Dos días después, don Alonso Blázquez Serrano, saliendo de visitar al
señor de la Hoz, topaba con Ramiro en la escalera. El mancebo descendió
para acompañarle.
Cuando llegaron al patio, don Alonso, arrimándose a una columna, como si
buscara ocultarse de los lacayos, díjole sin ambages que algunas
personas comenzaban a murmurar de sus frecuentes visitas al barrio de
Santiago. Ramiro dio por disculpa su errabunda curiosidad y el deseo de
indagar aquellas sospechosas costumbres de los conversos.
--Bien respondido--replicó don Alonso--si fuera yo algún oficioso
impertinente y no el amigo fiel de vuestra casa, que os ha mirado
siempre como a un hijo.
Una pausa subrayó la intención de aquella frase.
--Corren acerca de vuesa merced--añadió, tratando de atenuar con una
sonrisa la dureza de las palabras--las más peregrinas especies. Unos
propalan que os halláis en inteligencias con los moriscos para
transmitilles todo lo que sobre ellos se resuelve; otros, que os han
comprado la conciencia con presentes y dinero; y no falta, en fin, quien
asegure que tenéis hecho pacto con el Demonio por intermedio de una
vieja hechicera del arrabal. Huelga decir que así creo yo en estas
patrañas como en las consejas de vestiglos y gigantes; pero, si he de
hablar cabalmente, no encuentro que la simple curiosidad baste a
explicar vuestros cotidianos paseos por la morería.
Contrajo su labio el mancebo con un gesto de cólera, y la sangre
encendiole de súbito el rostro. ¿Qué hacer? Bajando la cabeza dio
algunos pasos, yendo y viniendo por delante del caballero, y, en
seguida, trémulo de orgullo, reveló la comisión secreta que había
recibido en nombre de Su Majestad.
--¡Ah! Harto bien se me alcanza--agregó--de dónde pueden venir esas
aleves calumnias y en qué pecho habré de hundir la espada cuando
determine vengarme.
Don Alonso apretó en sus manos la mano estremecida del mancebo, y
mirándole de un modo profundo, con los ojos brillantes de emoción, le
dijo:
--Nunca dudé de la honra de quien lleva una sangre tan calificada y tan
limpia como la vuestra; pero huélgame declarar que las palabras que
acabo de oíros me quitan del alma una incomprensible pesadumbre. ¡Ea,
dadme esos brazos!
Se estrecharon ceremoniosamente.
Subiendo a la silla de manos don Alonso, dirigiose a su morada,
resuelto a favorecer la alianza de su hija Beatriz con aquel mancebo en
cuya frente altanera había creído leer el horóscopo de los grandes
honores.
* * * * *
La escena de la terraza y el reciente discurso del padre de Beatriz
desgarraron para Ramiro el hechizo amoroso en que estaba viviendo. Cruda
claridad mostrábale ahora las sinuosidades hipócritas de su conducta, el
olvido total del deber, las falsas confesiones a los pies del ministro
de Dios. Todo por una mujer de otra raza cuya ley religiosa no había
querido indagar demasiado para que el grito de la conciencia no viniese
a perturbar su lascivia. ¿Qué sabía de nuevo? ¿Qué leve indicio había
logrado sorprender después de visitar día a día aquella casa, cuyos
muros guardaban, quizá, el secreto de la conspiración?
Su voluntad se enhestó. Estaba dispuesto a desagraviar a Dios mediante
cualquier heroísmo, por arduo que fuese. Había encontrado en mucho libro
de religión ejemplos de grandes pecadores que redimieron su vida
abominable con un solo instante de profundo arrepentimiento. Se
desceparía del pecho aquel amor de la sarracena y jugaría su vida en
algún golpe inaudito de audacia. Entonces, cuando las gentes se
inclinaran ante él y nadie osara dudar de su honra, habría llegado el
momento de vengarse de Gonzalo de San Vicente, pues no podía ser sino él
quien, ayudado del campanero, propalaba por la ciudad las malvadas
invenciones que le había referido el hidalgo.
Volvió varias veces a la morería y a la casa misteriosa. Ya el cuerpo de
la sarracena le dejaba en el sentido un olor imaginario de untura
brujeril y de husmo. Con qué goce tan grande comenzó a experimentar los
primeros impulsos de desapego. Rabiosa fruición de tortura se mezclaba
ahora a todas sus caricias. Instantes hubo en que meditó el modo mejor
de suprimir para siempre a aquella hembra demasiado hermosa, cuya
fascinación podía resurgir más adelante en su camino. Imaginaba, allá en
lo más hondo de su conciencia, llevarla algún oculto veneno, o hacerla
perecer, sin arma alguna, ciñéndola la garganta; y, así, muerta por sus
propias manos, ante el solo testimonio de Dios, sumergirla en el agua,
con todos sus botes de olor y de tintura, para que la pila diabólica le
sirviera de sepulcro. Pero había oído decir que algunas mujeres cobraban
al morir inolvidable belleza. Comprendió entonces la virtud santa del
fuego, la destrucción sin igual de la hoguera, que no dejaba sino un
negro amasijo, repelente.
Ella, en cambio, le recibía cada vez más apasionada, más deseosa, más
enferma de ansia, como si toda su alma presintiera el alejamiento y
quisiese adherirse al objeto de su amor, con la crispación de una mano
sobre precioso cristal que se escurre. Ya no le hablaba con aquel acento
superior y feliz. Su clara sonrisa se obscureció, se llenó de miedo,
semejante a un agua viva al anochecer. Sollozos desolados, desesperados,
la sofocaban ahora, a cada instante; y aquellas gotas ácidas que corrían
hasta su labio, aquel olor de llanto y de angustia apresuraron su
pérdida. Al sentirla bajo su voluntad como un tapiz que se puede
arrollar o desarrollar, con el pie, según el antojo, Ramiro hallose otra
vez dueño de sí mismo; y su propio gesto victorioso despertó en su ánimo
instintos de crueldad. Golpeó y estrujó a su amada más de una vez para
arrancarla el secreto de la conspiración. Parecíale que tenía sobrado
derecho de atormentar a la mujer que había pretendido hundirle en la
apostasía y el perjurio.
La idea del Demonio oculto en el cuerpo de aquella fascinadora cruzábale
por la mente, y sentíase orgulloso de haber luchado con semejante
enemigo, cual Jacob en las tinieblas; y ahora, a su vez, tomaba aquellas
blancas manos de Dalila, aquellas manos de traición y de engaño, y,
demandando la palabra reveladora, estrujaba unos con otros los dedos,
sobre las duras sortijas; mientras ella, con los ojos bañados en
lágrimas, miraba hacia lo alto, sin exhalar un gemido.
Ramiro apresuraba los instantes, escudriñaba en cada visita todos los
recovecos, hacíase enseñar las otras estancias, palpaba disimuladamente
los muros esperando descubrir algún secreto resorte. Ella, en cambio, no
hacía sino pedirle, sin cesar, que huyesen juntos de Castilla. Era la
cantinela monótona, el ruego único, desesperado. Junto a Granada, sobre
el Genil, decíale, tenía una casa toda blanca como su cuerpo, con una
puertecita roja para él, sólo para él; y reía con una risa servil,
lasciva, y cuasi llorosa.
Cierta vez, al acompañarle hasta la ventana, Gulinar, la vieja morisca,
le manifestó que una genia, surgida del agua de la alberca, le había
revelado lo que pasaba por él.
--Es secreto--agregó--que a ti mismo se te asconde.
Nombrole a Beatriz y díjole los pormenores de su desengaño y los
sentimientos indiscernibles que se movían en su corazón. El doloroso
recuerdo, que él creía inhumado para siempre, aparecía ahora evocado por
aquella mujer, extendido, sacudido ante sus ojos, cual emocionante
ropaje de otros tiempos. Musitando, en seguida, misteriosa frase, la
anciana sacó de la gaveta de un mueble una figurilla de lienzo. La
cabeza, sin facciones, estaba toda erizada de crin híspida y espesa. La
cintura era ceñida, la falda ampulosa; dos largos punzones traspasaban
de parte a parte la garganta. Ramiro sabía harto bien lo que aquello
significaba, y tembló por la doncella, ante el pavoroso recurso de la
hechicería.
Esa misma tarde, paseándose con el Canónigo por la plazuela de la
catedral, refiriole Ramiro, por primera vez, su entrada en la casa de
los moriscos y el comienzo de su aventura con Aixa, como si todo acabara
de suceder. El Canónigo, haciendo crujir la arenilla de las losas bajo
la suela del zapato, le escuchaba atentamente, oprimiendo con ambas
manos el Libro de Horas contra su pecho. Por fin, respondió:
--Vuestro propio discurso, hijo mío, háceme pensar que os halláis en
grave peligro de hechizamiento. Dicha hembra ha de ser alguna famosa
jorguina, de las que usan filtros diabólicos, cuyo poder sólo pueden
resistirlo uno que otro cuerpo endurecido en la penitencia. No me
extraña lo que acabáis de referir acerca de su grande hermosura
corporal, pues el Demonio pone en sus rasgos los cebos más sotiles de la
tentación y él mesmo suele alojarse en sus personas, como se comprueba
de continuo. Urge, Ramiro, desatar ese ñudo de una sola cuchillada, como
nos cuentan los antiguos del rey Alejandro. Por la disposición y los
tapujos de esa casa, tengo para mí que ha de ser sitio de clandestinas
reuniones, y pienso agora que si llegárades a introduciros en ella, a
eso de las diez de la noche, cuando nadie os espera, les sorprenderíais,
de fijo, con las manos en el pastel. Es parroquia de Santiago. El os ha
de asistir en la empresa. ¡Ah!, ¡si tuviera yo vuestra mocedad o no
llevara, al menos, estos hábitos graves!
Ramiro acordose al pronto de la ventana de la escarpa. Ya estaba
resuelto. Se despidió del Canónigo prometiéndole que esa misma noche
tentaría la sorpresa.
Vargas Orozco permaneció todavía un instante con el mentón apoyado en el
libro y los ojos fijos en el suelo. Su negra figura eclesiástica
prestaba un aspecto fúnebre a la solitaria plazuela, donde el anochecer
parecía tamizar un polvo fosco de herrumbre. La corriente de aire que
llegaba por la calle de la «Vida y la Muerte», agitaba su manteo. Enorme
mitra ilusoria, resplandeciente de amatistas y topacios, se encendía y
apagaba, y volvía a encenderse a sus pies, sobre las losas obscuras.
* * * * *
Probando apenas algunos bocados, Ramiro dejó secretamente su casa, ya
entrada la noche. Había escogido su daga más fuerte y la espada que le
diera don Rodrigo del Aguila, el mayordomo de la Emperatriz. Bajo la
capa, y colgada del cinto, llevaba también una rodela toledana.
Sentíase grande y temible como los héroes de las caballerescas
historias. Bajó hacia el arrabal. Era una noche diáfana de plenilunio.
Oíase la extensa estridulación de los grillos en el valle y el croar
numeroso de las ranas y los sapos hacia el Adaja. Uno que otro animal,
invisible en la sombra, hacía latir su cencerro.
Las montañas parecían soñar misteriosamente, como seres sublimes, en el
plateado silencio; y todas las cosas de la naturaleza exhalaban
deliciosa respiración de beatitud, de sosiego, de frescura.
La fantasía clara y augusta de la noche prodújole al mancebo una emoción
peculiar que se repetía en su ánimo desde la infancia y que vino a
distraer su ardimiento. Hubiera preferido para aquella empresa un cielo
en que sólo brillasen las constelaciones hablando al espíritu de los
muertos tutelares, del amor, del glorioso destino. La luna era trágica,
espectral, agorera. Su resplandor hacía pensar en mortajas errantes, en
animales endemoniados, en fantasmas de monjes que celebraban los oficios
entre las ruinas de los conventos demolidos. Las brujas realizaban sus
conjuros y adobaban sus ungüentos a favor de aquella lumbre maléfica,
que desconcertaba las potencias y parecía atraer la sangre del hombre.
Un pájaro invisible graznó en los aires, a su izquierda. ¡Sería una
corneja!
Al acercarse al barranco, en cuya escarpa se abría la secreta abertura,
Ramiro ocultose tras el tronco de una encina para otear el contorno. Del
lado del naciente, una, dos, tres sombras humanas se acercaban con
sigilo. Llegaron, miraron a un lado y a otro, escalaron las peñas y
desaparecieron por la ventana. Un momento después un grupo más numeroso
bajaba por el atajo. Luego un solo hombre, luego tres más, y, por fin,
otro grupo de diez a quince personas. La negra abertura tragaba como
boca de hormiguero. Cuando hubo transcurrido más de una hora sin que
nadie llegase, Ramiro emprendió a su vez el escalamiento. La ventana
estaba entreabierta. Descorrió el tapiz. Densa obscuridad llenaba la
primera habitación. Voleó una pierna y luego la otra. Su broquel golpeó
los azulejos.
Comenzó a avanzar, en dirección a la cuadra del baño, hurgoneando la
sombra con el estoque.