XVIII

Era una herida ancha y redonda como una cornada. La mano alevosa había

hincado el puñal en el pecho, a la altura del corazón, buscando

rabiosamente la víscera.

Ramiro sentía ahora que los bordes se despegaban de nuevo; y, al menor

cambio de postura, el dolor, un dolor fulguroso, partía de la llaga

hacia todo su cuerpo, semejante a una dispersión de centellas.

Durante los últimos días en la casa de los moriscos, creyose curado para

siempre; pero el descendimiento desde lo alto de la ventana y el mismo

viaje en silla de manos hasta la ciudad habían reabierto la herida bajo

las vendas. Luego, la llegada a su casa, las preguntas de la madre, el

tráfago de la servidumbre, el cambio de ropas, y, en fin, todos los

incidentes de su regreso despertaron la sobreexcitación y la calentura.

Los médicos, después de sangrarle copiosamente, ordenaron que le dejasen

dormir. Se hallaba, al fin, completamente solo y en su propio lecho. La

habitación estaba a obscuras. Sólo un polvoroso haz de sol entraba por

alguna rendija, estampando en el tapiz un óvalo ardiente que parecía

chamuscar el tejido. Infinitos corpúsculos subían y bajaban como átomos

de silencio. Acababa de sonar el toque de la una.

Afuera el sol quema, el muro se cuece. Ramiro escucha esos quietos

rumores de la ciudad adusta y monacal, el canto de un gallo, el tañido

de una campana de monasterio, la menuda pisada de un borrico en las

losas. La calentura le martilla las sienes. En medio de la estancia,

sobre un taburete, hay un pebetero encendido. El sahumerio se ilumina

al atravesar el rayo luminoso, aclarando los muebles y haciendo

entrever, por momentos, las figuras de un tapiz que cuelga del muro.

El hubiera querido identificarse con la paz de aquellas cosas

familiares, y adormirse, como en los años de la niñez, entre la frescura

de las holandas, sahumadas de romero y de tomillo en los viejos arcones;

pero su cabeza hervía de un modo insufrible. Una abolición mortal solía

bajarle de la garganta a los pies, suprimiendo todas las sensaciones

ordinarias de peso y de contacto; y sólo el cerebro conservaba la

vibración de la vida. Parecíale entonces flotar en los aires y

columpiarse a grandísima altura. La fiebre trotaba, galopaba por los

campos del pavor y la demencia, y su cráneo llenábase, cual pútrida

calabaza, de monstruoso gusaneo de visiones, que subían unas sobre las

otras con esfuerzo incesante, glutinoso, desesperado.

Después de largo lapso de tiempo, despertó, puede decirse, de aquel

calenturiento delirio. La fiebre se había alejado como una tormenta.

Frío sudor le mojaba las sienes. Su razón se aclaraba. ¿Habían entrado

personas a la habitación? Ya era de noche, sin duda. No se escuchaba

ruido alguno en la casa. Abajo, en la calle, sonó un rumor de pasos

numerosos que fue decreciendo. Era tal vez una ronda nocturna.

Entonces, la primera tentación de su espíritu fue rememorar, una vez

más, toda su aventura. Vagos, confusos al principio, los novelescos

pormenores reaparecieron en forma de emoción más que de imagen, hasta

recobrar, por fin, su nitidez y su ordenamiento, guiados por el orgullo.

Veíase de nuevo saltando la ventana, descorriendo el tapiz y caminando

luego a tientas, en dirección a la cuadra del baño, con el estoque

tendido en la sombra. Allí, la luz de la luna al pasar por los cristales

del techo, daba a toda la sala desconcertante aspecto de cueva

sepulcral. ¡Qué transformación la de aquella alcoba donde había pasado

tantas horas lascivas e indolentes! La puerta que daba al salón de los

divanes no estaba del todo cerrada. ¡Con qué valeroso contento advirtió,

hacia el rincón obscuro, el trazo de luz!

Creía hallarse ahora con el ojo arrimado a la rendija. El Canónigo no se

había equivocado. De treinta a cuarenta moriscos, vestidos algunos con

sus ropas musulmanas, deliberaban, sentados en rueda. Ramiro observó que

el personaje de la daga guarnecida de piedras no se hallaba presente. La

sarracena iba entretanto de diván en diván. Los hombres la besaban las

manos y los brazos con respetuosa sensualidad.

Deteniendo a intervalos el curso de las imágenes, Ramiro rebuscaba

todavía el sentido de las escenas que se sucedieron ante él. ¿Qué podía

significar aquella repartición de largas agujas de espartañero, cuya

punta ensayaban algunos en su propia mano; y, luego, aquel sordo clamor

colectivo, simulando todos en el aire el gesto homicida? ¿Qué dijo en su

discurso aquel viejo de africano rostro que vociferaba y gesticulaba

junto al hachón encendido, produciendo de tiempo en tiempo, con su gorro

escarlata recubierto de conchas marinas, fuerte castañetazo para avivar

la atención? Algún emisario de Berbería que les provocaba a sacudir el

yugo de los cristianos... Todo era enigma, misterio, otros seres, otro

mundo.

Prodújose de pronto un gran silencio. Las miradas se dirigieron hacia la

puerta de entrada. Se esperaba a alguien. Por fin, las hojas se abrieron

de par en par, y un hombre venido de afuera, anunció:

--¡El bajá!

Sorda exclamación de regocijo escapose de todos los pechos. Las pupilas

se dilataron, los cuerpos se irguieron. ¡Quién le hubiera dado

presenciar hasta el fin aquella escena! Era, sin duda, un enviado

secreto del Sultán de Turquía el que llegaba.

A no ser el roce de su daga contra el cerrojo hubiese podido seguir

atisbando sin que nadie sospechara su presencia. Pero aquel

imperceptible rumor hizo incorporar instantáneamente a la hermosa

morisca. Creía verla aún caminando hacia él, de modo lento, sus enormes

ojos clavados con espanto en la abertura. Había adivinado: apenas hubo

entrado en la cuadra del baño, exclamó:

--¡Eres tú, Ramiro! ¡Eres tú!

Luego, la brega muda, terrible. El queriendo mirar, ella tomándole de

las ropas, del hombro, de la garganta, y diciéndole al oído, quedo, muy

quedo: «¡No, no!», desesperadamente. Ya entraban por la otra puerta que

acababa de abrirse algunos hombres con hachas encendidas, cuando su

amada le puso la mano sobre los ojos.

El golpe brutal que él la diera entonces con la bota en el vientre, y el

alarido de la mujer al caer de espaldas sobre los mármoles, conservaban

aún, en su recuerdo, actual y tremenda realidad. La calentura le

rebrotaba en la sangre al evocar en seguida el movimiento simultáneo de

los moriscos, levantándose de las almohadas y acudiendo en tumulto.

Era el gran pasaje de su vida y se complacía en perpetuar su doble sabor

de coraje y de muerte. Aquellos hombres, que parecían ablandados,

emasculados por la servidumbre, se abalanzaron con presteza admirable,

desnudando sus armas y descañando los hachones. El vio entonces, con

certidumbre absoluta, sin fin inmediato; y se dispuso a vender caro su

martirio. Recordaba que su valor no había desfallecido un segundo. Su

virilidad irradió hacia todos sus miembros un calor de bravura.

Como un delirante, profería, ahora, interjecciones soberbias, creyendo

menear aún en la mano el acero mortífero; y la lucha, entre el

resplandor de las antorchas y de los haces de luna, se reconstruyó en su

imaginación: Habiendo retrocedido algunos pasos, dibujó con la espada en

el aire un reto circular y magnífico, prestando a la hoja terrible

apariencia. Luego lanzose de un lado y de otro desarmando y

acuchillando. Hubiérase dicho que esgrimía en su mano un puñado de

estoques. Hirió primero a un mozo de larga cabellera, metiéndole muy

hondo la punta en el pecho. A otro, que pretendió intimidarlo agitando

su alfanje, cruzole el rostro con veloz cuchillada. De dos puntazos

secos le reventó las pupilas a un anciano, ricamente vestido, que se

adelantó espectral, en el fulgor de la luna. Los moriscos se apartaban,

amedrentados. Entonces, Ramiro, cubriéndose con su rodela, y ebrio de

sanguinario furor, comenzó a repartir estocadas en el tumulto,

sintiendo, a cada golpe, el crujido de las ropas y la blandura de los

cuerpos que recibían la punta como pellejos de vino.

Nadie gritaba. Era una escena muda. Los que caían se quejaban apenas con

el aliento. De pronto vio plantarse ante él a esbelto mancebo armado de

larga espada española. Hubo como un estremecimiento de ansiedad. Las

dentaduras brillaron. Pero a las primeras tretas el adversario

desapareció en la tiniebla.

Instantes después, Ramiro sintió que le abrazaban por detrás,

fuertemente, y en seguida un dolor en el pecho, a la altura del corazón,

un dolor profundo, que le hizo caer el arma de la mano. Recordaba su

desfallecimiento y su grito de ¡confesión!, al sentirse morir, y el frío

del agua, en su mano colgante. Todos los brazos se atropellaron para

ultimarlo, y, entre vivo y muerto, pudo entrever todavía, a la humosa

luz de las teas, al misterioso morisco, al hombre de la daga que,

abriéndose paso entre los demás, se echaba sobre él y le cubría con su

cuerpo, repitiendo un mismo grito en algarabía:

--¡Ebni! ¡Ebni!...

Luego sobrevino el desmayo.

Qué sorpresa, qué estupor, al siguiente día, cuando, al volver en sí,

hallose en la pieza contigua sobre un lecho perfumado, y asistido de

Aixa, de la anciana y del generoso personaje que acababa de salvarle la

vida. Y en los días que siguieron ¡qué hospitalaria ternura la de

aquellos infieles! El hombre rebuscaba en libros arábigos combinaciones

de simples que Gulinar, la vieja morisca, iba a coger en el contorno; y

Aixa lavaba y vendaba la herida con manos embalsamadas de amor. Un

ungüento, traído de la China hasta Arabia por los soldados, y de Arabia

hasta Occidente por los mercaderes, y que el moro aquel guardaba en

precioso bote de marfil, operó el prodigio de su mejoramiento.

Durante las horas apacibles, las mujeres se alternaban contándole, como

a un niño, historias resplandecientes, comparables a collares de

pedrería y que hacían soñar en países lejanos y venturosos.

Las palabras de adiós del musulmán, al dejar, una tarde de septiembre,

la casa misteriosa, quedaron grabadas en su recuerdo. El sol se

ocultaba. Ramiro, cuya herida comenzaba a guarecer, hallábase sentado

junto a la ventana que abría sobre el valle. El hombre entró lentamente

y se detuvo ante él. Por primera vez le veía llegar con espuelas. Era lo

único que denunciaba para el oído su andar silencioso. Melancólica

arrogancia ennoblecía todo su porte, y sus gestos eran varoniles y

refinados.

--Voy a dejarte--exclamó.--La maldición de los creyentes ha caído sobre

mí. Me arrojan por haberte salvado la vida. ¡No importa! Sólo quiero

pedirte, como única paga, que si has de denunciallos a la justicia,

avises a estas dos buenas mujeres, con holgado tiempo, para que puedan

huir.

Ramiro accedió con un signo de cabeza.

--¿Lo prometes por tu honra?--preguntole en seguida.

--Sí--contestó el mancebo.

--¿Lo juras?

--Lo juro.

--Eso basta--replicó el musulmán; agregando:--¡Alá, para él la oración y

la gloria, te atraiga algún día a nuestra santa ley! Deja, Ramiro, el

espionaje a los villanos. No persigas al desgraciado morisco y hazte

referir lo que fueron aquellos Djahvar de Córdoba, espejos de ciencia,

flores de caballería, y cuya sangre palpita, agora, en esta cuadra.

El moro se inclinó un momento, poniéndole la mano sobre el hombro.

Cuando levantó la cabeza, sus ojos húmedos relucían en la penumbra.

Entonces, desprendiendo de su cinto el precioso puñal, pidiole a Ramiro

que lo aceptara como recuerdo suyo. Saltó luego la ventana. Un hombre le

esperaba abajo en la dehesa con un caballo enjaezado. Ramiro le había

visto montar y alejarse.

La gloria de don Ramiro una vida en tiempos de Felipe segundo · 第 24 / 50 题