«Hijo mío: Tardo eres ya en contestar a una madre que te quiere más que
a sí. Hasta hoy, que es día de Pentecostés, no me han llegado otras
nuevas que las que trajo de palabra el licenciado Carmona.»
Así comenzaba la segunda carta de doña Guiomar a su hijo.
Por fin, cierta mañana, un religioso carmelita, de regreso de Alba de
Tormes, sacó ante ella, del hueco de la manga, el ansiado papel. Ramiro
contaba primero su entrevista con el Rector del Colegio del Arzobispo,
en cuyas propias manos había dejado todas las cartas que llevaba. Luego
refería su previo ingreso a las Escuelas Menores.
«Es de maravillarse--decía--que, siendo aquí vieja costumbre atormentar
a los _nuevos_ con las más crueles invenciones, así que yo penetré en el
claustro, mirando a todos muy ásperamente, la mano puesta en la
guarnición de la espada y haciendo arrastrar a lo bravo la rodajilla, no
hubo ninguno que osara menearse. No sé de qué suerte; pero todos conocen
mi hazaña con los moriscos. Un barbudo estudiante díjome ayer que, desde
que él viene a las escuelas, no tiene memoria de otro _nuevo_ que haya
escapado a los gargajos.» Luego agregaba: «¿Os acordáis, madre, de aquel
capitán Antonio de Quiñones, que iba a nuestra casa? A ése le vi en
Castellanos y quiso llevarme consigo a perseguir corsarios. Viendo mi
resistencia, me dijo: «Mire vuesa merced que no le hizo Dios para
fraile, sino para soldado. Cuidado no se equivoque, que le ha de pesar.
En Cartagena le espero hasta el día de San Pedro y San Pablo.»
Era todo el contenido de la carta. Algún tiempo después llegó otra más
breve, en que comunicaba tan sólo que en el Colegio del Arzobispo le
exigían ahora las pruebas de limpieza de sangre. «Esto--agregaba--ha
sido siempre de práctica con todos los que buscaron ingresar, y eso que
están allí los mejores linajes de España. Pero ¿no bastaba, acaso, con
saber mis apellidos y que soy hijo vuestro y descendiente de tan claros
agüelos, para excusar toda probanza? En un principio asaltome el antojo
de enviar los reposteros de mis mulas para que se enterasen de nuestros
blasones. ¡Pero es fuerza acomodarse a la regla!»
Doña Guiomar le envió con un criado antiguo, en buena cabalgadura, un
lacónico billete diciéndole que regresara cuanto antes, porque su abuelo
se hallaba muy malo. En efecto: don Íñigo, consumido por un mal
misterioso, pasaba terriblemente a mejor vida, con los labios
estremecidos por incesante plegaria. Aquella triste carne, manando
humores, anticipaba al sepulcro su trabajo siniestro. Una sutil fetidez
se extendía por toda la casa. Las dueñas y los criados se apretaban las
narices al pasar frente a la puerta del enfermo. Entretanto, doña
Guiomar no se apartaba un instante de su cabecera, como si quisiese
ofrecer al Señor la doble tortura física y moral que prolongaba para
ella aquel cerrado aposento.
Ramiro regresó lo más pronto que pudo. Al entrar a la ciudad por la
Puerta del Puente, uno de los guardas le dijo:
--Vuestra merced llega tarde. Ya se llevaron al agüelo.
Don Íñigo había sido enterrado la víspera.
Cuando el mancebo penetró en las cuadras que habitaba el anciano,
pareciole, a los primeros pasos, que no podría seguir adelante, tal era
la hediondez que flotaba en el confinado ambiente. El lecho estaba como
lo había dejado la agonía, y la almohada con la señal de lo que ya no
volvería a cavilar y a soñar sobre su blandura. Los botes de medicinas,
el penado, el almirez, las tazas, las vendas, todo había quedado
revuelto y confundido sobre los muebles, haciendo pensar en la ansiedad
de la lucha postrera.
Entró a la librería y, al mirar los volúmenes amontonados sobre el suelo
y las gafas de asta marcando la página de un infolio, para continuar
otro día la lectura; al ver, colgada de un clavo, la calza amarilla,
donde el anciano guardaba los pinceles con que pintaba los rótulos; y
más allá, hacia un rincón, el taburete para la pierna gotosa,
ennegrecido por la grasa de los ungüentos, sintió en su espíritu una
profunda tristeza. Aquél era el término de todos nuestros afanes. Allí
estaba, en el escurrimiento de aquel ser, esa lección, ese consejo,
siempre ambiguo, que incita a la vez al goce y a la penitencia.
Cuando todo se hubo serenado y el solar cayó de nuevo en su muda
monotonía, doña Guiomar llamó a solas a su hijo y le declaró, en breves
palabras, el estado en que don Íñigo les dejaba el antiguo patrimonio.
Estaban completamente arruinados. Se había vivido, hasta entonces,
demorando el derrumbe final a fuerza de expedientes extremos, empeñando
a los genoveses, uno a uno, todos los bienes, y vendiendo, por último,
en montón, platería, joyas, tapices. El mayordomo flamenco, que era,
según ella, la única persona que conocía en la casa el manejo del
patrimonio, y que hubiera ingeniado tal vez nuevos arbitrios, acababa de
marcharse para su país, a recoger una herencia. No les quedaba sino el
solar, empeñado casi por entero, y algunos escudos guardados en un
cofre, que pronto se agotarían. Era forzoso, pues, vender el caserón y
resignarse a vivir en alguna casa modesta de los arrabales.
--De todos modos--añadió doña Guiomar--ya no precisas de muchos dineros.
La santa Iglesia demanda bienes más puros; y agora pienso que puedes
cursar la Teología en el mesmo seminario de esta ciudad.
Ramiro escuchó a su madre con verdadero estupor.
¡Arruinados! ¿Era posible? ¿Y todos los cuantiosos caudales que venían
hasta ellos, por incontables alianzas, desde los más remotos
antepasados, todas aquellas mercedes de los Reyes, todos aquellos
señoríos de Segovia, todas aquellas casas y heredades en Avila y su
tierra, que aparecían mentados a cada paso en sus pergaminos?
En otras circunstancias no le hubiese importado la pobreza; sabía que la
falta de hacienda empujaba a las aventuras heroicas. Pero, ahora, su
instinto presentía un amoroso desastre, a causa de aquellos bienes
perdidos. Bajó la cabeza en silencio y, después de un instante de
meditación, declaró de lleno a su madre algo que él mismo no había
determinado todavía: la intención de casarse con Beatriz; y, sin que su
voz se alterase, díjola también el gran delito que sería seguirla
esperanzando con su falsa vocación eclesiástica.
Doña Guiomar no pestañeó siquiera; pero sus manos restregaron
nerviosamente los brazos del sillón en que estaba sentada. Entonces
Ramiro, doblando ante ella la rodilla, tomole con frenesí ambas manos, y
mirándola fijamente en los ojos, la pidió que ayudase sus designios y
que, por amor de Dios, no vendiera el solar; que pensase en la impresión
que produciría en el ánimo de don Alonso y de su hija aquel acto
menguado.
--Yo trataré con los ginoveses--agregó;--algo quedará que entregalles;
aún restan muebles y mi daga de piedras; pero, ¡por mi honra!, no
vendáis el solar, madre, ¡no vendáis, no vendáis el solar!
Ella se levantó lentamente, la mano izquierda sobre el pecho:
--Con lo que acabas de decir--repuso--mi vida en el siglo ha terminado.
Eres agora el señor. Ordena, y que Su Divina Majestad te perdone.
Su expresión era extraña. El demasiado dolor la hacía sonreír. Caminó
hacia la mesa. Removió la mecha del velón, la limpió, la retorció
debidamente. Luego, sin pronunciar un vocablo, salió de la estancia.