Dos días después, Ramiro recibió de una vendedora de rosarios un favor
de raso verde. Beatriz se lo enviaba. El no se atrevió a ponerlo en su
gorra, como lo hacían otros galanes amartelados; pero decidió llevarlo
consigo entre el jubón y la ropilla. Necesitaba, a su vez, de un
intermediario seguro. Cohechar a doña Alvarez le repugnaba. Hizo llamar
a Casilda.
La muchacha, bajando los ojos, escuchaba en silencio los mensajes e
íbase a repetirlos sin quitar ni poner. De esta suerte llevó también una
sortija de diamantes y trajo una muy señoril, con florentino sello
burilado en una crisólita. Casilda fue excelente recadera, y, según
andaba por todos los barrios, tomaba lenguas y destapaba secretos,
aunque no lo buscase. Por ella supo Ramiro que los lacayos de Gonzalo de
San Vicente hablaban a menudo con doña Alvarez; y que Pedro, el hermano
menor, apenas se embriagaba en alguna taberna, poníase a gritar, dando
puñetazos sobre las mesas, que así que Gonzalo llegara a casarse con la
hija de don Alonso, él les daría, a uno y otro, de puñaladas, la misma
noche de la boda.
* * * * *
Muy pronto, el día de Santa Rita y Santa Quiteria, debía Ramiro salir
para Salamanca. Una vez allí, y al cabo de algunas semanas, comunicaría
a su madre las disposiciones de su ánimo. Quizás al hallarse en aquella
ciudad asombrosa, «pasmo del orbe», entre los vivientes dechados de
piedad y sabiduría, su corazón le empujara irresistiblemente hacia la
gloria espiritual de los soldados de Cristo. Pero si no era así, si su
vocación no se revelaba de modo patente, estaba resuelto a tomar otra
senda. Un cuantioso patrimonio, pensaba, iba a caer bien pronto en sus
manos.
El corto plazo que le restaba dedicole especialmente a Beatriz. Rondaba
en torno de su casa por la mañana y por la tarde. Veces veíala aparecer
detrás de las vidrieras; veces, conviniéndose de antemano por intermedio
de Casilda, salía de la ciudad e iba a sentarse sobre un canto, frente
al lienzo de muralla que correspondía a su mansión, hasta verla asomar
entre almena y almena.
La víspera de la partida Ramiro pasó más de una hora en aquel sitio,
esperando que Beatriz apareciera sobre la torre. Reinaba un gran
silencio. El galán no apartaba los ojos de la rugosa muralla, a cuyo pie
la roca granítica, rebajada por manos inmemoriales, remeda el embate de
un mar. La niña asomó, por fin; y algo blanco, un papel, un billete,
comenzó a descender en el aire con vacilante ondulación. ¿Qué signos
preciosos traerían para él aquellas alas mensajeras? ¿Cuál habría sido
el acento escogido por su amada para poner un pedazo de su alma en la
solemne despedida? Recibió el papel en el sombrero y lo abrió. Decía:
«Aun más de lo que os amo os amara si, en llegando a Salamanca, me
escogieseis vos mesmo, en la tienda que llaman del Zamorano, una
gallarda vihuela de lindo sonar. Quisiera viniese, luego luego, por
medio de algún viajante, pues tengo harta necesidad. Dícenme que el
cura de San Juan debe volver esta semana.
»Dichoso viaje, mi señor bachiller.
Beatriz.
»Hago escrebir este papel por la dueña, pues me he lisiado ayer un
dedo, jugando en el huerto con los amigos.»
Doña Guiomar había puesto en movimiento a la numerosa servidumbre. Al
día siguiente, de mañanita, todo estaba aparejado; y, llegada la hora,
sacáronse a la calle, por la puerta principal, las acémilas cargadas, el
cuartago para Ramiro y el macho rucio para el Canónigo, quien debía
acompañarle hasta Castellanos de la Cañada.
Ramiro subió a despedirse de su abuelo. Don Íñigo se dejó besar la
diestra como idiotizado; una nevada de ancianidad había caído de pronto
sobre él, enfriando para siempre el último calor de su intelecto. Su
chupado rostro estaba a trechos amarillo y a trechos moreno, como los
limones que se resecan.
A su vez, doña Guiomar abrazó a su hijo esforzándose en sonreír bajo las
lágrimas; y, para poder seguirle con la mirada, subió con sus doncellas
a la torre del caserón.