Era una herida ancha y redonda como una cornada. La mano alevosa había
hincado el puñal en el pecho, a la altura del corazón, buscando
rabiosamente la víscera.
Ramiro sentía ahora que los bordes se despegaban de nuevo; y, al menor
cambio de postura, el dolor, un dolor fulguroso, partía de la llaga
hacia todo su cuerpo, semejante a una dispersión de centellas.
Durante los últimos días en la casa de los moriscos, creyose curado para
siempre; pero el descendimiento desde lo alto de la ventana y el mismo
viaje en silla de manos hasta la ciudad habían reabierto la herida bajo
las vendas. Luego, la llegada a su casa, las preguntas de la madre, el
tráfago de la servidumbre, el cambio de ropas, y, en fin, todos los
incidentes de su regreso despertaron la sobreexcitación y la calentura.
Los médicos, después de sangrarle copiosamente, ordenaron que le dejasen
dormir. Se hallaba, al fin, completamente solo y en su propio lecho. La
habitación estaba a obscuras. Sólo un polvoroso haz de sol entraba por
alguna rendija, estampando en el tapiz un óvalo ardiente que parecía
chamuscar el tejido. Infinitos corpúsculos subían y bajaban como átomos
de silencio. Acababa de sonar el toque de la una.
Afuera el sol quema, el muro se cuece. Ramiro escucha esos quietos
rumores de la ciudad adusta y monacal, el canto de un gallo, el tañido
de una campana de monasterio, la menuda pisada de un borrico en las
losas. La calentura le martilla las sienes. En medio de la estancia,
sobre un taburete, hay un pebetero encendido. El sahumerio se ilumina
al atravesar el rayo luminoso, aclarando los muebles y haciendo
entrever, por momentos, las figuras de un tapiz que cuelga del muro.
El hubiera querido identificarse con la paz de aquellas cosas
familiares, y adormirse, como en los años de la niñez, entre la frescura
de las holandas, sahumadas de romero y de tomillo en los viejos arcones;
pero su cabeza hervía de un modo insufrible. Una abolición mortal solía
bajarle de la garganta a los pies, suprimiendo todas las sensaciones
ordinarias de peso y de contacto; y sólo el cerebro conservaba la
vibración de la vida. Parecíale entonces flotar en los aires y
columpiarse a grandísima altura. La fiebre trotaba, galopaba por los
campos del pavor y la demencia, y su cráneo llenábase, cual pútrida
calabaza, de monstruoso gusaneo de visiones, que subían unas sobre las
otras con esfuerzo incesante, glutinoso, desesperado.
Después de largo lapso de tiempo, despertó, puede decirse, de aquel
calenturiento delirio. La fiebre se había alejado como una tormenta.
Frío sudor le mojaba las sienes. Su razón se aclaraba. ¿Habían entrado
personas a la habitación? Ya era de noche, sin duda. No se escuchaba
ruido alguno en la casa. Abajo, en la calle, sonó un rumor de pasos
numerosos que fue decreciendo. Era tal vez una ronda nocturna.
Entonces, la primera tentación de su espíritu fue rememorar, una vez
más, toda su aventura. Vagos, confusos al principio, los novelescos
pormenores reaparecieron en forma de emoción más que de imagen, hasta
recobrar, por fin, su nitidez y su ordenamiento, guiados por el orgullo.
Veíase de nuevo saltando la ventana, descorriendo el tapiz y caminando
luego a tientas, en dirección a la cuadra del baño, con el estoque
tendido en la sombra. Allí, la luz de la luna al pasar por los cristales
del techo, daba a toda la sala desconcertante aspecto de cueva
sepulcral. ¡Qué transformación la de aquella alcoba donde había pasado
tantas horas lascivas e indolentes! La puerta que daba al salón de los
divanes no estaba del todo cerrada. ¡Con qué valeroso contento advirtió,
hacia el rincón obscuro, el trazo de luz!
Creía hallarse ahora con el ojo arrimado a la rendija. El Canónigo no se
había equivocado. De treinta a cuarenta moriscos, vestidos algunos con
sus ropas musulmanas, deliberaban, sentados en rueda. Ramiro observó que
el personaje de la daga guarnecida de piedras no se hallaba presente. La
sarracena iba entretanto de diván en diván. Los hombres la besaban las
manos y los brazos con respetuosa sensualidad.
Deteniendo a intervalos el curso de las imágenes, Ramiro rebuscaba
todavía el sentido de las escenas que se sucedieron ante él. ¿Qué podía
significar aquella repartición de largas agujas de espartañero, cuya
punta ensayaban algunos en su propia mano; y, luego, aquel sordo clamor
colectivo, simulando todos en el aire el gesto homicida? ¿Qué dijo en su
discurso aquel viejo de africano rostro que vociferaba y gesticulaba
junto al hachón encendido, produciendo de tiempo en tiempo, con su gorro
escarlata recubierto de conchas marinas, fuerte castañetazo para avivar
la atención? Algún emisario de Berbería que les provocaba a sacudir el
yugo de los cristianos... Todo era enigma, misterio, otros seres, otro
mundo.
Prodújose de pronto un gran silencio. Las miradas se dirigieron hacia la
puerta de entrada. Se esperaba a alguien. Por fin, las hojas se abrieron
de par en par, y un hombre venido de afuera, anunció:
--¡El bajá!
Sorda exclamación de regocijo escapose de todos los pechos. Las pupilas
se dilataron, los cuerpos se irguieron. ¡Quién le hubiera dado
presenciar hasta el fin aquella escena! Era, sin duda, un enviado
secreto del Sultán de Turquía el que llegaba.
A no ser el roce de su daga contra el cerrojo hubiese podido seguir
atisbando sin que nadie sospechara su presencia. Pero aquel
imperceptible rumor hizo incorporar instantáneamente a la hermosa
morisca. Creía verla aún caminando hacia él, de modo lento, sus enormes
ojos clavados con espanto en la abertura. Había adivinado: apenas hubo
entrado en la cuadra del baño, exclamó:
--¡Eres tú, Ramiro! ¡Eres tú!
Luego, la brega muda, terrible. El queriendo mirar, ella tomándole de
las ropas, del hombro, de la garganta, y diciéndole al oído, quedo, muy
quedo: «¡No, no!», desesperadamente. Ya entraban por la otra puerta que
acababa de abrirse algunos hombres con hachas encendidas, cuando su
amada le puso la mano sobre los ojos.
El golpe brutal que él la diera entonces con la bota en el vientre, y el
alarido de la mujer al caer de espaldas sobre los mármoles, conservaban
aún, en su recuerdo, actual y tremenda realidad. La calentura le
rebrotaba en la sangre al evocar en seguida el movimiento simultáneo de
los moriscos, levantándose de las almohadas y acudiendo en tumulto.
Era el gran pasaje de su vida y se complacía en perpetuar su doble sabor
de coraje y de muerte. Aquellos hombres, que parecían ablandados,
emasculados por la servidumbre, se abalanzaron con presteza admirable,
desnudando sus armas y descañando los hachones. El vio entonces, con
certidumbre absoluta, sin fin inmediato; y se dispuso a vender caro su
martirio. Recordaba que su valor no había desfallecido un segundo. Su
virilidad irradió hacia todos sus miembros un calor de bravura.
Como un delirante, profería, ahora, interjecciones soberbias, creyendo
menear aún en la mano el acero mortífero; y la lucha, entre el
resplandor de las antorchas y de los haces de luna, se reconstruyó en su
imaginación: Habiendo retrocedido algunos pasos, dibujó con la espada en
el aire un reto circular y magnífico, prestando a la hoja terrible
apariencia. Luego lanzose de un lado y de otro desarmando y
acuchillando. Hubiérase dicho que esgrimía en su mano un puñado de
estoques. Hirió primero a un mozo de larga cabellera, metiéndole muy
hondo la punta en el pecho. A otro, que pretendió intimidarlo agitando
su alfanje, cruzole el rostro con veloz cuchillada. De dos puntazos
secos le reventó las pupilas a un anciano, ricamente vestido, que se
adelantó espectral, en el fulgor de la luna. Los moriscos se apartaban,
amedrentados. Entonces, Ramiro, cubriéndose con su rodela, y ebrio de
sanguinario furor, comenzó a repartir estocadas en el tumulto,
sintiendo, a cada golpe, el crujido de las ropas y la blandura de los
cuerpos que recibían la punta como pellejos de vino.
Nadie gritaba. Era una escena muda. Los que caían se quejaban apenas con
el aliento. De pronto vio plantarse ante él a esbelto mancebo armado de
larga espada española. Hubo como un estremecimiento de ansiedad. Las
dentaduras brillaron. Pero a las primeras tretas el adversario
desapareció en la tiniebla.
Instantes después, Ramiro sintió que le abrazaban por detrás,
fuertemente, y en seguida un dolor en el pecho, a la altura del corazón,
un dolor profundo, que le hizo caer el arma de la mano. Recordaba su
desfallecimiento y su grito de ¡confesión!, al sentirse morir, y el frío
del agua, en su mano colgante. Todos los brazos se atropellaron para
ultimarlo, y, entre vivo y muerto, pudo entrever todavía, a la humosa
luz de las teas, al misterioso morisco, al hombre de la daga que,
abriéndose paso entre los demás, se echaba sobre él y le cubría con su
cuerpo, repitiendo un mismo grito en algarabía:
--¡Ebni! ¡Ebni!...
Luego sobrevino el desmayo.
Qué sorpresa, qué estupor, al siguiente día, cuando, al volver en sí,
hallose en la pieza contigua sobre un lecho perfumado, y asistido de
Aixa, de la anciana y del generoso personaje que acababa de salvarle la
vida. Y en los días que siguieron ¡qué hospitalaria ternura la de
aquellos infieles! El hombre rebuscaba en libros arábigos combinaciones
de simples que Gulinar, la vieja morisca, iba a coger en el contorno; y
Aixa lavaba y vendaba la herida con manos embalsamadas de amor. Un
ungüento, traído de la China hasta Arabia por los soldados, y de Arabia
hasta Occidente por los mercaderes, y que el moro aquel guardaba en
precioso bote de marfil, operó el prodigio de su mejoramiento.
Durante las horas apacibles, las mujeres se alternaban contándole, como
a un niño, historias resplandecientes, comparables a collares de
pedrería y que hacían soñar en países lejanos y venturosos.
Las palabras de adiós del musulmán, al dejar, una tarde de septiembre,
la casa misteriosa, quedaron grabadas en su recuerdo. El sol se
ocultaba. Ramiro, cuya herida comenzaba a guarecer, hallábase sentado
junto a la ventana que abría sobre el valle. El hombre entró lentamente
y se detuvo ante él. Por primera vez le veía llegar con espuelas. Era lo
único que denunciaba para el oído su andar silencioso. Melancólica
arrogancia ennoblecía todo su porte, y sus gestos eran varoniles y
refinados.
--Voy a dejarte--exclamó.--La maldición de los creyentes ha caído sobre
mí. Me arrojan por haberte salvado la vida. ¡No importa! Sólo quiero
pedirte, como única paga, que si has de denunciallos a la justicia,
avises a estas dos buenas mujeres, con holgado tiempo, para que puedan
huir.
Ramiro accedió con un signo de cabeza.
--¿Lo prometes por tu honra?--preguntole en seguida.
--Sí--contestó el mancebo.
--¿Lo juras?
--Lo juro.
--Eso basta--replicó el musulmán; agregando:--¡Alá, para él la oración y
la gloria, te atraiga algún día a nuestra santa ley! Deja, Ramiro, el
espionaje a los villanos. No persigas al desgraciado morisco y hazte
referir lo que fueron aquellos Djahvar de Córdoba, espejos de ciencia,
flores de caballería, y cuya sangre palpita, agora, en esta cuadra.
El moro se inclinó un momento, poniéndole la mano sobre el hombro.
Cuando levantó la cabeza, sus ojos húmedos relucían en la penumbra.
Entonces, desprendiendo de su cinto el precioso puñal, pidiole a Ramiro
que lo aceptara como recuerdo suyo. Saltó luego la ventana. Un hombre le
esperaba abajo en la dehesa con un caballo enjaezado. Ramiro le había
visto montar y alejarse.