XXIX

Dos días después, Ramiro recibió de una vendedora de rosarios un favor

de raso verde. Beatriz se lo enviaba. El no se atrevió a ponerlo en su

gorra, como lo hacían otros galanes amartelados; pero decidió llevarlo

consigo entre el jubón y la ropilla. Necesitaba, a su vez, de un

intermediario seguro. Cohechar a doña Alvarez le repugnaba. Hizo llamar

a Casilda.

La muchacha, bajando los ojos, escuchaba en silencio los mensajes e

íbase a repetirlos sin quitar ni poner. De esta suerte llevó también una

sortija de diamantes y trajo una muy señoril, con florentino sello

burilado en una crisólita. Casilda fue excelente recadera, y, según

andaba por todos los barrios, tomaba lenguas y destapaba secretos,

aunque no lo buscase. Por ella supo Ramiro que los lacayos de Gonzalo de

San Vicente hablaban a menudo con doña Alvarez; y que Pedro, el hermano

menor, apenas se embriagaba en alguna taberna, poníase a gritar, dando

puñetazos sobre las mesas, que así que Gonzalo llegara a casarse con la

hija de don Alonso, él les daría, a uno y otro, de puñaladas, la misma

noche de la boda.

* * * * *

Muy pronto, el día de Santa Rita y Santa Quiteria, debía Ramiro salir

para Salamanca. Una vez allí, y al cabo de algunas semanas, comunicaría

a su madre las disposiciones de su ánimo. Quizás al hallarse en aquella

ciudad asombrosa, «pasmo del orbe», entre los vivientes dechados de

piedad y sabiduría, su corazón le empujara irresistiblemente hacia la

gloria espiritual de los soldados de Cristo. Pero si no era así, si su

vocación no se revelaba de modo patente, estaba resuelto a tomar otra

senda. Un cuantioso patrimonio, pensaba, iba a caer bien pronto en sus

manos.

El corto plazo que le restaba dedicole especialmente a Beatriz. Rondaba

en torno de su casa por la mañana y por la tarde. Veces veíala aparecer

detrás de las vidrieras; veces, conviniéndose de antemano por intermedio

de Casilda, salía de la ciudad e iba a sentarse sobre un canto, frente

al lienzo de muralla que correspondía a su mansión, hasta verla asomar

entre almena y almena.

La víspera de la partida Ramiro pasó más de una hora en aquel sitio,

esperando que Beatriz apareciera sobre la torre. Reinaba un gran

silencio. El galán no apartaba los ojos de la rugosa muralla, a cuyo pie

la roca granítica, rebajada por manos inmemoriales, remeda el embate de

un mar. La niña asomó, por fin; y algo blanco, un papel, un billete,

comenzó a descender en el aire con vacilante ondulación. ¿Qué signos

preciosos traerían para él aquellas alas mensajeras? ¿Cuál habría sido

el acento escogido por su amada para poner un pedazo de su alma en la

solemne despedida? Recibió el papel en el sombrero y lo abrió. Decía:

«Aun más de lo que os amo os amara si, en llegando a Salamanca, me

escogieseis vos mesmo, en la tienda que llaman del Zamorano, una

gallarda vihuela de lindo sonar. Quisiera viniese, luego luego, por

medio de algún viajante, pues tengo harta necesidad. Dícenme que el

cura de San Juan debe volver esta semana.

»Dichoso viaje, mi señor bachiller.

Beatriz.

»Hago escrebir este papel por la dueña, pues me he lisiado ayer un

dedo, jugando en el huerto con los amigos.»

Doña Guiomar había puesto en movimiento a la numerosa servidumbre. Al

día siguiente, de mañanita, todo estaba aparejado; y, llegada la hora,

sacáronse a la calle, por la puerta principal, las acémilas cargadas, el

cuartago para Ramiro y el macho rucio para el Canónigo, quien debía

acompañarle hasta Castellanos de la Cañada.

Ramiro subió a despedirse de su abuelo. Don Íñigo se dejó besar la

diestra como idiotizado; una nevada de ancianidad había caído de pronto

sobre él, enfriando para siempre el último calor de su intelecto. Su

chupado rostro estaba a trechos amarillo y a trechos moreno, como los

limones que se resecan.

A su vez, doña Guiomar abrazó a su hijo esforzándose en sonreír bajo las

lágrimas; y, para poder seguirle con la mirada, subió con sus doncellas

a la torre del caserón.

La gloria de don Ramiro una vida en tiempos de Felipe segundo · 第 35 / 50 题