Era necesario, pensaba ahora Ramiro, vencer el hervor de su memoria y
determinar, en aquella tregua de la calentura, lo que había de decir, al
siguiente día, cuando su madre penetrara de nuevo en la estancia.
Comprendía, él mismo, que podía expirar en pocas horas o caer en un
largo estado de inconsciencia, y, aunque los falsos conversos habrían
tomado ya sus medidas para escapar a la justicia, era un supremo deber
revelar lo que había presenciado. Sin embargo, su palabra estaba
empeñada. El sabía lo que era para un honrado caballero semejante
compromiso. Religioso y heroico sentimiento le asaltaba a la sola la
idea del juramento. ¡Cuántos antepasados suyos habrían afrontado la
muerte por un «aceto», por un «lo juro»! Y tanto más en Avila, donde se
hallaba la Basílica de San Vicente, la más famosa iglesia _juradera_ del
reino. No importaba que el pacto fuese contraído con infieles. Recordaba
haber leído en las crónicas que el Emperador Alfonso había estado a
punto de hacer descabezar a su esposa y al Arzobispo don Rodrigo por
haber violado su regia palabra, empeñada a los alfaquíes toledanos.
El Canónigo llegó al amanecer y pidió que le dejasen a solas con el
mancebo. Apenas se hubo sentado junto a la cama, con voz demasiado
resonante para la hora y la ocasión, le preguntó:
--¿Qué ha sido esto?
Encendido de nuevo por la fiebre, Ramiro respondió que no era tiempo de
declararse en aquel particular, sino de encomendar su alma a Dios; y,
así, pidiole que le administrara, cuanto antes, los Sacramentos.
--No puede ser--replicó el lectoral; alegando que si le escuchaba como
confesor, no podría usar de sus revelaciones, en adelante.
Ramiro refirió entonces, con acento moribundo, de qué modo había caído
en plena conspiración y cómo le sorprendieron y acuchillaron.
El Canónigo había visto morir a mucha gente y, al mirar ahora aquel
aflojamiento de la mandíbula y aquellos ojos descoloridos, pensó que su
discípulo preparaba el hato para el viaje sempiterno, y que la muerte no
volcaría su reloj muchas veces más junto a aquella cabecera. No había
tiempo que perder.
--Valor, valor, hijo mío--exclamó.--Si habéis de morir o no de esta
cuita, sólo Dios lo sabe. Pero no olvidéis que la muerte se nos presenta
sin llamar, como alguacil de casa y corte, cuando resuelve llevarnos.
¡Ea, sus! valeroso cachorro.
Exigiole las señas de la casa misteriosa y de algunos conspiradores.
Recordó el mancebo su compromiso y, sin ánimo para escoger las palabras,
cerró los ojos y enmudeció. El lectoral se desesperaba. Llamábale al
oído, paseábase a grandes trancos por la cuadra y, volviendo otra vez
junto a él, le tocaba en el hombro.
Al mediodía, Ramiro, cuyo espíritu había realizado laborioso camino,
hizo llamar al lectoral.
--¿Cree vuesa merced--le preguntó--que existe algún medio honroso de
anular un juramento prestado a un infiel y con el cual me temo que estoy
dañando la causa de nuestra Santa Iglesia? ¿No podría escribírsele,
sobre el particular, al Nuncio de Su Santidad en la Corte?
--Si habéis hecho promesa jurada a algún infiel--respondió el
Canónigo--en contra de la Santa Iglesia de Cristo, no son menester
Nuncio, Papa, ni Concilio; sino un confesor cualquiera que os saque del
alma tamaño pecado mortal. Si es, como imagino, juramento promisorio,
requeríais «juicio de discusión», como lo apellida Santo Tomás; es, a
saber: el claro discernimiento de lo que hacíais; y éste os faltó,
puesto que estabais queriendo tomar a Dios como cómplice de un delito
contra su Iglesia. Aun para el humano derecho, tal juramento no obliga
ni engendra perjurio: «Ca el juramento, que es cosa santa--dice, si mal
no recuerdo, la ley del Rey Sabio--no fue establecido para mal facer;
mas para las cosas derechas, facer e guardar.» Luego dividió el asunto
en dos partes. De un lado ponía los compromisos caballerescos y
legítimos, que la misma Iglesia amparaba como algo sacrosanto, más
precioso que la vida; del otro, los pactos ilícitos, los juramentos
anatemas, en contra de la majestad de Dios o el interés de la Iglesia, y
de los cuales era menester desligarse, sin demora, pues si la muerte
sorprendía a un alma con semejante pecado, arrojábala derecho a las
peores torturas del infierno; sobre todo si el juramento era hecho en
favor de los enemigos de la religión.
Aquella elocuencia logró efecto instantáneo sobre Ramiro. Ya no
vacilaba. La sola evocación del infierno, en instante como aquél, le
hizo pensar vivamente. Recordó las innumerables ofensas a Su Divina
Majestad durante el amancebamiento con la infiel y pareciole que su
compromiso era una enorme piedra que el Demonio acababa de atarle al
cuello. Refirió, pues, al Canónigo todo lo que hiciera desde que le dejó
en la plazuela de la Catedral aquella tarde. Dijo la doble manera de
llegar a la casa de los moriscos y las señas de Aixa, de Gulinar y de
algunos conspiradores. Creyó con esto limpiar el alma de la mácula
horrible de sus amores de renegado, mostrando, por fin, al Señor, que ya
no quedaban en su corazón ni vestigios del pasado apegamiento.
Al siguiente día, Ramiro cayó en un estado casi agónico. Sólo doña
Guiomar, acompañada de Casilda y de una antigua doncella, le asistieron.
Había perdido mucha sangre. Además de la copiosa hemorragia que
enrojeció los mármoles del baño, los dos médicos, después de docta
disputa acerca del sitio en que debiera practicarse la sangría,
resolvieron abrir cada cual la suya, y, en el espacio de pocas horas,
fue sangrado del brazo y del tobillo.
Su desfallecimiento era como lento bogar hacia el morir. La calentura le
exaltaba breves instantes, pero luego sobrevenía la extenuación. La
carne toda se sentía fenecer. Era una sensación glacial, tenebrosa. Su
sentido evocaba el olor de pavorosa cripta de convento que visitó,
siendo niño, en las sierras; veía de nuevo los innumerables esqueletos
apilados en la sombra, y alcanzaba aun a pensar con orgulloso espanto en
el anónimo de toda aquella leña humana entremezclada por el monástico
desprecio.
Un velo fúnebre revestía su espíritu, a través del cual sólo nociones
enormes y supremas transparentaban. La culpa, el remordimiento, el
castigo, eran las rocas que formaban el paisaje desolado y terrible de
su conciencia.
Así pasó tres o cuatro días, entre el delirio y el letargo. La gangrena
difundía su fetidez por las estancias vecinas. Las más famosas reliquias
pedidas a los conventos y a otras familias de la ciudad y puestas en
contacto, desde un principio, con la misma carne reabierta, habían
resultado impotentes. Dos veces recibió Ramiro la Extremaunción,
administrada por su primer maestro, el viejo fraile franciscano. Doña
Guiomar le daba ya por perdido. Por fin, a indicación de varias amigas,
mandó en busca de una conversa del arrabal que realizaba curas
milagrosas. La mujer lavó la herida copiosamente con un cocimiento,
aplicó un emplasto, prescribió un brebaje y recomendó que no acercasen
cosa alguna a la llaga si no querían corromperla. Dos días después
cesaba el delirio y la calentura decrecía.
Al sentirse renacer, como aquella Ave Fénix citada por tantos autores
sacros y profanos, saboreó Ramiro con lánguida avidez la delicia de
vivir. Todo le azoraba, y el milagro del mundo volvía a maravillarle.
Sentado ahora junto a la vidriera, miraba con pensativa puerilidad las
nubes espesas de aquel principio de invierno. Su razón formulaba de
nuevo las preguntas elementales que acosaron su niñez. ¿Dónde se
redondea el granizo? ¿Quién hace resonar los atambores del trueno?
¿Quién fabrica los vientos? ¿De dó vienen?...
Otras veces oteaba la ciudad. Los hidalgos caserones le hablan un
lenguaje de soberbia y de triunfo. La honra fiera de los abolengos; las
riquezas conquistadas en países lejanos y fabulosos; las heroicas
aventuras de los hijos de Avila que, ahora mismo, esperados por sus
esposas en la quietud de los hogares, guerreaban en las más diversas
comarcas del mundo, para aportar algún día a su nido roquero la presa de
gloria: he ahí las diversas expresiones de todo aquel blasonado granito
que sus ojos contemplaban sin fatigarse.
Su ambición, segada por el sufrimiento, rebrotaba ahora con savia más
fuerte. Consideró que Dios no le había llamado porque le reservaba para
algún servicio insigne en la tierra. Acababa de pasar por la primera
prueba de las vidas predestinadas. Recordó la biografía de los héroes.
El comienzo de la fortuna orilló casi siempre los despeñaderos. La hoja
mejor batida era aquella que había estado más cerca de partirse en la
bigornia. Nueva confianza en su destino erguía ahora su hercúlea
voluntad, y sentíase como ebrio de ilusión, llegando a decirse a sí
mismo las frases admirativas que su sola presencia provocaría muy pronto
por doquier. Luego examinaba, ponderaba. ¿Qué linaje en Castilla más
claro y antiguo que el suyo? Su sangre era limpia como el diamante.
Además, estaba destinado a recibir uno de los más opulentos mayorazgos
de Segovia. Pensó sin inquietud en los mancebos de las otras familias,
demasiado seguro de no ser sobrepujado por ninguno de ellos en saber, en
ardid, en denuedo.
La gloria volvía a sonreírle cual una esclava impaciente y desnuda,
ofreciéndole sus brazos, su fascinación y sus cantares.