Al día siguiente, Ramiro descendió, como de costumbre, por la cuesta de
Santa María de Gracia y dirigiose a los sitios más frecuentados del
arrabal de Santiago, dispuesto a escoger su aventura.
Bajo aquel mediodía radiante de junio, la plaza del Rollo presentaba el
aspecto de un mercado berberisco.
Hacia el poniente, en una callejuela entoldada, se aglomeraban, a la
sombra, sobre el suelo, las vistosas mercaderías. Un anciano, vendedor
de perfumes, aspiraba él mismo sus pomos, fingiendo indecible deleite
para tentar a las mozas. Ramiro cruza aquel sitio y advierte algo más
lejos un tumulto de curiosos que se agolpa junto a las carnicerías.
--Alguna gresca de matarifes, alguna muerte--se dijo.
Pero luego recordó que era sábado, y que aquel día de la semana los
jiferos moriscos, siguiendo vieja costumbre, tenían la obligación de
alimentar a su costa a las aves de caza de los señores de la ciudad.
Había presenciado muchas veces la escena, siendo niño. Se acercó.
Era un gran corro de gente, como el que rodea a los juglares y
bailadoras.
Los moriscos iban y venían trayendo la carne en espuertas o cacharros,
mientras los impávidos halconeros esperaban, tranquilamente, junto a las
aves. Debía ser harto grande la pasión de los avileses por la caza de
altanería, a juzgar por aquel sinnúmero de pájaros.
Veíanse neblíes, de dedos luengos y finos, que miraban con altivo
desprecio el varal y querían ser llevados siempre en la mano; harto
halcón zorzaleño, con la pinta amarilla como gota de azufre, y las patas
cargadas de cascabeles para aturdirles el ardor; cenicientos alfaneques
de Tremecén, de pupila siniestra; sagres de Asturias con plumas entre
los dedos; gerifaltes de Noruega, blancos como gaviotas; y uno que otro
de aquellos que llamaban _letrados_ en Castilla, por sus alas escritas,
a lo ancho, como las fojas de un libro. Había también melancólicos
laneros de Galicia, baharís de Mallorca, rubios tagarotes de Berbería; y
no faltaban, por cierto, los ilustres gavilanes de Pedroche, que sólo se
dignaban caminar sobre un paño de tinte vistoso. Los azores abundaban.
Azores de Noruega, de Cerdeña, de Esclavonia; y aquellos que hizo traer
de Algeciras don Alonso Blázquez Serrano, más chicos que los otros, pero
que bajaban dos ánades a un tiempo y apresaban la liebre sin la ayuda
del galgo.
Allí dos halconeros, por distraer a la muchedumbre, le ponían y le
quitaban el capirote a un rabioso gerifalte. Aquí otro, con la librea de
los Dávila, soltando la lonja a un azor, le dejaba subir en los aires,
para hacerle descender en seguida con presteza, agitando el señuelo en
forma de codorniz.
Ramiro observó con admiración aquellas aves sanguinarias, aquellos
pájaros taciturnos y crueles, pavor de las raleas y únicos dignos de
posarse sobre el guante de un rey. Eran los hidalgos de la innumerable
volatería, los conquistadores, los capitanes, la prez de los aires. El
pico famélico, la uña feroz, el ala épica y rauda, lanzábanse sobre
cualquier pajarote, por temible que fuese, y parecían complacerse en las
heridas monstruosas que recibían a menudo en las alturas. Sin habérselo
formulado jamás, el mancebo reconocía un emblema de su ánimo en aquellos
avechuchos que, aun dormidos sobre la percha, lanzaban, a uno y otro
lado, picotazos bravíos, soñando en presas imaginarias.
En cierto instante, sintió que le tocaban el hombro, y, al volver la
cabeza, hallose con una figura que no se había borrado de su memoria.
Los mismos collares la adornaban; pero vestía un ropaje menos haraposo y
siniestro que el de aquella tarde, junto a La Encarnación. Era la
anciana a que él llamaba en su recuerdo: la hechicera.
--¿No vos fizo daño, ayer noche, el clavel?--preguntó la mujer,
mirándole en el rostro con azucarada sonrisa.
Luego, misteriosamente, bajando la voz:
--¡Si la vieses tú! Es la hembra más hermosa de Castiella. No hace más
cosa en el día que perfumarse e cantar.
El mancebo recordó el incidente de aquella flor que una mano de mujer
habíale arrojado al rostro la víspera. La anciana continuaba:
--Es hurí del cielo más alto. Si te place tratalla, vente agora a la
zaga de mí, sin hablarme.
Ramiro la siguió desde lejos.
Cuando hubo llegado a la puerta de una casa algo apartada, la mujer
llamole con vago ademán. Entraron en un patio miserable. Los pilares
eran de negruzca y carcomida madera. Añoso granado retorcía su ramaje
junto a un aljibe. La cal reverberante, el azul denso del cielo, y las
flores rojas de las malvas en las ventanas formaban hechicera
desarmonía. Atravesaron cuadras atestadas de camas y traspontines, como
en los ventorrillos morunos. Sin embargo, algunos crucifijos en las
paredes y una que otra Virgen de talla sobre los bargueños, hacían
pensar en una casa cristiana.
Al cruzar otro patio, toparon con una silla de manos cerrada por
cortinas de cuero. La anciana dijo entonces que, para llegar hasta la
hermosa del clavel, era forzoso dejarse conducir en aquel encierro a
otra casa de la morería. Ramiro hizo con los hombros y el labio doble
gesto de indiferencia. A una voz de la mujer llegaron dos silleteros con
sus anchas correas. El mancebo no quiso meditar demasiado el grave
peligro que corría al entregarse de aquel modo a cualquier treta
criminal, y entró en la silla sonriendo. Los cueros estaban cosidos
entre sí, de tal suerte que no dejaban penetrar el más débil rayo de
luz. La silla avanzaba. Por fin, después de largo lapso de tiempo,
difícil de apreciar, se detuvo.
Ramiro, al descender, hallose en una cuadra ruinosa y obscura. La
anciana vendole los ojos con negra tira de lienzo y, tomándole de la
mano, comenzó a conducirle a lo largo de algún corredor subterráneo, a
juzgar por el frío que sentía en las espaldas y el olor terroso del
ambiente.
Recordó pasajes semejantes que había leído en las historias de
caballería, y pensó que todo aquello debía ser el principio de algún
episodio memorable, digno de ser recordado en los venideros tiempos.
--Si mi constelación--decíase ahora a sí mismo--no anuncia que he de
morir de esta guisa, todos los ardides serán vanos. Si, por el
contrario, éste ha de ser mi acabar, ¿a qué resistirme?
Bajaron algunos peldaños y la anciana silbó junto a él. Oyose entonces
un cerrojo que caía y el rechinar de la puerta. Tenue resplandor embebió
el lienzo que llevaba sobre los ojos y un fuerte sahumerio embriagó su
sentido.
Desceñida la venda por los dedos de la mujer, hallose en árabe estancia
con azulejos en las paredes y techo de maderos entrelazados. Un hombre
obeso, vestido de larga túnica azul, se alejaba. Había viejos divanes
contra los muros, alcatifas y sofras sobre el piso de mármol, dos arcos
policromos y dorados hacia el fondo; y aquí y allá algunas tablecillas
incrustadas de marfil y de nácar. Sobre una de ellas, un sahumador de
cobre desprendía tres hilos acelerados y rectos de perfume. La mujer,
dejándole solo, se internó por las otras habitaciones gritando:
--¡Aixa! ¡Aixa!--en el silencio.
Al volver, acercose a la pared, y desprendiendo sutilmente una tabla
pintada, quitó de aquel modo el tabique interior de una hornacina,
abierta en todo el grueso del muro. De esas hornacinas que un arco
minúsculo decora, y donde los musulmanes guardan, llenas de agua
escogida, ánforas, más o menos hermosas, cuyo consuelo cantan las
inscripciones en voladoras alabanzas que suben hasta los astros. En
aquel momento sólo aparecían en su interior dos babuchas femeninas color
de cinabrio. A un gesto de la mujer, Ramiro, quitándose la gorra,
introdujo la cabeza, y miró hacia la estancia contigua. ¡Pareciole
soñar!
Era un cuarto de abluciones, lleno de paz secreta y somnífera. La luz
sólo entraba por algunos agujeros de la bóveda, a través de gruesos
cristales en forma de estrellas que imitaban el color del carbunclo, del
zafiro, del topacio, del berilo. Hacia la parte opuesta, veíase una
alcoba profunda cubierta de almohadas, para saborear la languidez que
sucede a los baños.
Pero no era la ancha pila cavada en el centro de la estancia y revestida
de mármol, ni los cristales en forma de estrellas, ni los almadraques de
terciopelo y de brocado lo que el mancebo observó con avidez sino la
desnuda belleza de una joven sumergida en el agua.
La quietud dejaba flotar o embeberse la suelta cabellera, enrojecida por
el hené; cabellera esponjada y enorme que hacía pensar en los copos
destinados a tejer todo un manto. Algunos mechones, que conservaban la
oleosidad de los ungüentos, pendían de uno de los bordes. ¿Era también
su guedeja o las serpientes fascinadas de algún extraño sortilegio?...
Ramiro admiró la dulzura de los párpados orlados de sombra, bajo las
cejas alargadas por el kohl; y aquella rara sonrisa, aquella sonrisa de
ensueño, que estremecía levemente sus labios, como si un vuelo invisible
mantuviera sobre ellos cosquillosa frescura.
De pronto, la mujer abrió los ojos temerosamente, y sus grandes pupilas
se dirigieron hacia el mismo sitio del muro en que se hallaba Ramiro.
El, sin embargo, no había hecho el menor movimiento.
En ese instante, una criada, vestida sólo de angosta falda verde y
amarilla, presentose en la estancia, apoyando en sus morenos pechos
desnudos un dorado azafate, sobre el cual venían los pomos, los botes,
los pinceles, las tenacillas y otros menudos objetos que el mancebo no
alcanzó a distinguir. Poco después, arrodillada al borde del baño,
púsose a disolver sobre el cuerpo de su señora una substancia rosada y
corrediza, que desprendía almizclado perfume. La joven se estremeció de
pronto, como un pez sorprendido, entreabriendo luego los labios, cual si
aspirara en el ambiente un ansia diseminada; y sus ojos volvieron a
mirar hacia la misma parte del muro.
Por fin, se incorporó; y la empapada cabellera estirose fuera del agua,
rígida, pesada, rumorosa, al modo de las algas, cuando la ola desciende.
Entonces aparecieron, en su intacta firmeza, los dos fuertes pechos
bruñidos y cuasi dorados como copas de ámbar; y el mancebo sintió correr
por toda su carne la tentación de aquella cintura cogida y de las
abultadas caderas, irisadas por la humedad y la penumbra.
La mujer caminó hacia la alcoba, con claro rumor de ajorcas y
brazaletes, dejando la huella acuosa de sus pies en el mármol. Cuando la
criada la hubo secado prolijamente y desgrasado sus cabellos con una
tierra cenicienta, ella extendiose de espaldas sobre las almohadas y
entregose, como muerta, al pincel y al ungüento.
Poco después, el hombre de la túnica azul, que Ramiro viera al entrar,
presentose. Traía en sus manos navaja y bacía de barbero. Acercándose,
con celoso respeto, púsose a rasurar a la hermosa morisca, según el uso
de Oriente.
En ese instante, por encima de sus sentidos ávidos, Ramiro escuchó en su
conciencia un grito de indignación ante aquella práctica lasciva de los
baños y aquel culto libidinoso de la propia carne. La sublime castidad,
el ascético abandono, el desprecio y la mortificación del harapo
corrupto de nuestro cuerpo, la santa fetidez de los religiosos, los
admirables anacoretas, dejándose podrir las ropas sobre la piel, como un
anticipo de la sepultura: San Hospicio, comido por los piojos; San
Macario, sumergido en el cieno; Santa María Egipciaca, resecada por el
sol como un cuero; Santa Pelagia, habitando entre sus propios
excrementos; Santa Isabel, bebiendo el agua de lavar a los tiñosos; en
fin: la sublime aspiración abriendo su corola de pureza sobre el
estercolero corporal; y luego la penitencia, la disciplina, el cilicio,
todo pasó por su mente como a la luz del relámpago.
Pero la severa visión no pudo persistir. Los sentidos tiraban de las
traíllas. El turbión de la virilidad apagaba la luces interiores. ¡Allí
estaba ante él una mujer hermosa y desnuda, a dos pasos de su boca, de
su juventud!
Dominado por aquella tentación, vibrando con ella, cual un junco en el
torrente, Ramiro no vio que la criada, describiendo un rodeo, se dirigía
a tomar las babuchas en el hueco del muro.
La mujer, al encontrarse en aquel sitio con una cabeza humana, lanzó un
grito de espanto.
Un momento después abriose la puerta que comunicaba con la cuadra del
baño, y el mancebo vio aparecer a la hermosa morisca, con los cabellos
retenidos por linda almadraba de hilo de oro y esmeraldas redondas. Un
blanco velo caía desde su cabeza hasta los anchos calzones de verde
tafetán, adornados con glandes. Sin mirar a Ramiro, acercose a la
hornacina, haciendo como que examinaba el ardid; luego, volviendo su
rostro, arrojó su indignación contra la anciana, en las sílabas
guturales y fuertes de su algarabía. Denso rubor, como el aterciopelado
carmín de las rosas, coloreaba sus mejillas; pero en seguida, al
reconocer al mancebo, una sonrisa hospitalaria, hechicera, talismánica,
que mostró la blancura de sus dientes, tornó, al pronto, su semblante
claro y tranquilo como la luna.
--¡Ah!, ¿eres tú, señor don Ramiro?--exclamó.--¡Bienvenido seas! Perdón,
si ayer os hice daño con la flor, en la calleja. Buscaba te la echar al
sombrero.
--No me hizo daño la flor--replicó Ramiro,--pero sí vuestra risa.
--¡Calla! Reía del gozo de verte a un palmo de mí. Yo me estuve encogida
cabe la reja, e no me catabas.
Volviendo a la cuadra del baño, ella extendiose de pechos en la alcoba,
ofreciendo a Ramiro una almohada para sentarse. Platicaron largo tiempo.
Era para el mancebo un coloquio extraño, casi fabuloso. La sarracena
preguntaba, sin cesar, como los niños. El fleco de medallas, que colgaba
sobre su frente, aumentaba el misterio de sus pupilas. A cada momento
ofrecíale a Ramiro en sus dedos, cargados de sortijas, algunas alcorzas;
y ella a su vez reía y reía al morderlas, reía como una mujer
semibárbara, con cierta animalidad incomprensible y deliciosa; mientras
sus pestañas, larguísimas e inquietas, parecían desprender ilusorio
polvillo de lujuria y de nigromancia.