La turbia claridad que bajaba de las nubes alumbraba apenas el libro.
Ramiro leía por tercera vez el mismo pasaje de «La vanidad del mundo»:
«Si fingiéramos que la tierra estuviese en el cielo estrellado y la
tornase Dios clara como una de las estrellas, no se podría de acá abajo
divisar por su pequeñez. Y si en respecto del firmamento es la tierra
como un punto, ¿cuánto será menor puntillo respecto del cielo empíreo?
¿Pues qué dejas, menospreciando el mundo, aunque fueses señor dél, sino
un angosto nido de hormigas, por los reales y anchos palacios del
cielo?»
Aquellas palabras del padre Fr. Diego de Estella traspasaron
luminosamente su espíritu. Señalando la página e inclinando su cuerpo
sobre el brazo del sillón, miró pensativamente hacia afuera, a través de
los viejos vidrios sujetos por tosca malla de plomo. Espeso nublado,
cuya cepa debía prolongarse hacia el naciente, asomaba por encima de las
murallas. A pesar de tener cabe sí un brasero con lumbre, Ramiro sentía
colarse por las rendijas ese estremecimiento glacial de la atmósfera que
anuncia la nevasca. Las losas de la calle y los sillares de los palacios
tomaban tonos lívidos, ateridos. El viento ululaba.
Era uno de esos días de invierno en que el alma se siente apartadiza y
doméstica y todo el ser se arrellana en su propio egoísmo. ¡Cuán mágico
sentido toman entonces las cuatro paredes del aposento, entre las cuales
el continuo soñar ha ido adhiriendo a las cosas compañeras indefinida
confidencia y algo como nuestro propio dejo espiritual! El cerrojo lanza
al caer una interjección uraña y reconfortante, y el ascua nos recibe
con su ardiente fascinación que amodorra las ansias y desapega de todos
los afanes del siglo.
Una enorme hostilidad se cernía. El cielo estaba ceñudo, el aire maligno
y poblado, quizá, de espíritus dañosos. Las lúgubres consejas,
escuchadas allá en la torre, siendo niño, volvían a la memoria del
mancebo. A veces un remolino de polvo y de briznas, junto a alguna
chimenea, le inquietaba. Hubiérase dicho que un miedo mudo hacía
palidecer todas las cosas, la teja, la ventana cerrada, el árbol de los
patios. Algunos campesinos bajaban presurosos hacia la Puerta de Don
Antonio Vela, acuciando sus machos y borricos. Ramiro adivinaba en la
dirección del Sudeste, por detrás de las sierras, un agazapamiento de
vendaval, pronto a lanzarse sobre la dehesa, destechando cabañas,
reventando los trojes, descuajando los árboles.
¡Cuán sabrosa aquella su pereza junto a la lumbre! Soñó en la paz de los
monasterios, en la ascética fruición de la celda durante los días y
noches del invierno, en la deliciosa somnolencia de los rezos en los
coros obscuros, entre el olor eclesiástico de los viejos barnices, de la
cera, del incienso.
El brutal desengaño que sufriera, días antes, al presentarse en la
reunión, habíale llenado el pecho de asco y rencor hacia los hombres.
--¡Por cuestión de la paga!--repetía por momentos, recordando las
palabras del religioso.--¿De quién podía venir aquella especie si no de
su rival? ¿Debía también perdonarle con el heroico perdón de los santos?
La frase de doña Guiomar: «Harta dicha será que no os desluzcan la
jornada mediante alguna calumnia», tomaba ahora en su mente acento de
profecía.
¿Para qué afanarse, pues, en el siglo, si toda honra estaba a la merced
de cualquier lengua malvada? Y aunque así no fuera: ¿De qué valían las
glorias y loores del mundo, de este «nido de hormigas», como lo
apellidaba el inspirado religioso? ¿No era, acaso, todo ello castillo de
cañas para el fuego de la muerte? ¿Qué más valía el paso de un hombre
sobre la tierra?... Cualquier frágil baratija duraba más que su dueño.
Otros galanes habían de aderezarse quizá, el juvenil mostacho ante aquel
su espejo, cuando él no fuera sino un hato de podredumbre. La copa de
Venecia pasaba de padres a hijos más vividora que las manos soberbias
que la alzaban en los festines. ¿Qué pensar? ¿Qué hacer?
El mismo se asombraba de las oscilaciones extremas de su ánimo.
Volvió a mirar hacia la calle.
Una hora pasó. Era un domingo de fines de febrero. La esquila de la
Catedral acababa de tocar tres campanadas. Los visitantes de costumbre
iban llegando; unos en sillas, envueltos en capisayos aforrados de
martas; otros a pie, embozados completamente en sus ferreruelos o en sus
capas de lluvia, y manteniendo apenas una abertura por donde escapaba el
aliento blanquecino. Los clérigos se arrebozaban con sus lobas; los
dominicos, en sus manteos; los franciscanos y carmelitas traían el
rostro cubierto bajo la puntiaguda capilla y los brazos cruzados por
dentro de las mangas. Ramiro vio llegar a Vargas Orozco con la nariz
amoratada por el frío; el paje caudatario le sostenía por detrás la cola
superflua. Creyó reconocer a don Pedro Valderrábano por las calzas de
velludo amarillo y sus pantuflos con pieles. Cuatro valentones
custodiaban la silla de don Enrique Dávila, tres de ellos con alabarda y
rodela, el otro con hermosa ballesta incrustada de marfil.
Ramiro, sin deseos de llegarse al estrado, abrió de nuevo «La vanidad
del mundo». En ese instante, después de anunciarse con el golpecito de
costumbre, entró Casilda en la habitación. Un estremecimiento inusitado
agitaba sus pestañas. Acercose al escritorio, removió la arquilla de
las obleas, requirió las torcidas del velón, estiró las holandas del
lecho. Palpábalo todo con gesto bobo y encogido, como si quisiera
comunicar o pedir alguna cosa y no se hallase con ánimo.
--¿Buscas algo?--la preguntó el mancebo.
--Nada, señor; sólo que mi padre me manda llamar y miro porque todo
quede bien aparejado para la noche.
La idea de recompensar con alguna dádiva los cuidados que aquella
muchacha le había prodigado, durante tantos días de sufrimiento, le
asaltó a Ramiro por la primera vez. Díjola entonces:
--Abre la naveta de la izquierda de aquel bufetillo. ¿Ves una escarcela
verde? Bien, tráela.
Cogió tres ducados y alargóselos, exclamando:
--Toma para alfileres, Casilda.
Ella, al sentir en la palma de la mano el frío de las monedas, dejolas
caer al pronto, sobre la mesa, como si hubiese tocado un reptil. El
rostro se le enrojeció de vergüenza, y su pecho, henchido por la
emoción, dejó escapar un suspiro. Luego sonrió tristemente, diciendo:
--¡Ah! ¿vuestra merced ha pensado?... ¡No, no, por Dios!
--¿Tanta honrilla, muchacha? ¿No puedo hacerte, acaso, un obsequio?
--No, señor; gracias. A lo que venía me mueve otro interés. Deseo decir
a vuestra merced--agregó vacilando un instante y bajando la voz--algo
que sucede en esta casa.
--Sí, ya imagino: que el lacayo... que la criada... que la dueña... Me
lo dirás otra vez.
--Nada de eso, señor. Es negocio harto apurado. Un negocio... ¿cómo
decir? que importa; que, con ser yo tan necia, se me alcanza que la
justicia ha de caer aína sobre esta casa y todo el daño que se puede
seguir a vuestra merced.
--Bien, aguija; aclárate presto. ¿Qué sucede?
Casilda tembló como sacudida por aquel acento imperioso, y luego repuso:
--Sucede, señor, que muchos de estos caballeros que aquí vienen, acabada
la visita, se juntan abajo en secreto, en una cuadra vecina de aquella
en que yo guardo mi cofre; y encienden lumbre, y dicen palabras contra
el Rey y hablan de levantar bandera.
--¿Por quién sabes todo eso?
--Lo escuché yo mesma, yendo a buscar un manto, el domingo pasado, ya de
noche.
--Dilo todo, date prisa.
--Al entrar oí unas voces que parecían salir de una alacena; pero, como
yo no temo a los duendes, la abrí para ver lo que era. Vacía lo estaba;
pero las voces se escuchaban como si fuesen en la mesma cuadra y eran en
la de al lado, e decían lo que ya dejo expresado a vuestra merced. A mi
ver, deben ser muchos señores, y entre ellos está el señor cura de Santo
Tomé, con su catarro, y el señor de Bracamonte, con su voz tan áspera, y
el de...
Un golpe dado en la puerta que comunicaba con la galería cortó su
narración.
--¿Quién?--demandó Ramiro.
--Yo soy--respondió Vargas Orozco, abriendo él mismo la hoja y
penetrando en la estancia. Luego, habiendo mirado de soslayo a Casilda,
aproximose a Ramiro, y sin tomar asiento, le preguntó:
--¿Os lo ha referido?
--¿Qué?
--Lo que acontece en esta casa.
--¿A qué quiere aludir vuesa merced?
--A las reuniones secretas de don Diego, y los otros, en el piso bajo,
conducidos por el maestresala.
En seguida, alzando la voz, y señalando hacia las cuadras vecinas:
--¡A la enorme felonía--gritó--de esos malos caballeros!
--Por Dios, hable vuesa merced más bajo, que pueden oílle--interrumpió
Ramiro, agregando:--De suerte que vuesa merced lo sabe también por...
--Por esta rapaza--contestó el Canónigo señalando a Casilda.
El diálogo se desarrolló vivamente y quedó convenido que, antes de que
terminara la reunión, irían los dos a cerciorarse de la verdad,
escondiéndose en la cuadra que indicaba Casilda. Al principio, el
mancebo manifestó no poca repugnancia por aquel espionaje, declarando
que a él le parecía más derecho requerir con franqueza a don Enrique
Dávila o al mismo Bracamonte; pero el Canónigo le hizo pensar en la
necesidad de una previa certidumbre; y, al referirse al peligro de que
su llaga se reabriese en el tráfago de las escaleras, le dijo:
--Si tal os sucede, hijo mío, haréis de cuenta que os hicisteis herir,
una vez más, en servicio del Rey y de la honra de vuestra casa.
Seguidamente, uno y otro, se dirigieron al estrado. Ya un crecido número
de visitas rodeaba a don Íñigo. Don Pedro de Valderrábano, hidalgo viejo
y socarrón, se paseaba solo, observando maquinalmente los muebles y
mirando las figuras de los tapices. Otros señores hablaban, en pie,
junto a las vidrieras, por donde entraba una luz opaca y mortecina.
Ramiro, después de cumplir con los saludos de ceremonia, sentose junto a
un ancho brasero, en torno del cual se parlaba de guerra.
Don Enrique Dávila juzgaba la táctica de Farnesio, mientras alzaba en su
mano un vaso de plata con una piedra bezoar incrustada en el borde. Un
criado escanciábale el vino de San Martín con demasiada frecuencia.
Estaba ricamente vestido de terciopelo morado, con ropilla de lo mismo,
forrada de pieles.
Su intemperante condición respondía a su estatura gigantesca. Cuando
quería dominar alguna congoja, reventaba uno o dos caballos a fuerza de
locas carreras por el camino de Villatoro. El juego era la única pasión
que lograba punzarle. Peinaba sin crencha, hacia atrás. Su tez era
barrosa y trasnochada. Sus ojos pequeños.
Ramiro no escuchó sino el final de su discurso:
--Diga, vuesa merced, que una vez que Farnesio hubo dejado las
provincias para penetrar en Francia, debió librar batalla campal al
Bearnés, desbaratalle en seguida, quitalle las vituallas, adueñarse de
París e decir luego a nuestro rey: «Señale agora Su Majestad la persona
que ha de sentarse en este trono.» De esta suerte, aunque exponiendo a
Flandes, hubiéramos extendido el poder de nuestras armas y limpiado a
aquella monarquía de la pestilencia luterana.
--¡Qué brava guisa de guerrear!--dijo don Pedro Valderrábano, con tono
amistoso y burlesco.--En un quítame allá esas pajas desbarata vuesa
merced un ejército, le coge las vituallas, cae de sopetón sobre una
poderosa ciudad y se la adueña. Piense vuesa merced, señor don Enrique,
que no hay batalla que no se gane desde una silla de vaqueta, cabe el
brasero.
El regidor Gaspar González Heredia, queriendo amortiguar el picante de
aquella fisga, agregó con seriedad, dirigiéndose a don Enrique:
--Quizá el ejército del Duque no era suficiente para tamaña empresa, y
hay quien presenta al Bearnés como hombre de mucho ardid y coraje, que
pelea a la cabeza de sus soldados.
--Con eso--le replicó el licenciado Daza Zimbrón, que alardeaba de
táctico--no demostraría ese mucho ardid que dice vuesa merced; pues el
jefe de un reino poderoso, como apunta a serlo el Bearnés, ya que ha de
dar la batalla, no debe hallarse en la refriega, entre sus soldados; que
si él mesmo fuere muerto o vencido, el reino todo se pierde, como
aconteció a los persas y medos, vencidos por Alejandro, muerto el rey
Darío, y en España muerto el rey don Rodrigo, y en Hungría, en nuestros
tiempos, muerto el rey Ludovico, en la batalla que dio temerariamente a
los turcos.
Prodújose un rumor de admiración.
--¿Y vuesas paternidades habéis recibido nuevas cartas de
Francia?--preguntó don Alonso al padre Jaime Rodríguez, de la Compañía
de Jesús.
--Casi todas se quedan por el camino. Este mes sólo una ha logrado
llegarnos. Trae algunos pormenores de la primera acometida del Bearnés
sobre París, en diciembre pasado.
--Sepamos, sepamos.
--Parecer ser que el Bearnés se acercó, ya pasada la media noche, cuando
todos los vecinos dormían; pero, por un caso, en que se echa de ver la
mano de Dios, los herejes apoyaron sus escalas en la Puerta Papal, donde
se hallaban a la sazón algunos religiosos de nuestra Compañía. Al asomar
los primeros asaltantes, nuestros hermanos dan repetidas voces de
alarma. Los vecinos despiertan, tócase a rebato, y el hereje se retira
desengañado.
--Grande gloria para vuestra religión--dijo alguno.
--Un venturoso accidente en verdad--respondió el padre Rodríguez.
Entonces el dominicano fray Gonzalo Jiménez, Guardián del Convento de
Santo Tomás y Calificador del Santo Oficio, díjole con aparente
mansedumbre:
--Ya tenéis blasón para hacer labrar a la puerta de vuestras casas.
--¿Cuál sería, según vuesa Reverencia, señor Guardián?
--_Anseres Capitolini_, los famosos gansos del Capitolio; y no se dirá
que os falta añejo abolengo.
Todos sabían la enemistad que separaba a aquellas dos religiones; pero
nadie esperaba una ofensa semejante; así que las palabras del padre
Rodríguez: «Aún no sería bastante humilde para nosotros», se perdieron
en un murmullo de estupor. Formáronse entonces pláticas diversas. Una
predominó y todos acabaron por escuchar. El capellán de la
Iglesia-Hospital de la Anunciación, Miguel González Vaquero, hablaba con
el dominico Crisóstomo del Peso, de los milagros de doña María Vela,
monja de Santa Ana. El capellán gozaba fama de santo. Su palidez
cenicienta hacía pensar en terribles austeridades, y a la vez, sus
grandes ojos claros emanaban conmovedora dulzura.
--Son tan grandes--decía--las mercedes que Dios la hace y tan apegadas
sus razones al amor divino, que no cabe dudar.
--De su humildad y otras virtudes dígame cuanto quiera vuesa merced,
señor capellán; pero de sus revelaciones muy poco, porque soy menos
inclinado a creellas.
--Igual cosa oí decir a vuesa Paternidad, en cierta ocasión, de la madre
Teresa de Jesús.
--En verdad, muchas veces dije: esperemos a ver en qué para esta monja,
que no es bueno dar fe tan presto a sus virtudes y revelaciones; no
tanto porque dudase de ella, cuanto por juzgar que así conviene para
mujeres. Pero ahora declaro que la dicha Teresa ha dado a entender ser
posible en ellas la perfección evangélica.
--Y así mesmo doña María, padre Crisóstomo. Harta experiencia tengo de
su caridad y oración para saber si hay lazo o engaño de Satanás.
--Me dicen que fue vuesa merced--preguntó el licenciado Zimbrón,
dirigiéndose al capellán--quien aconsejó administralla el santo Viático
para hacella aflojar las mandíbulas.
--No, no; fue el padre Julián, el padre Julián.
--¿Vuesa merced presenció el milagro?
--Cuando yo entraba en la celda, ya doña María tenía abierta su boca
hacia el divino remedio; toda la faz encendida como una lámpara. Más de
nueve días pasó con los dientes tan apretados, que el hombre más fuerte
no hubiera logrado separárselos y sin que fuera posible hacella pasar
una gota de caldo.
La conversación recayó, como de costumbre, en la crónica de los
asombrosos milagros que se realizaban de continuo en aquella ciudad.
Otra monja de Santa Ana oía todas las noches una voz que le denunciaba
las asechanzas del Demonio en torno de la celda de tal o cual religiosa.
En el convento de San José, Catalina Dávila, presa de súbito
arrobamiento, habíase levantado varios palmos del suelo al leer una
anotación de mano de Teresa de Jesús, en los Morales de San Gregorio.
Sor Angela de la Encarnación era estrujada y abofetea la por Satanás a
la vista de todas sus compañeras, y, últimamente, arrojada por él, desde
lo alto de una galería al jardincillo del convento, no recibió daño
alguno. Además, todos los lunes, que es el día que corresponde a la
Oración en el Huerto, sudaba a imitación de Nuestro Señor, tanta sangre
de toda su piel, que era preciso mudarla dos o tres túnicas al día.
Al hablar de aquellas cosas, las voces temblaban de modo extraño y los
semblantes más recios se ablandaban y palidecían como oreados por un
soplo divinal.
La ciudad entera, odorífera de santidad, parecía haberse levantado hasta
una región convecina de Dios y flotar en pleno prodigio, entre el vuelo
cuasi visible de los ángeles. Las almas ardían como los perfumados
carbones de aquel místico brasero, hurgoneadas por la penitencia,
atizadas por el aleteo de la incesante plegaria. El milagro estaba en
todas partes. Posábase aquí y allá, a modo de un ave inverosímil y
familiar. Se hablaba de él con regocijo, pero sin espanto.
El nombre de Teresa de Jesús, la religiosa andante, la garduña de almas,
la pícara sublime, reaparecía con frecuencia en los diálogos. Muchos de
los que allí se reunían eran sus parientes, algunos habían parlado y
chanceado con ella en los locutorios de la Encarnación y de San José;
otros, más ancianos, la conocieron muchacha, con harto amor a las galas
y a los olores y poniendo motes a los galanes. Referíanse con el mismo
entusiasmo sus prodigios que sus gracejos, y todos se complacían en
hablar llanamente de un ser que los ojos del alma veían ahora en la
gloria del Paraíso.
--Grande injusticia ha sido llevarnos la gran reliquia de su
cuerpo--dijo Alonso de Valdivieso, al terminar la narración de una
graciosa entrevista que tuvo con ella en Medina del Campo.
--Esa trapacería se la debemos al Duque de Alba--replicó el señor de
Navamorcuende.
Entonces, aprovechando del vocerío que suscitaron aquellas palabras de
don Enrique, un padre carmelita refirió en voz baja a Ramiro que, no
hacía mucho, temiendo que se llevasen nuevamente de rondón el cuerpo
milagroso, una hermana lega del convento de Alba de Tormes, en medio de
una noche de tempestad, habíase dirigido al sepulcro de la madre Teresa,
y descubriendo el cadáver, abriole el pecho con un filoso cuchillo,
metió la mano por la herida y arrancó el corazón. Luego, aquella
sobrehumana mujer, poniendo la reliquia entre dos platos de roble, se lo
llevó consigo a la celda. Al siguiente día, el inconfundible perfume que
embalsamaba los claustros, denunció el sublime sacrilegio.
Enfebrecido por el confuso rumor de los diálogos y el aire denso de la
sala, Ramiro tuvo que reconcentrarse un momento, sintiéndose penetrar
hasta el fondo del ser por la pasión que exhalaban aquellos últimos
relatos. Acababa de comprobar una vez más que, a la primera mención de
los prodigios de una humilde enclaustrada, todos los otros temas
decaían; y los más recios hidalgos, orgullosos de sus linajes, de sus
caudales, de sus cicatrices, inclinaban la cabeza como empequeñecidos
ante la sublimidad de la gloria penitente.
Y de nuevo, la voz ajena y sosegada que solía susurrar en el fondo de su
conciencia, le habló de esta manera:
Abandona la brega de los hombres. No hay vida más heroica, más fuerte,
vida más vida que la de aquel que, desnudándose por entero del vano
ropaje mundanal, sigue la senda de Cristo Nuestro Señor. Ese acrecienta
como ninguno las potencias del alma, y, en un mismo día, asedia o se
defiende, toma castillos o levanta cestones y palizadas, libra
grandiosos combates, pone en fuga legiones inmensas, conquista mundos
ignorados y maravillosos. Sólo aquél tiende su vuelo por los espacios de
la eternidad, logra sus simientes, conoce la verdadera gloria y vence la
vanidad, la brevedad y el terreno dolor.
Sí, sería religioso y quizás ermitaño. Estaba resuelto. Bajando los
párpados, soñó, entre el murmullo creciente de la asamblea, en su futura
santidad.
* * * * *
Un vocerío en la calle, un clamor áspero y bronco, que hizo retemblar
las vidrieras, desgarró su visión.
--¿Qué es esto?--exclamaron algunos.
Ramiro, que se hallaba próximo a una de las ventanas, se puso en pie,
abrió las maderas y miró. Un grupo de villanos avanzaba hacia el solar
cruzando la plazuela. A la humosa llamarada de las antorchas, Ramiro
pudo reconocer, en medio de aquel golpe de gente, la enhiesta facha de
Bracamonte. Nueva exclamación estalló:
--¡Viva don Diego!
Los pasos de la turba resonaban sobre las losas de modo acompasado y
solemne.
--Son algunos vecinos que vienen acompañando a don Diego de
Bracamonte--exclamó Ramiro en voz alta, volviendo el rostro hacia el
concurso.
--Parece--dijo Valderrábano,--que de algunos días a esta parte, apenas
le advierten por esas calles, se ponen a seguille, y le van regalando
todo el tiempo con sus vítores, que güelen peor de lo que suenan.
--Quiera Dios no le empujen a alguna demasía--agregó con lenta
modulación el Canónigo lectoral.
Ramiro notó que algunas miradas descendían gravedosas, mientras otras
escudriñaban, uno a uno, los semblantes. Entretanto, don Enrique Dávila
respondía a la frase del Canónigo con injuriante risa haciendo saltar
entre sus dedos el joyel que pendía de su cadena.
--Don Enrique: «Las barajas excusallas»--dijo entonces el Lectoral.
--Señor Canónigo: «Comenzadas acaballas»--replicole el señor de
Navamorcuende, completando el conocido lema que llevaban las armas de su
familia.
Minutos después entraba Bracamonte.
--¿Qué nueva?--preguntole don Enrique, dejando el asiento.
A la vez que un lacayo le quitaba de los hombros la negra capa salpicada
de nieve, Bracamonte repuso:
--Que se pretende dar parte al Santo Oficio en la causa de Antonio
Pérez, para burlar de esta suerte los Fueros de Aragón.
Tras un candelabro, y con todo el rostro iluminado por el resplandor
numeroso de las bujías, el Guardián de Santo Tomás prorrumpió:
--¿Hay, por ventura, fuero más fuero que el de la Santa Inquisición?
Allá se las arreglen, señor don Diego, que aquí estamos en Castilla.
Bracamonte, reconociendo al pronto la voz, replicó sin vacilar:
--Ya sabe vuesa Reverencia que, según los antiguos, la pendiente de la
tiranía todo está en empezalla; y si a tal se atreven con Aragón, que
tan celosamente ha guardado hasta aquí sus libertades, ¡qué no osarán
luego con nosotros, que estamos ya harto desplumados y listos para la
olla!
Ramiro sintió que le apretaban el brazo.
--Salgamos, que es tiempo--murmurole al oído el Lectoral.
Algunos tertulios se retiraban; don Alonso entre ellos.
* * * * *
Cuando maestro y discípulo bajaron a la cuadra del piso bajo, conducidos
por Casilda, ya era de noche.
--Cae nieve--dijo la muchacha mirando hacia el patio.
Casilda no había soñado ni mentido. Después de un largo lapso de espera,
comenzó a escucharse, a través de las tablas de la alhacena, cavada a
medio grueso en el muro divisorio, el rumor de los que iban penetrando
en la estancia vecina. No había rendija alguna por donde se pudiese
atisbar; pero Ramiro y el Canónigo reconocían fácilmente a los
congregados, aun cuando todos bajaban la voz con evidente cautela.
--Las nuevas cartas--dijo Bracamonte--son del Barón de Bárboles, de
Miguel de Gurrea y del señor de Purroy.
Leyolas. Las dos últimas referían los sucesos recientes de Aragón y la
agitación popular de Zaragoza. La de don Diego de Heredia, señor de
Bárboles, entre otras cosas decía: «Hoy somos los aragoneses los
amenazados, mañana lo seréis vosotros. Prestémonos fiel ayuda, hermanos
de Castilla, que nuestra Patria se pierde; pues aquellos que son tenidos
por sus padres y jueces, son malos padrastros y prevaricadores della.»
--Sí; la república se pierde--agregó con brusquedad Bracamonte,
comunicando a su voz una resonancia imprudente.--¿Y, por ventura,
debemos asombrarnos, cuando España, regida ayer por sus más claros
varones, es hoy la presa de ávidos pecheros, que, no sólo buscan por
todo medio acrecentar la propia hacienda, aunque perezca la pública,
sino que pretenden, a más, empobrecer y destruir a la más antigua
nobleza del reino, no dejándola, como sabemos, regentar los negocios, e
inventando contra ella, cada día, nuevos pechos y humillaciones? Si el
puntilloso honor de nuestra casta no se hubiese trocado, agora, en
acoquinamiento y bajeza, ¿quién osara tales atrevimientos? ¡Ea!:
mostremos que de algo vale aquella sangre delicada que heredamos de
nuestros mayores. Es tiempo ya de resoluciones varoniles. Perdamos, si
es preciso, la vida en la demanda, antes que la honra. Aragón sólo
espera nuestra señal para arrojarse; Sevilla bulle y se revuelve,
Valladolid, Madrid y Toledo vendrán a la zaga, apenas nosotros
marchemos.
Un coro ardoroso de aprobación respondió a la arenga de Bracamonte.
Luego, en medio del silencio que sobrevino, una sola voz resonó, adusta,
inconfundible.
--Que no se diga que la vejez, enflaqueciendo mis fuerzas, ha
destemplado mi corazón. Sepan vuesas mercedes que toda mi hacienda queda
puesta desde hoy al servicio de esta demanda. Y si el caso lo pide,
hareme subir en silla a la muralla, que aún puede mi diestra disparar un
venablo.
Al escuchar aquella voz, el Canónigo y Ramiro se buscaron uno a otro en
la obscuridad.
--¡Don Íñigo! ¡Válame Dios!--exclamó el Lectoral asiendo del brazo a su
discípulo.
--¡Sí; él es!--dijo, tan sólo, el mancebo.
Escuchose entonces un rumor de interjecciones y frases entreveradas.
--Es un tirano--dijo alguien claramente.
--Su confesor--agregó el cura de Santo Tomé--ha de arder en el infierno,
porque le absuelve.
Otros exclamaron:
--Que se lea el cartel que ha de pegarse en los muros.
--Es harto tarde.
--Que se lea, y partiremos.
Oyose entonces un ruido claro de papeles, y don Enrique Dávila leyó el
histórico pasquín.
«Si alguna nación en el mundo debía por muchas razones y buenos respetos
ser de su Rey y señor favorecida, estimada y libertada, es sólo la
nuestra; mas la cobdicia y la tiranía con que hoy se procede no da lugar
a que esto se considere. ¡Oh, España, España, qué bien te agradecen tus
servicios esmaltándolos con tanta sangre noble y plebeya; pues en pago
de ellos intenta el Rey que la nobleza sea repartida como pechera!
¡Vuelve sobre tu derecho y defiende tu libertad, pues con la justicia
que tienes te será tan fácil; y tú, Felipe, conténtate con lo que es
tuyo y no pretendas lo ajeno y dudoso, ni des lugar y ocasión a que
aquellos por quienes tienes la honra que posees, defiendan la suya, tan
de atrás conservada y por las leyes de estos reinos defendida.»
El vítor sordo que estalló en la estancia vecina hízoles comprender al
lectoral y a Ramiro que los conjurados eran numerosos.
--Bien puesto, bien puesto, señor don Enrique--exclamaron algunos.
--Que se fije mañana mismo en los muros de la Iglesia Mayor y en los
portales del Mercado.
--Dejemos escoger la ocasión a don Enrique y a don Diego, que, llegado
el caso, todos estamos dispuestos a fijarlo por nuestras manos en el
sitio que convenga.
Las sillas resonaron. Todos se levantaban para marcharse.