XXIV

Dos días después sobrevino un hecho inesperado. Sería algo más de la

una. Sentado, como de costumbre, junto a la ventana, Ramiro hojeaba al

azar el _Cordial_, el _Arte de bien morir_, el _Contemptus Mundi_. La

vidriera dejaba pasar una luz plomiza y melancólica. No se escuchaba en

la estancia otro rumor que el de las páginas en el silencio. De pronto,

una onda ignota, un soplo, algo inexplicable, hízole mirar hacia afuera.

La calle estaba gris y solitaria; pero un instante después, viniendo del

lado de Mediodía, aparecieron dos lacayos, con la librea amarilla y azul

de los Blázquez, en seguida un alto escudero con traje de grana y botas

de camino, y, por último, en silla de manos, Beatriz. Doña Alvarez, la

dueña, caminaba detrás, golpeando las losas con el báculo.

La niña dejábase conducir con garbo desdeñoso de infanta. El negro velo

descubría tan sólo el ruedo de la saya, donde un plateado galón chapeaba

tres veces el terciopelo turquí. Ramiro se levantó. Toda la gracia de la

mujer pasaba ahora ante él, delicada y terrible. La blancura de aquel

rostro, oreado por el cierzo, hacía pensar en las hostias; y era, en

verdad, como el viático de su amor, el viático de su pasión, olvidada y

moribunda.

Una vez frente a la ventana, Beatriz insinuó un vago saludo, haciendo

florecer en su labio una sonrisilla mortificante. Algo más lejos, cuando

iba a dejar la plazuela, volviendo su rostro hacia aquella máscara

triste que se borraba por momentos detrás del reflejo acuoso de los

vidrios, tornó a sonreír; y así, acompañando con la cabeza el blando

vaivén de la silla, desapareció con su gente.

Ramiro arrojó el _Arte de bien morir_ sobre una mesa cubierta de libros.

A la mañana siguiente, el criado que vino a despertarle quedose

perplejo. Su señor no se había quitado las ropas para dormir.

* * * * *

Pasaron los días, largos días de prisión, que él acortaba con la

lectura, o pintando al óleo, con asombrosa destreza, sobre tablas de

nogal, figuras de Vírgenes y de Santos. El Canónigo venía a visitarle a

menudo y le incitaba siempre a que abrazara la carrera eclesiástica.

Cierto día le dijo:

--La causa de las moriscas va a principiarse. No tardarán en llamaros a

testificar.

Como estaba junto a la ventana, y miraba en aquel momento hacia la

calle, exclamó:

--Ahí pasa Gonzalo de San Vicente. De fijo que el que va con él es algún

maestro de espada; siempre anda en esa compañía. Van diciendo algunos

que el Rey quiere hacelle regidor, a pesar de sus pocos años, y que, si

esto sucede, don Alonso Blázquez le dará su hija Beatriz en matrimonio.

Su padre don Felipe es gran caballero y fiel servidor del Rey y de la

Iglesia.

Luego, mirando un almendro que asomaba por detrás de un tejado y cuyos

gajos comenzaban a cubrirse de flores, agregó:

--Agora llega la estación libidinosa.

Entretanto, Ramiro se hastiaba. Su herida no acababa de cerrarse. Un

círculo tumefacto rodeaba la morosa cicatriz, pronta a reabrirse al

menor esfuerzo. El cirujano, después de un docto discurso sobre la

influencia de los planetas en los humores crudos y semicocidos de la

gangrena, había terminado por decirle que no podría salir hasta fines de

marzo, y nunca antes de haberle sangrado todavía una docena de veces,

_ex carpo manus_; pues, según él, «había aún vicio de sangre, presencia

de postulante permitente, ausencia de repugnante, y ocasión; luego no

había más que pedir».

La Semana Santa llegó. Los días se redoraban en la primera sonrisa del

año, y los árboles reventaban sus yemas, sus yemas rubias y vellosas

como los pequeñuelos de las aves. La ciudad, invadida por las gentes de

los contornos, resonaba como una colmena. La mañana del miércoles Ramiro

vio cruzar la plazuela, sobre hermoso rocín, a su antiguo rival Gonzalo

de San Vicente. El aderezo de la silla era de terciopelo azul, con las

armas de su linaje bordadas hacía atrás, con oro y con seda. Dos lacayos

le precedían. Iba a pasar, sin duda, por la casa de Beatriz, o a verla

salir de alguna iglesia. Blanco penacho de plumas, sujeto a su gorra por

un joyel de diamantes, temblaba en el aire de la mañana. Ramiro sintió

impulsos de salir al balcón y lanzar un denuesto contra aquel galancete,

rubio como un extranjero, blanco y sonrosado como una hembra.

La gloria de don Ramiro una vida en tiempos de Felipe segundo · 第 30 / 50 题