Los días inmediatos desarrollaron para Ramiro una de esas bregas
interiores que semejan la alternativa de un anciano y un mancebo. El
entendimiento razona, aconseja, predice; mientras la voluntad,
sintiéndose por fin reducida, se dispone a obedecer. Llega luego la
acción, y no queda sino el vuelco del azar y el ardor de la sangre.
Pocos días después de la conminación de su madre, en un instante de
fervor y remordimiento, había prometido a Su Divina Majestad ingresar a
la Orden del Carmelo apenas terminase sus estudios, y aquel voto,
lanzado en rapto de pasión, veíalo ahora suspendido a una altura
inaccesible encima de su ánimo. Sin embargo, era menester cumplir. Lo
contrario sería perderse para esta vida y para la otra, pues el Señor no
perdonaba semejantes perjurios.
Entonces los malos espíritus emergieron como sirenas. Uno susurraba que
aquel sacrificio sería inseguro y estéril, pues él no era hombre capaz
de arrancarse del pecho el ansia de vivir soberbiamente, de triunfar en
el siglo, de poner su garra sobre todas las presas de la voluptuosidad y
del orgullo. Otro le decía con hipócrita blandura: «Tiempo habrá de
vestir el sayal; pero antes precisas correr mundo y conocer todo el mal
de la vida, para salir templado de ese fuego purgativo como el acero de
las espadas. Sólo así podrás llegar a comprender la grandeza del sublime
reverso realizado en los claustros.»
Pero él rechazaba con indignación estos discursos, reconociendo la
elocuencia acomodaticia del Tentador.
En cuanto a Beatriz, no había para qué seguir pensando en ella. Lo que
él buscó ya estaba conseguido. Había humillado a su rival y mostrádole
que, si él lo quisiera, la hija de Blázquez Serrano sería su desposada.
¿A qué más?
* * * * *
Una tarde calurosa de fines de abril fuese a dar una vuelta por el
camino exterior que corre al pie de los muros. Dejó la ciudad, como de
costumbre, por la puerta de Antonio Vela. No había llovido en todo el
mes. El valle, con sus panes demasiado mohínos, mostraba, allá abajo, un
aspecto sediento y polvoroso. Al llegar a la esquina del Alcázar dobló
hacia la izquierda, y siguió caminando sin detenerse.
Aislada entre las peñas y bañada por los últimos resplandores de la
tarde, la basílica románica de San Vicente relucía cual cobrizo
relicario; mientras los dos inmensos torreones de la puerta vecina se
revestían de sombra cuasi nocturna. Ramiro levantó la mirada para
contemplar el delgado puente de piedra que une sus almenas y que en ese
instante contorneaba su arco negrusco sobre un cielo de oro y de llamas.
Al viento del Sur, que había levantado desde la mañana continuos
remolinos de polvo a lo largo de las carreteras, sucedía ahora una calma
de paisaje pintado. Voces largas y jubilosas resonaban a cada instante
sobre las colinas. Ramiro dejose invadir por aquella languidez, por
aquella holganza crepuscular que desunce los bueyes y refresca en cada
cabaña la frente y el pecho de los labriegos.
Entró a la ciudad, y, al cruzar la plazuela de Sofraga, vio en torno a
la fuente ocho o diez mozas de cántaro que dejaban correr la hora entre
cuentos y decires, la boca llena de risa. Aguijoneado él mismo por la
sed, miró como un bíblico milagro aquel fluido abundoso que, surgiendo
de la sequiza muralla, empapaba los bordes del pilón y se volcaba por la
calleja.
Detuvo el paso y recostose en el muro frontero.
Una de las mozas era muy blanca y garrida. Con el cántaro en la cadera,
y apoyando el vientre contra el duro granito, estirose con ansia hasta
recibir en la boca el largo beso del agua. Cuando se irguió de nuevo, su
empapado corpiño mostró los hombros y los pechos como si estuviesen
desnudos.
La hermosa mujer, con su anhelante movimiento, antojósele a Ramiro una
figura de lascivia. Nunca como aquella tarde, después del larguísimo
encierro, sintió de modo tan fuerte la tentación de la mujer. ¿Sería, en
verdad, un soplo maldito ese incentivo que llegaba en las ondas del
aire, ese almizcle indefinido de la hembra, que hacía temblar a los
santos y contra el cual los conventos levantaban sus poderosas murallas
sin aberturas? ¿No fue, acaso, el Divino Alfarero quien torneara con
visible complacencia las formas de aquella ánfora maravillosa? ¿Cómo
podía ser tan grande pecado gustar sus delicias? ¡Ah! ¿por qué tanto
miedo y tanta pena? ¿Por qué no gozar de una bella criatura como del
fruto de un árbol? ¿Por qué aquellas que le expresaban con cautelosa
mirada su deseo no venían a ofrecérsele ingenuamente, una a una, como en
los sueños? ¿Por qué tanto pavor entremezclado al más delicioso consuelo
del mundo?
A lo largo de la calleja del Tostado llegaba un grupo de gente.
Instantes después, el mancebo se halló sorprendido por Beatriz y doña
Alvarez. Una y otra venían en sillas de manos. El negro manto de la
doncella estaba cubierto de arena blanquizca y su tez descolorida por el
polvo; las pestañas, cenicientas; los cabellos resecos y como canosos.
Llegaban, sin duda, de alguna finca de los alrededores.
Al pasar junto a la fuente, Beatriz no pudo reprimirse, e inclinado su
cuerpo, pidió con el gesto a las mozas que la alargasen un cántaro.
Luego, echando el velo hacia atrás y pegando su boca al barro
humedecido, diose a beber como una zagala. Entonces doña Alvarez,
levantando su bastón, dejolo caer sobre el cacharro, diciendo con voz
baja y severa:
--La hija de un Blázquez no bebe en la rúa.
La niña obedeció, y sonriendo a su antiguo galán, que se acercaba
haciéndose encontradizo, murmuró dulcemente:
--El otro domingo vuelve mi padre de la corte. Vaya vuesa merced a
saludalle.