Ramiro no pudo dormir en toda la noche. Lúgubres visiones le robaban el
sueño, y los pormenores del suplicio se reproducían en su memoria,
suscitados por la tiniebla y el silencio. Era hermoso morir con aquella
valentía. Sin embargo, en caso semejante, él hubiera hablado a la
muchedumbre. Inventaba entonces en su cabeza discursos extraordinarios.
Pero, por debajo de su enhiesta arrogancia, su instinto rastrero hacíale
meditar en el poder del Soberano, en aquel poder irresistible, absoluto,
que, a la vez que dispensaba los más grandes honores, podía suprimir la
existencia más bizarra con un trazo de péñola.
A la hora del alba, cuando la nueva luz comenzó a señalar las rendijas
de la ventana, el amor de Beatriz se encendió como nunca en su pecho.
Pensó en ella apasionadamente. Pensó con frenesí en el goce de vivir y
de amar, animando junto a él la ilusión de una boca bajo la suya, de
sedosa cabellera perfumada, entre sus propias holandas.
Su primer pensamiento, al levantarse, fue irle a pasear la calle a la
doncella. Consideró que las personas que venían todos los días a dar el
pésame por la muerte de don Íñigo le ocuparían la tarde. Era menester
escapar. A la una comenzó a engalanarse. Cuando el criado le echaba por
fin sobre los hombros el capotillo de negro terciopelo atrencillado, una
dueña vino a decirle que Beatriz subía las escaleras, y que, no estando
ataviada aún doña Guiomar, era necesario entretener a la visita.
--¡Ah! ¡cómo viene hacia mí!--exclamó Ramiro para su coleto; y dando un
último toque a sus cabellos, salió de la estancia.
Sólo podía recibirla en el antiguo estrado, pues los demás habían sido
desguarnidos por los usureros. Reflexionó, sin embargo, que, a pesar de
su vejez y abandono, aquel salón trascendía a grandeza grave y a rancio
abolengo. Levantó el cerrojo y entró.
Era una cuadra larga y angosta, diversamente alhajada según el estilo
flamenco, italiano y mudéjar de los tiempos del Emperador. Desde la
muerte de doña Brianda del Aguila permaneció sin abrirse, como esas
salas de los cuentos orientales que encierran pavoroso misterio. Don
Íñigo y su hija prefirieron, a su vez, otras estancias más fáciles de
renovar. Decíase que en su recinto la Santa Junta de los Comuneros había
celebrado su primera reunión clandestina; y por mucho tiempo corrió
entre el vulgo la leyenda de que los espectros de los ajusticiados, se
congregaban allí dentro, en las noches de luna. Por eso tal vez, nadie
quiso habitar aquella casa durante un cuarto de siglo.
Los criados no ignoraban estas historias, y sus dedos habían temblado
sobre los cerrojos cuando doña Guiomar ordenó que se abriesen las
puertas para velar en el antiguo estrado de doña Brianda el cadáver de
su padre.
Era, sin duda, extraño el aspecto de aquel recinto. Entapizaba sus muros
viejo terciopelo azul, podrido en lo alto por el agua de las goteras y
coriáceo, reseco hacia los bordes, como el velludo que se desprende y
retuerce sobre las viejas arcas mortuorias. A uno y otro lado se veían
sillas de roble incrustadas de marfil, y bargueños, bufetes, contadores,
donde el trabajo de la carcoma remedaba los ojos del alcornoque. Terrosa
adherencia mataba el brillo del bronce, del nácar, de la concha.
¡Muebles cuasi espectrales! Las antepuertas, los tapices y todas las
colgaduras, cubiertas de telaraña, pendían con hipnótica apariencia, y
el polvo aclaraba, a manera de luz, los pliegues de medio siglo. Ramiro,
al entrar, oyó carreras furtivas bajo los muebles. Un taladro dejó de
roer.
La barandilla, desdorada por la mano nerviosa de antiguos galanes,
dividía en dos partes el estrado, y, sobre la encorchada tarima,
almohadas polvorientas conservaban aún la presión de cuerpos femeninos.
Un residuo ilusorio de remotos galanteos parecía perdurar a manera de
viejo perfume o como un polvo de ramilletes en los cofrecillos de las
ancianas.
¡Cosas fenecidas! Hubiérase dicho que aquel carcomido aparato no
esperaba sino la primera brisa exterior para desvanecerse de súbito.
Seis retratos descoloridos habitaban espectralmente la estancia.
Ramiro esperaba junto a un brasero, que guardaba aún la ceniza de los
últimos saraos. Oyose un rumor de chapines y un crujir de sedas en la
galería, y Beatriz apareció vestida de negro y olorosa como un sahumador
encendido.
Mientras Ramiro se inclinaba con donaire, la doncella dejó caer su manto
hacia atrás. Doña Alvarez, que la acompañaba, quedose en la estancia
vecina.
--¡Solos!--se dijo el mancebo.
Uno y otro temblaban. Una irradiación misteriosa estremecía en torno de
ellos lo ignorado. La niña miró con extrañeza los muebles y las
colgaduras, toda aquella vejez, toda aquella podredumbre; luego púsose a
observar uno a uno los retratos. Siguiendo su mirada y sintiéndose
incapaz, bajo la viva emoción, de formular algún concepto cortesano,
Ramiro profirió:
--Son nuestros antepasados: los Aguilas, claros varones y mujeres, que
murieron hace mucho.
Hizo una pausa y continuó:
--¡Nosotros también pasaremos como ellos, Beatriz!
Y al pronunciar esta frase hundió su mirada en los ojos de la doncella
con doble y profunda expresión de sensualidad y de tristeza.
Una de las pinturas representaba un busto de mujer. Listada caperuza
adherida a la frente ocultaba del todo los cabellos.
--¡Quién quisiera llevar agora una toca como ésa! ¡Antes morir!--observó
la niña, agregando:--Mirad: tenía en el cuello un lunar como el mío.
Bajándose entonces la gorguera mostrole a Ramiro la terneza de su
garganta. El mancebo se sintió desconcertado ante aquella blanquísima
piel donde minúsculo lunar exasperaba el deseo cual voluptuosa pimienta.
De pronto, girando sobre sus corchos como en una mudanza de baile,
Beatriz exclamó:
--¡Basta de muertos!--agregando con cortesana sonrisa:--Bien sé que sois
de sangre muy clara y que podéis referir grandes cosas de los agüelos;
pero holgárame en oíros contar las vuestras algún día.
--Tiempo queda--repuso el mancebo, sintiendo subir a sus mejillas
inesperado rubor.
--Mi padre--añadió Beatriz,--siendo un mancebillo, marchose a la guerra.
Esto lo digo sólo por aguijaros.
--Desde ya me obligo; pero no crea ninguno que he de padecer en la
guerra más que aquí, ni que han de ser en ella más arduos los peligros,
ni más duros los cautiverios, ni más propincua la muerte.
--Incomprensible os volvéis.
--Decidme--exclamó Ramiro sonriendo:--¿qué batalla habrá por el mundo
más dura que mi porfía, qué adarve más áspero que vuestro corazón, qué
infieles más temibles que esos vuestros ojos, mi señora?
--Muy tierno me requebráis. Quiero pensar que lo decís de vero.
Los dos callaron.
Estaban ambos vestidos de terciopelo negro atrencillado con aforros de
seda, y sólo sus rostros y sus manos recogían la claridad escasa de la
penumbra. Un rayo de sol, turbio de corpúsculos, entraba tras una madera
entreabierta, iluminando, sobre la pared del fondo, una gran tapicería
que atrajo la mirada de Beatriz.
Avanzaron hacia la luz, y subiendo a la tarima, uno y otro hicieron una
mueca involuntaria. Respirábase allí rara hediondez. Ramiro comprendió.
Acababa de reconocer un olor inconfundible, un olor respirado, al llegar
de Salamanca, en el cuarto de don Íñigo; y toda duda quedó desvanecida
al advertir sobre el suelo las gotas de cera de los hachones.
La tapicería representaba un asunto de amor. Ramiro la había descifrado
días antes, con el auxilio de un padre dominico. Veíase, hacia la
izquierda, a María Padilla, la favorita de don Pedro, sentada en
fabuloso jardín, amarillo y azul. Un pavo real abría su fastuosa
pantalla junto a un estanque. Apoyando suavemente la diestra en el
hombro de la dama, el Rey de Castilla, vestido de rojo capisayo
descolorido, enseñábala sobre el dedo un halcón montano con capirote de
púrpura. Una ondulación, un aliento espectral parecía mover por
instantes la tela.
Ramiro dijo brevemente lo que había leído en las historias sobre
aquellos amores, y a él mismo le pareció que sus palabras diseminaban
lúbrico perfumo. Las pupilas de Beatriz se encendieron.
Uno y otro fijaron la mirada en las dos galantes figuras, y sus retinas
sólo tomaron el vivo bermellón de aquellas dos bocas intactas, que
parecían retardar la voluptuosa caricia en los años.
Ramiro pensó que de un momento a otro podía llegar alguna persona, su
madre misma, y romper el embeleso de un coloquio a solas, que no
volvería tal vez a ofrecerse, en mucho tiempo. Preparó en su espíritu la
frase decisiva. Estaba resuelto a poner su destino a los pies de aquella
mujer. Dio algunos pasos hacia el muro para recobrar su entereza. Un
ángulo de la tapicería estaba doblado hacia adentro; él lo cogió
maquinalmente e hizo dar a la tela brusca socollada. Entonces sucedió un
hecho harto extraño: envueltas en una nube de polvo, inesperadas,
sorprendentes, salieron por debajo de la colgadura innumerables
polillas. Era un verdadero enjambre espantado, indeciso, de maripositas
grises, hechas como de tierra, que desprendían una arena finísima al
volar y resplandecían por instantes, a modo de luciérnagas, en el rayo
de sol.
Muchos de aquellos insectos fueron a posarse sobre los vestidos de
Beatriz, adhiriéndose al jubón y a la saya y cubriendo su manto. La niña
repetía el mismo ademán de repugnancia y de miedo, sin atreverse a
tocarlos; mientras Ramiro, alargando sus dedos, se los quitaba, uno a
uno, entre sonriente y avergonzado.
Enredadas en un rizo, dos de aquellas palomitas aleteaban sin cesar. El
mancebo, al ir a cogerlas, retuvo a Beatriz pasándola el brazo por
detrás de la espalda. El rayo de sol la daba de lleno en el rostro, y,
en medio de toda la vejez, de la descomposición, de la muerte que le
rodeaba, Ramiro vio una cosa hechicera, deliciosa, toda vida, toda
juventud, toda sangre, que palpitaba bajo su ansia. Era la boca, aquella
boca roja de Beatriz, que el demonio carnal la había enseñado a salivar
brevemente, y a ensanchar y contraer, de inquietante manera. Ramiro
cercó con su brazo el cuello de la niña oprimiéndola con dulzura. Sintió
entonces el impulso frenético de poner sus labios sobre los labios de la
doncella, de beber y morder en ellos el amor, la lujuria, el delirio,
¡locamente!, y la atrajo por fin hacia él con rabiosa vehemencia.
Beatriz lanzó un grito:
--¡Alvarez!
Uno y otro volvieron el rostro. La dueña contorneaba su forma ancha y
sombría en el luminoso vano de la puerta, que acababa de abrirse.
--¡Las polillas! ¡Las polillas!--volvió a gritar Beatriz, sacudiéndose
el manto.
Un instante después, cuando la dueña terminaba apenas de borrar en los
vestidos de su señora la última señal de los insectos, un lacayo vino a
decir que doña Guiomar esperaba en su aposento. Ramiro no quiso
acompañar a Beatriz, un movimiento pudoroso le impulsaba a evitar en
aquel momento la mirada de su madre. Inclinose, pues, con muda
reverencia, y se alejó por los corredores.
* * * * *
Aquella tarde, aquella noche y en los días que siguieron, Ramiro recordó
sin cesar el coloquio del estrado.
Parejas con la tiránica pasión, su orgullo viril crecía ilimitadamente.
Ni una brizna de desconfianza brotó en su cerebro, ni una sola reflexión
adversa. Sentíase más seguro que nunca. El grito de Beatriz no fue sino
el clamor de su voluntad totalmente rendida. La había sentido vibrar
entre sus brazos con el mismo estremecimiento de la sarracena y otras
mujeres, cuando él las atraía para besarlas; y parecíale llevar aún en
la mano el loco latir de aquel corazón bajo el duro azabache.
En cambio, él también quedaba herido por Beatriz, y quizá para siempre.
Ya no podía concebir el resto de su vida sin el amor y la total posesión
de la doncella. ¿Para qué soñar, ambicionar, afanarse, si no lograba la
caricia que acababa de escapar a su ansia? ¿Qué era el mundo y sus
loores sin aquella victoria? ¿Cómo soportar que otro hombre?...
Su ensueño amoroso oscilaba entre el arrobamiento y las fiebres impuras.
Unas veces el alma alcanzaba de un solo rapto las beatitudes de la
pasión ideal; otras, la sangre clamaba impaciente por la suprema
codicia. Ora soñaba que sus labios sorbían el éxtasis en los labios de
su amada, cual paradisíaco rocío; ora, que sus deseos eran las abejas
temibles cayendo en enjambre sobre una fruta entreabierta.
Luego imaginaba lo que haría, cuando fuera su esposo para apartarla de
la irritada sensualidad de los que hubieran sido sus galanes: La
llevaría a un país muy lejano, a alguna ínsula salvaje; o se encerraría
con ella en una morada que no tuviese más abertura que el ferrado
portón, para no dejarla salir sino muy de mañana a la iglesia más
próxima, bajo un manto amplio y espeso que la ocultara todo el rostro y
sólo dejase a los demás su sombra pasajera y arrebujada. Si alguno osaba
requebrarla al pasar o seguirla con descaro, ya sabría él despacharlo al
otro mundo por el más listo de los correos, con una oblea harto roja en
medio del pecho.
Una noche, metido en la cama, fuese quedando dormido sin apagar el
candil. La llama sobredoraba sus visiones. Estaba casado con Beatriz y
era capitán de corazas en alguna tierra de América. Encontraba un tesoro
inmenso, cientos de vasijas sepulcrales repletas de oro. Salvaba al
ejército en una terrible sorpresa. Ganaba él mismo numerosas batallas.
Era hecho Virrey...
Al día siguiente un alguacil de la Santa Inquisición diole, en su propia
mano, una cédula por la cual se le llamaba a testificar, por segunda
vez, en el proceso de los moriscos.