No bien despabilada todavía, la guedeja en desorden, los ojos medrosos
de luz, y desperezando, ora un brazo, ora el otro, Beatriz, sentada al
borde del lecho, dejábase vestir por sus esclavas y doncellas.
Era el sábado santo y faltaba menos de una hora para la misa de Gloria
en la Iglesia Mayor. Un reloj acababa de golpear nueve campanadas.
Costábale mucho levantarse tan temprano. La caricia matinal de las
holandas la amortecía la voluntad, haciéndola soñar en goces
indefinidos.
Las parlerías de doña Alvarez, y además las desnudas estatuas de metal y
de mármol, traídas de Italia por don Alonso, habían disipado desde
temprano su inocencia.
Leocadia, su criada favorita, después de restregarla y besarla los pies
repetidas veces, estirábala ahora, sobre las piernas, las ceñidas medias
color de bronce, cuya seda reflejó, sobre la escultural perfección,
firme trazo de luz. Luego, habiéndola calzado las rojas chinelas
perfumadas con ámbar, levantó delicadamente la camisa de noche y diola
un beso en la carne. La niña la contuvo con ambas manos, exhalando
melindrosa quejumbre.
La misma doncella sacó después de un arcón otra camisa con puntas y vino
a ofrecérsela sobre un azafate. Entonces, Beatriz, cogiendo y
desplegando aquella prenda olorosa y encintada, cerró, tras sí, los
damascos amarillos que pendían del sobrecielo. Sus piernas, más fuertes
que el resto de su persona, quedaron asomando por la abertura. Preciosos
rapacejos de diamantes exornaban las ligas.
Tibio perfume, que no venía de ningún pomo de olor, ni arquilla de
esencias, sino del lecho entreabierto y de las ropas de la víspera,
abandonadas sobre los taburetes, sahumaba el ambiente de la alcoba.
Una criada aparejaba en el tocador las toallas, el aguamanil, la
jofaina. Otra, el patético albayalde para la tez y el sanguinolento bote
para amapolar levemente las mejillas. Beatriz dejose apenas lavar. El
frío del agua la hacía golpear en el suelo con el chapín. La criada la
pasaba, entonces, sobre la garganta y los hombros, a modo de un céfiro,
el paño humedecido. En cambio, ella aceptaba con delicia los perfumes.
¿Para qué más? ¿Acaso el ámbar, el agua de ángel, la algalia, no dejaban
el cuerpo oloroso cual mazo de flores?
Dos esclavas de Italia la servían de rodillas. La más joven sabía
alargar los ojos con el kohl, a la usanza turquesca. Llevaba aretes
enormes y un turbante verde con listas gualdas y purpurinas. Era
lánguida y rubia, como una virgen del Sanzio. Don Alonso la había
comprado a un capitán de galeras; y, cuando el hidalgo regresaba de la
Corte, era ella quien le llevaba al lecho, todas las noches, el
cocimiento aromatizado para dormir.
Beatriz pidió su libro de devoción, para meditar, a su modo, el Misterio
del día, mientras la aderezaban la lacia cabellera, cuya negrura imitaba
a trechos la morada vislumbre del palisandro.
Una cascada de sol, traspasando los vidrios, entraba de sesgo en la
estancia. El don rutilante y divino chispeaba en los objetos de plata,
en el nácar y el metal de las incrustaciones, en el galón de las
colgaduras, cayendo sobre el tapiz como una lluvia de oro de la
mitología. Afuera, el resplandor matinal iluminaba las cornisas más
altas; y el cielo, sin una nube, iba disipando su niebla.
Habíanla alcanzado el devocionario entreabierto. La miniatura
representaba a Nuestro Señor subiendo en los aires, con blanco
estandarte en la diestra, mientras los guardas caían despavoridos en
torno del sepulcro. Leyó con infantil dificultad la epístola de San
Pablo a los colosios, siguiendo la línea con el índice. Luego la
narración de San Mateo: María Magdalena y la otra María camino del
sepulcro, la piedra removida, las resplandecientes palabras del ángel
anunciando la Resurrección.
La imagen de aquel milagro de los milagros la conmovió profundamente. Un
júbilo indecible la inundaba al imaginar a Jesús en su glorioso vuelo,
después de las angustias del Calvario. Había que reír, que cantar; había
que vestir las telas más ricas y escoger las joyas mejores. ¡Jesús había
resucitado! Tomó en la mano el espejo y ensayó ante el cristal
prolongada sonrisa, enseñando los dientes.
Por fin, vestida de amarillento brocado que los toques de plata y las
rojizas labores asemejaban a una tela de casulla, el cabello rizado con
primor por debajo de la toca de plumas y terciopelo, levantada por el
corcho de los chapines, enjoyada como una Milagrosa, aliñada,
abullonada, crujiente, comenzó a pasearse por la habitación, mirando,
por encima de su hombro, las cenefas de la nacarada basquiña y la pompa
del faldellín. Sus orejas diminutas balanceaban las arracadas de
diamantes de una abuela.
Las criadas la seguían como a una paloma que se escurre. Una buscaba
ajustarle las viras del zapato; otra, enderezarle el cinturón de tela de
oro recamado de aljófar. Leocadia, tomando un gran buche de agua de
olor, afinó entre sus dientes un chorro continuo, y, girando en torno,
rociolo con maestría, desde el ruedo de la saya hasta la almidonada
gorguera.
Una esclava vino a anunciar que las sillas de manos esperaban en el
recibimiento.
--Llamen a Alvarez--exclamó Beatriz.
Un instante después llegaba la dueña con mucho rumor de cuentas y
gorgoranes. Las criadas se retiraron. Entonces, doña Alvarez, mirando a
la niña al través de sus anteojos, prorrumpió:
--¡Infantica preciosa! ¡estrella de Belén! ¡Alabado sea Dios, que os
hizo bella y salada como una perla del mar!
Beatriz, mirándose en el espejo, afectaba, entretanto, los más diversos
visajes. Ora entornaba los párpados con desmayadizo temblor, como si
respirara un perfume doloroso; ora los abría desmesuradamente; y
resumiendo, a la vez, su boca de carmín, parecía ofrecerla a un galán
imaginario, como confitada fresa, como incitante golosina purpúrea.
La dueña la preguntó casi al oído:
--¿Pasó por esta calle?
--¿De quién decís?--repuso la niña.
--De Gonzalo.
--¿Lo sé yo acaso?
--Sí que debió. Vile entrar muchas veces en la iglesia. Os buscaba como
sabueso que va oliendo las hierbas.
--¡Bah!
--Harto galán le veréis, que es regalo de los ojos con su traje color de
acero y sus mil botoncillos y guarniciones; y ¡válame Dios! ¡qué plumas
tan bizarras! Todas las niñas volvían la cabeza para miralle. ¿Qué será
cuando le pongan de regidor, como dicen? Parecéis uno y otro nacidos
bajo la mesma constelación. ¡Lucida pareja! El será el nácar y vos la
perla, señora mía!
--¿A qué iglesia fuiste?
--A la Mayor. Ya bendijeron el fuego y el cirio. Yo me hice dar, por un
canónigo amigo, del incienso y del estoraque. ¡Donosa fiesta! El templo
güele mejor que un vergel. Démonos prisa, que llegaremos tarde.
Tomándola el cristal, echola encima un manto y trájola con presteza la
estufilla de martas, donde Beatriz introdujo una y otra manita,
remedando el empaque de las señoras.
Una vez en la calle, la hija de don Alonso apoyose contra el respaldo de
la silla para contrarrestar el vaivén, y, al lento paso de los
silleteros, cruzó entre la muchedumbre, tiesa y vistosa como una imagen,
la boca pía, los ojos recoletos.
Un lacayo llevaba por delante la almohada postratoria con el escudo de
los Blázquez ricamente bordado.