Avila resplandecía en el oro húmedo y blanquecino de la mañana, como una
pequeña Jerusalén. La religiosa emoción la henchía, la perfumaba. Las
flores de los árboles, asomando por encima de las tapias, pendían sobre
las callejuelas. Impaciente alegría parecía bajar de las campanas
silenciosas y difundirse sobre todo el caserío. Beatriz aspiró aquella
flotante sublimidad, presintiendo algo misterioso y cercano que iba a
conmover su existencia.
El villanaje circulaba con pena por las calles, y la niña miraba con
asco a los labriegos, que dejaban al pasar un tufo de requesón, y hacían
crujir sobre las losas el dominguero calzado. Algunos semblantes
traslucían el asombro del hecho remotísimo que la Iglesia festejaba, y
las pupilas iban como pujadas hacia afuera con estupor semejante al de
San Juan y San Pedro camino del sepulcro.
Al llegar a la plazoleta de la Catedral, el escudero tuvo que hacer
apartar a los rústicos para dar paso a la silla. A más de las cabañas y
caseríos de los contornos, muchos pueblos comarcanos habían volcado
buena parte de su gente en aquella reducida plazuela, que apenas si
bastaba para los vecinos. Los más diversos ropajes ardían bajo la mágica
luz, en movedizo apiñamiento multicolor. Veíanse sayas rojas o verdes
como los pimientos, color de almagre como las calabazas, moradas como
las berenjenas, capas y coletos pardos como la piel de los tubérculos,
negras ropas de ancianos que iban tomando la torcida color de las
alubias, vistosos dengues y pañolones donde parecía haberse reventado
toda la hortaliza. No faltaban las zagalas de égloga, en trenzas y en
corpiño, zagalas de Sotalvo, de Tornadizos, de Fontiveros, lavanderas o
pastoras, que no habían logrado quitarse el olor de las lejías o el tufo
de los chotos y cervatillos. Hombres secos y taciturnos, de afeitada
boca monástica y aludo sombrero, contemplaban el desfile de los señores,
apoyados en sus varas de respeto o en el cogote de los borricos. Las
mujeres hablaban alegremente. Las más acaudaladas traían mandiles de
relumbrón, y casi todas, collares de coral, pendientes mudéjares y
plateadas cruces y medallas que semejaban ex-votos de camarín. Buena
parte de aquella gente había dejado sus lejanas chozas o alquerías antes
del amanecer, a la luz de las estrellas.
--¡Atrás os digo!--gritaba allí un corchete ebrio de poder, empujando
malamente a los rústicos, a fin de conservar el humano callejón por
donde iban llegando a la iglesia damas y caballeros.
--¿Quiere el seor alguacil que le hurguemos las patas a esa señora
mula?--le replicaba una moza de la ciudad.
--Atrás os digo, y van dos.
--¡Pus quite esos dedos!
--Mire la Antonia, que no estamos hoy de mercado.
Los buhoneros aprovechaban para vender.
--Señora hermosa, por un real se lleva este rosario.
--Darete, a lo más, un cuarto.
--¿Trasero o delantero?
--¡Oste con el bellaco!
* * * * *
El templo estaba henchido de muchedumbre y todo jaspeado en lo alto de
sol y de incienso. Los largos resplandores que bajaban de las vidrieras
colorían de tintes espectrales la piedra y el alabastro, esmaltaban el
oro de los púlpitos, pavonaban el obscuro nogal. Beatriz fue a
arrodillarse con las damas nobles, entre el coro y la capilla mayor. Los
dignatarios, resplandecientes de joyas y de veneras, ocupaban los
escaños del centro.
El canto de las letanías seguía resonando bajo las bóvedas, potente,
monótono, sublime. Por fin los diáconos aparecen recubiertos de blancas
vestiduras.
Principiada la misa, Beatriz advirtió que Gonzalo de San Vicente,
vestido como dijera la dueña, se arrodillaba sobre el guante, hacia la
nave opuesta, observándola de hito en hito al santiguarse. Ella
correspondió con tierna mirada, y, bajando luego la cabeza, suspiró
profundamente volviendo los ojos al libro.
Su Señoría don Jerónimo Manrique de Lara ofertaba el incienso con sus
manos huesosas y pálidas. El humazo litúrgico llenó en un instante, cual
milagrosa nube, todo el presbiterio, envolviendo al preste y a los
diáconos, amortiguando los oros, y cubriendo con asoleado velo de
perfume las pinturas del retablo.
De pronto, la voz del pontífice entona las primeras palabras del
_Gloria_, y como si fuera el estruendoso derrumbe de ese túmulo de
silencio y de dolor que la Iglesia levanta desde la mañana del jueves,
descuélganse a un tiempo de lo alto, el trueno de los atabales, el
alarido de las chirimías, el turbión resoplante del órgano y, allá
arriba, allá afuera, en el aire, en el sol, estalla a la vez el
acelerado repique de todas las campanas, frenéticas, locas, delirantes,
cantando y echando a los vientos el regocijo sublime y milenario de la
Resurrección.
En ese instante, Beatriz, al levantar la frente, vio a su derecha,
contra una columna del crucero, el fantasma... ¡la persona misma de
Ramiro!
El órgano y los bronces seguían resonando. Un vendaval de religiosa
alegría doblegaba las cabezas de la multitud arrodillada. Beatriz se
sintió desfallecer, confundiendo en el mismo transporte la resurrección
del Señor y la presencia del pálido mancebo, cuyo rostro figurósele, al
pronto, la faz descarnada y admirable de la Pasión.
Con las últimas palabras del Evangelio, Ramiro comenzó a retirarse,
lentamente.
Arrimose al sepulcro de Diego del Aguila, apoyando su sien contra el
muro, como si esperara un consejo de aquel antiguo caballero de su
linaje, dormido allí dentro, en la honra. La gente salía por todas las
puertas de la iglesia. Ramiro vio que su rival se estacionaba junto a
una pila, con los dedos puestos al borde, esperando seguramente a
Beatriz.
--¡Es fuerza vencer aquí mesmo!--se dijo. Y, empujado por irresistible
movimiento, fue a colocarse, casi oculto, tras la misma columna. De esta
suerte, cuando Beatriz se halló a pocos pasos y Gonzalo se adelantó a
ofrecerla el agua bendita en los dedos, Ramiro mojó a su vez,
brevemente, los suyos, y los alargó también hacia ella, con gesto
imperioso y tranquilo. Sorprendida por aquel doble ademán, la doncella
vaciló; pero, en seguida, bajando los ojos, tendió al pasar su
temblorosa mano hacia la mano de Ramiro.
Los dos mancebos se miraron un instante de un modo terrible. Gonzalo
tomó una expresión iracunda; mientras Ramiro, alzando la cabeza y
levantando por detrás su capa con el estoque, le observaba por arriba
del hombro, con una sonrisa más insultante que toda palabra.
Cuando Ramiro, al salir del templo, puso de nuevo los pies en la soleada
plazuela, pareciole que aquellos vecinos y forasteros, palacios y
torres, cosas y seres, no eran sino el teatro aparejado por Dios para
los episodios de su historia; y que él era toda la vida, y toda la vida
un engendro de su alma. El demonio del orgullo levantole en los espacios
sobre el hormiguero de los hombres, y, otra vez, bajo el sol
embriagador, sintió en su frente el beso o la mordedura de invisible
quimera.
Todo el día lo pasó vagando por la ciudad. Densos perfumes primaverales
desbordaban las tapias de los huertos y flotaban en las callejuelas. El
se sentía también renacer con las flores y los follajes.
Aunque la herida le molestaba, salió de nuevo a pasearse después de
cenar. Las constelaciones temblaban en el azul inmenso y liso de la
noche. Recordó que la Iglesia festejaba anticipadamente la Resurrección
y que el cuerpo de Jesús había permanecido en el sepulcro hasta la
mañana siguiente, y con aquella idea, al levantar los ojos al cielo,
parecíale aspirar los aromas del divino sudario y como una sagrada
frescura que bajara de las estrellas.
Una vez en su estancia, y después de unos minutos de descanso, sintió en
el costado el fulguroso dolor de otros tiempos. La llaga estaba
reabierta. Al otro día el cirujano le prescribió nueva reclusión.
Para su dicha, el escudero presentose una hora después, y, habiéndole
oído quejarse, se atrevió a decirle:
--Esto me recuerda un flechazo que recibí en las costas de Trípoli. Vino
la gangrena y no me dejaba. Creyéndome un día curado, bajé de la flota,
y dale otra vez. Por fin un amigo segoviano arrimome un caño de arcabuz
bien rojo a la llaga, y poco después pude pasearme.
Propúsole el mismo remedio. El mancebo se prestó, y un candente barrote
aplicado a la herida le dejó curado para siempre.