Sentado junto al brasero, con la mirada fija en las vigas de la
techumbre, Ramiro soñaba. La puerta que daba a la galería se abrió muy
despacio y una figura enlutada entró en la habitación. Era su madre.
Las tocas monacales, adheridas con ventosas a la frente, ocultábanla los
cabellos; su rostro desprendía luminoso blancor. Era ya el ser sin
carnalidad, sin escoria. La luz penetraba el alabastro de sus manos
señoriles, aguzadas por la aspiración continua de la plegaria. Ella
solía interponerlas ante la luz de los candelabros para considerar el
aviso fúnebre de sus propias falanges y meditar en el fin que a todos
nos espera.
Ramiro la miró con asombro. Los rasgos de doña Guiomar estaban
visiblemente demudados por alguna grave pesadumbre. Habló muy quedo y
con lentitud cautelosa, como quien teme denunciar su verdadera
cavilación. Dijo que el Canónigo acababa de referirle los pormenores del
lance con los moriscos.
--Paréceme--exclamó gravemente--que te pudiste ahorrar tanto riesgo,
tratándose de enemigos villanos, para los cuales con algunos corchetes
bastaba.
Expresó en seguida la vanidad de aquellos sacrificios, el engaño y
desengaño de toda acción ambiciosa.
--Esto lo hiciste--agregó--por punto de honra. Harta dicha será que no
te desluzcan la jornada mediante alguna calumnia. Quien, como tú,
Ramiro, ha de emprender el santo camino de la Iglesia, ¿qué pudo buscar
por ese atajo que no fuera desvanecimiento y vanagloria? En fin, alabada
sea su Divina Majestad, si todo esto lo manda para hacerte vomitar, como
a otro San Ignacio, la ponzoña del mundo. No olvides, hijo mío, de qué
modo tan patente el Señor ha querido arrancarte de los mesmos brazos de
la muerte, que todos lo habemos tenido por milagro, y mira bien cómo te
cumple pagar esa segunda vida que te concede.
Después de breve silencio, manifestole que, apenas se hallase
restablecido, sería el caso de pensar en su partida para Salamanca. El
señor Obispo había prometido hallarle, para después, algún ventajoso
destino, a menos que prefiriese ingresar a las órdenes.
Ramiro escuchó en silencio la homilía sin traslucir en su semblante la
menor impresión.
Era un momento de solemne ansiedad para la madre. Su ser estaba suspenso
entre el regocijo y el temor, esperando la palabra o el gesto que
expresaría para ella todo el bien o el mal que la vida podía reservarle.
En ese momento un lacayo penetró presuroso en la cuadra anunciando que
don Alonso Blázquez subía las escaleras.
El mancebo echó, al pronto, una mirada a sus vestidos, estirose las
calzas, apretose las agujetas del jubón, pidió a su madre una
lechuguilla fresca; y luego, un espejo, un peine y un bote de unto para
aderezarse el cabello. Hizo esto último con visible complacencia,
hermoseando la expresión ante su propia imagen.
Faltábale alguna joya. Pidió impaciente la cadena de oro, que su madre
echole, con sus propias manos, al cuello. En seguida, señalando un
contador de taracea, díjole que le alcanzara la daga con piedras
preciosas que encontraría en la naveta del centro. Doña Guiomar, al
tomar en sus manos el puñal, quedose perpleja. Luego, desnudando la hoja
despaciosamente, y clavando los ojos en la arábiga inscripción que el
hierro tenía, púsose a temblar con todo su cuerpo, como quien ve
levantarse ante sí pavoroso fantasma.
El lacayo volvió, y quedose alzando la antepuerta. La madre no tuvo más
tiempo que el de alargar el arma a su hijo y echar sobre las ascuas
algunos granos de incienso que sacó de su escarcela.
En el vano luminoso, sin que faltara el esquinado golpe de colgadura,
don Alonso, todo vestido de negro, apareció, como un retrato en su
marco. La engomada golilla atiesaba su rostro. Hizo una reverencia y
adelantose con rítmicos pasos a besar una y otra mano a la hija de su
amigo.
A la vez que se quitaba los guantes, y cual pudiera hacerlo un rey
generoso, felicitó a Ramiro, relacionando su acción con las grandes
cosas que hicieron los Aguilas, los Hoces, los Arias, los Alcántaras, en
servicio de Dios y del reino; y, de tiempo en tiempo, mesándose el
encrespado copete, dirigía hacia la madre una mirada sospechosa y fugaz.
Otras veces, para encarecer la sinceridad de su discurso, llevábase al
pecho la diestra. Las sortijas de Florencia resplandecían. Sus manos
eran harto hermosas y su extrema blancura denunciaba el uso nocturno del
sebillo en los guantes descabezados.
--El servicio que vuesa merced ha prestado a la Iglesia y al Rey--díjole
a Ramiro, antes de despedirse,--dejando a una parte el largo padecer,
que eso no se mira en hombres de vuestra sangre, no puede quedar sin
recompensa. Mañana debo partir para la Corte. Yo he de pretender para
vuesa merced el hábito de Alcántara; no faltará quien desee complacerme.
Vuesa merced--agregó--no tendrá con esto más trabajo que reunir sus
pergaminos para la probanza de limpieza, e será como probar la lumbre
del sol.
Expresó Ramiro su reconocimiento y, con los ojos como deslumbrados,
estrechó en las suyas aquella mano generosa.
Apenas el cortesano se hubo alejado por la galería, doña Guiomar
arrojose a los pies de Ramiro, abrazándose a sus rodillas. Con el rostro
oculto y sacudida, por los sollozos, pronunciaba palabras
incomprensibles; mientras su hijo repetía, asiéndola de los hombros:
--¡Alzaos, madre; alzaos! ¿Qué os pasa? ¿Qué os hace llorar?
Ella levantó por fin su empapado rostro, y después de un instante:
--Una gran desdicha--respondió,--la más grande, la más cruel que podía
acaecerme: ¡tu olvido de Dios, Ramiro; tu perdición!
--¿Mi olvido de Dios, madre? ¿Esto decís?
--Sí: el Demonio ha vencido en tu alma. Las vanidades y los premios del
mundo te desvanecen. Cuando don Alonso te hablaba del hábito pareciome
ver brillar en tus ojos una lumbre de infierno. ¿Quién te pudo mudar de
esta suerte? ¿Qué hechizo te han echado en el corazón?
Luego, con la frase entrecortada por el llanto:
--Ya no eres, no, el hijo aquel de mis entrañas que caminaba tan radioso
por el camino de la humildad y la penitencia, y que ofreció desde niño
su vida al Señor, ¡aquel mi Ramiro!... ¡aquel mi mancebillo santo!
Con estas palabras ocultó de nuevo el rostro entre las manos, sin
levantarse. Pero un momento después, aquella madre desgarrada por el
dolor, aquel ser que sólo parecía capaz de ruegos y de lágrimas, púsose
en pie de un solo impulso, irguiendo su talle ante Ramiro. Era una
transformación asombrosa, una ballestada del ánimo. Todo el brío de la
estirpe brilló un momento en aquella frente de abadesa indignada. Con
voz casi hombruna y justiciera, exclamó:
--Basta de blanduras. Así como os halléis en estado, saldréis para
Salamanca a proseguir vuestros estudios; allí escogeréis, luego, entre
la Iglesia y las Ordenes. Aquesta es mi voluntad.
Esto dicho, se alejó gravemente, dejando en la estancia, a más del olor
de cera de sus vestidos, algo patético, algo inexorable, que Ramiro
sintió flotar sobre su cabeza cual una maldición suspendida.
La cuadra se llenaba de sombra; pero la hija del escudero no tardó en
presentarse, protegiendo con su mano las llamas de un dorado velón, y
alumbrada ella misma como imagen entre cirios.