XXVII

Los días inmediatos desarrollaron para Ramiro una de esas bregas

interiores que semejan la alternativa de un anciano y un mancebo. El

entendimiento razona, aconseja, predice; mientras la voluntad,

sintiéndose por fin reducida, se dispone a obedecer. Llega luego la

acción, y no queda sino el vuelco del azar y el ardor de la sangre.

Pocos días después de la conminación de su madre, en un instante de

fervor y remordimiento, había prometido a Su Divina Majestad ingresar a

la Orden del Carmelo apenas terminase sus estudios, y aquel voto,

lanzado en rapto de pasión, veíalo ahora suspendido a una altura

inaccesible encima de su ánimo. Sin embargo, era menester cumplir. Lo

contrario sería perderse para esta vida y para la otra, pues el Señor no

perdonaba semejantes perjurios.

Entonces los malos espíritus emergieron como sirenas. Uno susurraba que

aquel sacrificio sería inseguro y estéril, pues él no era hombre capaz

de arrancarse del pecho el ansia de vivir soberbiamente, de triunfar en

el siglo, de poner su garra sobre todas las presas de la voluptuosidad y

del orgullo. Otro le decía con hipócrita blandura: «Tiempo habrá de

vestir el sayal; pero antes precisas correr mundo y conocer todo el mal

de la vida, para salir templado de ese fuego purgativo como el acero de

las espadas. Sólo así podrás llegar a comprender la grandeza del sublime

reverso realizado en los claustros.»

Pero él rechazaba con indignación estos discursos, reconociendo la

elocuencia acomodaticia del Tentador.

En cuanto a Beatriz, no había para qué seguir pensando en ella. Lo que

él buscó ya estaba conseguido. Había humillado a su rival y mostrádole

que, si él lo quisiera, la hija de Blázquez Serrano sería su desposada.

¿A qué más?

* * * * *

Una tarde calurosa de fines de abril fuese a dar una vuelta por el

camino exterior que corre al pie de los muros. Dejó la ciudad, como de

costumbre, por la puerta de Antonio Vela. No había llovido en todo el

mes. El valle, con sus panes demasiado mohínos, mostraba, allá abajo, un

aspecto sediento y polvoroso. Al llegar a la esquina del Alcázar dobló

hacia la izquierda, y siguió caminando sin detenerse.

Aislada entre las peñas y bañada por los últimos resplandores de la

tarde, la basílica románica de San Vicente relucía cual cobrizo

relicario; mientras los dos inmensos torreones de la puerta vecina se

revestían de sombra cuasi nocturna. Ramiro levantó la mirada para

contemplar el delgado puente de piedra que une sus almenas y que en ese

instante contorneaba su arco negrusco sobre un cielo de oro y de llamas.

Al viento del Sur, que había levantado desde la mañana continuos

remolinos de polvo a lo largo de las carreteras, sucedía ahora una calma

de paisaje pintado. Voces largas y jubilosas resonaban a cada instante

sobre las colinas. Ramiro dejose invadir por aquella languidez, por

aquella holganza crepuscular que desunce los bueyes y refresca en cada

cabaña la frente y el pecho de los labriegos.

Entró a la ciudad, y, al cruzar la plazuela de Sofraga, vio en torno a

la fuente ocho o diez mozas de cántaro que dejaban correr la hora entre

cuentos y decires, la boca llena de risa. Aguijoneado él mismo por la

sed, miró como un bíblico milagro aquel fluido abundoso que, surgiendo

de la sequiza muralla, empapaba los bordes del pilón y se volcaba por la

calleja.

Detuvo el paso y recostose en el muro frontero.

Una de las mozas era muy blanca y garrida. Con el cántaro en la cadera,

y apoyando el vientre contra el duro granito, estirose con ansia hasta

recibir en la boca el largo beso del agua. Cuando se irguió de nuevo, su

empapado corpiño mostró los hombros y los pechos como si estuviesen

desnudos.

La hermosa mujer, con su anhelante movimiento, antojósele a Ramiro una

figura de lascivia. Nunca como aquella tarde, después del larguísimo

encierro, sintió de modo tan fuerte la tentación de la mujer. ¿Sería, en

verdad, un soplo maldito ese incentivo que llegaba en las ondas del

aire, ese almizcle indefinido de la hembra, que hacía temblar a los

santos y contra el cual los conventos levantaban sus poderosas murallas

sin aberturas? ¿No fue, acaso, el Divino Alfarero quien torneara con

visible complacencia las formas de aquella ánfora maravillosa? ¿Cómo

podía ser tan grande pecado gustar sus delicias? ¡Ah! ¿por qué tanto

miedo y tanta pena? ¿Por qué no gozar de una bella criatura como del

fruto de un árbol? ¿Por qué aquellas que le expresaban con cautelosa

mirada su deseo no venían a ofrecérsele ingenuamente, una a una, como en

los sueños? ¿Por qué tanto pavor entremezclado al más delicioso consuelo

del mundo?

A lo largo de la calleja del Tostado llegaba un grupo de gente.

Instantes después, el mancebo se halló sorprendido por Beatriz y doña

Alvarez. Una y otra venían en sillas de manos. El negro manto de la

doncella estaba cubierto de arena blanquizca y su tez descolorida por el

polvo; las pestañas, cenicientas; los cabellos resecos y como canosos.

Llegaban, sin duda, de alguna finca de los alrededores.

Al pasar junto a la fuente, Beatriz no pudo reprimirse, e inclinado su

cuerpo, pidió con el gesto a las mozas que la alargasen un cántaro.

Luego, echando el velo hacia atrás y pegando su boca al barro

humedecido, diose a beber como una zagala. Entonces doña Alvarez,

levantando su bastón, dejolo caer sobre el cacharro, diciendo con voz

baja y severa:

--La hija de un Blázquez no bebe en la rúa.

La niña obedeció, y sonriendo a su antiguo galán, que se acercaba

haciéndose encontradizo, murmuró dulcemente:

--El otro domingo vuelve mi padre de la corte. Vaya vuesa merced a

saludalle.

La gloria de don Ramiro una vida en tiempos de Felipe segundo · 第 33 / 50 题