XXVI

Avila resplandecía en el oro húmedo y blanquecino de la mañana, como una

pequeña Jerusalén. La religiosa emoción la henchía, la perfumaba. Las

flores de los árboles, asomando por encima de las tapias, pendían sobre

las callejuelas. Impaciente alegría parecía bajar de las campanas

silenciosas y difundirse sobre todo el caserío. Beatriz aspiró aquella

flotante sublimidad, presintiendo algo misterioso y cercano que iba a

conmover su existencia.

El villanaje circulaba con pena por las calles, y la niña miraba con

asco a los labriegos, que dejaban al pasar un tufo de requesón, y hacían

crujir sobre las losas el dominguero calzado. Algunos semblantes

traslucían el asombro del hecho remotísimo que la Iglesia festejaba, y

las pupilas iban como pujadas hacia afuera con estupor semejante al de

San Juan y San Pedro camino del sepulcro.

Al llegar a la plazoleta de la Catedral, el escudero tuvo que hacer

apartar a los rústicos para dar paso a la silla. A más de las cabañas y

caseríos de los contornos, muchos pueblos comarcanos habían volcado

buena parte de su gente en aquella reducida plazuela, que apenas si

bastaba para los vecinos. Los más diversos ropajes ardían bajo la mágica

luz, en movedizo apiñamiento multicolor. Veíanse sayas rojas o verdes

como los pimientos, color de almagre como las calabazas, moradas como

las berenjenas, capas y coletos pardos como la piel de los tubérculos,

negras ropas de ancianos que iban tomando la torcida color de las

alubias, vistosos dengues y pañolones donde parecía haberse reventado

toda la hortaliza. No faltaban las zagalas de égloga, en trenzas y en

corpiño, zagalas de Sotalvo, de Tornadizos, de Fontiveros, lavanderas o

pastoras, que no habían logrado quitarse el olor de las lejías o el tufo

de los chotos y cervatillos. Hombres secos y taciturnos, de afeitada

boca monástica y aludo sombrero, contemplaban el desfile de los señores,

apoyados en sus varas de respeto o en el cogote de los borricos. Las

mujeres hablaban alegremente. Las más acaudaladas traían mandiles de

relumbrón, y casi todas, collares de coral, pendientes mudéjares y

plateadas cruces y medallas que semejaban ex-votos de camarín. Buena

parte de aquella gente había dejado sus lejanas chozas o alquerías antes

del amanecer, a la luz de las estrellas.

--¡Atrás os digo!--gritaba allí un corchete ebrio de poder, empujando

malamente a los rústicos, a fin de conservar el humano callejón por

donde iban llegando a la iglesia damas y caballeros.

--¿Quiere el seor alguacil que le hurguemos las patas a esa señora

mula?--le replicaba una moza de la ciudad.

--Atrás os digo, y van dos.

--¡Pus quite esos dedos!

--Mire la Antonia, que no estamos hoy de mercado.

Los buhoneros aprovechaban para vender.

--Señora hermosa, por un real se lleva este rosario.

--Darete, a lo más, un cuarto.

--¿Trasero o delantero?

--¡Oste con el bellaco!

* * * * *

El templo estaba henchido de muchedumbre y todo jaspeado en lo alto de

sol y de incienso. Los largos resplandores que bajaban de las vidrieras

colorían de tintes espectrales la piedra y el alabastro, esmaltaban el

oro de los púlpitos, pavonaban el obscuro nogal. Beatriz fue a

arrodillarse con las damas nobles, entre el coro y la capilla mayor. Los

dignatarios, resplandecientes de joyas y de veneras, ocupaban los

escaños del centro.

El canto de las letanías seguía resonando bajo las bóvedas, potente,

monótono, sublime. Por fin los diáconos aparecen recubiertos de blancas

vestiduras.

Principiada la misa, Beatriz advirtió que Gonzalo de San Vicente,

vestido como dijera la dueña, se arrodillaba sobre el guante, hacia la

nave opuesta, observándola de hito en hito al santiguarse. Ella

correspondió con tierna mirada, y, bajando luego la cabeza, suspiró

profundamente volviendo los ojos al libro.

Su Señoría don Jerónimo Manrique de Lara ofertaba el incienso con sus

manos huesosas y pálidas. El humazo litúrgico llenó en un instante, cual

milagrosa nube, todo el presbiterio, envolviendo al preste y a los

diáconos, amortiguando los oros, y cubriendo con asoleado velo de

perfume las pinturas del retablo.

De pronto, la voz del pontífice entona las primeras palabras del

_Gloria_, y como si fuera el estruendoso derrumbe de ese túmulo de

silencio y de dolor que la Iglesia levanta desde la mañana del jueves,

descuélganse a un tiempo de lo alto, el trueno de los atabales, el

alarido de las chirimías, el turbión resoplante del órgano y, allá

arriba, allá afuera, en el aire, en el sol, estalla a la vez el

acelerado repique de todas las campanas, frenéticas, locas, delirantes,

cantando y echando a los vientos el regocijo sublime y milenario de la

Resurrección.

En ese instante, Beatriz, al levantar la frente, vio a su derecha,

contra una columna del crucero, el fantasma... ¡la persona misma de

Ramiro!

El órgano y los bronces seguían resonando. Un vendaval de religiosa

alegría doblegaba las cabezas de la multitud arrodillada. Beatriz se

sintió desfallecer, confundiendo en el mismo transporte la resurrección

del Señor y la presencia del pálido mancebo, cuyo rostro figurósele, al

pronto, la faz descarnada y admirable de la Pasión.

Con las últimas palabras del Evangelio, Ramiro comenzó a retirarse,

lentamente.

Arrimose al sepulcro de Diego del Aguila, apoyando su sien contra el

muro, como si esperara un consejo de aquel antiguo caballero de su

linaje, dormido allí dentro, en la honra. La gente salía por todas las

puertas de la iglesia. Ramiro vio que su rival se estacionaba junto a

una pila, con los dedos puestos al borde, esperando seguramente a

Beatriz.

--¡Es fuerza vencer aquí mesmo!--se dijo. Y, empujado por irresistible

movimiento, fue a colocarse, casi oculto, tras la misma columna. De esta

suerte, cuando Beatriz se halló a pocos pasos y Gonzalo se adelantó a

ofrecerla el agua bendita en los dedos, Ramiro mojó a su vez,

brevemente, los suyos, y los alargó también hacia ella, con gesto

imperioso y tranquilo. Sorprendida por aquel doble ademán, la doncella

vaciló; pero, en seguida, bajando los ojos, tendió al pasar su

temblorosa mano hacia la mano de Ramiro.

Los dos mancebos se miraron un instante de un modo terrible. Gonzalo

tomó una expresión iracunda; mientras Ramiro, alzando la cabeza y

levantando por detrás su capa con el estoque, le observaba por arriba

del hombro, con una sonrisa más insultante que toda palabra.

Cuando Ramiro, al salir del templo, puso de nuevo los pies en la soleada

plazuela, pareciole que aquellos vecinos y forasteros, palacios y

torres, cosas y seres, no eran sino el teatro aparejado por Dios para

los episodios de su historia; y que él era toda la vida, y toda la vida

un engendro de su alma. El demonio del orgullo levantole en los espacios

sobre el hormiguero de los hombres, y, otra vez, bajo el sol

embriagador, sintió en su frente el beso o la mordedura de invisible

quimera.

Todo el día lo pasó vagando por la ciudad. Densos perfumes primaverales

desbordaban las tapias de los huertos y flotaban en las callejuelas. El

se sentía también renacer con las flores y los follajes.

Aunque la herida le molestaba, salió de nuevo a pasearse después de

cenar. Las constelaciones temblaban en el azul inmenso y liso de la

noche. Recordó que la Iglesia festejaba anticipadamente la Resurrección

y que el cuerpo de Jesús había permanecido en el sepulcro hasta la

mañana siguiente, y con aquella idea, al levantar los ojos al cielo,

parecíale aspirar los aromas del divino sudario y como una sagrada

frescura que bajara de las estrellas.

Una vez en su estancia, y después de unos minutos de descanso, sintió en

el costado el fulguroso dolor de otros tiempos. La llaga estaba

reabierta. Al otro día el cirujano le prescribió nueva reclusión.

Para su dicha, el escudero presentose una hora después, y, habiéndole

oído quejarse, se atrevió a decirle:

--Esto me recuerda un flechazo que recibí en las costas de Trípoli. Vino

la gangrena y no me dejaba. Creyéndome un día curado, bajé de la flota,

y dale otra vez. Por fin un amigo segoviano arrimome un caño de arcabuz

bien rojo a la llaga, y poco después pude pasearme.

Propúsole el mismo remedio. El mancebo se prestó, y un candente barrote

aplicado a la herida le dejó curado para siempre.

La gloria de don Ramiro una vida en tiempos de Felipe segundo · 第 32 / 50 题