XX

Sentado junto al brasero, con la mirada fija en las vigas de la

techumbre, Ramiro soñaba. La puerta que daba a la galería se abrió muy

despacio y una figura enlutada entró en la habitación. Era su madre.

Las tocas monacales, adheridas con ventosas a la frente, ocultábanla los

cabellos; su rostro desprendía luminoso blancor. Era ya el ser sin

carnalidad, sin escoria. La luz penetraba el alabastro de sus manos

señoriles, aguzadas por la aspiración continua de la plegaria. Ella

solía interponerlas ante la luz de los candelabros para considerar el

aviso fúnebre de sus propias falanges y meditar en el fin que a todos

nos espera.

Ramiro la miró con asombro. Los rasgos de doña Guiomar estaban

visiblemente demudados por alguna grave pesadumbre. Habló muy quedo y

con lentitud cautelosa, como quien teme denunciar su verdadera

cavilación. Dijo que el Canónigo acababa de referirle los pormenores del

lance con los moriscos.

--Paréceme--exclamó gravemente--que te pudiste ahorrar tanto riesgo,

tratándose de enemigos villanos, para los cuales con algunos corchetes

bastaba.

Expresó en seguida la vanidad de aquellos sacrificios, el engaño y

desengaño de toda acción ambiciosa.

--Esto lo hiciste--agregó--por punto de honra. Harta dicha será que no

te desluzcan la jornada mediante alguna calumnia. Quien, como tú,

Ramiro, ha de emprender el santo camino de la Iglesia, ¿qué pudo buscar

por ese atajo que no fuera desvanecimiento y vanagloria? En fin, alabada

sea su Divina Majestad, si todo esto lo manda para hacerte vomitar, como

a otro San Ignacio, la ponzoña del mundo. No olvides, hijo mío, de qué

modo tan patente el Señor ha querido arrancarte de los mesmos brazos de

la muerte, que todos lo habemos tenido por milagro, y mira bien cómo te

cumple pagar esa segunda vida que te concede.

Después de breve silencio, manifestole que, apenas se hallase

restablecido, sería el caso de pensar en su partida para Salamanca. El

señor Obispo había prometido hallarle, para después, algún ventajoso

destino, a menos que prefiriese ingresar a las órdenes.

Ramiro escuchó en silencio la homilía sin traslucir en su semblante la

menor impresión.

Era un momento de solemne ansiedad para la madre. Su ser estaba suspenso

entre el regocijo y el temor, esperando la palabra o el gesto que

expresaría para ella todo el bien o el mal que la vida podía reservarle.

En ese momento un lacayo penetró presuroso en la cuadra anunciando que

don Alonso Blázquez subía las escaleras.

El mancebo echó, al pronto, una mirada a sus vestidos, estirose las

calzas, apretose las agujetas del jubón, pidió a su madre una

lechuguilla fresca; y luego, un espejo, un peine y un bote de unto para

aderezarse el cabello. Hizo esto último con visible complacencia,

hermoseando la expresión ante su propia imagen.

Faltábale alguna joya. Pidió impaciente la cadena de oro, que su madre

echole, con sus propias manos, al cuello. En seguida, señalando un

contador de taracea, díjole que le alcanzara la daga con piedras

preciosas que encontraría en la naveta del centro. Doña Guiomar, al

tomar en sus manos el puñal, quedose perpleja. Luego, desnudando la hoja

despaciosamente, y clavando los ojos en la arábiga inscripción que el

hierro tenía, púsose a temblar con todo su cuerpo, como quien ve

levantarse ante sí pavoroso fantasma.

El lacayo volvió, y quedose alzando la antepuerta. La madre no tuvo más

tiempo que el de alargar el arma a su hijo y echar sobre las ascuas

algunos granos de incienso que sacó de su escarcela.

En el vano luminoso, sin que faltara el esquinado golpe de colgadura,

don Alonso, todo vestido de negro, apareció, como un retrato en su

marco. La engomada golilla atiesaba su rostro. Hizo una reverencia y

adelantose con rítmicos pasos a besar una y otra mano a la hija de su

amigo.

A la vez que se quitaba los guantes, y cual pudiera hacerlo un rey

generoso, felicitó a Ramiro, relacionando su acción con las grandes

cosas que hicieron los Aguilas, los Hoces, los Arias, los Alcántaras, en

servicio de Dios y del reino; y, de tiempo en tiempo, mesándose el

encrespado copete, dirigía hacia la madre una mirada sospechosa y fugaz.

Otras veces, para encarecer la sinceridad de su discurso, llevábase al

pecho la diestra. Las sortijas de Florencia resplandecían. Sus manos

eran harto hermosas y su extrema blancura denunciaba el uso nocturno del

sebillo en los guantes descabezados.

--El servicio que vuesa merced ha prestado a la Iglesia y al Rey--díjole

a Ramiro, antes de despedirse,--dejando a una parte el largo padecer,

que eso no se mira en hombres de vuestra sangre, no puede quedar sin

recompensa. Mañana debo partir para la Corte. Yo he de pretender para

vuesa merced el hábito de Alcántara; no faltará quien desee complacerme.

Vuesa merced--agregó--no tendrá con esto más trabajo que reunir sus

pergaminos para la probanza de limpieza, e será como probar la lumbre

del sol.

Expresó Ramiro su reconocimiento y, con los ojos como deslumbrados,

estrechó en las suyas aquella mano generosa.

Apenas el cortesano se hubo alejado por la galería, doña Guiomar

arrojose a los pies de Ramiro, abrazándose a sus rodillas. Con el rostro

oculto y sacudida, por los sollozos, pronunciaba palabras

incomprensibles; mientras su hijo repetía, asiéndola de los hombros:

--¡Alzaos, madre; alzaos! ¿Qué os pasa? ¿Qué os hace llorar?

Ella levantó por fin su empapado rostro, y después de un instante:

--Una gran desdicha--respondió,--la más grande, la más cruel que podía

acaecerme: ¡tu olvido de Dios, Ramiro; tu perdición!

--¿Mi olvido de Dios, madre? ¿Esto decís?

--Sí: el Demonio ha vencido en tu alma. Las vanidades y los premios del

mundo te desvanecen. Cuando don Alonso te hablaba del hábito pareciome

ver brillar en tus ojos una lumbre de infierno. ¿Quién te pudo mudar de

esta suerte? ¿Qué hechizo te han echado en el corazón?

Luego, con la frase entrecortada por el llanto:

--Ya no eres, no, el hijo aquel de mis entrañas que caminaba tan radioso

por el camino de la humildad y la penitencia, y que ofreció desde niño

su vida al Señor, ¡aquel mi Ramiro!... ¡aquel mi mancebillo santo!

Con estas palabras ocultó de nuevo el rostro entre las manos, sin

levantarse. Pero un momento después, aquella madre desgarrada por el

dolor, aquel ser que sólo parecía capaz de ruegos y de lágrimas, púsose

en pie de un solo impulso, irguiendo su talle ante Ramiro. Era una

transformación asombrosa, una ballestada del ánimo. Todo el brío de la

estirpe brilló un momento en aquella frente de abadesa indignada. Con

voz casi hombruna y justiciera, exclamó:

--Basta de blanduras. Así como os halléis en estado, saldréis para

Salamanca a proseguir vuestros estudios; allí escogeréis, luego, entre

la Iglesia y las Ordenes. Aquesta es mi voluntad.

Esto dicho, se alejó gravemente, dejando en la estancia, a más del olor

de cera de sus vestidos, algo patético, algo inexorable, que Ramiro

sintió flotar sobre su cabeza cual una maldición suspendida.

La cuadra se llenaba de sombra; pero la hija del escudero no tardó en

presentarse, protegiendo con su mano las llamas de un dorado velón, y

alumbrada ella misma como imagen entre cirios.

La gloria de don Ramiro una vida en tiempos de Felipe segundo · 第 26 / 50 题