Dos días después sobrevino un hecho inesperado. Sería algo más de la
una. Sentado, como de costumbre, junto a la ventana, Ramiro hojeaba al
azar el _Cordial_, el _Arte de bien morir_, el _Contemptus Mundi_. La
vidriera dejaba pasar una luz plomiza y melancólica. No se escuchaba en
la estancia otro rumor que el de las páginas en el silencio. De pronto,
una onda ignota, un soplo, algo inexplicable, hízole mirar hacia afuera.
La calle estaba gris y solitaria; pero un instante después, viniendo del
lado de Mediodía, aparecieron dos lacayos, con la librea amarilla y azul
de los Blázquez, en seguida un alto escudero con traje de grana y botas
de camino, y, por último, en silla de manos, Beatriz. Doña Alvarez, la
dueña, caminaba detrás, golpeando las losas con el báculo.
La niña dejábase conducir con garbo desdeñoso de infanta. El negro velo
descubría tan sólo el ruedo de la saya, donde un plateado galón chapeaba
tres veces el terciopelo turquí. Ramiro se levantó. Toda la gracia de la
mujer pasaba ahora ante él, delicada y terrible. La blancura de aquel
rostro, oreado por el cierzo, hacía pensar en las hostias; y era, en
verdad, como el viático de su amor, el viático de su pasión, olvidada y
moribunda.
Una vez frente a la ventana, Beatriz insinuó un vago saludo, haciendo
florecer en su labio una sonrisilla mortificante. Algo más lejos, cuando
iba a dejar la plazuela, volviendo su rostro hacia aquella máscara
triste que se borraba por momentos detrás del reflejo acuoso de los
vidrios, tornó a sonreír; y así, acompañando con la cabeza el blando
vaivén de la silla, desapareció con su gente.
Ramiro arrojó el _Arte de bien morir_ sobre una mesa cubierta de libros.
A la mañana siguiente, el criado que vino a despertarle quedose
perplejo. Su señor no se había quitado las ropas para dormir.
* * * * *
Pasaron los días, largos días de prisión, que él acortaba con la
lectura, o pintando al óleo, con asombrosa destreza, sobre tablas de
nogal, figuras de Vírgenes y de Santos. El Canónigo venía a visitarle a
menudo y le incitaba siempre a que abrazara la carrera eclesiástica.
Cierto día le dijo:
--La causa de las moriscas va a principiarse. No tardarán en llamaros a
testificar.
Como estaba junto a la ventana, y miraba en aquel momento hacia la
calle, exclamó:
--Ahí pasa Gonzalo de San Vicente. De fijo que el que va con él es algún
maestro de espada; siempre anda en esa compañía. Van diciendo algunos
que el Rey quiere hacelle regidor, a pesar de sus pocos años, y que, si
esto sucede, don Alonso Blázquez le dará su hija Beatriz en matrimonio.
Su padre don Felipe es gran caballero y fiel servidor del Rey y de la
Iglesia.
Luego, mirando un almendro que asomaba por detrás de un tejado y cuyos
gajos comenzaban a cubrirse de flores, agregó:
--Agora llega la estación libidinosa.
Entretanto, Ramiro se hastiaba. Su herida no acababa de cerrarse. Un
círculo tumefacto rodeaba la morosa cicatriz, pronta a reabrirse al
menor esfuerzo. El cirujano, después de un docto discurso sobre la
influencia de los planetas en los humores crudos y semicocidos de la
gangrena, había terminado por decirle que no podría salir hasta fines de
marzo, y nunca antes de haberle sangrado todavía una docena de veces,
_ex carpo manus_; pues, según él, «había aún vicio de sangre, presencia
de postulante permitente, ausencia de repugnante, y ocasión; luego no
había más que pedir».
La Semana Santa llegó. Los días se redoraban en la primera sonrisa del
año, y los árboles reventaban sus yemas, sus yemas rubias y vellosas
como los pequeñuelos de las aves. La ciudad, invadida por las gentes de
los contornos, resonaba como una colmena. La mañana del miércoles Ramiro
vio cruzar la plazuela, sobre hermoso rocín, a su antiguo rival Gonzalo
de San Vicente. El aderezo de la silla era de terciopelo azul, con las
armas de su linaje bordadas hacía atrás, con oro y con seda. Dos lacayos
le precedían. Iba a pasar, sin duda, por la casa de Beatriz, o a verla
salir de alguna iglesia. Blanco penacho de plumas, sujeto a su gorra por
un joyel de diamantes, temblaba en el aire de la mañana. Ramiro sintió
impulsos de salir al balcón y lanzar un denuesto contra aquel galancete,
rubio como un extranjero, blanco y sonrosado como una hembra.