XIV

Al día siguiente, Ramiro descendió, como de costumbre, por la cuesta de

Santa María de Gracia y dirigiose a los sitios más frecuentados del

arrabal de Santiago, dispuesto a escoger su aventura.

Bajo aquel mediodía radiante de junio, la plaza del Rollo presentaba el

aspecto de un mercado berberisco.

Hacia el poniente, en una callejuela entoldada, se aglomeraban, a la

sombra, sobre el suelo, las vistosas mercaderías. Un anciano, vendedor

de perfumes, aspiraba él mismo sus pomos, fingiendo indecible deleite

para tentar a las mozas. Ramiro cruza aquel sitio y advierte algo más

lejos un tumulto de curiosos que se agolpa junto a las carnicerías.

--Alguna gresca de matarifes, alguna muerte--se dijo.

Pero luego recordó que era sábado, y que aquel día de la semana los

jiferos moriscos, siguiendo vieja costumbre, tenían la obligación de

alimentar a su costa a las aves de caza de los señores de la ciudad.

Había presenciado muchas veces la escena, siendo niño. Se acercó.

Era un gran corro de gente, como el que rodea a los juglares y

bailadoras.

Los moriscos iban y venían trayendo la carne en espuertas o cacharros,

mientras los impávidos halconeros esperaban, tranquilamente, junto a las

aves. Debía ser harto grande la pasión de los avileses por la caza de

altanería, a juzgar por aquel sinnúmero de pájaros.

Veíanse neblíes, de dedos luengos y finos, que miraban con altivo

desprecio el varal y querían ser llevados siempre en la mano; harto

halcón zorzaleño, con la pinta amarilla como gota de azufre, y las patas

cargadas de cascabeles para aturdirles el ardor; cenicientos alfaneques

de Tremecén, de pupila siniestra; sagres de Asturias con plumas entre

los dedos; gerifaltes de Noruega, blancos como gaviotas; y uno que otro

de aquellos que llamaban _letrados_ en Castilla, por sus alas escritas,

a lo ancho, como las fojas de un libro. Había también melancólicos

laneros de Galicia, baharís de Mallorca, rubios tagarotes de Berbería; y

no faltaban, por cierto, los ilustres gavilanes de Pedroche, que sólo se

dignaban caminar sobre un paño de tinte vistoso. Los azores abundaban.

Azores de Noruega, de Cerdeña, de Esclavonia; y aquellos que hizo traer

de Algeciras don Alonso Blázquez Serrano, más chicos que los otros, pero

que bajaban dos ánades a un tiempo y apresaban la liebre sin la ayuda

del galgo.

Allí dos halconeros, por distraer a la muchedumbre, le ponían y le

quitaban el capirote a un rabioso gerifalte. Aquí otro, con la librea de

los Dávila, soltando la lonja a un azor, le dejaba subir en los aires,

para hacerle descender en seguida con presteza, agitando el señuelo en

forma de codorniz.

Ramiro observó con admiración aquellas aves sanguinarias, aquellos

pájaros taciturnos y crueles, pavor de las raleas y únicos dignos de

posarse sobre el guante de un rey. Eran los hidalgos de la innumerable

volatería, los conquistadores, los capitanes, la prez de los aires. El

pico famélico, la uña feroz, el ala épica y rauda, lanzábanse sobre

cualquier pajarote, por temible que fuese, y parecían complacerse en las

heridas monstruosas que recibían a menudo en las alturas. Sin habérselo

formulado jamás, el mancebo reconocía un emblema de su ánimo en aquellos

avechuchos que, aun dormidos sobre la percha, lanzaban, a uno y otro

lado, picotazos bravíos, soñando en presas imaginarias.

En cierto instante, sintió que le tocaban el hombro, y, al volver la

cabeza, hallose con una figura que no se había borrado de su memoria.

Los mismos collares la adornaban; pero vestía un ropaje menos haraposo y

siniestro que el de aquella tarde, junto a La Encarnación. Era la

anciana a que él llamaba en su recuerdo: la hechicera.

--¿No vos fizo daño, ayer noche, el clavel?--preguntó la mujer,

mirándole en el rostro con azucarada sonrisa.

Luego, misteriosamente, bajando la voz:

--¡Si la vieses tú! Es la hembra más hermosa de Castiella. No hace más

cosa en el día que perfumarse e cantar.

El mancebo recordó el incidente de aquella flor que una mano de mujer

habíale arrojado al rostro la víspera. La anciana continuaba:

--Es hurí del cielo más alto. Si te place tratalla, vente agora a la

zaga de mí, sin hablarme.

Ramiro la siguió desde lejos.

Cuando hubo llegado a la puerta de una casa algo apartada, la mujer

llamole con vago ademán. Entraron en un patio miserable. Los pilares

eran de negruzca y carcomida madera. Añoso granado retorcía su ramaje

junto a un aljibe. La cal reverberante, el azul denso del cielo, y las

flores rojas de las malvas en las ventanas formaban hechicera

desarmonía. Atravesaron cuadras atestadas de camas y traspontines, como

en los ventorrillos morunos. Sin embargo, algunos crucifijos en las

paredes y una que otra Virgen de talla sobre los bargueños, hacían

pensar en una casa cristiana.

Al cruzar otro patio, toparon con una silla de manos cerrada por

cortinas de cuero. La anciana dijo entonces que, para llegar hasta la

hermosa del clavel, era forzoso dejarse conducir en aquel encierro a

otra casa de la morería. Ramiro hizo con los hombros y el labio doble

gesto de indiferencia. A una voz de la mujer llegaron dos silleteros con

sus anchas correas. El mancebo no quiso meditar demasiado el grave

peligro que corría al entregarse de aquel modo a cualquier treta

criminal, y entró en la silla sonriendo. Los cueros estaban cosidos

entre sí, de tal suerte que no dejaban penetrar el más débil rayo de

luz. La silla avanzaba. Por fin, después de largo lapso de tiempo,

difícil de apreciar, se detuvo.

Ramiro, al descender, hallose en una cuadra ruinosa y obscura. La

anciana vendole los ojos con negra tira de lienzo y, tomándole de la

mano, comenzó a conducirle a lo largo de algún corredor subterráneo, a

juzgar por el frío que sentía en las espaldas y el olor terroso del

ambiente.

Recordó pasajes semejantes que había leído en las historias de

caballería, y pensó que todo aquello debía ser el principio de algún

episodio memorable, digno de ser recordado en los venideros tiempos.

--Si mi constelación--decíase ahora a sí mismo--no anuncia que he de

morir de esta guisa, todos los ardides serán vanos. Si, por el

contrario, éste ha de ser mi acabar, ¿a qué resistirme?

Bajaron algunos peldaños y la anciana silbó junto a él. Oyose entonces

un cerrojo que caía y el rechinar de la puerta. Tenue resplandor embebió

el lienzo que llevaba sobre los ojos y un fuerte sahumerio embriagó su

sentido.

Desceñida la venda por los dedos de la mujer, hallose en árabe estancia

con azulejos en las paredes y techo de maderos entrelazados. Un hombre

obeso, vestido de larga túnica azul, se alejaba. Había viejos divanes

contra los muros, alcatifas y sofras sobre el piso de mármol, dos arcos

policromos y dorados hacia el fondo; y aquí y allá algunas tablecillas

incrustadas de marfil y de nácar. Sobre una de ellas, un sahumador de

cobre desprendía tres hilos acelerados y rectos de perfume. La mujer,

dejándole solo, se internó por las otras habitaciones gritando:

--¡Aixa! ¡Aixa!--en el silencio.

Al volver, acercose a la pared, y desprendiendo sutilmente una tabla

pintada, quitó de aquel modo el tabique interior de una hornacina,

abierta en todo el grueso del muro. De esas hornacinas que un arco

minúsculo decora, y donde los musulmanes guardan, llenas de agua

escogida, ánforas, más o menos hermosas, cuyo consuelo cantan las

inscripciones en voladoras alabanzas que suben hasta los astros. En

aquel momento sólo aparecían en su interior dos babuchas femeninas color

de cinabrio. A un gesto de la mujer, Ramiro, quitándose la gorra,

introdujo la cabeza, y miró hacia la estancia contigua. ¡Pareciole

soñar!

Era un cuarto de abluciones, lleno de paz secreta y somnífera. La luz

sólo entraba por algunos agujeros de la bóveda, a través de gruesos

cristales en forma de estrellas que imitaban el color del carbunclo, del

zafiro, del topacio, del berilo. Hacia la parte opuesta, veíase una

alcoba profunda cubierta de almohadas, para saborear la languidez que

sucede a los baños.

Pero no era la ancha pila cavada en el centro de la estancia y revestida

de mármol, ni los cristales en forma de estrellas, ni los almadraques de

terciopelo y de brocado lo que el mancebo observó con avidez sino la

desnuda belleza de una joven sumergida en el agua.

La quietud dejaba flotar o embeberse la suelta cabellera, enrojecida por

el hené; cabellera esponjada y enorme que hacía pensar en los copos

destinados a tejer todo un manto. Algunos mechones, que conservaban la

oleosidad de los ungüentos, pendían de uno de los bordes. ¿Era también

su guedeja o las serpientes fascinadas de algún extraño sortilegio?...

Ramiro admiró la dulzura de los párpados orlados de sombra, bajo las

cejas alargadas por el kohl; y aquella rara sonrisa, aquella sonrisa de

ensueño, que estremecía levemente sus labios, como si un vuelo invisible

mantuviera sobre ellos cosquillosa frescura.

De pronto, la mujer abrió los ojos temerosamente, y sus grandes pupilas

se dirigieron hacia el mismo sitio del muro en que se hallaba Ramiro.

El, sin embargo, no había hecho el menor movimiento.

En ese instante, una criada, vestida sólo de angosta falda verde y

amarilla, presentose en la estancia, apoyando en sus morenos pechos

desnudos un dorado azafate, sobre el cual venían los pomos, los botes,

los pinceles, las tenacillas y otros menudos objetos que el mancebo no

alcanzó a distinguir. Poco después, arrodillada al borde del baño,

púsose a disolver sobre el cuerpo de su señora una substancia rosada y

corrediza, que desprendía almizclado perfume. La joven se estremeció de

pronto, como un pez sorprendido, entreabriendo luego los labios, cual si

aspirara en el ambiente un ansia diseminada; y sus ojos volvieron a

mirar hacia la misma parte del muro.

Por fin, se incorporó; y la empapada cabellera estirose fuera del agua,

rígida, pesada, rumorosa, al modo de las algas, cuando la ola desciende.

Entonces aparecieron, en su intacta firmeza, los dos fuertes pechos

bruñidos y cuasi dorados como copas de ámbar; y el mancebo sintió correr

por toda su carne la tentación de aquella cintura cogida y de las

abultadas caderas, irisadas por la humedad y la penumbra.

La mujer caminó hacia la alcoba, con claro rumor de ajorcas y

brazaletes, dejando la huella acuosa de sus pies en el mármol. Cuando la

criada la hubo secado prolijamente y desgrasado sus cabellos con una

tierra cenicienta, ella extendiose de espaldas sobre las almohadas y

entregose, como muerta, al pincel y al ungüento.

Poco después, el hombre de la túnica azul, que Ramiro viera al entrar,

presentose. Traía en sus manos navaja y bacía de barbero. Acercándose,

con celoso respeto, púsose a rasurar a la hermosa morisca, según el uso

de Oriente.

En ese instante, por encima de sus sentidos ávidos, Ramiro escuchó en su

conciencia un grito de indignación ante aquella práctica lasciva de los

baños y aquel culto libidinoso de la propia carne. La sublime castidad,

el ascético abandono, el desprecio y la mortificación del harapo

corrupto de nuestro cuerpo, la santa fetidez de los religiosos, los

admirables anacoretas, dejándose podrir las ropas sobre la piel, como un

anticipo de la sepultura: San Hospicio, comido por los piojos; San

Macario, sumergido en el cieno; Santa María Egipciaca, resecada por el

sol como un cuero; Santa Pelagia, habitando entre sus propios

excrementos; Santa Isabel, bebiendo el agua de lavar a los tiñosos; en

fin: la sublime aspiración abriendo su corola de pureza sobre el

estercolero corporal; y luego la penitencia, la disciplina, el cilicio,

todo pasó por su mente como a la luz del relámpago.

Pero la severa visión no pudo persistir. Los sentidos tiraban de las

traíllas. El turbión de la virilidad apagaba la luces interiores. ¡Allí

estaba ante él una mujer hermosa y desnuda, a dos pasos de su boca, de

su juventud!

Dominado por aquella tentación, vibrando con ella, cual un junco en el

torrente, Ramiro no vio que la criada, describiendo un rodeo, se dirigía

a tomar las babuchas en el hueco del muro.

La mujer, al encontrarse en aquel sitio con una cabeza humana, lanzó un

grito de espanto.

Un momento después abriose la puerta que comunicaba con la cuadra del

baño, y el mancebo vio aparecer a la hermosa morisca, con los cabellos

retenidos por linda almadraba de hilo de oro y esmeraldas redondas. Un

blanco velo caía desde su cabeza hasta los anchos calzones de verde

tafetán, adornados con glandes. Sin mirar a Ramiro, acercose a la

hornacina, haciendo como que examinaba el ardid; luego, volviendo su

rostro, arrojó su indignación contra la anciana, en las sílabas

guturales y fuertes de su algarabía. Denso rubor, como el aterciopelado

carmín de las rosas, coloreaba sus mejillas; pero en seguida, al

reconocer al mancebo, una sonrisa hospitalaria, hechicera, talismánica,

que mostró la blancura de sus dientes, tornó, al pronto, su semblante

claro y tranquilo como la luna.

--¡Ah!, ¿eres tú, señor don Ramiro?--exclamó.--¡Bienvenido seas! Perdón,

si ayer os hice daño con la flor, en la calleja. Buscaba te la echar al

sombrero.

--No me hizo daño la flor--replicó Ramiro,--pero sí vuestra risa.

--¡Calla! Reía del gozo de verte a un palmo de mí. Yo me estuve encogida

cabe la reja, e no me catabas.

Volviendo a la cuadra del baño, ella extendiose de pechos en la alcoba,

ofreciendo a Ramiro una almohada para sentarse. Platicaron largo tiempo.

Era para el mancebo un coloquio extraño, casi fabuloso. La sarracena

preguntaba, sin cesar, como los niños. El fleco de medallas, que colgaba

sobre su frente, aumentaba el misterio de sus pupilas. A cada momento

ofrecíale a Ramiro en sus dedos, cargados de sortijas, algunas alcorzas;

y ella a su vez reía y reía al morderlas, reía como una mujer

semibárbara, con cierta animalidad incomprensible y deliciosa; mientras

sus pestañas, larguísimas e inquietas, parecían desprender ilusorio

polvillo de lujuria y de nigromancia.

La gloria de don Ramiro una vida en tiempos de Felipe segundo · 第 20 / 50 题