Llegado que fue el próximo domingo, Ramiro se engalanó como nunca y, a
las tres de la tarde, fuese a visitar a don Alonso. La sangre, la
imaginación, el orgullo tiraban en un solo sentido como los trapos de
una barca en el viento. Además, no le faltaron razones para demostrarse
a sí mismo que aquel paso era del todo oportuno, pues si había de partir
en breve, no hallaría mejor ocasión para desligar a don Alonso de la
promesa del hábito y declarar al padre y a la hija el objeto de su
viaje.
Cuando Ramiro penetró en la cuadra de las pinturas, Blázquez Serrano
regalaba a sus amigos con la sorpresa de un nuevo cuadro adquirido en la
corte.
--Algunos--decía--lo atribuyen a Rafael de Urbino, y a mi fe, yo veo
patente en este lienzo su sabio colorir y su consumada maestría de los
perfiles.
La mueca de muda admiración, la mano que se encartucha como un anteojo,
la que requiere las gafas y las va distanciando lentamente para volver a
acercarlas, y toda suerte de frases e interjecciones de contagioso
entusiasmo alternaban en derredor del caballete de taracea.
El docto señor de Mújica exclamó por último:
--Es digno de Apeles y de Parracio.
Ramiro hubiera querido también expresar su parecer. Estaba convencido de
que a la mayor parte de aquellos señores se le alcanzaba muy poco del
arte de la pintura. Sin embargo, todos manifestaban el mismo delirio y
exaltaban a los grandes maestros como no lo hicieran con los héroes y
los santos. Consideró entonces el privilegio de aquella gloria que nadie
quería desconocer; acordose de los famosos pintores adulados por reyes y
pontífices, y pensó que él mismo, ejercitando su asombrosa vocación,
hubiera llegado muy pronto a la fama universal, al placer, a la riqueza,
con sólo un haz de pinceles. Pero él no habría hecho aquella pintura
alfeñicada y femenina, aquella pintura sin contraste y sin misterio.
Sentía desde niño la fruición de los interiores sombríos, donde las
pupilas descansan de la refracción implacable de las tierras y un solo
rayo de sol revela bruscamente el color y la forma. Para él la pintura
debía seguir también ese anhelo, consolar el sentido y tornar más fuerte
y más hondo el ensueño, como el claroscuro de las estancias.
Don Alonso, al advertir que Ramiro se acercaba, tomole afable las manos
y, después de un momento, preguntole en voz baja:
--¿Quiere vuesa merced pasar al estrado? Allí encontrará a mi hija
Beatriz con algunos galanes y amigas que ella ha reunido. Toda gente
moza y danzante.
Ramiro se inclinó, y el caballero le condujo en persona a lo largo de
las galerías; pero antes de entrar en el estrado le detuvo un momento
para decirle:
--Quería comunicar a vuesa merced que el negocio del hábito habrá que
olvidallo por un tiempo, pues Su Majestad...
--Mejor así, señor--interrumpió Ramiro,--pues yo mesmo no sé agora si lo
aceptara.
--¿Y qué diría vuesa merced--continuó don Alonso--si le nombraran
regidor, como al hijo de San Vicente?
--¿Regidor? Si yo no hubiera de tomar el camino que presumo, algo más
alta sería mi ambición. ¡O César o nada!--agregó Ramiro sonriendo.
Hallose abandonado de pronto en medio de una cuadra tenebrosa, sin
distinguir rostro alguno. Hizo entonces una pausada reverencia,
adivinando, por detrás de la barandilla, doncellas y galanes que
acababan de enmudecer. Por fin una voz exclamó:
--Lléguese vuesa merced a la tarima.
Era Beatriz. Había que avanzar y avanzó; pero después de algunos pasos
felices, llevose por delante una bandeja de metal donde vidrios y
porcelanas se entrechocaron terriblemente. Oyose una risa tenue como un
céfiro. Fue a caminar en opuesto sentido, y una jícara que había rodado
sobre el tapiz crujió bajo su pie como una nuez aplastada. Alguien hizo
sonar por mofa la cuerda de un rabel. La risa aumentó.
Estaba trémulo, y quizás la misma emoción hízole distinguir bruscamente
a las doncellas sentadas a la morisca, sobre almohadas de terciopelo, y
a los sonrientes galanes que las atendían, doblando la rodilla sobre el
corcho. Ramiro, después de los saludos, fue a postrarse junto a Beatriz.
Su confusión era enorme. La niña le preguntaba por los suyos, y él
respondía como aturdido, no pudiendo pensar en otra cosa que en su
grotesca aparición. Vergüenza mayor no había pasado jamás. ¿Qué gesto,
qué palabra podría hacerle recobrar su apostura?
Todos pedían a Beatriz que danzara, y ella se excusaba débilmente. Sus
ojos fosforecían como luciérnagas, y la extremada blancura de su tez
vencía la obscuridad, semejante al lirio en la noche. Galanes y
doncellas hablaban en lenguaje artificioso. Cada pareja escurría un
concepto con apurada exquisitez; el sol, la luna, las estrellas servían
para expresar, de modos innumerables, las excusas, las querellas, los
rendimientos. Se templaban guitarras y vihuelas y oíase un murmullo
preparatorio.
De pronto, Beatriz se levantó. Ofreciósele de compañero el alférez
Antonio de Castro, recién llegado de Nápoles y que juraba _¡per Baco!_ a
cada instante, para hacer reír a las niñas.
Todos pedían danzas diferentes: la pavana, la alemana, el pie del gibao,
la gallarda. El alférez dijo, a su vez: ¡_per Baco_: la gallarda!, y,
tomando la mano de Beatriz, interpuso entre sus dedos y los de ella un
pañizuelo perfumado.
Dieron cinco pasos y después los perdieron. Los instrumentos sonaban con
anticuada languidez y el lucido soldado conducía majestuosamente a la
niña con la pompa señoril de aquella danza de los abuelos. Ella le
miraba embebecida; ora ofreciéndose como una criatura del aire levantada
por la onda de las vihuelas; ora evitándole con apicarado temor en algún
apresuramiento del ritmo. Su embeleso embriagaba, enloquecía. Un lacayo
acababa de abrir las maderas de una ventana, y la niña pasaba ahora, de
la sombra a la claridad, como una visión, arrastrando en pos de sí la
bruma de los sahumadores. A cada gesto picante, a cada mudanza difícil,
estallaba en la tarima una brusca aclamación. Ramiro sentíase reducido,
anonadado por aquel triunfo. Era un sentimiento imprevisto. Parecíale
por momentos que su alma toda se iba también en pos de aquel faldellín,
como el humo rastrero.
Concluida la gallarda, todos pidieron, a una, el baile del polvillo.
Beatriz fuese a mirar por la rendija de una puerta, temiendo que su
padre se presentase; y, después de apostar en aquel sitio al alférez,
adelantose hacia la ventana, de modo que toda la hojuela de oro y el
abalorio de su vestido rebullese en la luz. Entonces, recogiéndose
apenas la falda con ambas manos, y mirándose ella misma los pies, púsose
a repicar sobre el tapiz oriental un loco chapineo, tan recogido que
hubiese podido bailarlo en un plato.
Ella cantaba:
Pisaré yo el polvico
tan a menudico,
y los que estaban en la tarima contestaban a un tiempo, al son de las
guitarras:
Pisaré yo el polvó
tan a menudó.
--_¡Per Baco! ¡Per Baco!_--gritaba el alférez, punteando el compás con
las palmas.
Beatriz postrose por fin como extenuada sobre el almohadón de
terciopelo, junto a Ramiro. El perfume de sus ropas parecía más intenso.
Leocadia se le acercó de rodillas, ofreciéndola el chocolate en una
jícara de oro.
--No, tráeme un barro--la dijo Beatriz.
La criada ofreciole al punto, sobre una salvilla, los destrozos de un
búcaro de Méjico que acababa de romper. La niña cogió un casquillo de
aquella tierra comestible y, llevándoselo a la boca, comenzó a
devorarlo, haciéndolo rechinar entre sus dientes. Otras amigas la
imitaron.
Ramiro hubiera querido sustraerla a todas las cortesanías y alabanzas de
los demás; sentíase receloso de cada palabra. Púsose a hablarla de sí
mismo, de ellos mismos, recordando los días de la niñez. A una pregunta
de la doncella, confiola rápidamente el compromiso que había contraído
con su madre de partir en breve para Salamanca, a fin de completar sus
estudios.
--Tengo por seguro--díjole entonces Beatriz--que vuesa merced ha de
llegar a ser un gran sabio; pero no le alabo la afición; más bien
sentara a su bizarría alguna guerra. Para mí, digo yo, un soldado vale
mil bachilleres.
--Gloria no pequeña procura así mesmo el saber--repuso Ramiro.
--¿Cuál más grande para un galán que haber matado muchos turcos o
franceses con la propia espada que lleva? Mi padre estuvo en una gran
batalla en la mar. Mire vuesa merced al alférez que ha peleado mucho,
pero mucho, y agora viene a danzar con nosotros, como si tal... Así
quisiera ver a vuesa merced y aún mejor.
--¿Tanto admiráis al alférez?
--Es harto gracioso y valiente.
Tres doncellas y dos mancebos tañían ahora vihuelas de arco, un rabel y
un clavicordio. Era una música que se entraba en las almas.
Ramiro sentíase como embriagado por vicioso licor y todo extraño, todo
ajeno a sí mismo. Sus sentimientos familiares habían huido muy lejos,
dejándole a solas con una imperiosa pasión surgida de pronto de algún
silo del alma y ante la cual todos los instintos corrían a someterse
cual humilde servidumbre. El no sabía lo que pensaba ni lo que iba a
decir, y por eso mismo, palpó mejor que nunca ese obscuro fondo del ser,
encima del cual, lo que él llamaba su sentimiento, su albedrío, su
conciencia, no eran sino burbujas de un profundo hervor incomprensible.
Dejose llevar.
La palabra de Beatriz le sorprendió:
--Cuán pensativo hase quedado vuesa merced. ¿Sufre malencolías?
Ramiro no quiso contestar.
--¡Ah! no. Será la herida aquella que harale daño a las veces.
--Esa ya cerró, Beatriz--replicó entonces el mancebo;--otra es la que
agora vase reabriendo y haciéndome morir.
--¿Morir?
--Un regalado morir que es vida, pues si ansí no me matara, yo muriera.
--¡Ingenioso!...
--Exquisita llaga que me punza con sabrosos recuerdos.
Beatriz suspiró. La música exhalaba ilusoria frescura como un volar de
espíritus ideales. Ramiro entreabrió sus labios con una sonrisa
voluptuosa. De pronto, con voz muy queda, e inclinando el cuerpo hacia
ella, prosiguió:
--Acuérdome agora de cuando me asomaba de noche a mi ventana, allá en la
heredad. Todos en vuestra casa dormían, y vos mesma. Yo pensaba entonces
que el escuro perfume de los jardines era vuestro aliento, ¡y mis
pupilas, fijas en la altura, querían adivinar lo que sabían y aun saben
de nosotros las estrellas!... ¡Yo os adoro, Beatriz!...
La niña suspiró otra vez, y Ramiro sintió que su manita buscaba la suya.
Sus dedos se entrelazaron, se ciñeron apasionadamente.
--¡Cuán dichoso me siento!--balbuceó entonces Ramiro.--Decidme que
apagaréis mis enojos y me amaréis de veras. ¡Ah! ¡Cuándo será que pueda
llamaros mi esposa, mi Beatriz, mía! ¡toda mía!
Su aliento buscó la mejilla cándida de la doncella.
En este instante alguien nombró a Gonzalo de San Vicente y Beatriz
oprimiole la mano para que le dejase escuchar. Pedro Valdivieso refería
que el mismo don Felipe acababa de traer a su hijo, en nombre de Su
Majestad, el nombramiento de Regidor.
Cuatro lacayos entraron en la sala con ocho candelabros encendidos y un
momento después llegaba el dueño de casa con algunos señores. Doncellas
y galanes se levantaron. Don Alonso llamó a su hija para que hiciese la
reverencia a su pariente el señor Márquez de las Navas.