Llegaron días en que don Alonso Blázquez Serrano creyó sentir el acecho
de las peores especies demoníacas descritas por los teólogos. Su ánima
brioso y brillante se hundió, sin remedio, en las más obscuras regiones
de la melancolía. Un pavor enfermizo le agitaba continuamente. Su
elocuencia trocose en mutismo; su antigua arrogancia, en el más profundo
convencimiento de la propia indignidad; su exaltado amor a la vida, en
el desvío total de todo goce, de todo triunfo.
¿Hacia qué corredor lleno de celadas había enderezado sus pasos? ¿Qué
escalera de maleficios habíase puesto a descender a la vejez? Todo se le
tornaba contrario; y él mismo se comparaba al infelice Laoconte sofocado
por la serpiente.
--¿Por qué, por qué? ¡oh cielos!--exclamaba a veces, dirigiendo la
mirada hacia lo alto, como si protestara contra el ensañamiento de la
divinidad.
Por el contrario, en los instantes de contrición, acusábase a sí mismo
de graves culpas imaginarias; y rememorando las paganas orgías de otro
tiempo, sus viejas patrañas de burlador, su afición a las riquezas, su
desmedida vanagloria, llegaba a considerarse como un pecador
empedernido, como un alma obscura y miserable manchada por toda clase de
crímenes.
La adversidad había esperado para llagarle el corazón los años de
senectud; y, a la par de los abrumadores quebrantos, el mismo mundo
material cobraba una vida hostil en torno suyo. Hasta las cosas
familiares entraban en el temeroso encantamiento: una inmóvil colgadura,
un paño negro, un antiguo retrato de familia, un espejo, una daga,
exhalaban a veces, para él un sentido perturbador, vahos de espanto y de
demencia. Hubiérase dicho que ciertos objetos buscaban expresarle
lúgubres presagios.
Hízose entonces más devoto que nunca, redobló las penitencias, inventó
cilicios especiales y feroces disciplinas, sumergiose en incesante
plegaria. Su espíritu, hastiado del mundo, buscaba ahora confortarse con
el ensueño de la otra vida; pero allí también hallose con tremenda
incertidumbre: ¡el destino de su alma, su salvación! La eternidad de los
castigos infernales fue muy pronto una idea vertiginosa, que anonadaba
su mente. Entretanto, Jesús y la Virgen ya no eran las claras figuras
desprendidas de los cuadros de Italia, sino luengos y pálidos espectros,
bañados en un sudor de purgatorio, y cuyas pupilas parecían contemplar
continuamente el dolor de las ánimas condenadas.
Aquel caballero filósofo, que se había burlado siempre de los bajos
temores, y para quien el riesgo diario de las aventuras había sido la
mejor espuela del ánimo, humillaba ahora su frente, cargada de miedo, y
temblaba de una nada, de una visión, de una sombra. El anochecer era la
hora terrible. La última luz del crepúsculo, agonizando estremecida en
los interiores, le sumergía en ansiedad inexplicable. A veces, imágenes
de cadalsos, de quemaderos, de arcas mortuorias, aparecían en la
penumbra; llamaba entonces a sus criados con brusquedad, y, mandando
cerrar las ventanas, hacía encender sobre las mesas, sobre los
contadores, sobre todos los muebles, numerosos candelabros, candelabros
traídos de todas las estancias. Pero aun en medio de aquella
deslumbradora luminaria, de aquel incendio de cera que reverberaba en su
rostro, veíasele palidecer y pasarse la crispada mano por la frente,
como si buscara arrancarse, a pedazos, alguna visión.
No faltaban, por cierto, razones a su dolencia. Los desengaños
cortesanos fueron el comienzo de su desgracia. Don Alonso, durante la
bienandanza de Antonio Pérez, había ofrecido en su honor festines y
cacerías, llegando a obtener de sus labios la espontánea promesa de
hacerle otorgar, en la primera ocasión, una silla en el Consejo de
Italia. Luego, cuando la estruendosa caída del privado, y aun después de
la fuga, el caballero avilés, fiel a sus principios de lealtad, fue
quizás el único palaciego que osara defenderle. Esto bastó. Una consigna
sigilosa bajó de lo alto. Se le hizo sufrir toda suerte de
humillaciones, se le postergó en las ceremonias, se le vejó ante las
damas, sus memoriales fueron a dar a los braseros. Algunos eclesiásticos
le abordaban dulcemente y le proponían, cual si fuera por mero
esparcimiento, teológicos problemas que rozaban el dogma. Estaba
perdido. Aquel hijodalgo que creía no conocer el miedo conoció el
terror, un terror sobrenatural, un terror por encima del coraje del
hombre. Era el maleficio, el aojo del Rey.
Su varonil empaque tomó entonces un aspecto doblegado y taciturno. Su
tez cobró un tinte macilento. Las antiguas cuartanas reaparecieron.
En aquella sazón, un pintor, a quien llamaban el Greco, hízole su
retrato. Peregrina pintura, en la cual podía descifrarse el secreto
íntimo del hombre, mejor que en su semblante verdadero, como si el
artista hubiese untado el pincel en la substancia viviente del rencor,
de la melancolía, del orgullo. Alta lechuguilla exornaba el rostro
amarillado y patético. Se veía que el interno brasero de las pasiones
extremas desecaba la carne y atosigaba y torcía los humores. El iris y
la pupila, estriados de biliosas agujas, verdegueaban bajo un fluido
transparente, que parecía renovarse sin cesar, como el de una mirada
viva, y la boca se encogía bajo el mostacho, como si luchara por
contener algún altivo denuesto. Máscara tiesa de cortesano disfrazando a
medias la honra colérica, el brío estrangulado.
Al mismo tiempo un apaciguamiento místico y una luz de religiosa
esperanza parecían envolver la figura y formar la atmósfera del cuadro.
Cuando don Alonso, ahitado de la corte y viendo venir la ancianidad,
determinó refugiarse en su propia mansión, contando repartir los años
que le restaban entre el amor de su hija y el goce tranquilo de los
tesoros de curiosidad y de arte, aglomerados en las señoriles estancias,
nuevos infortunios, cada vez más inesperados y violentos, vinieron a
buscarle allí mismo y a poner en peligro su honra, su libertad, su
linaje y hasta su último resto de dicha en la tierra.
Don Alonso amaba a Beatriz con amor ciego y tolerante de padre mundano.
La educación que él la diera no había consistido sino en ceder a todos
sus antojos, en seguir embobado todos los sesgos de su veleidoso
espiritillo. Una caricia de aquella manita diablesca, un oportuno
gimoteo, bastaban para que el ruego más descabellado le pareciese al
hidalgo la más razonable exigencia. Con esta blandura corruptora creía
agregar al propio afecto el de la madre ausente, a quien el nacimiento
de su única hija habíala costado la vida.
Tomole maestros de danza, de canto, de vihuela; de todas las cosas que
se aprenden sin dolor y ofrecen más tarde nuevos licores a la juvenil
embriaguez. Espantábale someter aquella cabecita de ángel pelinegro a
cualquier esfuerzo penoso. A los quince años, la niña sabía apenas
deletrear. El arte de la labor le era desconocida. Su séquito de dueñas,
antes la servía para mantener en torno suyo el aparato ceremonial, que
para custodiar su persona; y como su padre pasaba tanto tiempo en la
corte, Beatriz gobernaba el solar a su antojo, cual infanta levantisca.
Sin embargo, doña Alvarez, que había aprendido su oficio en las grandes
casas de Madrid, solía dirigirla, ante los extraños, severos
apercibimientos, que ella escuchaba con mohín mentiroso de enfado,
comprendiendo que todo aquello contribuía a presentarla como una joya
delicadísima, como un ser exquisito y precioso rodeado de las más
atildadas precauciones.
De esta guisa, sabiamente aleccionada, comenzó a llenar Beatriz su
misión en la tierra: reír, vestir hechiceramente, hacer cada vez más
ligera su danza, salpicar a cada giro del faldellín un rocío de
fascinación. De alambique en alambique, llegó a ser una verdadera
quintaesencia de cortesanía y de embeleso. Todo lo que era pesado o boto
para el amor desapareció de su menuda persona, no quedando sino lo
vivaz, lo mondo, lo agudo, lo picante, el grano concentrado de especia,
el clavo de olor, capaz de perfumar a un tiempo innumerables deseos.
A pesar de su celoso cariño, don Alonso deseaba casarla temprano, con
algún mancebo capaz de mantener el lustre de la sangre. Ramiro se le
impuso con predilección exclusiva. Todo, en aquel descendiente de
ilustres caballeros, la precoz seriedad, el porte, el discurso, le
inspiraban el presentimiento de una vida llamada a las más heroicas
empresas. Además, había notado que cada vez que pronunciaba su nombre
delante de Beatriz, el rostro de la doncella se coloreaba al pronto de
instantáneo rubor. Llevola tan sólo una vez a la corte para no poner en
peligro su propósito, y trató de alejar a los hermanos San Vicente, cuya
familiaridad debía inspirar a Ramiro perpetua desconfianza. Para esto
ordenó a doña Alvarez que, así como Gonzalo o Pedro se presentasen de
visita, estando él ausente, les hiciera decir que Beatriz no podía
recibirles mientras su padre no regresara de la corte.
El segundón fue el primero en llegar. Al escuchar la consigna, pensó que
fuera cosa de la servidumbre, y como venía de una taberna, quiso entrar
de buen o mal grado, amenazando abrirse paso con la espada; pero los
porteros, dispuestos a morir en el umbral, permanecieron inconmovibles.
Gonzalo, por su parte, tomó un camino más seguro: el soborno de doña
Alvarez. Como los cuartos se trocaron en reales y los reales en
doblones, la dueña se fue ablandando como correaje en el unto, y el
mancebo pudo contar, en la misma alcoba de su amada, con una nueva
Celestina de prodigiosos ardides.
El rumor de aquel violento desaire corrió por la ciudad y fue el origen
de un odio acerbo entre las dos familias. Doña Urraca tomó a su cargo la
venganza. El favor de que gozaba su marido en la corte, a más del cargo
de comisario del Santo Oficio, serían armas sobradas para abatir algún
día la soberbia de su pariente.
Por aquel tiempo, cierta noche de verano, don Alonso encontró sobre un
bufete de su cámara un papel misterioso. Interrogó a los criados y a las
dueñas. Nadie supo responder. Se le decía, sin firma alguna, que Ramiro
era hijo de moro. Riose de aquella ridícula especie, y mientras
despedazaba el papel, recordó la anterior invención sobre la complicidad
del mancebo con los conspiradores de la morería. Los meses pasaron. Por
fin, pocos días antes de la muerte de don Íñigo, volvió a recibir un
billete en el cual le manifestaban que Ramiro era hijo de doña Guiomar
de la Hoz y de un moro de Córdoba; y que si acudía tal día, a tal sitio
y a tal hora, se le haría conocer toda la historia del nacimiento.
Don Alonso dirigiose al lugar de la cita, acompañado de un solo lacayo.
Era una cuesta, poco antes de llegar a la Encarnación, donde el rumor de
una fuente ablanda la aspereza del paraje. Cuando le pareció que había
sido burlado, un hombre menudo y encogido salió por detrás de una
encina. Era Diego Franco, el campanero de la Catedral. Gorra en mano, y
acechando al hablar con sus ojos pequeños y vivos todo el contorno,
repitió la historia que Medrano le había referido, en lo alto de la
torre, durante una hora de beodez. Juraba por todos los santos, daba los
más verosímiles indicios, y afirmaba que cuando doña Guiomar se había
casado con el caballero Lope de Alcántara ya estaba preñada del moro.
Sólo entonces, relacionando con aquella narración ciertos pormenores que
él había observado indiferentemente en casa de don Íñigo, concibió don
Alonso la primera sospecha. Pensó en la llegada tan misteriosa del padre
y la hija para no volver, nunca más, a su casa de Segovia; en el
nacimiento de Ramiro en Avila a los pocos meses; en la vida claustral
que llevaron durante algunos años; en la constante melancolía de doña
Guiomar; en la escasa afección del anciano por su nieto; en el silencio
que rodeaba la memoria de aquel Lope de Alcántara, muerto, sin embargo,
tan gloriosamente por su Rey. La denuncia resultaba asaz verosímil. ¿Qué
hacer? Había un medio de saberlo: preguntárselo derechamente a don
Íñigo. Pero su viejo amigo estaba concluyendo.--No importa--se dijo, y,
aquella misma tarde, se dirigió a la casa del moribundo.
El anciano estaba rígido en el lecho. Como se esperaba su muerte por
momentos, habíanle vestido el manto todo blanco que prescribía para
aquel último trance la regla de Santiago. Sostenía su cabeza el mismo
cojín de cuero verde sobre el cual su esposa doña Brianda había exhalado
el último suspiro.
Don Alonso pidió que les dejaran a solas. Cuando todos se retiraron, el
moribundo bajó tristemente los ojos hacia el amigo. Entonces Blázquez
Serrano pidiole disculpas de venir a turbar aquellos momentos de
saludable meditación; pero se trataba, dijo, de un asunto harto grave y
venía a exigirle el postrer homenaje a la amistad que les había ligado
hasta entonces.
--Vuesa merced se va--exclamó;--pero yo quedo, y solamente la palabra de
vuesa merced puede auxiliarme en esta cuita.
Luego declaró su deseo de casar a Beatriz con Ramiro, y refirió la
denuncia que acababa de llegarle.
--Yo sospecho que vuestro nieto es víctima de una villana calumnia; pero
en caso contrario--añadió don Alonso acercando su rostro al rostro del
anciano y tomando el tratamiento familiar,--en caso contrario, vos, mi
grande amigo, no permitiréis que esa desventura se extienda hasta mi
casa. Por Nuestro señor Jesucristo, decidme, aquí a solas, agora que
nadie nos escucha: ¿es esto verdad?
Don Íñigo parecía no haber oído un solo vocablo, como si su espíritu
flotara en región demasiado lejana; pero de pronto sus grandes ojos,
donde la vida se apagaba como la última penumbra en agua inmóvil y
triste, comenzaron a manar, sin el menor movimiento de los párpados, un
humor abundoso, un flujo de lágrimas. Poco después, entreabrió
lentamente la boca, y una sola sílaba, pronunciada con fuerza, como por
otro ser invisible, una sílaba que era todo un inmenso dolor, resonó en
el silencio:
--¡Sí!--dijo don Íñigo.
Y fue un sí espectral, lúgubre, un largo sí de otro mundo. Ultimo
aliento, última burbuja de aquel espíritu que se hundía para siempre en
el mar de la eternidad.
* * * * *
Pocos días después aparecieron en Avila los pasquines sediciosos, y
aunque don Alonso, prevenido y aconsejado por el mismo don Diego,
habíase marchado la víspera a la corte, el señor de San Vicente y su
esposa, en una plática de sobremesa, soplaron su nombre al doctor Pareja
de Peralta, alcalde de corte enviado por el Rey. La intimidad de
Blázquez Serrano con los culpables hacía verosímil la denuncia, con sólo
presentarle como a uno de esos vasallos hipócritas que dan su sonrisa al
monarca y el corazón a los rebeldes, y se hacen encontradizos en
palacio, justamente cuando va a estallar en algún punto del reino la
mina que ellos mismos ayudaron a socavar.
Una carta de su maestresala trájole la primer advertencia. Por ella supo
don Alonso que, en la tarde del 21 de octubre, un hato de ministros de
justicia había invadido su mansión, penetrando en todas las cuadras,
revolviendo armarios y arcones, descajonando hasta el último escritorio
y concluyendo por llevarse un gran fajo de papeles y un sello de
amatista con las armas de Bracamonte. El y otros criados habían querido
impedirlo, pero el alguacil les había amenazado con la horca, invocando
el nombre de Su Majestad.
Don Alonso resolvió trasladarse a Avila, sin pérdida de tiempo, para
tranquilizar a su hija y desbaratar las calumnias. La intriga estaba
hábilmente urdida y, aunque los mismos papeles secuestrados comprobaban
su inocencia, el sofisma procesal torturó los hechos y los vocablos. Por
fin, la generosa intervención del prior de Santo Tomás vino a socorrerle
al borde mismo del derrumbadero, paralizando la causa.
Sin embargo, pocos días después de la ejecución de Bracamonte, y no sin
prevenir de antemano al Corregidor, marchose don Alonso para Madrid, con
el propósito de pedir amparo a su amigo el Conde de Chinchón y arrojarse
a los pies del soberano protestando de su inocencia.
Felipe Segundo se hallaba todavía en El Escorial, y don Alonso prosiguió
su viaje con una carta del Conde. Durante el camino, reclinado en los
cojines del coche, fue componiendo en su mente dramático discurso, con
el cual contaba conmover el corazón del monarca. Ensayaba la mímica y la
voz, trocaba un vocablo por otro, rehacía toda una frase y, lleno de
confianza, cumplimentábase a sí mismo por el hallazgo de un epíteto más
culto o de un hipérbaton más elegante.
Dos días tardó en hacerse conceder una audiencia. El Caballerizo Mayor
le condujo.
El Rey se hallaba en la antecámara de su celda, y llenos estaban los
vecinos corredores de gente togada, de frailes, de clérigos, de
cortesanos. Todo un mundo vestido de ropas negras o pardas que se movía
con actividad silenciosa y grave.
El sol de otoño inundaba el cuartujo monástico donde eran recibidos los
embajadores. Don Alonso respiró al entrar un tufo de ungüentos
medicinales. Dos anchos bufetes cargados de papeles ocupaban el fondo.
En uno de ellos trabajaba Rodrigo Vásquez, en el otro un hombrecillo
hirsuto y barbinegro que don Alonso no conocía. Fray Diego de Chaves,
acercándose a una de las ventanas, púsose a mirar hacia el campo.
El monarca más poderoso de la tierra, el rey taciturno y papelero,
estaba sentado en una silla frailuna, con una pierna extendida sobre un
taburete y el codo apoyado en una tosca mesa de roble, anotando sin
cesar, con su propia mano, pilas enormes de documentos. En pie, a su
izquierda, Santoyo, su ayuda de Cámara, tomaba las fojas y espolvoreaba
de arenilla la reciente escritura.
Felipe Segundo debía de estar harto enfermo. Su tez había cobrado opaco
blancor de yeso humedecido.
No se oía en la estancia otro murmullo que el rasguear incesante de las
péñolas en el papel.
Afuera el aire resplandecía y el cielo azul brillaba como un límpido
esmalte sobre la austera y rocosa campiña. Por momentos el Rey levantaba
la cabeza para meditar, y la luz que entraba por los vidrios desteñía
del todo sus pupilas quietas y aceradas de serpiente.
Don Alonso esperaba junto a la puerta, y, para distraer su emoción,
desviaba por momentos los ojos hacia una extraña pintura suspendida del
muro: loca apariencia, de zodíaco infernal, lleno de condenados y
demonios.
Aquel monarca no precisaba del aparato de los tronos. Cuando llegó el
momento de entregarle la esquela del Conde y doblar ante él la rodilla,
don Alonso sintiose temblar de la cabeza a los pies. El Rey leyó
brevemente. Luego, su boca fría, violácea y duramente crispada hacia
adentro, como si mordiese ya la acre ceniza de todas las glorias del
mundo, dejó escapar, moviendo levemente los labios, una voz apenas
perceptible:
--Si fueseis tan leal vasallo como el Conde asegura--dijo--bien
pudisteis prevenirnos de la aleve traición que se tramaba a vuestra
vista.
Don Alonso quiso entonces decir lo que llevaba ordenado en su memoria;
pero sus ojos se encontraron con los del Rey, y su razón, inhibida de
pronto, no halló sino vocablos importunos, deshilados, inocuos:
--¡Vuesa Majestad no debe dudar... yo nunca imaginé... soy todo
inocente!
El Rey le detuvo con un ceño y sus labios volvieron a moverse. Pero esta
vez nadie, ni acercando el oído a su rostro, hubiera podido distinguir
una sola palabra. Era como el monótono zumbido de un insecto, el mismo
lenguaje incomprensible y sordo que exasperaba a los emisarios de otros
soberanos.
Por último, la mano que descansaba asida a la cadena de oro del toisón,
una mano de cadavérica blancura, levantose en el aire señalando la
puerta; y como don Alonso vacilara, el regio ademán acentuose con un
estremecimiento perentorio del índice. Toda réplica hubiera sido fatal.
El caballero obedeció.
* * * * *
Cuando Blázquez Serrano se halló de nuevo a solas, en su coche, camino
de Avila, el fuego de la honra comenzó a encenderle la sangre. Ya no
quería seguir meditando en la enormidad del ultraje recibido, buscaba
sólo la forma de la venganza. Pensó con admiración y con envidia en su
amigo Antonio Pérez; pensó en huir como él a una corte extranjera y
lanzar desde allí contra el tirano las silbadoras saetas de su rencor.
De esta suerte haría eterno su nombre, y su honra vengada pondríase a la
par de la grandeza del Rey. Al concebir esta idea, una puerta ilusoria
abriose de pronto en su imaginación, y sus ojos vieron de nuevo la
figura sobrehumana de Felipe Segundo siguiéndole con la mirada a lo
largo de los caminos. Todo su brío se desplomó. Hallose anonadado,
vencido, por algo irresistible, como el poder de un hechizo funesto.
¡Ahora sí que su garganta sentía la hez nauseabunda de las ambiciones
palaciegas! Asaltole frenética ansia de dejar de existir para el siglo,
de entregar lo que le restaba de vida al servicio de Dios, entre los
cuatro muros de una celda.
Al día siguiente, al acercarse a Avila, ordenó al cochero que se llegase
al convento de Santo Tomás. Quería hablar de paso con el Prior.
Era un mediodía frío y luminoso de fines de octubre. Los arrieros
moriscos dormían al borde de la carretera, junto a sus botijos, echados
panza arriba, como asesinados. La ciudad de las herrumbradas murallas y
poderosos torreones parecía hartarse de sol. Reinaba en torno un sosiego
resplandeciente y adusto. Don Alonso recordó el verso de Alighieri:
Loco e in Inferno detto Malebolge,
Tutto di pietra e di color ferrigno,
Come la cerchia che d'intorno il volge.
Entró derecho a la celda de su amigo atravesando el Patio del Silencio.
Abrió la puerta con suavidad. El religioso dormitaba extendido de
espaldas sobre rústica tarima; su boca, entreabierta, sonreía
dichosamente. Una de sus piernas colgaba fuera del lecho, y el pantuflo,
sostenido sólo por los dedos del pie, rozaba las losas. Blázquez
Serrano, antes de despertarle, contemplole unos minutos con envidiosa
admiración.
Una hora después salía del convento resuelto a ingresar a las órdenes.
Quiso entrar a su palacio por la puerta del corral, y subió
cautelosamente las escaleras, pasando por la librería y avisando
silencio a los criados que se adelantaban a recibirle.
¡Cuán hondo movimiento de fastidio produjeron ahora en su ánimo aquellos
vastos salones, donde había aglomerado con obstinada pasión tanto objeto
valioso, escogido y adquirido por él, en sus viajes!
¡Oh tediosas vanidades! ¡Cuánta pena inútil, cuánta ceguera, cuánta
puerilidad significaban aquellas fruslerías entre el amargo realismo de
la existencia! ¿Para qué tanto afán disipado en colorir y labrar
marfiles y leños, en retorcer la pasta quemante del vidrio, en incrustar
ataujías ante la expectativa de la muerte?
¡Y qué decir de la pompa de los estrados, del boato de las colgaduras,
del aparato de las libreas!
¡Ah, tantos años sin encontrar la verdad! ¡Pero ahora, al menos, la veía
ante sus ojos como escrita en letras de fuego sobre el muro: librarse
cuanto antes de la pesadumbre de la riqueza, ir en pos de la quietud, de
la humildad, del escondrijo espiritual, lejos de la intriga mundana,
lejos de los rostros crispados por la codicia y el odio, y dirigir todas
las potencias del alma hacia el supremo objetivo de la salvación! Era ya
un anciano y no podía ofrecer al Señor sino un pasado de crímenes y un
aparato caedizo y funesto de vanagloria.
Habíase sentado en un sillón de la librería, esperando que aderezaran su
lecho.
--Aún queda remedio--se dijo de pronto, y levantose bruscamente para
hacer llamar a su confesor y consultarle, sin demora, la reciente
determinación de ingresar a las órdenes. Pero, al acercarse a una
puerta, su oído comenzó a escuchar un acompañamiento de rabel y una voz
juvenil y melodiosa. Despegó azoradamente los labios. ¡Su hija!
De estancia en estancia fuese acercando a la alcoba. La puerta mal
cerrada dejaba una abertura, pero don Alonso no pudo ver sino a la dueña
que, sentada sobre un almohadón, seguía el compás con la cabeza,
entrecerrando los ojos. Beatriz cantaba:
Ventura quiso qu'os viese,
amor que luego os amase,
ausencia que n'os mirase
porqu'en veros no muriese:
todo lo hizo ventura,
ventura fue conosceros,
conosceros fue quereros,
quereros fue desventura.
Presentes penas mortales
causan dolor verdadero;
sus muestras hacen señales
del triste mal venidero:
la muerte siento venir,
porque ventura consiente,
qu'el grave dolor presente
descubre lo por venir.
Con el último acento de aquella vieja canción castellana, doña Alvarez
exclamó:
--¡Pascua de flores, ángel de alcorza! ¡Quién fuera vuestro galán para
escuchar a vuestras plantas ese blando tañer y esa voz tan regalada, que
hace correr las lágrimas de puro deleite! Yo sé de uno que daría las
niñas de sus ojos por sólo haberos escuchado agora, señora mía.
--¿De Ramiro dices?--preguntó la doncella.
--Callad con ese espectro de noche, verdacho como una aceituna,
soberbioso y figurero como un rey de farándula, que no le quisiera yo
para mí, con ser viuda y quintañona. De otro digo, rubio como un ángel y
el más alindado de los galanes. ¡Ah, quién me diera vuestra doncellez
para dejarle hacer su deseo!
--¿Qué nuevo presente os ha enviado el regidor? ¿Qué manto, qué sortija,
qué conservas?
--¿A mí con eso? Bien sabe Dios cuán limpias están aquestas manos
hidalgas de grasa corredera.
--Es gentil hombre en verdad don Gonzalo--interrumpió Beatriz poniendo
su índice en la mejilla, con pensativo mirar.
Luego, atiesando graciosamente su cuerpo, exclamó:
--Yo no sé, Alvarez, lo que pasa en mi corazón. A las veces sólo quiero
acordarme de Ramiro, y me siento como hechizada. ¡Ah, y qué celos me
asaltan! Tengo celos no sé de quién, celos rabiosos de todos los
estrados, de todas las celosías e aun de la fontana de la plazuela con
sus mozas de cántaro. ¿No echaría sobre mis ropas o mis cabellos algún
polvo de brujas el día aquel de las polillas?
--Bien pudo ser, pues ha sido harto aficionado a las mozas moriscas del
arrabal, que han debido enseñarle, de seguro, los filtros, el
aojamiento, las nóminas y todas sus tretas malditas.
--Sois una perra--como dice Leocadia.
--Buena borrasca es ella.
--Otras veces, de noche, metida en la cama, dame pavor, Alvarez, pensar
en Ramiro. Paréceme que viene a matarme, que está escondido en algún
rincón de mi cámara haciendo mover las colgaduras y crujir los arcones;
y a la mañana siguiente huélgame oírte hablar de Gonzalo. Donoso lo es
en verdad el señor regidor. Me quiere desde que yo era ansí, ansí, y qué
rendido y alfeñicado. Pero mi padre dice que el linaje de los San
Vicente no vale dos habas.
--Eso dirá--interrumpió la dueña;--pero yo recuerdo haber oído afirmar
al señor canónigo Miguel de la Higuera, gran sabidor de abolengos, que
los señores de San Vicente eran de muy antigua casa, que guerreó mucho
con los moros, y vienen de una María de la Cerda, y cuentan con dos
condestables de Castilla, y tienen sus armas pintadas en los sitiales de
la capilla mayor de San Vicente de esta ciudad. ¿Acaso no va predicando
la alteza de la casta el mesmo continente de don Gonzalo? ¿Viose nunca
un mancebo más cortés, más bizarro? ¿Cuál otro más diestro en las armas,
cuál otro danza y tañe como él? Narciso en lindeza, Aquiles en valentía,
en música un Orfeo. Y qué recato para penar, qué constancia en el
querer. A mi fe, señora, que si él no consigue hablaros una vez tan
sólo, una de estas noches, mataréis con vuestro rigor al galán más
gentil que jamás vieron los ojos.
--Eso no podría ser sin daño para mi honra--repuso brusca y nerviosa
Beatriz.
Luego, como olvidando aquel pensamiento, prosiguió:
--Ciertamente Gonzalo es harto rendido. Cuanto más dura soy con él más
parece desearme. Yo le quiero, le quiero de veras, Alvarez. En cambio
Ramiro tan pronto se derrite como se enfada; hoy es arrope, mañana
vinagre. Más orgulloso no lo hay. Yo no debiera pensar más en él y dar
mi mano al regidor; pero ansí que cierro los ojos, le veo en mi mente
con su lindo rostro tan pálido, la capa levantada por el estoque y la
gran pluma negra que estila--agregó figurándola con el gesto al costado
de su cabeza.--Nunca me acontece confundir sus pasos en la calle, cuando
corro a la vidriera. Sus espuelas arañan las losas, tric, tric, tric,
tric, y a veces la contera va dando contra el muro, tac, tac... Mi padre
dice que Ramiro desciende de los linajes más antiguos y claros de
Castilla.
--Tric, tric, tac, tac--remedó burlescamente la dueña.
--¡Licenciado no le quiero, pero si volviese aína de alguna guerra, con
la jineta de capitán!
* * * * *
Don Alonso no perdió una sola palabra de aquel diálogo. Hubo un momento
en que sintió el impulso de entrar en la alcoba e intervenir francamente
en la plática; pero el temor de aparecer ante su hija como un hombre
capaz de allegar el oído a la rendija de las puertas le contuvo.
Aquella misma tarde hizo llamar a Beatriz, y ordenándole reserva,
refiriole con pulcras palabras la historia del nacimiento de Ramiro. En
seguida, aludiendo a las pretensiones amorosas del mancebo, acabó por
decir, con la mano en alto y la voz estremecida y solemne:
--¡Antes morir, hija mía, antes morir que mancillar nuestra clarísima
sangre con sangre de moros!
V
Afuera, en la ciudad, torvo sosiego de siesta castellana.
La luz del mediodía arde rabiosa en los pétreos paredones, caldea los
hierros, requema el musgo de los tejados.
Las calles están solitarias y mudas; pero, de tarde en tarde, la áspera
voz de algún morisco, vendedor de legumbres, profana el monástico
silencio, haciendo refunfuñar a más de un hidalgo adormido en la
obscuridad de su alcoba.
Los gallos cantan roncos y soñolientos.
Ramiro recorre de un extremo a otro el destartalado salón.
--¿Qué ha sucedido?
El polvo señala sobre las paredes desnudas la marca vertical de los
paños; y uno que otro clavo conserva aún hilachas y jirones de
terciopelo turquí. Diríase que bárbaros instrusos han arrancado todos
los tapices y antepuertas, con premura de saqueo, y quebrado hasta la
última baldosa del piso al arrollar las alfombras y llevarse los
muebles, no dejando otra cosa que una mesa florentina de ébano
incrustada de marfil y una silla de roble.
La cuadra semeja un granero después de vendida la cosecha, y su olor
habitual de vejez y de encierro se levanta aún más intenso de aquella
desvastación.
Sin embargo, los antiguos retratos de los Aguila han sido suspendidos
nuevamente de la pared.
Ramiro medita. Doble surco sombrío arruga su entrecejo. Su rostro está
más enjuto, la frente más pálida, la nariz más aguileña; pero toda su
persona conserva el boato de costumbre. Hermosa cadena reluce sobre sus
negros vestidos de gorgorán. Espuelas de oro resuenan en sus tacones.
La fúnebre capa de catorceno ha sido plegada cuidadosamente sobre el
respaldo de la silla.
Su vida remolinea ahora con súbito regolfo ante la conspiración
imprevista de sus enemigos; y su voluntad parece cubrirse de espuma
contra los obstáculos, a manera de bravo torrente.
¿Cómo dudar? Se ha buscado desjarretarle el brío y cubrirle de infamia.
Unos, como el corregidor y los inquisidores, en castigo de haberse
quitado la gorra ante la cabeza cortada de Bracamonte; otros, como San
Vicente y el alférez, por la rabia de los celos; y los demás, por el
envidioso temor de verle escalar los más altos honores. ¿Cómo explicar
si no, la insistente acusación de complicidad con los moriscos? ¿Quién
podía pensar de veras, que un hombre de su casta fuera capaz de
semejante atentado contra Dios, contra el reino, contra su propia honra?
Entretanto, reconfortábase al recordar el despreciativo gesto con que
había respondido a las capciosas preguntas del Tribunal. Hubiera deseado
quedarse ahí, sin agregar una sola palabra, mirándoles fieramente desde
lo alto de su orgullo; pero cuando el calificador Quiroga señaló con
maliciosa expresión la daga sarracena que habían encontrado en la gaveta
de su escritorio, fuerza fue referir toda la aventura desde el comienzo,
haciendo constar la razón de su amancebamiento con Aixa, describiendo la
escena de la lucha, los cuidados de las mujeres y del morisco, y
explicando, en fin, el origen de aquel presente, que guardaba como una
honrosa prenda de su jornada.
No pudo, sin embargo, presentar ni un solo testigo; pero, Aixa, la
infiel, su propia víctima, casi enloquecida por el tormento, en vez de
tomar la venganza que se le brindaba tan fácil y terrible, confirmó su
relato y su inocencia, acusándole de pérfido cristiano y de mal
caballero, que no había sabido respetar la palabra comprometida.
Felizmente los jueces no pudieron comprender la mirada de angustiosa
pasión que la sarracena le dirigió, por última vez, al ser arrastrada de
nuevo a la tortura.
Vino luego la declaración del Canónigo, y no volvieron a molestarle.
Ya quedaba libre; pero ¡quién quitaría de su honra la mácula de
semejante calumnia! ¡Ah, un agravio alevoso como aquél merecía,
asimismo, secreta venganza! Pensó en Gonzalo, y, como si su espada fuera
parte viva de su persona, pareciole sentir a lo largo del envainado
acero una fruición homicida, bárbaro goce de sangre y de muerte.
Detúvose un momento, y aproximose a una de las ventanas. El cuadro
invariable que había contemplado tantas veces desde la infancia se
manifestaba ahora con otro sentido. La taciturna ciudad dentro del alto
cerco almenado que suprimía todo horizonte; la adusta soberbia de los
caserones, evocando nombres tantas veces pronunciados, con todo el
entretejo de odios, de envidias, de imposturas; el andar rutinero y
villano de la existencia comunal que cada minucia recordaba, y, en fin,
tanta sordidez, tanta monotonía, saltáronle a los ojos haciéndole
considerar la estrechura de cárcel que había bastado a su ardimiento.
Las palabras de Beatriz en el estrado le volvían a la memoria. ¡Sí, era
preciso dejar alguna vez la alcándara y volar hacia la heroica cetrería!
A él mismo se le alcanzaba que no era airoso ligar su nombre al de
aquella descendiente de ilustres adalides sin ofrecerla, primero, alguna
bandera de nave mahometana, o una corona mural ganada en los asaltos de
Flandes.
¿Qué había realizado hasta ahora que mereciera inscribirse en las
crónicas? ¿Qué eran sus mejores hechos sino proezas de niño? Esta
reflexión hízole sonreír con ambiciosa amargura, mientras sus ojos,
enrojecidos de pronto, dejaban asomar una lágrima.
Resolvió, allí mismo, marcharse a Cartagena, por ver si encontraba
todavía al capitán Antonio de Quiñones, ¡Quién sabe si no topaban al
poco tiempo con alguna flota turquesca!
Estaba dispuesto a errar sin descanso por el mundo, hasta llevar al cabo
alguna empresa que hiciera resonar su nombre entre las gentes. Ya nada
le ataba el albedrío. Ya era libre y señor; su madre había abandonado el
mundo, dos meses antes, entrando al convento de San José, y acababan de
enviarla, en compañía de otras novicias, a una casa de la Orden, en la
ciudad de Córdoba.
Sentose ante la mesa.
El esquilón de la Catedral golpeó tres campanadas tranquilas.
--Las tres--se dijo,--y el paje no llega con la merienda.
Acordose entonces que no había podido entregarle dinero alguno, pues
todo lo que restaba en su bolsa lo había invertido en el joyel de
diamantes para Beatriz.
¿Cumplirían los perros genoveses la promesa de traerle los ciento
cincuenta ducados?
La noche antes durmiose sin haber comido un solo bocado de pan desde la
mañana; y los días anteriores, ¡si no hubieran sido el pernil y las
berzas que trajo Casilda!
¡Otro día sin sustento! Ofrecería aquella nueva penitencia al Señor. El
hambre era santa.
La puerta abriose de pronto, y Pablillos, vestido de viejo traje color
de badana, entró de un salto en la cuadra, sosteniendo en sus brazos un
cesto de mimbre repleto de alubias, nabos, cebollas, longanizas y uñas
de vaca; una codorniz dejaba colgar hacia afuera su cabecita muerta.
--¿Cómo hubiste esas provisiones, muchacho?--preguntole Ramiro con
sequedad, sospechando alguna trapacería.
--Guiado, señor, de las tres virtudes teologales del hambre, que son:
ingenio, audacia y presteza--respondió el pícaro, remedando la gravedad
de los doctores.
En ese momento, una débil aldabada en la puerta de la calle despertó los
ecos del caserón.
--Son los genoveses--exclamó Ramiro.--Corre a abrilles, Pablillos. No
puede ser otra gente la que llama a esta hora con tanta prudencia.
--Y mientras vuesa merced recibe a esos perros, yo pondré a guisar estos
dones de nuestra redonda madre--replicó Pablillos; y se retiró por la
galería columpiando la canasta encima de su cabeza.
Era hijo de una partera de Cádiz y de un famoso farsante zamorano;
Ramiro le había tomado a su servicio en Salamanca. Cierto mediodía, al
cruzar el largo puente del Tormes, viole sorbiendo sol, la espalda
contra el pretil, los brazos en cruz y los ojos fijos en el cielo, como
si esperara, cual otro San Pablo, ver bajar de las nubes, en el pico de
un pájaro, el milagroso mendrugo.
La pinta era buena. Había estofa para un paje, Ramiro preguntole:
--Muchacho: ¿buscas amo?
Los ojos le rebrillaron y, quitándose la gorra, adelantose paso a paso,
con el encogimiento ondulante y lloroso de los perros sin dueño.
Desde entonces, vestido de galas lacayunas, sirviole de criado, cursando
él mismo en las Escuelas, pues era de aprovechada condición. Ramiro se
le fue aficionando por la cínica destreza con que vencía o esquivaba las
mayores dificultades, y, al despedir ahora a toda la servidumbre, quiso
conservar a Pablillos, que, con el escudero y Casilda, eran los últimos
puntales de su decadencia.
Oyose rumor de pasos en la galería. Alguien golpeó la puerta con los
nudillos.
--Entrad--dijo Ramiro.
Y los genoveses se presentaron.
Eran dos prestamistas del antiguo barrio judío de Santa Escolástica. El
uno, joven, con el cabello tuzado sobre la frente, facciones infantiles
y enorme corpachón de verdugo. El otro, anciano, ojillos vinosos, nariz
avarienta, y la piel del pescuezo cárdena y granulosa como el colodrillo
de los pavos. El primero traía aretes de coral; el segundo, varias
sortijas adornadas con las vistosas piedras que fabricaban en Venecia
los margaritaios.
El viejo entregó un bolsillo de cuero henchido de monedas, diciendo:
--Su señoría puó contar. Son ciento cincuenta.
--No he menester--respondió Ramiro guardando el talego.
--Su señoría sabe--agregó el prestamista--que el último día de cueste
año deberá dejar el palacio.
--Sí--respondió Ramiro secamente, y cruzó los brazos en silencio como
invitando a los genoveses a que se retirasen.
El anciano escudriñaba todo el salón por ver si quedaba todavía alguna
cosa olvidada, hasta que al distinguir los retratos meditó un instante y
exclamó:
--Si su señoría quiere dar estas pinturas, le adelantaremos veinte
ducados, y, después, si su señoría quiere habitar otro palacio se las
ritornaremos por poco más.
Ramiro se puso en pie bruscamente. ¿Qué había escuchado? ¡Vender los
retratos de sus mayores! La ofensiva propuesta le hizo sentir de un modo
brutal toda la hondura de su caída. ¿Era posible que el solo hecho de la
ruina del patrimonio diera alientos a un villano como aquél para
proponer, cara a cara, a un hombre de su estirpe, semejante comercio?
¡Venir a pedirle precio por los sagrados emblemas del abolengo! ¡Ah, no!
Antes mendigar por los caminos, antes devorarse los dedos que mercar,
por unas viles monedas, aquellas imágenes, que él siempre conservaría,
para que auspiciaran su porvenir y le recordasen, en cada ocasión, de
cerca o de lejos, ejemplos de piedad y de honra.
Dijo:
--Sépase el perro usurero que harto se me alcanza hacia donde encamina
su intención, y sépase también que, aunque juntara todo el oro que ha
robado hasta aquí, y el que ha de robar en lo venidero, por arte de su
puerca avaricia, nunca tendría con qué pagar un añico, tan sólo, de
estos retratos, que valen para mí mucho más que todas las riquezas de
las Indias.
Una sonrisa de orgullo apuntó por debajo de su gesto implacable, como si
confiara en que el espíritu inmortal de sus antepasados acababa, de
presenciar aquel movimiento, que les iba dedicado como una ofrenda.
Seguidamente, señalando la puerta, ordenó a los genoveses que se
alejasen.
Un instante después llegaba Pablillos con la humeante colación.
Ramiro comió con dignidad, sin dejar que su semblante tradujera el bajo
deleite de las entrañas; mientras el paje, en pie, junto a la silla,
relataba su reciente aventura:
A la hora en que los porteros duermen la siesta, se había dirigido a la
tienda de Pedro Gil, en el Mercado Chico, diciendo que su amo, don Diego
de Valderrábano, acababa de llegar de la sierra y mandaba en busca de
tal y cual cosa para su plato, que cuanto antes se lo remitiesen porque
venía con harta necesidad. Luego, dejando la tienda, fuese a esperar a
la puerta de aquel señor, escondiendo la gorra por debajo de la ropilla
y paseándose por el zaguán, como si fuera un criado de la casa. Las
provisiones no tardaron en llegar, y él las recibió de mal gesto,
diciendo con enfado al mozo que las traía: «Por poco más te vuelves con
todo, galápago, que tenía orden de mi Señor de no lo recibir si no
llegaba luego, luego.» Apenas el mozo hubo vuelto las espaldas cuando el
portero habló por la mirilla. El se adelantó sin vacilar y pidiole que
le excusara, pues el sol estaba tan en su fuerza que había entrado a
guarecerse a la sombra y descansar un momento del pesado fardo que
llevaba.
Ramiro quiso indignarse, pero el bien del sustento le ablandaba la
voluntad. Sacó una moneda y diósela al paje para que pagara sin tardanza
su latrocinio, ordenándole en seguida que almohazara su caballo y
aparejase el arnés, las ropas y las armas para un largo viaje que tenía
que emprender al siguiente día.
La cabeza contra el respaldo, los codos en los brazos del sillón y los
dedos entrelazados, cerró luego los ojos para que los instantes le
parecieran más veloces, mientras llegaba la respuesta de Beatriz, que
debía traerle Casilda.
Viendo, ora la hechicera boca de su amada, que aparecía y desaparecía,
ora un mar de olas inverosímiles, flotas a la vela, abordajes heroicos,
armas y banderas extrañas, fuese quedando dormido. Un ratón salió de la
cueva y otros le siguieron. El número se acrecentaba sin cesar y todos
devoraban con desconfiada premura las migajas caídas en torno de la
mesa. De pronto Ramiro levantó una pierna para cruzarla sobre la otra, y
a un tiempo, como un solo ser, todos los roedores dispararon hacia los
muros en instantánea fuga. Luego reaparecieron, se aproximaron, y
cobrando confianza, rodearon por completo el asiento del joven hidalgo.
Cuando Casilda regresó, Ramiro dormía profundamente. La muchacha
contemplole un buen rato, temiendo quizá despertarle. Los cabellos
retintos del joven dejaban caer dos lacios mechones sudorosos sobre la
frente, los párpados estaban como aureolados de misterio, y sobre la
palidez mate del rostro, el labio acentuaba su carminoso brillo. Casilda
llamole:
--¡Mi señor! ¡mi señor!
La recadera traía malas noticias. Había seguido el procedimiento de
costumbre, haciéndose anunciar por Leocadia; pero esta vez la señora no
había querido recibirla.
--¿Pero supo--preguntó Ramiro--que yo te mandaba?
La muchacha respondió con una sonrisa.
--¿Subiste a sus cuartos? ¿Os vio?
--Viome harto bien, y yo mostré, desde lejos, el billete de vuestra
merced; pero mandome decir que se estaba aderezando para salir al
estrado, y que no podía en ese momento ocuparse de esquelas.
--¿Eso dijo?
--Eso, señor.
--¿Y no mandaste, al menos, el billete con alguna criada?
--¿Y si vuestra merced se enfadaba, luego, conmigo?
Poniéndose en pie, el mancebo repuso:
--Enfádome agora de veros tan necia.
Los ojos de la muchacha se enrojecieron, su mano estrujaba el rojo
mandil. Ramiro, en vez de ablandarse ante aquella humildad, enfureciose
mayormente. Tomó de un hombro a Casilda e hízola girar con violencia,
gritando:
--¡Fuera de aquí la bellaca!
Ella corrió hacia la puerta, y oyose al pronto sofocado gimoteo que se
alejaba por la galería.
¿Era posible que Beatriz no hubiera querido recibir su mensaje? El
orgullo hízole buscar la explicación en su propia conducta. Pero ¿qué
inconstancia, qué desvío podía reprochársele? ¿No le paseaba la calle
todos los días, no iba luego a esperar fuera de la ciudad, frente al
torreón de su huerto? ¿No le enviaba joyas, no la componía sonetos y
endechas, como el más rendido de los amantes?
De cavilación en cavilación, dejó llegar la noche sin salir de la
cuadra. Dos horas después de cenar, díjole al paje:
--Puedes irte a dormir.
--¿No ha oído vuesa merced--preguntó el muchacho--algo así como un
rechinar de eslabones en la estancia vecina y unos golpecillos como de
huesos?
--Estarase alguno robando la argamasa del muro.
--No es bueno hacer mofa, señor, ¡que si fuera algún ánima ensabanada!
¡Yo tiemblo!
Pablillos se retiró, y Ramiro salió a la galería. La piedra, el
ambiente, la tierra herbosa del patio, todo se refrigeraba en la clara
noche de luna. Ramiro se apoyó en el antepecho y levantó las pupilas.
Grandes nubes iluminadas viajaban en el augusto silencio.
El resplandor del astro bañaba sólo dos lados de la galería; espectral
claridad que hacía pensar en apariciones. La sombra se ahondaba bajo los
arcos temerosamente.
Lleno de amorosa incertidumbre, Ramiro no podía pensar sino en Beatriz,
y veía su rostro sobre todo lo que miraba. Veíalo sobre el muro, o en el
veto de las tinieblas; veíalo en los cielos, indeterminado y sublime,
confundiendo su belleza con el hechizo de la noche. Otras veces era toda
su persona revestida de blancura nupcial y vagando bajo los arcos o
entre las hierbas, como una sonámbula. Ramiro hallábase embebecido. La
solemne dulzura del ambiente se difundía en su alma, y su sentido creía
respirar el perfume de las corolas innumerables abiertas abajo, entre
las losas y desteñidas al par de los tallos por la fantástica ceniza de
la luna. No se escuchaba el más leve murmullo. El sosiego era profundo,
pero su espíritu no se sentía verdaderamente solo. Algo como el hálito
de otra presencia llegaba hasta él desde los sitios tenebrosos.
Una hora pasó. La claridad caminaba sobre el muro frontero. Hacia la
derecha otro ángulo del patio comenzó a iluminarse. Nuevo arco ornado de
rosetas de piedra aparecía, y Ramiro, al mirar en aquella dirección,
advirtió la forma de una mujer asomada como él hacia la noche. Era
Casilda. Su seno henchíase por momentos y sus ojos brillaban demasiado,
cual si estuvieran humedecidos.
Ramiro se sorprendió de su propia emoción. Aquella compañera de infancia
cobraba ahora imprevista idealidad. Casilda era también una mujer, mujer
bella entre todas. Fruta sazonada en el propio huerto y desdeñada a
fuerza de mirarla siempre a la merced de la mano. Pensó que con un breve
signo, pensó que chistándola apenas vendría hacia él, y a la primera
caricia daríase mansamente como una esclava. Pensó en reyes ancianos que
entregarían su corona por un instante de aquella voluptuosidad que él
podía gozar allí mismo. Sí: un solo rumor del aliento, y la preciosa
criatura vendría a henchir de deleite su noche solitaria.
Pero no, su corazón estaba demasiado herido, demasiado inquieto, y por
eso tal vez el amor de Beatriz se levantaba ahora más tiránico, más
exclusivo que nunca, como el único amor concebible.
Irguiose, y sin ser visto ni sentido por la doncella, fue a echarse solo
sobre la cama, y a soñar en aquel beso que Beatriz había espantado con
su grito, en aquella boca tentadora y terrible que palpitaba y
mariposeaba desde entonces por delante de su alma.