XXIII

Tan pronto como el Canónigo se halló de nuevo en el aposento de su

discípulo, exclamó con profético vozarrón:--Todo esto habrá de concluir

sobre un cadalso.

Ramiro, dejándose caer en una silla, junto a la pequeña mesa aderezada

ya para la cena, fijó su mirada en el blanco mantel, que resplandecía

bajo las llamas del candelabro, y después de largo silencio, repuso:

--Aunque así fuera, es menester seguilles. Ellos son los valientes y los

honrados. Yo he de mostrar--agregó, levantando el rostro hacia la lumbre

y golpeando con el puño sobre la mesa--que aún quedan en la nobleza

castellana ánimos capaces de mostrar la vieja valentía.

--Por el hábito que tengo--replicó el Canónigo,--si estoy por decir que

ha entrado en esta casa alguna legión de demonios invisibles que os van

a todos revolviendo la sangre. ¿No comprendéis, hijo mío, que ese sandio

y tahúr de don Enrique y esa bestia furiosa de Bracamonte no hacen sino

vomitar en palabras el hondo despecho de no haber merecido honor alguno

en su vida? ¿Y no se os alcanza también que, así como fijen ese alevoso

pasquín que leyeron, serán uno y otro degollados por mano de verdugo,

con algunos incautos que han dado en seguilles? Si os place, Ramiro,

concluir como ellos sobre la infame bayeta en la Plaza del Mercado, o

iros a remar en alguna galera bajo el corbacho del cómitre ¡adelante!; y

así figuraréis en las crónicas como el vil descendiente que arrojó

semejante baldón sobre su casa preclara y antiquísima.

--¿Soy, por ventura, niño o mujer para dejar a otros la guarda de

nuestros derechos antiguos? Mi bisagüelo, Suero del Aguila, arriesgó la

vida por ellos.

--Malaventurado yo--replicó el Lectoral--si he de cosechar esa espiga.

¿No será, ¡vive Dios! el orgullo, el aborrecible orgullo, fuente de

tantos yerros y desgracias, lo que os hace desvariar de esta suerte?

Dando luego algunos pasos a lo largo de la cuadra, en uno y otro

sentido, comenzó a decir, con la entonación grandiosa y el ademán vasto

y pulpitable que usaba en ciertas ocasiones:

--¿Dónde está el tirano? ¿Dónde la sinrazón? ¿Hasta cuándo abusaréis de

la real paciencia? ¿Quién que no sea un mentecato puede decir que la

república se pierde? ¿Hubo, por ventura, en los siglos otra nación más

temida y envidiada que lo es hoy día la española? Somos los amos de la

tierra firme y del mar; tenemos asido al mundo de las greñas. El tercio

de Flandes o de Italia han hecho palidecer la fama de la falange

macedónica y de la romana cohorte; y al solo rumor de unas espuelas

españolas tiemblan por doquiera los populachos. ¡Oh, necios! ¿Conociose

jamás un monarca que fuese a la vez tan justiciero y tan grande como

Felipe? Seguro estoy de que en los venideros tiempos, para formar un

trasunto de su vida, tendrán que juntar la piedad de David con la

sabiduría de Salomón, los triunfos de Alejandro con la prudencia de

Marco Aurelio. Además, ¿cómo olvidar lo que ha hecho y hace diariamente

por descepar del mundo la herejía? ¡Y aún hay descontentos en España!

¡Aún quedan malos vasallos que buscan el modo de trabar el paso a este

príncipe ungido por el Señor! ¿Si pensarán los muy bellacos y avarientos

que tanta grandeza no merece el nombre de tal si se les toma a ellos

una hilacha tan sólo del capotillo?...

Siguió hablando de esta guisa, yendo y viniendo. Ramiro le escuchaba

atentamente, seducido por la inesperada emoción de aquella catilinaria

que, con decir todo lo contrario de lo que vociferaba en sus discursos

Bracamonte, exaltábale, asimismo, de modo heroico y soberbio.

Un criado trajo la primera vianda. El Canónigo se sentó, y, apenas se

hubo llevado a los dientes un grueso bocado de pernil, vio penetrar en

la estancia a la madre de Ramiro. Parecía más animada que de costumbre.

Habló casi con júbilo, empleando uno que otro gracejo místico al

suplicar a su hijo que no hiciese esperar demasiado al Señor, y que, así

como se hallase con fuerzas, montara, luego luego en el cuartago, camino

de Salamanca.

--A vuesa merced, señor Canónigo, toca agora dar a esta alma el empellón

que ha menester--agregó con inusitada sonrisa, al retirarse.

Cuando quedaron solos, el mancebo, enmudecido por las tumultuosas

impresiones que jugaban con su ánimo, levantose nerviosamente y,

acercándose a la ventana, abrió las maderas. Avila, recubierta de nieve,

resplandecía bajo el mágico claror de la luna como una ciudad de

encantamiento.

Ramiro ordenó al lacayo que se llevase las candelas.

Los rincones de la estancia se llenaron de sombra; pero, al mismo

tiempo, la claridad sideral traspasó la polvorienta vidriera y quedó

suspendida en el ambiente a modo de un velo soñado y alucinador.

Ramiro admiró el fantástico arminio que revestía las techumbres y las

almenas en la noche diáfana; ¡y soñó en cosas del Cielo, en claras

armonías del Paraíso, en el alma de Teresa de Jesús gozando de Dios,

entre la innumerable blancura de los serafines!

--¿Sabéis lo que pienso, Ramiro?--exclamó de pronto el Canónigo, con

todo el busto hundido en la obscuridad;--pienso que vuestra virtuosa

madre acaba de hablaros por boca de ángel, como se dice, y que agora

más que nunca, en presencia del riesgo propincuo que corren a la vez

vuestra alma y vuestra honra, os debéis echar sin tardanza en brazos de

la Santa Iglesia. Ella sólo puede asosegaros esos bullentes borbotones

del cerebro y salvaros de caer en la pasión del orgullo, en esa

peligrosa y aborrecible pasión que nos convierte en un fruto mollar para

el Demonio. Dios queriendo, hijo mío, yo seré muy pronto promovido a

Obispo de Cartagena o de Orense, como lo asegura don Alonso. Lejos de la

mentecatez y la envidia, no tardará mi nombre en correr por toda España.

Mi saber saldrá de la cueva cabildera cual generoso vino olvidado, y

encenderá, por doquier, el espíritu de los hombres. Se me pedirá a cada

ocasión mi dictamen desde la Corte, y el Rey mesmo acabará por decir:

«Esto piensa su señoría, Lorenzo Vargas Orozco, y no habrá más que

agregar.» Entonces, Ramiro, uno de mis primeros pensamientos será

llamaros a mi lado; y allí dará principio la verdadera ocasión que el

Cielo os depara. Al fin lo comprendo. ¡Por ahí, por ahí! ¡Dios lo

quiere!

Ramiro meditó. Sentado ahora en la silla, junto a la ventana, miraba

hacia lo alto, con el rostro comparable a un claro marfil. Por último,

inclinándose hacia el maestro, sin bajar la mirada, con tono pausado y

casi doliente, repuso:

--A las vegadas, yo mesmo pienso que Dios lo quiere, como dice vuesa

merced, y me lo expresa arrancándome allá del abrazo de la muerte,

mostrándome aquí las bajezas del mundo y la vanidad de todas las glorias

humanas, o hablándome con el ruego de mi madre, como acaba de hacello.

Clamo, entonces, con todas mis potencias, hacia su Divina Majestad,

demandándola una de esas mercedes que hace diariamente a algunas almas y

que manifiestan de un golpe su predilección; pero, nada, nada me

responde, e todo mi ser desengañado tiene que replegar de nuevo su

ardimiento, en la hondura, en la tiniebla. Yo quisiera--agregó en voz

bien alta, tendiendo ambos brazos hacia la verdosa claridad, en la cual

sus manos resplandecieron de modo perturbador,--yo quisiera subir de un

solo ímpetu a una de las moradas de arrobamiento que describe la Madre

Teresa de Jesús; gozar, aunque fuera un instante, de ese deliquio, de

ese éxtasis, en que ella caía de continuo; llegar a Dios, en fin, de un

solo y soberano vuelo del alma, y anegarme, abismarme en su

contemplación.

Hizo una breve pausa y prosiguió:

--O, a lo menos, un prodigio, un prodigio patente, mediante el cual el

Señor me significase su complacencia: desprenderme del suelo durante la

plegaria, ver señalarse en mi cuerpo una llaga de la Pasión, escuchar

una palabra de una de esas imágenes de Nuestra Señora que tantos

milagros han obrado en esta ciudad con toscos villanos y campesinos; o

recibir, en fin, de lo alto, alguna locución que yo debiese, a mi vez,

transmitir a los hombres. ¡Pero hasta agora nada! Mi cuerpo semeja un

costal lleno de cantos, mis manos siguen tan mondas como siempre, y el

cielo mudo y cerrado para mí. Cuanto a las imágenes de Nuestra Señora de

las Vacas e de la Soterraña, a fuerza de mirallas e mirallas, tiemblan e

oscilan, como entre el humo de un cirio; pero hablarme, eso nunca; ¡y

qué negrura en la mente, qué sequedad, qué apretamiento acá en el

corazón! ¡ah!...

Llevose las manos al pecho.

--¡En qué peligro estáis, hijo mío! Agora hecho de ver, y en quien menos

lo deseara, el daño que pueden hacer en las almas de corta experiencia y

estudio, los escritos milagreros, quitándoles toda humildad e

despertando en ellas las aprehensiones sobrenaturales, con gran regocijo

del Demonio. La tal Teresa y todos cuantos escribieron o escriben sobre

mística, en lengua vulgar, van haciendo harto mal por España, incitando

al desprecio del duro camino escolástico y engolosinando a los incautos

con visiones y revelaciones, coloquios y éxtasis, y todos los sueños que

engendra la beodez contemplativa. Todo eso, Ramiro, no es otra cosa que

el humo de la antorcha viva de la verdad, e los que buscan sólo ese humo

pronto se enceguecen, e no pudiendo ni queriendo escudriñar los secretos

de la Escritura y de la ardua enseñanza escolástica, esperan que Dios se

los revele, de una vez, en un rapto, e hablar con El, cara a cara, como

si fuera con el Corregidor o el Obispo. A un paso estáis, Ramiro, de las

peores herejías que apestan a España, e mucho me temo que, llevado por

esa gula espiritual, os hundáis, sin sabello, en la locura de los

begardos, o alguien os denuncie al Santo Oficio de alumbrado o de

quietista.

--Yo no hago sino anhelar para mí lo que encarece en sus escritos la

madre Teresa de Jesús, a quien todos tienen por santa--exclamó

nerviosamente el mancebo.

--¿Y por ventura--replicó a su vez el Canónigo--no han sido bastante

aviso los ejemplos de la beata de Piedrahita, de Magdalena de la Cruz y

de la Priora de Lisboa, para inculcarnos un advertido recelo acerca de

toda revelación mujeril? ¡Ah, hijas de Eva!--exclamó esta vez,

removiendo los brazos en la sombra con un ademán que Ramiro no alcanzó a

distinguir.

Luego, como si hubiera logrado al fin desasirse de algún odioso

pensamiento, prosiguió:

--Ya os he dicho otras veces que ese trato con Dios se usaba y era

lícito en la ley vieja, y el mesmo Señor lo reclamaba, como vemos en

Isaías, donde reprende a los hijos de Israel, diciendo: _Væ, filii

desertores, dicit Dominus, ut faceretis concilium, et non ex me... Qui

ambulatis, ut descendatis in Ægiptum, et os meum non interrogastis_. Y

vemos en la divina Escritura que Moisés preguntaba a Dios continuamente,

y asimesmo David y otros reyes de Israel; y Dios les respondía, hablaba

con ellos y no se enojaba, porque aún no estaba asentada la fe. Pero,

agora, bajo la ley nueva, todo está consumado y la fe fundamentada _per

sæcula, sæculorum_; y no hay para qué preguntar a Dios como antes,

porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es su más soberana

palabra, nos lo habló todo junto, de una vez, y no tiene más que

hablar. De aquí, Ramiro, que el que agora pregunta a Dios o le pide

revelaciones, le importuna y enfada sobremanera. Mejor hiciérades, pues,

en apretaros las agujetas y arremeter con la Escritura y Santo Tomás,

que éste es macizo sustento y lo otro golosina de arrabal; éste, camino

áspero, pero seguro; aquél, el atajo peligroso; ésta, la bienhechora

luz; lo otro, el humo irritante que perturba la visión y el cerebro.

La obscuridad embozándole el rostro favorecía su discurso. Sólo quedaba

la pura emanación de la mente; y las ideas parecían brillar con más

fuerza en la sombra, como las ascuas de los braseros.

La gloria de don Ramiro una vida en tiempos de Felipe segundo · 第 29 / 50 题