XXVIII

Llegado que fue el próximo domingo, Ramiro se engalanó como nunca y, a

las tres de la tarde, fuese a visitar a don Alonso. La sangre, la

imaginación, el orgullo tiraban en un solo sentido como los trapos de

una barca en el viento. Además, no le faltaron razones para demostrarse

a sí mismo que aquel paso era del todo oportuno, pues si había de partir

en breve, no hallaría mejor ocasión para desligar a don Alonso de la

promesa del hábito y declarar al padre y a la hija el objeto de su

viaje.

Cuando Ramiro penetró en la cuadra de las pinturas, Blázquez Serrano

regalaba a sus amigos con la sorpresa de un nuevo cuadro adquirido en la

corte.

--Algunos--decía--lo atribuyen a Rafael de Urbino, y a mi fe, yo veo

patente en este lienzo su sabio colorir y su consumada maestría de los

perfiles.

La mueca de muda admiración, la mano que se encartucha como un anteojo,

la que requiere las gafas y las va distanciando lentamente para volver a

acercarlas, y toda suerte de frases e interjecciones de contagioso

entusiasmo alternaban en derredor del caballete de taracea.

El docto señor de Mújica exclamó por último:

--Es digno de Apeles y de Parracio.

Ramiro hubiera querido también expresar su parecer. Estaba convencido de

que a la mayor parte de aquellos señores se le alcanzaba muy poco del

arte de la pintura. Sin embargo, todos manifestaban el mismo delirio y

exaltaban a los grandes maestros como no lo hicieran con los héroes y

los santos. Consideró entonces el privilegio de aquella gloria que nadie

quería desconocer; acordose de los famosos pintores adulados por reyes y

pontífices, y pensó que él mismo, ejercitando su asombrosa vocación,

hubiera llegado muy pronto a la fama universal, al placer, a la riqueza,

con sólo un haz de pinceles. Pero él no habría hecho aquella pintura

alfeñicada y femenina, aquella pintura sin contraste y sin misterio.

Sentía desde niño la fruición de los interiores sombríos, donde las

pupilas descansan de la refracción implacable de las tierras y un solo

rayo de sol revela bruscamente el color y la forma. Para él la pintura

debía seguir también ese anhelo, consolar el sentido y tornar más fuerte

y más hondo el ensueño, como el claroscuro de las estancias.

Don Alonso, al advertir que Ramiro se acercaba, tomole afable las manos

y, después de un momento, preguntole en voz baja:

--¿Quiere vuesa merced pasar al estrado? Allí encontrará a mi hija

Beatriz con algunos galanes y amigas que ella ha reunido. Toda gente

moza y danzante.

Ramiro se inclinó, y el caballero le condujo en persona a lo largo de

las galerías; pero antes de entrar en el estrado le detuvo un momento

para decirle:

--Quería comunicar a vuesa merced que el negocio del hábito habrá que

olvidallo por un tiempo, pues Su Majestad...

--Mejor así, señor--interrumpió Ramiro,--pues yo mesmo no sé agora si lo

aceptara.

--¿Y qué diría vuesa merced--continuó don Alonso--si le nombraran

regidor, como al hijo de San Vicente?

--¿Regidor? Si yo no hubiera de tomar el camino que presumo, algo más

alta sería mi ambición. ¡O César o nada!--agregó Ramiro sonriendo.

Hallose abandonado de pronto en medio de una cuadra tenebrosa, sin

distinguir rostro alguno. Hizo entonces una pausada reverencia,

adivinando, por detrás de la barandilla, doncellas y galanes que

acababan de enmudecer. Por fin una voz exclamó:

--Lléguese vuesa merced a la tarima.

Era Beatriz. Había que avanzar y avanzó; pero después de algunos pasos

felices, llevose por delante una bandeja de metal donde vidrios y

porcelanas se entrechocaron terriblemente. Oyose una risa tenue como un

céfiro. Fue a caminar en opuesto sentido, y una jícara que había rodado

sobre el tapiz crujió bajo su pie como una nuez aplastada. Alguien hizo

sonar por mofa la cuerda de un rabel. La risa aumentó.

Estaba trémulo, y quizás la misma emoción hízole distinguir bruscamente

a las doncellas sentadas a la morisca, sobre almohadas de terciopelo, y

a los sonrientes galanes que las atendían, doblando la rodilla sobre el

corcho. Ramiro, después de los saludos, fue a postrarse junto a Beatriz.

Su confusión era enorme. La niña le preguntaba por los suyos, y él

respondía como aturdido, no pudiendo pensar en otra cosa que en su

grotesca aparición. Vergüenza mayor no había pasado jamás. ¿Qué gesto,

qué palabra podría hacerle recobrar su apostura?

Todos pedían a Beatriz que danzara, y ella se excusaba débilmente. Sus

ojos fosforecían como luciérnagas, y la extremada blancura de su tez

vencía la obscuridad, semejante al lirio en la noche. Galanes y

doncellas hablaban en lenguaje artificioso. Cada pareja escurría un

concepto con apurada exquisitez; el sol, la luna, las estrellas servían

para expresar, de modos innumerables, las excusas, las querellas, los

rendimientos. Se templaban guitarras y vihuelas y oíase un murmullo

preparatorio.

De pronto, Beatriz se levantó. Ofreciósele de compañero el alférez

Antonio de Castro, recién llegado de Nápoles y que juraba _¡per Baco!_ a

cada instante, para hacer reír a las niñas.

Todos pedían danzas diferentes: la pavana, la alemana, el pie del gibao,

la gallarda. El alférez dijo, a su vez: ¡_per Baco_: la gallarda!, y,

tomando la mano de Beatriz, interpuso entre sus dedos y los de ella un

pañizuelo perfumado.

Dieron cinco pasos y después los perdieron. Los instrumentos sonaban con

anticuada languidez y el lucido soldado conducía majestuosamente a la

niña con la pompa señoril de aquella danza de los abuelos. Ella le

miraba embebecida; ora ofreciéndose como una criatura del aire levantada

por la onda de las vihuelas; ora evitándole con apicarado temor en algún

apresuramiento del ritmo. Su embeleso embriagaba, enloquecía. Un lacayo

acababa de abrir las maderas de una ventana, y la niña pasaba ahora, de

la sombra a la claridad, como una visión, arrastrando en pos de sí la

bruma de los sahumadores. A cada gesto picante, a cada mudanza difícil,

estallaba en la tarima una brusca aclamación. Ramiro sentíase reducido,

anonadado por aquel triunfo. Era un sentimiento imprevisto. Parecíale

por momentos que su alma toda se iba también en pos de aquel faldellín,

como el humo rastrero.

Concluida la gallarda, todos pidieron, a una, el baile del polvillo.

Beatriz fuese a mirar por la rendija de una puerta, temiendo que su

padre se presentase; y, después de apostar en aquel sitio al alférez,

adelantose hacia la ventana, de modo que toda la hojuela de oro y el

abalorio de su vestido rebullese en la luz. Entonces, recogiéndose

apenas la falda con ambas manos, y mirándose ella misma los pies, púsose

a repicar sobre el tapiz oriental un loco chapineo, tan recogido que

hubiese podido bailarlo en un plato.

Ella cantaba:

Pisaré yo el polvico

tan a menudico,

y los que estaban en la tarima contestaban a un tiempo, al son de las

guitarras:

Pisaré yo el polvó

tan a menudó.

--_¡Per Baco! ¡Per Baco!_--gritaba el alférez, punteando el compás con

las palmas.

Beatriz postrose por fin como extenuada sobre el almohadón de

terciopelo, junto a Ramiro. El perfume de sus ropas parecía más intenso.

Leocadia se le acercó de rodillas, ofreciéndola el chocolate en una

jícara de oro.

--No, tráeme un barro--la dijo Beatriz.

La criada ofreciole al punto, sobre una salvilla, los destrozos de un

búcaro de Méjico que acababa de romper. La niña cogió un casquillo de

aquella tierra comestible y, llevándoselo a la boca, comenzó a

devorarlo, haciéndolo rechinar entre sus dientes. Otras amigas la

imitaron.

Ramiro hubiera querido sustraerla a todas las cortesanías y alabanzas de

los demás; sentíase receloso de cada palabra. Púsose a hablarla de sí

mismo, de ellos mismos, recordando los días de la niñez. A una pregunta

de la doncella, confiola rápidamente el compromiso que había contraído

con su madre de partir en breve para Salamanca, a fin de completar sus

estudios.

--Tengo por seguro--díjole entonces Beatriz--que vuesa merced ha de

llegar a ser un gran sabio; pero no le alabo la afición; más bien

sentara a su bizarría alguna guerra. Para mí, digo yo, un soldado vale

mil bachilleres.

--Gloria no pequeña procura así mesmo el saber--repuso Ramiro.

--¿Cuál más grande para un galán que haber matado muchos turcos o

franceses con la propia espada que lleva? Mi padre estuvo en una gran

batalla en la mar. Mire vuesa merced al alférez que ha peleado mucho,

pero mucho, y agora viene a danzar con nosotros, como si tal... Así

quisiera ver a vuesa merced y aún mejor.

--¿Tanto admiráis al alférez?

--Es harto gracioso y valiente.

Tres doncellas y dos mancebos tañían ahora vihuelas de arco, un rabel y

un clavicordio. Era una música que se entraba en las almas.

Ramiro sentíase como embriagado por vicioso licor y todo extraño, todo

ajeno a sí mismo. Sus sentimientos familiares habían huido muy lejos,

dejándole a solas con una imperiosa pasión surgida de pronto de algún

silo del alma y ante la cual todos los instintos corrían a someterse

cual humilde servidumbre. El no sabía lo que pensaba ni lo que iba a

decir, y por eso mismo, palpó mejor que nunca ese obscuro fondo del ser,

encima del cual, lo que él llamaba su sentimiento, su albedrío, su

conciencia, no eran sino burbujas de un profundo hervor incomprensible.

Dejose llevar.

La palabra de Beatriz le sorprendió:

--Cuán pensativo hase quedado vuesa merced. ¿Sufre malencolías?

Ramiro no quiso contestar.

--¡Ah! no. Será la herida aquella que harale daño a las veces.

--Esa ya cerró, Beatriz--replicó entonces el mancebo;--otra es la que

agora vase reabriendo y haciéndome morir.

--¿Morir?

--Un regalado morir que es vida, pues si ansí no me matara, yo muriera.

--¡Ingenioso!...

--Exquisita llaga que me punza con sabrosos recuerdos.

Beatriz suspiró. La música exhalaba ilusoria frescura como un volar de

espíritus ideales. Ramiro entreabrió sus labios con una sonrisa

voluptuosa. De pronto, con voz muy queda, e inclinando el cuerpo hacia

ella, prosiguió:

--Acuérdome agora de cuando me asomaba de noche a mi ventana, allá en la

heredad. Todos en vuestra casa dormían, y vos mesma. Yo pensaba entonces

que el escuro perfume de los jardines era vuestro aliento, ¡y mis

pupilas, fijas en la altura, querían adivinar lo que sabían y aun saben

de nosotros las estrellas!... ¡Yo os adoro, Beatriz!...

La niña suspiró otra vez, y Ramiro sintió que su manita buscaba la suya.

Sus dedos se entrelazaron, se ciñeron apasionadamente.

--¡Cuán dichoso me siento!--balbuceó entonces Ramiro.--Decidme que

apagaréis mis enojos y me amaréis de veras. ¡Ah! ¡Cuándo será que pueda

llamaros mi esposa, mi Beatriz, mía! ¡toda mía!

Su aliento buscó la mejilla cándida de la doncella.

En este instante alguien nombró a Gonzalo de San Vicente y Beatriz

oprimiole la mano para que le dejase escuchar. Pedro Valdivieso refería

que el mismo don Felipe acababa de traer a su hijo, en nombre de Su

Majestad, el nombramiento de Regidor.

Cuatro lacayos entraron en la sala con ocho candelabros encendidos y un

momento después llegaba el dueño de casa con algunos señores. Doncellas

y galanes se levantaron. Don Alonso llamó a su hija para que hiciese la

reverencia a su pariente el señor Márquez de las Navas.

La gloria de don Ramiro una vida en tiempos de Felipe segundo · 第 34 / 50 题