El comienzo de la difícil empresa vino a recoger su desparramada
energía. Hasta entonces, Ramiro divagaba por el mundo desmesurado y
quimérico de las ambiciones nacientes. Pasábase las horas y las horas
imaginando hazañas inauditas o exaltando ansias de imperio y de
grandeza, que él miraba luego colmarse una a una, a lo largo del
porvenir, como tinajas de subterráneo tesoro.
El recogimiento extremaba su fiebre. No contaba con un solo compañero de
su edad. Desde temprano, a pesar de la oposición de su madre, buscó el
trato de algunos mancebos. Llegó a conocer a un Núñez Vela, a un
Valdivieso, a los dos hermanos Rengifo, a Diego Dávila, a Nuño Zimbrón.
Soñó con amistades heroicas, fue todo franqueza y ardor, ofreciendo, sin
ambages, en rebosante copa, la lealtad de su pecho; pero no tardó en
advertir que sigiloso encono crispaba todos los labios en su presencia y
que su mano calurosa no estrechaba sino dedos laxos y fríos. En cambio,
los demás se agasajaban entre ellos, y aquella hostilidad común hacia
él, aquella tácita conspiración, parecía estrecharles mayormente.
--¿Por qué? ¿Por qué?--se preguntaba sin cesar con varonil mansedumbre y
sin querer pensar en la venganza,--¿por qué no me ha sido dado lograr
esa cordialidad que se le brinda a cada paso a un imbécil y a veces a un
malvado, a un felón?--No maliciaba aún el peligro de aquel ingenuo
aliento de orgullo y de fuerza a que todas sus frases trascendían.
Por fin, paseándose una tarde por la Rúa, con Miguel Rengifo, el único
amigo que le quedaba, díjole en un momento de afectivo calor:
--Si yo medro, Miguel, e después de algún hecho señalado me hacen
gobernador de una plaza, os he de llamar junto a mí para haceros mi
primer capitán.
Rengifo, a quien todos llamaban _el enano_, por su mezquina estatura,
giró sobre sus talones y respondió con enfado:
--¿Y por qué no he de ser yo quien medre, e os llame junto a mí, e os
haga mi capitán?
Aquel amigo no volvió a presentarse. Ramiro embozose entonces una y dos
veces en su propia altivez, y aceptó la soledad, volviendo la espalda.
* * * * *
Día a día, cada vez más alerta, visitaba Ramiro el arrabal de Santiago.
El temor del peligro le había dejado para siempre desde los primeros
años de mocedad. Consideraba ahora, con fatalista desenfado, la propia
vida y la ajena. El orgullo de su misión vino a duplicar su ardimiento.
Era un agente de Su Majestad, portador de grave secreto de gobierno.
Quién sabe si no se le había escogido deliberadamente, desde la Corte,
con la traza de una casual designación. De todos modos, aunque así no
fuera, el monarca oiría muy pronto su nombre.
A veces, al caminar por las revueltas callejuelas de la morería,
imaginaba haber descubierto toda la trama de la conjura, y parecíale ver
ante sí la figura sobrehumana de Felipe Segundo, acercándose gravemente
y echándole al cuello la venera de un hábito.
Salía mañanero, sin mula ni lacayo, y vestido de ropas sencillas que no
atrajesen la mirada; pero llevando, eso sí, la hermosa espada templada
en Toledo, con que le había obsequiado su tío abuelo don Rodrigo del
Aguila, una daga de provecho y el consabido coleto de ante, por debajo
del jubón.
Dejaba casi siempre la ciudad por la puerta de Antonio Vela, y simulando
un andar ocioso y errante, bajaba por algún atajo de la cuesta del
mediodía. En el reducido arrabal de Santiago había más tráfago y rumor
que en la ciudad entera. La fecundidad de la raza palpitaba al aire y
al sol. Los encalados zaguanes vomitaban hacinamientos de chiquillos
casi desnudos, sobre la sucia calzada. Se comerciaba a gritos. A cada
instante estallaba una gresca. Oíase el continuo rumor soñoliento de
tornos y telares, semejante al de populosa plegaria en alguna mezquita.
Los hombres vestían casi todos a la española; algunos llevaban
gregüescos de lienzo, como la gente de mar. Las mujeres, saya de colores
aldeanos y juboncillo corto. Era placentero ver llegar por las callejas
la figura ondulante de una joven a veces descalza; pero luciendo, sí, en
su primoroso peinado alguna rosa amarilla o algún sangriento clavel,
prendido con garbo en las trenzas. Su cadera se ofrecía y se esquivaba
al andar. Su sonrisa era mejor que los collares. Los hombres se detenían
para contemplarla. Algunos la susurraban al oído palabras en algarabía.
Otros levantaban la cabeza y sorbían el aire como camellos,
libidinosamente.
Sin preguntar el precio, arrojando sobre el tablero alguna moneda
excesiva, Ramiro solía comprar un perfumado jubón para alguna mozuela, o
zapatos infantiles con que después obsequiaba a las madres moriscas.
Comenzó sus paseos con el corazón encogido por el odio; pero, poco a
poco, su misma caridad, aunque fingida, sus mismos gestos protectores, y
la dulzura que recogía de todo los rostros, le fueron ablandando la
entraña y haciéndole descubrir, a cada paso, nuevo embeleso en aquella
vida graciosa y sensual de los musulmanes.
Los bodegones eran los mejores sitios de espionaje. El más concurrido se
levantaba frente a la iglesia de Santiago. Dirigíalo un morisco a quien
llamaban _el Nazareno_, por su semejanza quizá con algún Crucifijo muy
barbado y negruzco de las ermitas. A las diez de la mañana o a las seis
de la tarde, caía a aquel figón toda clase de gentes. Trajineros que
dejaban en el patio el macho y el botijo, labradores del valle que
entraban secándose con todo el brazo el sudor de la frente, zapateros,
olleros, caldereros y tejedores del arrabal. Ramiro cruzaba también las
piernas sobre el esparto, y pidiendo cualquier golosina, poníase a
observar por debajo del aludo sombrero. Cierta mañana pasó al trascorral
y vio matar una ternera con la cabeza dirigida hacia el naciente. Dos
ancianos inclinaron el rostro balbuceando una oración, y, al notar que
aquel mancebo no se inclinaba como ellos, le miraron con asombro. Ramiro
se retiró orgulloso del secreto que acababa de sorprender; pero no tardó
en advertir que los alguaciles que caían al figón presenciaban a menudo
aquellos ritos diabólicos, y que _el Nazareno_ los cohechaba con solo un
rubio y chispeante buñuelo, recién sacado de la sartén.
Ramiro acabó por atraer la atención. Le hablaron en algarabía y no pudo
contestar. Varios gañanes de la dehesa le reconocieron y, desde
entonces, las miradas se tornaron cada vez más hostiles.
Una tarde, de vuelta a su casa, al pasar junto a unos árboles, por
detrás de la iglesia de Santa Cruz, oyó de pronto una fuerte detonación
y a la vez breve silbido que pasó por encima de su cabeza. Volvió la
mirada. A su izquierda, blanca y redonda nubecilla flotaba en el aire.
Le habían disparado un arcabuzazo. Desenvainó la espada y recorrió
velozmente el paraje en todo sentido. No había nadie. Al continuar su
camino y al descubrirse instintivamente, advirtió, a uno y otro lado de
la cumbre de su sombrero, dos agujeritos redondos.
No dejó por eso de volver al bodegón del arrabal. Los moriscos le
recibían ahora con extraño semblante, hablándose entre ellos. Cierta vez
le invitaron a beber, ofreciéndole un vaso lleno hasta el borde. La idea
del hechizo o del veneno cruzó por su espíritu. Iba a aceptar, sin
embargo, cuando un personaje venerable, vestido como caballero y
luciendo en el cinto corva daga cubierta de pedrería, se levantó
súbitamente del más obscuro rincón y, una vez junto a él, le dijo,
deteniéndolo el brazo:
--Beba vuesamerced en esta taza, menos indigna de un hidalgo.
Y ofreciole su obscura taza de acero, llena también, y ornada de hermosa
ataujía de oro purpúreo.
Ramiro bebió resueltamente, confiado en su destino.
El hombre de la daga miró a los demás con expresión inexplicable.
No era nuevo su rostro para Ramiro. Recordaba haberlo visto repetidas
veces en su vida y, en ocasiones, había regresado a su casa preocupado
con aquel encontradizo, que se cruzaba con él, tan a menudo, en las
puertas de la ciudad. ¿No sería el mismo personaje misterioso que había
dado muerte al jabalí, en aquella partida de caza?...
Ramiro, al dejar la pastelería, iba comparando en su memoria el
semblante del hombre con la figura casi desvanecida de su recuerdo,
representándose, a la vez, toda la escena lejana...
Haría cosa de diez años. Don Alonso Blázquez había invitado a una
cacería a muchos caballeros de la ciudad. Ramiro y su madre asistieron.
Era un día de octubre. El iba con otros mancebillos entre las damas, y
parecíale verlas todavía vestidas de terciopelo verde o leonado, y
galopando en sus hacaneas, por los campos luminosos, en seguimiento de
los hidalgos.
Bravo jabalí, volviendo de los cebaderos, logró traspasar la fila de
cazadores; luego, atravesando un seto compacto y espinoso, entrose por
un bosque de encinas, en dirección a la sierra. Soltadas las traíllas,
los perros alcanzaron a la res y consiguieron pararla, a corta
distancia, mientras los monteros buscaban vanamente un boquete en el
vallado. Entretanto, a cada navajada del puerco, aculado contra un
árbol, rodaba un can por el suelo, derramando las tripas. La lucha se
hacía cada vez más feroz. Los alanos le asían de las orejas, los
ventores de las patas traseras, los perneadores de donde podían, y no
era posible ayudarlos. Las damas gemían al ver morir, uno a uno, a los
hermosos lebreles amarillos y blancos. De pronto un caballero, venido
quién sabe de dónde, pasó hacia la derecha de la comitiva sobre lustroso
corcel y, haciéndole tomar un impulso inverosímil, saltó del otro lado
del cerco. Echó pie a tierra en seguida, y, desviando a uno de los
ventores, asió con una mano el cerro de la fiera metiéndole con la otra
el puñal por los sobacos. El jabalí se desplomó; y el caballero,
volviendo a montar, y saltando otra vez el vallado, saludó con la gorra
a las damas, alejándose a escape. Su gran capa amarilla flameaba en el
viento, como bandera que se lleva el enemigo. Todos le miraron atónitos.
Ramiro recordaba que su madre, no habiendo visto nunca una cacería, se
desmayó; y parecíale ahora que aquel cazador misterioso no era otro que
el personaje que acababa de ofrecerle, en el figón, su vaso de acero y
de oro purpúreo.
--¿A qué pensar en esto?--se dijo por último.--Lo que importa es que
estos perros sospechan y buscan el modo de librarse de mí. ¡Un amorío!
Sin esta máscara no podré continuar.
Algunos rostros de tejedoras, de fruteras, de simples mozas de cántaro,
desfilaron por su mente.
El sol se había puesto. Las calles estaban desiertas. Un rumor de
celosías resonó junto a él y, antes de que pudiera admirar la blancura
de un brazo, cargado de brazaletes, que asomó entre las maderas, una
flor, un rojo y ancho clavel, golpeole con viveza en el rostro. Ramiro
se acercó a atisbar por la abertura. No se veía sino la hueca lobreguez
de una estancia. Sin embargo, escuchábase por momentos una risa tenue y
temblorosa comparable al ceceo del agua en las fuentes.
Después de esperar en vano, subió hacia la ciudad. El torreón del
Alcázar destacaba su sombra formidable sobre el cielo límpido y verdoso.
Era casi de noche.