XXI

En pocos años, la letárgica mansión habíase convertido en la más

visitada y rumorosa de Avila del Rey. Cierto día, don Alonso Blázquez

Serrano congregó en casa de don Íñigo a algunas personas principales

para tratar del asunto de los conversos. La reunión se repitió. El

número de los invitados se fue acrecentando. A la simple jícara se

agregaron los bódigos y los hojaldres. Tal fue el origen del

aristocrático mentidero del señor de la Hoz.

Miércoles y domingos, dormida la siesta, acudían a su palacio los

varones más linajudos y doctos de la ciudad. La charla de aquella

reunión acabó por convertirse en un verdadero gobierno; los mismos

regidores iban a consultar allí sus dictámenes. Era un éxito imprevisto.

Sin embargo, el señor de la Hoz estaba muy lejos de haberlo codiciado.

Al principio, una contrariedad profunda, un verdadero pánico doméstico

se apoderó de su espíritu ante la ocupación inesperada de su vivienda, y

perdió mucho tiempo buscando y rebuscando en su memoria el involuntario

ademán o la frase imprudente que hubieran podido provocarla. Sólo para

él mismo era obscura la razón. Aquel anciano despilfarrado y enfermo,

que no podía convertirse en un rival para nadie, era el dueño de casa

guisado por la Providencia. Don Íñigo, aunque enlazado por su casamiento

a los más antiguos linajes de la ciudad, habíase conservado

completamente ajeno a las seculares cuadrillas de San Juan y San

Vicente, en que se hallaba dividida la nobleza de la comuna; y las salas

de su mansión eran amplias, la servidumbre numerosa, la pastelería

excelente.

El bullidor concurso llenaba los salones. A más del grupo principal,

compuesto de los más encumbrados personajes, formábanse corrillos de

tonsurados humildes y seglares de poca monta. En ellos se refugiaba,

evitando la plena luz, el desconocido ceremonioso que comenzaba a

introducirse en la reunión, sin que nadie supiese quién le traía; el

hidalguejo tagarote, amigo de un amigo de don Íñigo y venido al olor del

agasajo, el alférez del Alcázar, el capellán de monjas, el escribano de

número...

Muy pronto se le descubrió al señor de la Hoz su vanidad dominante, y

casi no hubo tertuliano que no le consultara acerca de la cuestión

actual de los conversos, o le dirigiese alguna pregunta admirativa sobre

sus heroicos servicios en la campaña de la Alpujarra. De lisonja en

lisonja, fuéronle creando una fama grandiosa que a nadie mortificaba, y

ya las gentes de la ciudad pronunciaban su nombre con profundo respeto,

como si en verdad se tratara de uno de los más célebres capitanes de

aquella guerra santa y vengadora.

Don Íñigo acabó por aficionarse a su propia tertulia. Aumentó el número

de los criados, renovó las libreas, adquirió nuevos braseros de plata,

nuevos velones y candelabros, desempeñó de los genoveses sus mejores

tapices. El encargado del chocolate y los vinos era el segundo sacristán

de San Pedro, amigo de Medrano. Tres esclavos amasaban la harina. Un

famoso repostero de Madrigal preparaba las pastas, un morisco la aloja.

El maestresala, vestido como un gentilhombre flamenco, comandaba a la

servidumbre con signos casi imperceptibles. Al anochecer, de vuelta a

sus casas, las visitas desfilaban entre doble hilera de lacayos

apostados a lo largo de los pasadizos, hasta la puerta de la calle, cada

cual con un hacha de cera encendida. Gastábase tanta luminaria como en

la Iglesia Mayor. Todo era fastuoso y señoril.

Ramiro pensó que, al hacer su reaparición en la asamblea, todos los

rostros se volverían hacia él, y que hasta los varones más graves se

adelantarían a cumplimentarle por su proeza. Guarecido casi de su

herida, pero flaco y sin fuerzas, vistió una tarde su traje más lujoso,

se ciñó la daga del morisco y presentose en la sala pequeña, que hacía

las veces de primer recibimiento. Fuera del capellán de la Anunciación y

de un religioso franciscano de San Antonio, las personas que allí

estaban volvieron a verle con ultrajante naturalidad; y, al mentar, uno

que otro, su jornada, lo hicieron en términos tales, que parecían

referirse a la diligencia más o menos provechosa de algún alguacil. El

desengaño le dejó confundido, y, no sintiéndose con aliento para pasar a

la cuadra contigua, donde se hallaban los magnates y prelados, agazapose

en el más obscuro rincón, entre un grupo de religiosos. El franciscano,

arrimando su taburete, le dijo en voz baja:

--¡Nonada habelles descubierto la madriguera a esos lobos! Claro está

que vuestra merced habrá de tener también sus envidiosos y

calumniadores; pero no pare mientes en eso, que lo que agora dicen habrá

de llevárselo el viento como la paja.

--¿Y piensa vuesa Reverencia que alguien murmure?--preguntó Ramiro.

--Habladurías, habladurías--replicó el religioso con ademán de

desprecio.

--No disimule vuesa Reverencia si quiere probarme su afición, que nunca

daña saber por dónde habemos de ser combatidos.

--Vamos, invenciones de bellacos... que vuestra merced ha estado a punto

de renegar de la fe de Nuestro Señor Jesucristo... que llevaba noticias

a los conversos... que la riña fue por cuestión de la paga...

En ese instante, hacia la derecha del mancebo, un desconocido, con galas

de soldado, exclamó, reteniendo a un lacayo por el gregüesco:

--¡Ea, seor Antoñico, no nos alargue la penitencia y arrímenos por

piedad otro plato de bódigos y unos vidriecicos del San Martín, que

fenecemos!

El tono de penuria famélica con que moduló aquella frase, apretándose al

mismo tiempo el estómago, hizo reír a sus vecinos. Alguien le habló en

voz baja, y él, mirando de soslayo al mancebo, tapose la boca como

avergonzado.

Entretanto don Alonso platicaba, en la sala contigua, con algunos

señores que acababan de llegar. En cierto momento al volver el rostro y

al advertir, a distancia, la presencia de Ramiro, hizo un gesto de

asombro y se dirigió a saludarle:

--Enhorabuena--exclamó, alargando los brazos.--Grata señal es ésta;

pero, ¿por qué tan esquivo? Todos aquellos señores están golosos de ver

y escuchar a vuesamerced.

--Siéntome, señor, harto mohíno y sin fuerzas.

--Holgárame de oír relatar a vuesa merced, ante un concurso como éste,

todo su lance con los moriscos, punto por punto.

--Otro día será, señor. Agora temo que el mucho hablar me encienda la

calentura.

A la vez que Ramiro dejaba caer estas palabras, don Alonso observó, con

inquieta curiosidad, la daga sarracena, recubierta de pedrería, que el

mancebo llevaba en el cinto, y, sin poder dominar su sorpresa, tomándola

por fin en su mano, exclamó:

--Donoso puñal. ¿Es acaso algún arma de los agüelos?

--No, señor. Diómela, como recuerdo, el viejo morisco que no quiso

permitir que los demás me acabasen a cuchilladas.

El hidalgo contrajo su semblante, y poniendo la diestra sobre el hombro

de Ramiro, díjole quedamente, para que sólo él le escuchara:

--Por la honra de su nombre, vuélvase vuesa merced a su aposento y

esconda esa daga donde nadie la vea, que yo sé lo que le importa.

--Llévola, señor, como una preciada prenda que recuerda mi acción.

--Vuesa merced no debe sentirse de mi insistencia, que es fuerza que la

lealtad sea por momentos amarga.

--¿Qué recelo es ése? ¡Válame Dios!

--Pues vamos, es esto: sobran bellacos que han dado en inventar cómo,

cuándo y por qué vuesa merced ha recibido dineros y presentes de los

conversos, e si agora ven esa joya en su cinto la enseñarán como prueba.

Ramiro comprendió. Anonadado por la terrible fatalidad, llevose la mano

a la frente y, sin poder articular una sola palabra, una sola

exclamación, saludó a don Alonso y volvió a encerrarse en su aposento.

* * * * *

De ordinario, cuando la reunión comenzaba, hacía ya varias horas que don

Alonso Blázquez se hallaba instalado en su sillón predilecto, frente a

don Íñigo, platicando sin tregua. Llegaba casi siempre al mediodía para

retirarse después del toque de oraciones. Eso cuando él mismo no se

invitaba a cenar, y echaba de sobremesa un partida de _triunfo_ con el

anciano. La intimidad acordábale fueros especiales, movíase como en su

propia casa, se chanceaba con los religiosos, sabíale el nombre a todos

los criados. Su situación era, sin duda, la más prominente. Su vieja

amistad con el Conde de Chinchón y su parentesco con el Marqués de

Velada era causa de que los menos informados le atribuyesen grande

influencia en la Corte, ilusión que él mismo alimentaba repitiendo a

menudo las dos o tres frases que Su Majestad le había dirigido en su

larga vida de pretendiente y mostrando hacia el Monarca una admiración

tan grande como el odio recóndito que, en verdad, sentía por aquel

espectro coronado, cuya sola mirada le cuajaba los tuétanos.

Todos conocían su lealtad impecable y aquel su empeño de aguijonear

ambiciones: «¿Qué espera vuesamerced, señor Deán, para pretender la

mitra que tanto se merece?» «El peor enemigo de vuesa merced, señor

Alférez, es su propia modestia, que sé yo de muchos que, con la mitad de

los servicios que todos le conocemos, gobiernan plazas y comandan

ejércitos. Si vuesa merced no se enfada, en mi próximo viaje a la

corte...» y dejaba caer en el oído del soldado alguna deslumbradora

promesa.

Movíase la conversación, casi siempre, en derredor de los temas que él

decantaba. Tenía el orgullo de la verbosidad. Dirigirle una pregunta era

como abrir una compuerta de regadío. Su inundante palabra se derramaba

sin término sobre las superficies, sin que su voz, alta y acatarrada,

cambiase de tono. Si parlaba de sus viajes y aventuras, de maestros

célebres, de objetos preciosos, o filosofaba cultamente sobre el amor,

su discurso cobraba todo el garbo de su persona; pero al disertar sobre

el gobierno de la Monarquía, el disimulo cortesano hacíale adoptar un

lenguaje incoloro y mortecino, lleno de circunloquios y de prolijas

salvedades acerca de la secreta razón de muchas resoluciones de los

príncipes.

En cambio, el señor Diego de Bracamonte, de la casa de Fuente el Sol,

descendiente de Mosén Rubí de Bracamonte y emparentado con la más clara

nobleza de Castilla, juzgaba, lleno de heroico desenfado, la política

del Rey.

La arrogancia de aquel hombre se erguía almenada y sola. El discurso

flameaba en su boca cual sedicioso pendón. Aun su mirada y su ademán

eran temerarios. Todos presentían que aquella cabeza no estaba segura

sobre el soberbio cogote y esperaban por momentos alguna catástrofe;

pero el hidalgo demostraba importársele una higa de la delación y del

riesgo, perorando aún con más vivo coraje cuando se hallaban presentes

el señor Corregidor don Alonso de Cárcamo o el fraile dominico en quien

todos sospechaban un espía del Santo Oficio y del Monarca. Su reto

infanzón y feudal no bajaba la voz; y parecía volar, como un cartel

atado a una saeta, por encima de las murallas, hacia la Corte.

Era largo y cenceño. Los terciopelos o gorgoranes formaban como un fofo

plumaje sobre su pajaresca armazón. La lechuguilla íbale siempre harto

holgada. El mostacho, el tuzado cabello y la aguda barba cabría

comenzaban a encanecer; pero las cejas conservábanse retintas, como dos

plumas de tordo. Su pellejo era pálido, su mirada áspera, su gesto macho

y soberbioso. Adivinábasele, desde lejos, la cólera fácil. No era muy

docto; pero nunca faltaba en sus discursos uno que otro texto latino

sobre la decadencia de las repúblicas.

El menosprecio que el Soberano hacía continuamente de la opinión de las

Cortes, los nuevos pechos y arbitrios particulares que se imponían sin

consultarlas, el Ordenamiento del Rey Alfonso anulado, las franquicias

rotas, los fueros moribundos: tales eran los tópicos predilectos de sus

arengas. El Gobierno se había convertido, según él, en un potro de

extraer caudales y estrangular alientos. España, que había sobrepujado

en valor a Grecia y a Roma, temblaba ahora de miedo bajo la péñola de

los privados y el balbuceo del confesor Diego de Chaves. Todo era

hambre, cohecho, terror. Ya era muerta la varonil altivez de donde

nacieron la proeza rara y la denodada aventura. Hoy la hombría de bien

era desacato; el fuero, sedición; la dignidad, rebeldía. Los honores y

mercedes que antaño se ganaban por las grandes cosas que hacían los

caballeros, hogaño las lograba cualquier menestral mediante un bolsillo

de ducados.

--¿Es cosa derecha--preguntaba--que el Rey se haga de caudales vendiendo

hidalguías como trastos de almoneda o recargando a la nobleza de nuevos

tributos y haciéndola pechera y villana? Y todo ello para que Flandes

esté cada vez menos seguro; para que el francés, a quien ya le teníamos

del collar del jubón, vuelva a provocarnos, y el inglés degüelle, tale y

saquee, a su guisa, en nuestras costas. Fuimos los dueños de la riqueza,

y agora somos los mendigos. Mucha gala soldadesca sobre la sarna y la

hambre, mucha orgullosa pluma en el sombrero para abajarlo a cada puerta

pidiendo un mendrugo. Hartos años ha que las Cortes vienen voceando la

protesta unánime del reino; no se ha querido escuchallas. Ya veremos en

qué para aqueste menosprecio.

Hablaba en pie, con el estoque apretado bajo el sobaco. A veces la

carraspera le dificultaba el discurso; acercábase entonces a alguno de

los braseros y espectoraba sobre las ascuas. Su grande amigo don Enrique

Dávila, señor de Navamorcuende y Villatoro, escuchábale absorto y

vibrante, con las pupilas inflamadas por la pasión, acabando casi

siempre por dejar el asiento y plantarse a pocos pasos de Bracamonte,

como hechizado. El contagio de la rebelión se apoderaba de algunos

oyentes. Marcos López, cura de Santo Tomé, aseguraba que Santiago

Apóstol se le había aparecido una noche diciéndole que, si la nobleza

castellana no volvía por el respeto de sus fueros, España estaba

perdida. El médico Valdivieso y el licenciado Daza Zimbrón alentaban a

Bracamonte con exclamaciones fervientes; mientras Hernán de Guillamas,

que había sido procurador de Avila en las Cortes de Madrid, refería con

patriótico dolor, en apoyo de don Diego, la mofa que el Rey hacía de los

dictámenes de todo el reino congregado.

Los demás, sobre todo los hombres de iglesia, bajaban los ojos e

inmovilizaban el semblante. A la menor interrupción no faltaba quien

entremetiese otro asunto. Cualquier futileza era bien recibida, con tal

que evitara, a los más, la inquietud de aquel verbo incendiario de

Bracamonte que agitaba las más graves cuestiones, a modo de encendida

antorcha que golpeara a lo largo las añejas colgaduras.

Entonces Gaspar Vela Núñez o Gonzalo de Ahumada, llegados recientemente

del Perú, referían cosas de América: alimañas y frutos fabulosos,

segundones miserables enriquecidos de súbito por algún tesoro enterrado,

huacas repletas de joyas, victorias enormes en que la sangre enjabonaba

los dedos y era preciso encordelar la espada y la pica para que no se

escurriesen. Tales relatos alucinaban el cerebro de aquellos hijos de

Castilla, habituados a imaginar ante el más escueto horizonte todos los

espejismos de la aventura. Algunos entrecerraban los párpados para

soñar mejor en las comarcas lejanas, donde se llegaba de golpe a la

riqueza, sin la infamante paciencia del mercader, y veían pasar por su

imaginación tierras inverosímiles, en las cuales el pie topaba a cada

paso con venas de oro desnudo.

Los que llegaban de Italia traían obsequios y misivas y daban las

últimas noticias acerca del turco. Los que eran soldados de Flandes,

como Antonio Dávila, _el verrugoso_, o Pedro Rengifo, el de la

cuchillada en la frente, comentaban la táctica de Farnesio y referían

innumerables heroísmos de los soldados de España.

El imperio de la raza brillaba en los semblantes y formaba calurosa

armonía de orgullo. Aquellos hombres de guerra, que traían en sus botas

lodo reseco de los más diversos países, eran, según el blasón de Isabel

y Fernando, el haz de flechas y el yugo del orbe. Uno que otro meditaba

los presagios de decadencia; pero los más curábanse mayormente del color

de una pluma o del rumor de las propias espuelas.

Otras veces llegábale el turno a los teólogos. Sus rivalidades eran

disimuladas, pero profundas. Después de enredar, con escolástica

destreza, la inevitable disputa, acababan por responderse en docto y

ponzoñoso latín que agriaba la reunión.

Un rebullicio de colmena llenaba las cuadras. La atmósfera era densa y

candente. Ni el perfume de los guantes, ni el copioso sahumerio de los

pebeteros, lograba dominar el tufo de trasudado sayal que desprendían

los religiosos. Las maderas de las ventanas cerrábanse de ordinario a

las tres de la tarde. El herraje de los braseros parecía atizarse

entonces en la sombra; pero, inmediatamente, llegaba la larga hilera de

servidumbre trayendo una aurora de luminaria, que resplandecía en la

palidez de los rostros, en la blancura de las lechuguillas, en el sayal

amarillento de los dominicos, haciendo chispear las veneras de las

Ordenes militares y los preciosos joyeles sobre los terciopelos y

brocados.

Casi todos aquellos hombres eran enjutos. La ambición o la penitencia,

ayudadas a menudo por tercianas prolijas y rebeldes, desgrasaban las

carnes y labraban ictéricos surcos en los rostros. Rostros a la vez

altaneros y tristes, do el brío solía disimular terrores y la constante

aspiración hacia Dios iluminaba en lo alto las visionarias pupilas.

La gloria de don Ramiro una vida en tiempos de Felipe segundo · 第 27 / 50 题