

--Eso dirá--interrumpió la dueña;--pero yo recuerdo haber oído afirmar

al señor canónigo Miguel de la Higuera, gran sabidor de abolengos, que

los señores de San Vicente eran de muy antigua casa, que guerreó mucho

con los moros, y vienen de una María de la Cerda, y cuentan con dos

condestables de Castilla, y tienen sus armas pintadas en los sitiales de

la capilla mayor de San Vicente de esta ciudad. ¿Acaso no va predicando

la alteza de la casta el mesmo continente de don Gonzalo? ¿Viose nunca

un mancebo más cortés, más bizarro? ¿Cuál otro más diestro en las armas,

cuál otro danza y tañe como él? Narciso en lindeza, Aquiles en valentía,

en música un Orfeo. Y qué recato para penar, qué constancia en el

querer. A mi fe, señora, que si él no consigue hablaros una vez tan

sólo, una de estas noches, mataréis con vuestro rigor al galán más

gentil que jamás vieron los ojos.

--Eso no podría ser sin daño para mi honra--repuso brusca y nerviosa

Beatriz.

Luego, como olvidando aquel pensamiento, prosiguió:

--Ciertamente Gonzalo es harto rendido. Cuanto más dura soy con él más

parece desearme. Yo le quiero, le quiero de veras, Alvarez. En cambio

Ramiro tan pronto se derrite como se enfada; hoy es arrope, mañana

vinagre. Más orgulloso no lo hay. Yo no debiera pensar más en él y dar

mi mano al regidor; pero ansí que cierro los ojos, le veo en mi mente

con su lindo rostro tan pálido, la capa levantada por el estoque y la

gran pluma negra que estila--agregó figurándola con el gesto al costado

de su cabeza.--Nunca me acontece confundir sus pasos en la calle, cuando

corro a la vidriera. Sus espuelas arañan las losas, tric, tric, tric,

tric, y a veces la contera va dando contra el muro, tac, tac... Mi padre

dice que Ramiro desciende de los linajes más antiguos y claros de

Castilla.

--Tric, tric, tac, tac--remedó burlescamente la dueña.

--¡Licenciado no le quiero, pero si volviese aína de alguna guerra, con

la jineta de capitán!

* * * * *

Don Alonso no perdió una sola palabra de aquel diálogo. Hubo un momento

en que sintió el impulso de entrar en la alcoba e intervenir francamente

en la plática; pero el temor de aparecer ante su hija como un hombre

capaz de allegar el oído a la rendija de las puertas le contuvo.

Aquella misma tarde hizo llamar a Beatriz, y ordenándole reserva,

refiriole con pulcras palabras la historia del nacimiento de Ramiro. En

seguida, aludiendo a las pretensiones amorosas del mancebo, acabó por

decir, con la mano en alto y la voz estremecida y solemne:

--¡Antes morir, hija mía, antes morir que mancillar nuestra clarísima

sangre con sangre de moros!

V

Afuera, en la ciudad, torvo sosiego de siesta castellana.

La luz del mediodía arde rabiosa en los pétreos paredones, caldea los

hierros, requema el musgo de los tejados.

Las calles están solitarias y mudas; pero, de tarde en tarde, la áspera

voz de algún morisco, vendedor de legumbres, profana el monástico

silencio, haciendo refunfuñar a más de un hidalgo adormido en la

obscuridad de su alcoba.

Los gallos cantan roncos y soñolientos.

Ramiro recorre de un extremo a otro el destartalado salón.

--¿Qué ha sucedido?

El polvo señala sobre las paredes desnudas la marca vertical de los

paños; y uno que otro clavo conserva aún hilachas y jirones de

terciopelo turquí. Diríase que bárbaros instrusos han arrancado todos

los tapices y antepuertas, con premura de saqueo, y quebrado hasta la

última baldosa del piso al arrollar las alfombras y llevarse los

muebles, no dejando otra cosa que una mesa florentina de ébano

incrustada de marfil y una silla de roble.

La cuadra semeja un granero después de vendida la cosecha, y su olor

habitual de vejez y de encierro se levanta aún más intenso de aquella

desvastación.

Sin embargo, los antiguos retratos de los Aguila han sido suspendidos

nuevamente de la pared.

Ramiro medita. Doble surco sombrío arruga su entrecejo. Su rostro está

más enjuto, la frente más pálida, la nariz más aguileña; pero toda su

persona conserva el boato de costumbre. Hermosa cadena reluce sobre sus

negros vestidos de gorgorán. Espuelas de oro resuenan en sus tacones.

La fúnebre capa de catorceno ha sido plegada cuidadosamente sobre el

respaldo de la silla.

Su vida remolinea ahora con súbito regolfo ante la conspiración

imprevista de sus enemigos; y su voluntad parece cubrirse de espuma

contra los obstáculos, a manera de bravo torrente.

¿Cómo dudar? Se ha buscado desjarretarle el brío y cubrirle de infamia.

Unos, como el corregidor y los inquisidores, en castigo de haberse

quitado la gorra ante la cabeza cortada de Bracamonte; otros, como San

Vicente y el alférez, por la rabia de los celos; y los demás, por el

envidioso temor de verle escalar los más altos honores. ¿Cómo explicar

si no, la insistente acusación de complicidad con los moriscos? ¿Quién

podía pensar de veras, que un hombre de su casta fuera capaz de

semejante atentado contra Dios, contra el reino, contra su propia honra?

Entretanto, reconfortábase al recordar el despreciativo gesto con que

había respondido a las capciosas preguntas del Tribunal. Hubiera deseado

quedarse ahí, sin agregar una sola palabra, mirándoles fieramente desde

lo alto de su orgullo; pero cuando el calificador Quiroga señaló con

maliciosa expresión la daga sarracena que habían encontrado en la gaveta

de su escritorio, fuerza fue referir toda la aventura desde el comienzo,

haciendo constar la razón de su amancebamiento con Aixa, describiendo la

escena de la lucha, los cuidados de las mujeres y del morisco, y

explicando, en fin, el origen de aquel presente, que guardaba como una

honrosa prenda de su jornada.

No pudo, sin embargo, presentar ni un solo testigo; pero, Aixa, la

infiel, su propia víctima, casi enloquecida por el tormento, en vez de

tomar la venganza que se le brindaba tan fácil y terrible, confirmó su

relato y su inocencia, acusándole de pérfido cristiano y de mal

caballero, que no había sabido respetar la palabra comprometida.

Felizmente los jueces no pudieron comprender la mirada de angustiosa

pasión que la sarracena le dirigió, por última vez, al ser arrastrada de

nuevo a la tortura.

Vino luego la declaración del Canónigo, y no volvieron a molestarle.

Ya quedaba libre; pero ¡quién quitaría de su honra la mácula de

semejante calumnia! ¡Ah, un agravio alevoso como aquél merecía,

asimismo, secreta venganza! Pensó en Gonzalo, y, como si su espada fuera

parte viva de su persona, pareciole sentir a lo largo del envainado

acero una fruición homicida, bárbaro goce de sangre y de muerte.

Detúvose un momento, y aproximose a una de las ventanas. El cuadro

invariable que había contemplado tantas veces desde la infancia se

manifestaba ahora con otro sentido. La taciturna ciudad dentro del alto

cerco almenado que suprimía todo horizonte; la adusta soberbia de los

caserones, evocando nombres tantas veces pronunciados, con todo el

entretejo de odios, de envidias, de imposturas; el andar rutinero y

villano de la existencia comunal que cada minucia recordaba, y, en fin,

tanta sordidez, tanta monotonía, saltáronle a los ojos haciéndole

considerar la estrechura de cárcel que había bastado a su ardimiento.

Las palabras de Beatriz en el estrado le volvían a la memoria. ¡Sí, era

preciso dejar alguna vez la alcándara y volar hacia la heroica cetrería!

A él mismo se le alcanzaba que no era airoso ligar su nombre al de

aquella descendiente de ilustres adalides sin ofrecerla, primero, alguna

bandera de nave mahometana, o una corona mural ganada en los asaltos de

Flandes.

¿Qué había realizado hasta ahora que mereciera inscribirse en las

crónicas? ¿Qué eran sus mejores hechos sino proezas de niño? Esta

reflexión hízole sonreír con ambiciosa amargura, mientras sus ojos,

enrojecidos de pronto, dejaban asomar una lágrima.

Resolvió, allí mismo, marcharse a Cartagena, por ver si encontraba

todavía al capitán Antonio de Quiñones, ¡Quién sabe si no topaban al

poco tiempo con alguna flota turquesca!

Estaba dispuesto a errar sin descanso por el mundo, hasta llevar al cabo

alguna empresa que hiciera resonar su nombre entre las gentes. Ya nada

le ataba el albedrío. Ya era libre y señor; su madre había abandonado el

mundo, dos meses antes, entrando al convento de San José, y acababan de

enviarla, en compañía de otras novicias, a una casa de la Orden, en la

ciudad de Córdoba.

Sentose ante la mesa.

El esquilón de la Catedral golpeó tres campanadas tranquilas.

--Las tres--se dijo,--y el paje no llega con la merienda.

Acordose entonces que no había podido entregarle dinero alguno, pues

todo lo que restaba en su bolsa lo había invertido en el joyel de

diamantes para Beatriz.

¿Cumplirían los perros genoveses la promesa de traerle los ciento

cincuenta ducados?

La noche antes durmiose sin haber comido un solo bocado de pan desde la

mañana; y los días anteriores, ¡si no hubieran sido el pernil y las

berzas que trajo Casilda!

¡Otro día sin sustento! Ofrecería aquella nueva penitencia al Señor. El

hambre era santa.

La puerta abriose de pronto, y Pablillos, vestido de viejo traje color

de badana, entró de un salto en la cuadra, sosteniendo en sus brazos un

cesto de mimbre repleto de alubias, nabos, cebollas, longanizas y uñas

de vaca; una codorniz dejaba colgar hacia afuera su cabecita muerta.

--¿Cómo hubiste esas provisiones, muchacho?--preguntole Ramiro con

sequedad, sospechando alguna trapacería.

--Guiado, señor, de las tres virtudes teologales del hambre, que son:

ingenio, audacia y presteza--respondió el pícaro, remedando la gravedad

de los doctores.

En ese momento, una débil aldabada en la puerta de la calle despertó los

ecos del caserón.

--Son los genoveses--exclamó Ramiro.--Corre a abrilles, Pablillos. No

puede ser otra gente la que llama a esta hora con tanta prudencia.

--Y mientras vuesa merced recibe a esos perros, yo pondré a guisar estos

dones de nuestra redonda madre--replicó Pablillos; y se retiró por la

galería columpiando la canasta encima de su cabeza.

Era hijo de una partera de Cádiz y de un famoso farsante zamorano;

Ramiro le había tomado a su servicio en Salamanca. Cierto mediodía, al

cruzar el largo puente del Tormes, viole sorbiendo sol, la espalda

contra el pretil, los brazos en cruz y los ojos fijos en el cielo, como

si esperara, cual otro San Pablo, ver bajar de las nubes, en el pico de

un pájaro, el milagroso mendrugo.

La pinta era buena. Había estofa para un paje, Ramiro preguntole:

--Muchacho: ¿buscas amo?

Los ojos le rebrillaron y, quitándose la gorra, adelantose paso a paso,

con el encogimiento ondulante y lloroso de los perros sin dueño.

Desde entonces, vestido de galas lacayunas, sirviole de criado, cursando

él mismo en las Escuelas, pues era de aprovechada condición. Ramiro se

le fue aficionando por la cínica destreza con que vencía o esquivaba las

mayores dificultades, y, al despedir ahora a toda la servidumbre, quiso

conservar a Pablillos, que, con el escudero y Casilda, eran los últimos

puntales de su decadencia.

Oyose rumor de pasos en la galería. Alguien golpeó la puerta con los

nudillos.

--Entrad--dijo Ramiro.

Y los genoveses se presentaron.

Eran dos prestamistas del antiguo barrio judío de Santa Escolástica. El

uno, joven, con el cabello tuzado sobre la frente, facciones infantiles

y enorme corpachón de verdugo. El otro, anciano, ojillos vinosos, nariz

avarienta, y la piel del pescuezo cárdena y granulosa como el colodrillo

de los pavos. El primero traía aretes de coral; el segundo, varias

sortijas adornadas con las vistosas piedras que fabricaban en Venecia

los margaritaios.

El viejo entregó un bolsillo de cuero henchido de monedas, diciendo:

--Su señoría puó contar. Son ciento cincuenta.

--No he menester--respondió Ramiro guardando el talego.

--Su señoría sabe--agregó el prestamista--que el último día de cueste

año deberá dejar el palacio.

--Sí--respondió Ramiro secamente, y cruzó los brazos en silencio como

invitando a los genoveses a que se retirasen.

El anciano escudriñaba todo el salón por ver si quedaba todavía alguna

cosa olvidada, hasta que al distinguir los retratos meditó un instante y

exclamó:

--Si su señoría quiere dar estas pinturas, le adelantaremos veinte

ducados, y, después, si su señoría quiere habitar otro palacio se las

ritornaremos por poco más.

Ramiro se puso en pie bruscamente. ¿Qué había escuchado? ¡Vender los

retratos de sus mayores! La ofensiva propuesta le hizo sentir de un modo

brutal toda la hondura de su caída. ¿Era posible que el solo hecho de la

ruina del patrimonio diera alientos a un villano como aquél para

proponer, cara a cara, a un hombre de su estirpe, semejante comercio?

¡Venir a pedirle precio por los sagrados emblemas del abolengo! ¡Ah, no!

Antes mendigar por los caminos, antes devorarse los dedos que mercar,

por unas viles monedas, aquellas imágenes, que él siempre conservaría,

para que auspiciaran su porvenir y le recordasen, en cada ocasión, de

cerca o de lejos, ejemplos de piedad y de honra.

Dijo:

--Sépase el perro usurero que harto se me alcanza hacia donde encamina

su intención, y sépase también que, aunque juntara todo el oro que ha

robado hasta aquí, y el que ha de robar en lo venidero, por arte de su

puerca avaricia, nunca tendría con qué pagar un añico, tan sólo, de

estos retratos, que valen para mí mucho más que todas las riquezas de

las Indias.

Una sonrisa de orgullo apuntó por debajo de su gesto implacable, como si

confiara en que el espíritu inmortal de sus antepasados acababa, de

presenciar aquel movimiento, que les iba dedicado como una ofrenda.

Seguidamente, señalando la puerta, ordenó a los genoveses que se

alejasen.

Un instante después llegaba Pablillos con la humeante colación.

Ramiro comió con dignidad, sin dejar que su semblante tradujera el bajo

deleite de las entrañas; mientras el paje, en pie, junto a la silla,

relataba su reciente aventura:

A la hora en que los porteros duermen la siesta, se había dirigido a la

tienda de Pedro Gil, en el Mercado Chico, diciendo que su amo, don Diego

de Valderrábano, acababa de llegar de la sierra y mandaba en busca de

tal y cual cosa para su plato, que cuanto antes se lo remitiesen porque

venía con harta necesidad. Luego, dejando la tienda, fuese a esperar a

la puerta de aquel señor, escondiendo la gorra por debajo de la ropilla

y paseándose por el zaguán, como si fuera un criado de la casa. Las

provisiones no tardaron en llegar, y él las recibió de mal gesto,

diciendo con enfado al mozo que las traía: «Por poco más te vuelves con

todo, galápago, que tenía orden de mi Señor de no lo recibir si no

llegaba luego, luego.» Apenas el mozo hubo vuelto las espaldas cuando el

portero habló por la mirilla. El se adelantó sin vacilar y pidiole que

le excusara, pues el sol estaba tan en su fuerza que había entrado a

guarecerse a la sombra y descansar un momento del pesado fardo que

llevaba.

Ramiro quiso indignarse, pero el bien del sustento le ablandaba la

voluntad. Sacó una moneda y diósela al paje para que pagara sin tardanza

su latrocinio, ordenándole en seguida que almohazara su caballo y

aparejase el arnés, las ropas y las armas para un largo viaje que tenía

que emprender al siguiente día.

La cabeza contra el respaldo, los codos en los brazos del sillón y los

dedos entrelazados, cerró luego los ojos para que los instantes le

parecieran más veloces, mientras llegaba la respuesta de Beatriz, que

debía traerle Casilda.

Viendo, ora la hechicera boca de su amada, que aparecía y desaparecía,

ora un mar de olas inverosímiles, flotas a la vela, abordajes heroicos,

armas y banderas extrañas, fuese quedando dormido. Un ratón salió de la

cueva y otros le siguieron. El número se acrecentaba sin cesar y todos

devoraban con desconfiada premura las migajas caídas en torno de la

mesa. De pronto Ramiro levantó una pierna para cruzarla sobre la otra, y

a un tiempo, como un solo ser, todos los roedores dispararon hacia los

muros en instantánea fuga. Luego reaparecieron, se aproximaron, y

cobrando confianza, rodearon por completo el asiento del joven hidalgo.

Cuando Casilda regresó, Ramiro dormía profundamente. La muchacha

contemplole un buen rato, temiendo quizá despertarle. Los cabellos

retintos del joven dejaban caer dos lacios mechones sudorosos sobre la

frente, los párpados estaban como aureolados de misterio, y sobre la

palidez mate del rostro, el labio acentuaba su carminoso brillo. Casilda

llamole:

--¡Mi señor! ¡mi señor!

La recadera traía malas noticias. Había seguido el procedimiento de

costumbre, haciéndose anunciar por Leocadia; pero esta vez la señora no

había querido recibirla.

--¿Pero supo--preguntó Ramiro--que yo te mandaba?

La muchacha respondió con una sonrisa.

--¿Subiste a sus cuartos? ¿Os vio?

--Viome harto bien, y yo mostré, desde lejos, el billete de vuestra

merced; pero mandome decir que se estaba aderezando para salir al

estrado, y que no podía en ese momento ocuparse de esquelas.

--¿Eso dijo?

--Eso, señor.

--¿Y no mandaste, al menos, el billete con alguna criada?

--¿Y si vuestra merced se enfadaba, luego, conmigo?

Poniéndose en pie, el mancebo repuso:

--Enfádome agora de veros tan necia.

Los ojos de la muchacha se enrojecieron, su mano estrujaba el rojo

mandil. Ramiro, en vez de ablandarse ante aquella humildad, enfureciose

mayormente. Tomó de un hombro a Casilda e hízola girar con violencia,

gritando:

--¡Fuera de aquí la bellaca!

Ella corrió hacia la puerta, y oyose al pronto sofocado gimoteo que se

alejaba por la galería.

¿Era posible que Beatriz no hubiera querido recibir su mensaje? El

orgullo hízole buscar la explicación en su propia conducta. Pero ¿qué

inconstancia, qué desvío podía reprochársele? ¿No le paseaba la calle

todos los días, no iba luego a esperar fuera de la ciudad, frente al

torreón de su huerto? ¿No le enviaba joyas, no la componía sonetos y

endechas, como el más rendido de los amantes?

De cavilación en cavilación, dejó llegar la noche sin salir de la

cuadra. Dos horas después de cenar, díjole al paje:

--Puedes irte a dormir.

--¿No ha oído vuesa merced--preguntó el muchacho--algo así como un

rechinar de eslabones en la estancia vecina y unos golpecillos como de

huesos?

--Estarase alguno robando la argamasa del muro.

--No es bueno hacer mofa, señor, ¡que si fuera algún ánima ensabanada!

¡Yo tiemblo!

Pablillos se retiró, y Ramiro salió a la galería. La piedra, el

ambiente, la tierra herbosa del patio, todo se refrigeraba en la clara

noche de luna. Ramiro se apoyó en el antepecho y levantó las pupilas.

Grandes nubes iluminadas viajaban en el augusto silencio.

El resplandor del astro bañaba sólo dos lados de la galería; espectral

claridad que hacía pensar en apariciones. La sombra se ahondaba bajo los

arcos temerosamente.

Lleno de amorosa incertidumbre, Ramiro no podía pensar sino en Beatriz,

y veía su rostro sobre todo lo que miraba. Veíalo sobre el muro, o en el

veto de las tinieblas; veíalo en los cielos, indeterminado y sublime,

confundiendo su belleza con el hechizo de la noche. Otras veces era toda

su persona revestida de blancura nupcial y vagando bajo los arcos o

entre las hierbas, como una sonámbula. Ramiro hallábase embebecido. La

solemne dulzura del ambiente se difundía en su alma, y su sentido creía

respirar el perfume de las corolas innumerables abiertas abajo, entre

las losas y desteñidas al par de los tallos por la fantástica ceniza de

la luna. No se escuchaba el más leve murmullo. El sosiego era profundo,

pero su espíritu no se sentía verdaderamente solo. Algo como el hálito

de otra presencia llegaba hasta él desde los sitios tenebrosos.

Una hora pasó. La claridad caminaba sobre el muro frontero. Hacia la

derecha otro ángulo del patio comenzó a iluminarse. Nuevo arco ornado de

rosetas de piedra aparecía, y Ramiro, al mirar en aquella dirección,

advirtió la forma de una mujer asomada como él hacia la noche. Era

Casilda. Su seno henchíase por momentos y sus ojos brillaban demasiado,

cual si estuvieran humedecidos.

Ramiro se sorprendió de su propia emoción. Aquella compañera de infancia

cobraba ahora imprevista idealidad. Casilda era también una mujer, mujer

bella entre todas. Fruta sazonada en el propio huerto y desdeñada a

fuerza de mirarla siempre a la merced de la mano. Pensó que con un breve

signo, pensó que chistándola apenas vendría hacia él, y a la primera

caricia daríase mansamente como una esclava. Pensó en reyes ancianos que

entregarían su corona por un instante de aquella voluptuosidad que él

podía gozar allí mismo. Sí: un solo rumor del aliento, y la preciosa

criatura vendría a henchir de deleite su noche solitaria.

Pero no, su corazón estaba demasiado herido, demasiado inquieto, y por

eso tal vez el amor de Beatriz se levantaba ahora más tiránico, más

exclusivo que nunca, como el único amor concebible.

Irguiose, y sin ser visto ni sentido por la doncella, fue a echarse solo

sobre la cama, y a soñar en aquel beso que Beatriz había espantado con

su grito, en aquella boca tentadora y terrible que palpitaba y

mariposeaba desde entonces por delante de su alma.

La gloria de don Ramiro una vida en tiempos de Felipe segundo · 第 40 / 50 题