XV

Cuando Ramiro hallose de nuevo en su casa, entre los objetos familiares

de su aposento, y, desceñida la espada, quitado el capotillo,

desajustado el jubón, se arrojó sobre la cama, pareciole que su

existencia se internaba en el enredo de una historia novelesca. Sentía

ese indeciso vivir, esa suspensión de contacto con la realidad, ese

columpiamiento sobre la vida, que producen en nuestro ser las grandes

aventuras del alma. Además, la tentación descabalaba su juicio, cortaba

en pedazos sus ideas y no las dejaba ligarse. En vano la conciencia

quería formular el peligro que sus sentimientos católicos habían de

correr bajo el hechizo de mujer tan hermosa. Bocas sin rostro,

clamantes, agoreras, pasaban en la obscuridad interior vociferando

presagios indescifrables. El no quería escuchar y se burlaba de sus

recelos. ¡Estaba tan seguro de su profunda fe religiosa! Aun cuando

fuera una infiel, ¿qué importaba? Aquel deleite sería un instante, un

guiño de ojo en su vida. Saciado el deseo, sabría arrojar bien lejos el

vaso, antes de llegar a las hondarras. Y acaso, ¿no era dado esperar que

aquella mujer le transmitiese, entre una y otra caricia, el secreto que

buscaba? ¡Ah!, entonces sí que estaba seguro de la absolución del

canónigo. «Pensad que lo haréis con un santo propósito.» ¿No eran éstas

sus mismas palabras? ¿No se le había aconsejado que buscara un amorío

para facilitar su comisión?

Volvió a la casa del arrabal, no una vez, sino muchas. Comprendió que

era inútil resistir. A toda hora, el perfume de la mujer le embriagaba.

Estaba en el ambiente, en su boca, en sus manos, en sus vestidos. Era el

dejo axilar, mezclado a un perfume de jazmín y de algalia. Sus besos

húmedos, anchos, tenaces, se le quedaban en los labios.

Ella no le hizo sufrir la tortura de una larga impaciencia. A la segunda

visita, después de perfumarse los cabellos, rindiose con frenesí tan

severo, que el amor parecía entre sus brazos acto ritual y sagrado. Sus

labios se entreabrían con doble sonrisa de deleite y sufrimiento, como

si hubiera querido remedar el primer goce doloroso de las vírgenes.

El imán de aquella sensualidad se fue haciendo cada vez más potente. Ya

era raro el día en que Ramiro no pasaba algunas horas con Aixa. A veces,

junto a ella, sentíase sobresaltado por una onda de tribulación, que le

arrugaba el sobrecejo y fijaba sus pupilas. Aixa, entonces, tomándole

los labios con los suyos, le reventaba contra los dientes un beso

delicioso y tibio como un dátil; y, cada vez, la sorprendente caricia le

llenaba de sensualidad y de luz todo el ser.

Por fin, olvidando por completo la investigación que tenía que realizar,

destemplado por el amor, relajado por la molicie, Ramiro fue aceptando,

insensiblemente, todos los refinamientos que constituían la vida

habitual de su manceba. Apenas llegado, Aixa tanteábale con horror sus

ropas velludas y espesas, ofreciéndole, en cambio, para aquellas horas

de placer, alguna vestidura de seda, alguna delgadísima túnica de

cendal, perfumada de almizcle.

Sus pies conocieron la holgura de las babuchas. Sus cabellos el halago

de la gaza, con que ella se los circundaba indefinidamente, hasta

prenderla por delante con empenachado joyel. Dejose friccionar por el

esclavo y extender sobre sus miembros las esferitas de perfume; dejose,

por gracia, obscurecer los párpados con el kohl; y su horror fanático

hacia los baños se fue desvaneciendo cuando su amada le inició en las

dulzuras del amor bajo aquella agua saturada de nardos, sobre la cual

ella hacía deshojar puñados de rosas, unas muy pálidas y otras como

sangrientas, para simbolizar las dobles delicias de su cuerpo.

A veces, espiando el momento supremo del ansia, cuando las fuertes

pupilas del mancebo tomaban un tinte nebuloso, a la manera de las

charcas en la tempestad, la morisca, desprendiéndose de sus brazos, le

preguntaba:

--¿Dasme también toda el alma? ¿Toda? ¿Tendrás el mesmo amor e la mesma

creencia que tu Aixa, tú?

Ramiro respondía que sí con la cabeza; pero como ella, retirándose hasta

el fondo de la alcoba, le demandaba de nuevo:

--¿Lo juras? ¿Lo juras?

El, buscándola, musitaba como ebrio:

--¡Sí; lo juro! ¡Lo juro!

Otras veces, en las horas de saciedad, la sarracena se erguía sobre las

almohadas, y, con los labios temblorosos, declamaba algún pasaje

evangélico del Alcorán. Ramiro creía reconocer las palabras del Nuevo

Testamento, dichas en el modo de los moriscos de España.

Ella, sagazmente, salmodiaba el capítulo de María:

«Loor a María... Alabad el día en que se alejó de su familia hacia el

saliente, tomó un velo para cubrirse, y nosotros le enviamos a Chibril,

nuestro espíritu en forma humana.--Soy el mensajero a ti, de parte de

Dios, dijo el ángel, vengo a anunciarte un hijo bendecido.--¿De dónde

podrá venirme este hijo, respondió la virgen, que nunca se ha allegado a

mí ningún hombre, ni he sido mala?...--Tu hijo será el milagro y la

dicha del universo.»

Díjole también el encuentro de Jesús con la calavera, leyenda antigua,

con olor de osamenta y color de otro mundo, importuna como la muerte.

«El recontamiento de la doncella Carcayona» era a la vez deslumbrador y

pavoroso. Echada de boca junto a él, con los ojos entoldados por el

ancho fleco de medallas, el mentón en la mano, las uñas sobre el labio,

sinuosa y desnuda, balbuceaba las palabras de la paloma de oro con cola

de perlas, y al llegar a la descripción de las delicias celestiales

envolvíale en sus brazos, frescos como las fuentes del Salsabil y

Alcafur, juntando frenética su rostro con el suyo.

Con el correr de los días, cuando hubieron llegado a la apasionada

compenetración de sus almas, uno y otro se dijeron los pesares más

íntimos. En los instantes de languidez Ramiro sentía pasar sobre su

frente, a modo de ala espectral, la idea de la brevedad de todas las

cosas humanas. En una ocasión de aquéllas, al sentir en su pecho la

respiración soñolienta de la mujer, díjola con melancólica dulzura:

--Y pensar, Aixa, que vendrá, tal vez, un día en que al encontrarnos por

alguna calleja nos miraremos con odio.

--Será o no será--respondió la sarracena.--Los destinos van colgados de

nuestro cuello.

Luego, como si creyera que el instante acechado a través de tantos días

acababa de presentarse, descendió de la alcoba, cogió de encima de un

taburete rojiza caja de marfil, y habiendo sacado de su interior un

librejo centenario, prorrumpió:

--Todo se cambia, es cierto; y acaso verná un día venidero en que me

darás al verdugo tú; pero en aqueste libro, que fizo el sabio

Abentofail, se enseña la dicha que no muda sino para crecer.

En seguida, con voz velada, misteriosa, agregó:

--Está en palabras harto ascondidas.

Declaró entonces que ella no hubiese alcanzado nunca su sentido a no ser

la ayuda de un hombre que se hallaba entonces en Avila.

Ramiro, al oír aquella última frase, cambió de postura sobre los

almohadones, y su mirada expresó una curiosidad impaciente.

--Es fácil conocello--dijo entonces la morisca, con acento claro y

jubiloso;--lleva siempre en el cinto una daga con vaina de oro

guarnecida de diamantes de Krichna, de berilos de Khazbah, de perlas de

El-Katif, y el pomo de la daga es de piedra imán y chupa toda la sangre

de un hombre en un guiño de ojo. Su barba es limpia y blanca como la

plata, y su rostro es bellido como la luna en su catorceno día. Nunca

ríe, camina despacio.

Al dejar caer aquellas alabanzas, una a una, como perlas sobre sonoro

azafate, la sarracena observó de soslayo el semblante del mancebo. En

seguida, con una alteza de lenguaje y de gesto que Ramiro no había

advertido en ella hasta entonces, expresó que no había en este mundo

dicha comparable a la de aquel que lograba sumergirse en la

contemplación del Ser Único, verdadero, permanente, teniendo siempre

fijo el pensamiento en su majestad y esplendor, a fin de que la muerte

le sobrecogiera en dicho estado.

Según Aixa, el libro de Abentofail enseñaba el acceso a la Suprema

Visión.

Sentándose en las gradas de la alcoba, comenzó la lectura. El libro

estaba escrito en arábigo; pero ella vertía las frases al español,

resumiendo luego, a su manera, los capítulos. Su voz temblaba. Algo

sutil y sagrado se esparcía como una luz sobre toda su persona. Los

párpados bajos cobraban una pureza de otro mundo; y Ramiro la escuchaba

cada vez más absorto, sintiendo surgir en su cerebro adversas

cavilaciones.

Era preciso, según aquella enseñanza, disminuir día a día los propios

alimentos, para distanciarse de la materia corruptible. Luego se

emprendería el remedo de los astros, porque los astros eran inmaculados,

extáticos, inmutables, fuera del mundo de la corrupción. Sus esencias

inteligentes contemplaban al Ser Único en la eternidad; y nada ayudaba a

abstraerse de todo el mundo sensible y caer en la embriaguez, en el

supremo delirio, como la imitación de su movimiento por medio de la

danza, de la rotación indefinida. Entonces se manifestaba la Esfera

Sublime, cuya esencia está inmune de materia, y no es la esencia del Ser

Único ni la de la Esfera misma, sino que es a la manera de la imagen del

sol en un espejo bruñido, que no es el espejo ni el sol, ni tampoco nada

diferente.

El mancebo quedose confuso. Acababa de escuchar expresiones de la

mística cristiana. Además, el semblante de aquella mujer, su palidez, su

mirada, su estremecimiento, revelaban que el éxtasis comenzaba a

inundarla el corazón.

Terminada la lectura, la sarracena se puso en pie y encaminose

lentamente a coger otro manto. Al levantar la tapa de un cofre y extraer

de su interior una tela de seda teñida de azafrán y toda bordada de

arabescos multicolores, un intenso perfume se difundió en el ambiente,

como si acabara de abrirse alguna ventana hacia especioso vergel, todo

maduro de aromas.

Cubierta sólo de aquel velo amarillo, cuyos caireles tocaban el suelo,

Aixa plantose en el fondo de la cuadra con las manos en las caderas, los

codos en alto, la cabeza hacia atrás. Dos rosas rojas ardían como llamas

sobre sus cobrizos cabellos. Su cuerpo comenzó a quebrarse hacia uno y

otro lado con lenta contorsión. Un gesto a la vez lastimero y anhelante

agrandaba su gruesa boca palidecida. Ella apretaba las piernas.

Hubiérase dicho que algo doloroso, delicioso, la penetraba

profundamente.

De pronto, de una estancia vecina surgió el son ronco y claro de una

música. Un son monótono y bárbaro de tamboril y dulzaina; doble son

ardiente como las arenas, obscuro como los bazares.

Aixa golpeó entonces las losas con los pies, haciendo repiquetear el oro

y el marfil que recargaba sus tobillos, y, con los ojos abstraídos, giró

sobre sí misma, esparciendo perfumada frescura, cual húmeda flor

sacudida de pronto. Luego púsose a girar ligero, muy ligero, más ligero

todavía, ¡frenéticamente!, hasta que todo su cuerpo no fue sino un huso

diáfano, un huevo dorado, loco, veloz, con un fino rumor de medallas y

brazaletes.

La danza concluía, la rotación era cada vez más lenta. Aixa trababa sus

pies, por instantes, y su cabeza, cargada quién sabe de qué prodigiosas

visiones, se inclinó por fin sobre el hombro.

Ramiro, echado de boca en el lecho, no había apartado un instante los

ojos de su amada, y al verla vacilar de aquel modo lamentable, corrió a

sostenerla. Pero ya Aixa habíase acostado ella misma sobre las losas,

apretando los dientes y dejando escapar un gemir tembloroso, como si

tiritase de frío. Su gran peinado, entremezclado de pétalos y de joyas,

se derramaba ahora por el suelo. Luminosa beatitud comenzaba a bañarla

el semblante. Su palidez sobrepujó las alburas del mundo, el azahar, los

lirios, la nieve. Ramiro recordó la descripción de los arrobos de la

madre Teresa de Jesús y de otras siervas admirables del Señor, y

acordose también de su propia madre, cuando, después de larga plegaria

en el oratorio, se desplomaba de súbito, como herida de dulcísima

muerte. Era la misma palidez patética, el mismo temblor de los labios,

el mismo estiramiento de los párpados sobre las pupilas ebrias de

claridad. No, no podía ser una jorguina. Había hablado el lenguaje de

los místicos y sin filtros, sin ensalmos, sin unturas, con la sola

contemplación, acababa de remontarse a las más altas regiones del

éxtasis.

El la llamó varias veces:--¡Aixa! ¡Aixa! ¡Aixa!--palpándola los brazos,

las mejillas, la garganta, los pechos; pero ella enmudecía, cadavérica y

glacial sobre el mármol. Quiso calentarla la boca con la suya; y, presa

él mismo de perversa tentación, la cubrió de apasionadas caricias.

Nunca la halló más extraña y más dulce. Era la golosina entremezclada

con nieve; y su aliento: ideal e inquietante, como el de las flores

sobre la muerte.

La gloria de don Ramiro una vida en tiempos de Felipe segundo · 第 21 / 50 题