Cuando Ramiro hallose de nuevo en su casa, entre los objetos familiares
de su aposento, y, desceñida la espada, quitado el capotillo,
desajustado el jubón, se arrojó sobre la cama, pareciole que su
existencia se internaba en el enredo de una historia novelesca. Sentía
ese indeciso vivir, esa suspensión de contacto con la realidad, ese
columpiamiento sobre la vida, que producen en nuestro ser las grandes
aventuras del alma. Además, la tentación descabalaba su juicio, cortaba
en pedazos sus ideas y no las dejaba ligarse. En vano la conciencia
quería formular el peligro que sus sentimientos católicos habían de
correr bajo el hechizo de mujer tan hermosa. Bocas sin rostro,
clamantes, agoreras, pasaban en la obscuridad interior vociferando
presagios indescifrables. El no quería escuchar y se burlaba de sus
recelos. ¡Estaba tan seguro de su profunda fe religiosa! Aun cuando
fuera una infiel, ¿qué importaba? Aquel deleite sería un instante, un
guiño de ojo en su vida. Saciado el deseo, sabría arrojar bien lejos el
vaso, antes de llegar a las hondarras. Y acaso, ¿no era dado esperar que
aquella mujer le transmitiese, entre una y otra caricia, el secreto que
buscaba? ¡Ah!, entonces sí que estaba seguro de la absolución del
canónigo. «Pensad que lo haréis con un santo propósito.» ¿No eran éstas
sus mismas palabras? ¿No se le había aconsejado que buscara un amorío
para facilitar su comisión?
Volvió a la casa del arrabal, no una vez, sino muchas. Comprendió que
era inútil resistir. A toda hora, el perfume de la mujer le embriagaba.
Estaba en el ambiente, en su boca, en sus manos, en sus vestidos. Era el
dejo axilar, mezclado a un perfume de jazmín y de algalia. Sus besos
húmedos, anchos, tenaces, se le quedaban en los labios.
Ella no le hizo sufrir la tortura de una larga impaciencia. A la segunda
visita, después de perfumarse los cabellos, rindiose con frenesí tan
severo, que el amor parecía entre sus brazos acto ritual y sagrado. Sus
labios se entreabrían con doble sonrisa de deleite y sufrimiento, como
si hubiera querido remedar el primer goce doloroso de las vírgenes.
El imán de aquella sensualidad se fue haciendo cada vez más potente. Ya
era raro el día en que Ramiro no pasaba algunas horas con Aixa. A veces,
junto a ella, sentíase sobresaltado por una onda de tribulación, que le
arrugaba el sobrecejo y fijaba sus pupilas. Aixa, entonces, tomándole
los labios con los suyos, le reventaba contra los dientes un beso
delicioso y tibio como un dátil; y, cada vez, la sorprendente caricia le
llenaba de sensualidad y de luz todo el ser.
Por fin, olvidando por completo la investigación que tenía que realizar,
destemplado por el amor, relajado por la molicie, Ramiro fue aceptando,
insensiblemente, todos los refinamientos que constituían la vida
habitual de su manceba. Apenas llegado, Aixa tanteábale con horror sus
ropas velludas y espesas, ofreciéndole, en cambio, para aquellas horas
de placer, alguna vestidura de seda, alguna delgadísima túnica de
cendal, perfumada de almizcle.
Sus pies conocieron la holgura de las babuchas. Sus cabellos el halago
de la gaza, con que ella se los circundaba indefinidamente, hasta
prenderla por delante con empenachado joyel. Dejose friccionar por el
esclavo y extender sobre sus miembros las esferitas de perfume; dejose,
por gracia, obscurecer los párpados con el kohl; y su horror fanático
hacia los baños se fue desvaneciendo cuando su amada le inició en las
dulzuras del amor bajo aquella agua saturada de nardos, sobre la cual
ella hacía deshojar puñados de rosas, unas muy pálidas y otras como
sangrientas, para simbolizar las dobles delicias de su cuerpo.
A veces, espiando el momento supremo del ansia, cuando las fuertes
pupilas del mancebo tomaban un tinte nebuloso, a la manera de las
charcas en la tempestad, la morisca, desprendiéndose de sus brazos, le
preguntaba:
--¿Dasme también toda el alma? ¿Toda? ¿Tendrás el mesmo amor e la mesma
creencia que tu Aixa, tú?
Ramiro respondía que sí con la cabeza; pero como ella, retirándose hasta
el fondo de la alcoba, le demandaba de nuevo:
--¿Lo juras? ¿Lo juras?
El, buscándola, musitaba como ebrio:
--¡Sí; lo juro! ¡Lo juro!
Otras veces, en las horas de saciedad, la sarracena se erguía sobre las
almohadas, y, con los labios temblorosos, declamaba algún pasaje
evangélico del Alcorán. Ramiro creía reconocer las palabras del Nuevo
Testamento, dichas en el modo de los moriscos de España.
Ella, sagazmente, salmodiaba el capítulo de María:
«Loor a María... Alabad el día en que se alejó de su familia hacia el
saliente, tomó un velo para cubrirse, y nosotros le enviamos a Chibril,
nuestro espíritu en forma humana.--Soy el mensajero a ti, de parte de
Dios, dijo el ángel, vengo a anunciarte un hijo bendecido.--¿De dónde
podrá venirme este hijo, respondió la virgen, que nunca se ha allegado a
mí ningún hombre, ni he sido mala?...--Tu hijo será el milagro y la
dicha del universo.»
Díjole también el encuentro de Jesús con la calavera, leyenda antigua,
con olor de osamenta y color de otro mundo, importuna como la muerte.
«El recontamiento de la doncella Carcayona» era a la vez deslumbrador y
pavoroso. Echada de boca junto a él, con los ojos entoldados por el
ancho fleco de medallas, el mentón en la mano, las uñas sobre el labio,
sinuosa y desnuda, balbuceaba las palabras de la paloma de oro con cola
de perlas, y al llegar a la descripción de las delicias celestiales
envolvíale en sus brazos, frescos como las fuentes del Salsabil y
Alcafur, juntando frenética su rostro con el suyo.
Con el correr de los días, cuando hubieron llegado a la apasionada
compenetración de sus almas, uno y otro se dijeron los pesares más
íntimos. En los instantes de languidez Ramiro sentía pasar sobre su
frente, a modo de ala espectral, la idea de la brevedad de todas las
cosas humanas. En una ocasión de aquéllas, al sentir en su pecho la
respiración soñolienta de la mujer, díjola con melancólica dulzura:
--Y pensar, Aixa, que vendrá, tal vez, un día en que al encontrarnos por
alguna calleja nos miraremos con odio.
--Será o no será--respondió la sarracena.--Los destinos van colgados de
nuestro cuello.
Luego, como si creyera que el instante acechado a través de tantos días
acababa de presentarse, descendió de la alcoba, cogió de encima de un
taburete rojiza caja de marfil, y habiendo sacado de su interior un
librejo centenario, prorrumpió:
--Todo se cambia, es cierto; y acaso verná un día venidero en que me
darás al verdugo tú; pero en aqueste libro, que fizo el sabio
Abentofail, se enseña la dicha que no muda sino para crecer.
En seguida, con voz velada, misteriosa, agregó:
--Está en palabras harto ascondidas.
Declaró entonces que ella no hubiese alcanzado nunca su sentido a no ser
la ayuda de un hombre que se hallaba entonces en Avila.
Ramiro, al oír aquella última frase, cambió de postura sobre los
almohadones, y su mirada expresó una curiosidad impaciente.
--Es fácil conocello--dijo entonces la morisca, con acento claro y
jubiloso;--lleva siempre en el cinto una daga con vaina de oro
guarnecida de diamantes de Krichna, de berilos de Khazbah, de perlas de
El-Katif, y el pomo de la daga es de piedra imán y chupa toda la sangre
de un hombre en un guiño de ojo. Su barba es limpia y blanca como la
plata, y su rostro es bellido como la luna en su catorceno día. Nunca
ríe, camina despacio.
Al dejar caer aquellas alabanzas, una a una, como perlas sobre sonoro
azafate, la sarracena observó de soslayo el semblante del mancebo. En
seguida, con una alteza de lenguaje y de gesto que Ramiro no había
advertido en ella hasta entonces, expresó que no había en este mundo
dicha comparable a la de aquel que lograba sumergirse en la
contemplación del Ser Único, verdadero, permanente, teniendo siempre
fijo el pensamiento en su majestad y esplendor, a fin de que la muerte
le sobrecogiera en dicho estado.
Según Aixa, el libro de Abentofail enseñaba el acceso a la Suprema
Visión.
Sentándose en las gradas de la alcoba, comenzó la lectura. El libro
estaba escrito en arábigo; pero ella vertía las frases al español,
resumiendo luego, a su manera, los capítulos. Su voz temblaba. Algo
sutil y sagrado se esparcía como una luz sobre toda su persona. Los
párpados bajos cobraban una pureza de otro mundo; y Ramiro la escuchaba
cada vez más absorto, sintiendo surgir en su cerebro adversas
cavilaciones.
Era preciso, según aquella enseñanza, disminuir día a día los propios
alimentos, para distanciarse de la materia corruptible. Luego se
emprendería el remedo de los astros, porque los astros eran inmaculados,
extáticos, inmutables, fuera del mundo de la corrupción. Sus esencias
inteligentes contemplaban al Ser Único en la eternidad; y nada ayudaba a
abstraerse de todo el mundo sensible y caer en la embriaguez, en el
supremo delirio, como la imitación de su movimiento por medio de la
danza, de la rotación indefinida. Entonces se manifestaba la Esfera
Sublime, cuya esencia está inmune de materia, y no es la esencia del Ser
Único ni la de la Esfera misma, sino que es a la manera de la imagen del
sol en un espejo bruñido, que no es el espejo ni el sol, ni tampoco nada
diferente.
El mancebo quedose confuso. Acababa de escuchar expresiones de la
mística cristiana. Además, el semblante de aquella mujer, su palidez, su
mirada, su estremecimiento, revelaban que el éxtasis comenzaba a
inundarla el corazón.
Terminada la lectura, la sarracena se puso en pie y encaminose
lentamente a coger otro manto. Al levantar la tapa de un cofre y extraer
de su interior una tela de seda teñida de azafrán y toda bordada de
arabescos multicolores, un intenso perfume se difundió en el ambiente,
como si acabara de abrirse alguna ventana hacia especioso vergel, todo
maduro de aromas.
Cubierta sólo de aquel velo amarillo, cuyos caireles tocaban el suelo,
Aixa plantose en el fondo de la cuadra con las manos en las caderas, los
codos en alto, la cabeza hacia atrás. Dos rosas rojas ardían como llamas
sobre sus cobrizos cabellos. Su cuerpo comenzó a quebrarse hacia uno y
otro lado con lenta contorsión. Un gesto a la vez lastimero y anhelante
agrandaba su gruesa boca palidecida. Ella apretaba las piernas.
Hubiérase dicho que algo doloroso, delicioso, la penetraba
profundamente.
De pronto, de una estancia vecina surgió el son ronco y claro de una
música. Un son monótono y bárbaro de tamboril y dulzaina; doble son
ardiente como las arenas, obscuro como los bazares.
Aixa golpeó entonces las losas con los pies, haciendo repiquetear el oro
y el marfil que recargaba sus tobillos, y, con los ojos abstraídos, giró
sobre sí misma, esparciendo perfumada frescura, cual húmeda flor
sacudida de pronto. Luego púsose a girar ligero, muy ligero, más ligero
todavía, ¡frenéticamente!, hasta que todo su cuerpo no fue sino un huso
diáfano, un huevo dorado, loco, veloz, con un fino rumor de medallas y
brazaletes.
La danza concluía, la rotación era cada vez más lenta. Aixa trababa sus
pies, por instantes, y su cabeza, cargada quién sabe de qué prodigiosas
visiones, se inclinó por fin sobre el hombro.
Ramiro, echado de boca en el lecho, no había apartado un instante los
ojos de su amada, y al verla vacilar de aquel modo lamentable, corrió a
sostenerla. Pero ya Aixa habíase acostado ella misma sobre las losas,
apretando los dientes y dejando escapar un gemir tembloroso, como si
tiritase de frío. Su gran peinado, entremezclado de pétalos y de joyas,
se derramaba ahora por el suelo. Luminosa beatitud comenzaba a bañarla
el semblante. Su palidez sobrepujó las alburas del mundo, el azahar, los
lirios, la nieve. Ramiro recordó la descripción de los arrobos de la
madre Teresa de Jesús y de otras siervas admirables del Señor, y
acordose también de su propia madre, cuando, después de larga plegaria
en el oratorio, se desplomaba de súbito, como herida de dulcísima
muerte. Era la misma palidez patética, el mismo temblor de los labios,
el mismo estiramiento de los párpados sobre las pupilas ebrias de
claridad. No, no podía ser una jorguina. Había hablado el lenguaje de
los místicos y sin filtros, sin ensalmos, sin unturas, con la sola
contemplación, acababa de remontarse a las más altas regiones del
éxtasis.
El la llamó varias veces:--¡Aixa! ¡Aixa! ¡Aixa!--palpándola los brazos,
las mejillas, la garganta, los pechos; pero ella enmudecía, cadavérica y
glacial sobre el mármol. Quiso calentarla la boca con la suya; y, presa
él mismo de perversa tentación, la cubrió de apasionadas caricias.
Nunca la halló más extraña y más dulce. Era la golosina entremezclada
con nieve; y su aliento: ideal e inquietante, como el de las flores
sobre la muerte.