Ramiro llegaba siempre hasta Aixa con el mismo secreto de la primera
vez. Todo se reproducía: el viaje, la venda, el silbido... Pero cierto
día, comprendiendo lo que le importaba conocer el trayecto, sacó la
daga, perforó con ella los cueros de la silla, y miró. Su sorpresa fue
grande al advertir que los conductores no hacían sino dar vueltas y
revueltas dentro del mismo patio de la casa. El aljibe, el granado, una
jaula suspendida de un pilar, y la misma anciana, sentada a la sombra,
sobre una tinaja, pasaban y repasaban ante el intersticio,
indefinidamente. No había, pues, tal viaje a través de la morería.
Además, casi todos los días que siguieron, presentábase en el patio el
morisco del precioso puñal, y después de hablar un instante con la
anciana, se internaba de nuevo en las habitaciones.
Otro incidente vino a preocuparle. Un mediodía, al llegar a la casa
misteriosa más temprano que de costumbre, sorprendió, apostado en la
calleja, al campanero de la Iglesia Mayor. El portugués giró sobre sus
talones y se puso a caminar hacia el naciente.
--Segura estoy--dijo la anciana a Ramiro--que este perro vase agora a
juntar con Gonzalo, que le espera hacia aquella parte--agregó, señalando
en la dirección de Santo Tomás:--Algún lazo os quieren armar, señor
caballero.
Aixa le reveló por fin un modo más oculto de llegar hasta ella.
Haciéndole penetrar en una estancia contigua a la cuadra del baño,
levantó el extremo de un tapiz colgado del muro y una anchurosa abertura
mostró el cuadro resplandeciente y profundo de la dehesa y las montañas.
Dicha abertura había sido cavada en el mismo escarpamiento. Desde abajo,
era imposible descubrirla; dos grandes peñascos la ocultaban. Sin
embargo, el acceso no era difícil.
Bajando de la ciudad hacia el valle y describiendo largo rodeo, Ramiro
entraba ahora por aquella ventana, cuyo escalamiento exaltaba su
caballeresca fantasía. Aixa le esperaba en el vano, tendiéndole los
brazos para ayudarle a subir. Pero ya no pasaban todas las horas sobre
las vistosas almohadas; llegada la tarde, la morisca le llevaba a una
terraza descubierta que avanzaba hacia el mediodía.
Era un sitio de contemplación y de plegaria. Los cantos formaban en
torno alto y rojizo parapeto, por encima del cual la vista dominaba el
paisaje del valle y las sierras. La cazoleta enviaba al cielo la ofrenda
esbelta y continua de algún precioso perfume. Un solo ciprés, harto
anciano, erguía en aquel paraje su obscura aspiración; y, en el centro,
una alberca reflejaba, con quietud hipnótica, la tristeza del árbol, el
hilo de sahumerio, las nubes, las constelaciones, y, a veces, también:
la luna; tan precisa, tan clara, que Aixa, quitándose de los cabellos su
almadraba de gemas redondas, hundíala con sagrado gesto en el agua, y
luego, como si creyera haber apresado aquella curva diadema que al menor
contacto se desgranaba en infinitos fragmentos, llevábase la red a la
boca y gemía de un modo apasionado, tembloroso, incomprensible, mientras
sus empapadas sortijas relucían en la penumbra.
Hallábanse una tarde asomados sobre las peñas, y contemplando en
silencio, con las manos confundidas, la serenidad fascinadora de las
montañas en el crepúsculo, cuando Ramiro, al volver de pronto la cabeza,
hallose con la figura del misterioso morisco, inmóvil y taciturno en
medio de la terraza.
Aixa, para desvanecer la sorpresa del mancebo, les presentó con una
larga sonrisa. Un momento después, sentados sobre un tapiz, hablaban
tranquilamente. El morisco, en castizo castellano, informose de los
principales señores de la ciudad, de sus genealogías, de sus
parentescos.
Entretanto, Aixa escuchaba la conversación palpitando de júbilo, y su
mirada pasaba de uno a otro semblante como si comparase las facciones.
El sol iba a ocultarse. Vago perfume de mejorana y de cantueso subía de
los barrancos. Era una tarde calurosa y calma. El cielo, el valle, el
caserío, todo se pintaba de púrpura diluida. El mismo ciprés embermejaba
hacia el poniente su follaje negruzco. Ramiro experimentó como nunca la
religiosidad de esa hora en que los campanarios se revisten de oro y de
grana para entonar la angélica salutación; y pensó que se hallaba acaso
entre dos seres de una fe diferente a la suya, entre dos falsos
conversos. ¿Rezarían con él las avemarías?
El y ellos callaban.
De pronto, como el peregrino sediento que escucha un vocerío de caravana
más allá del horizonte, el morisco inclinó todo su cuerpo, hacia el
costado, y llevándose la mano al oído, aguzó su atención. Ramiro creyó
distinguir entonces una voz como lejana, un canto sigiloso y triste.
Era, sin duda, la voz del almuédano, la convocación exterior del
_idzan_, en algún terrado vecino. Aixa y el morisco se levantaron y, en
medio del tapiz, con el rostro hacia el naciente, sacerdotales,
hieráticos, realizaron las cuatro prosternaciones del azala de la tarde.
Cuando hubieron terminado, asomáronse uno y otro sobre las peñas, y,
entrelazando sus brazos, la mirada fija en el mismo punto del horizonte,
entonaron la siguiente plegaria, con ese acento peculiar del que recita
palabras ilustres, cuyos ecos están siempre despiertos en la memoria.
Ella dijo:
«El amor santo y el insomnio se añudan como una cuerda para darme
tormento.»
El replicó:
«Mi corazón se halla acongojado por la ausencia. Gime al asomar el alba,
gime cuando el sol toca el poniente.»
Y siguieron alternando:
«Si el viento sopla de parte de la comarca olorosa, huele a almizcle
toda la tierra y revilca en mi pecho el deseo de visitalla.»
«¡Oh!, tú que conduces los camellos hacia el lugar del amado, cuando
llegues al sepulcro del natural de Tehama, del más excelente de los
hombres, del alto, del amoroso, salúdalo de la mi parte, pues él sabe el
remedio de mi sufrencia; y cuando admires los clarores de la tierra de
Neched, haz presente el recordamiento de mi pasión, pues no hay para mi
otro quibla que el sepulcro del profeta.»
Al escuchar tales palabras, en un instante como aquél, el mancebo sintió
que una horrible blasfemia había sido lanzada al rostro del Señor; y un
acento sobrehumano, cual la voz de un arcángel, le gritó en la
conciencia su deber ante la iglesia de Cristo y ante la memoria de sus
mayores.
Aixa continuó:
«Marcháronse de madrugada los mensajeros hacia los vergeles de Meca y de
Medina, y me han dejado en rehenes. Marcharon sobre los camellos. El
kebir los conduce cantando y con ésos va mi corazón para la tierra
amorosa del Hechaz. Mi corazón pertenece a la caravana. Seguirá la
polvareda de los camellos.»
El respondió:
«Nada hay capaz de apagar el fuego de mi pasión como el agua de Zemzem.
¡Dichoso el que la bebe! De mí la salutación para la gente que da
vueltas en torno del Hatim y de la estación de Abraham y del templo de
la Cava.»
Se hizo un silencio como cuando termina un rito. Ramiro sintió vivo
impulso de levantarse y escupir en el rostro a aquel hombre.
El morisco cruzó los brazos, y Aixa recostose como una hija sobre su
pecho.
En ese instante una metálica vibración llegó de la ciudad. Luego la
campana de Santiago resonó a corta distancia. Otras, más lejanas,
respondieron. La catedral dejaba caer sus campanadas bajas y solemnes,
y, en seguida, todas las iglesias a la vez, en alucinador concierto,
tocaban las oraciones.
Ramiro cayó de rodillas, como si un dardo venido de lo alto le hubiese
traspasado de pronto, y las avemarías manaron de su pecho bullidoras y
cálidas. Sus ojos cerrados veían una pavorosa negrura sobre la cual
desfilaban llameantes imágenes de purgatorio. Se humilló, se anonadó, se
redujo bajo el remordimiento, pidiendo perdón sin cesar, por algo
odioso, por algo enorme, aborrecible, que sentía ahora por primera vez,
en todo su peso, en todo su horror, sobre su propia conciencia.
Aixa y el morisco, asidos fuertemente, sin hablarse, no apartaban los
ojos del mancebo.
La ciudad prolongaba el lloro y el canto de sus bronces en el piadoso
anochecer.