El lectoral pasó toda la noche con la pupila abierta en la obscuridad,
como un búho. Imposible dormir, y en todo su cuerpo una comezón
inusitada. No era la conocida mordedura de las bestezuelas habituales.
No. Era un ardor en la sangre, un hormigueo de voluntad, de impaciencia.
Antes del primer canto del gallo, descorrió las mantas del lecho, y en
un santiamén, con verdadera brevedad eclesiástica, hallose vestido.
Cogió entonces sus Horas Canónicas, y, como solía hacerlo a menudo,
descendió a la iglesia para subir en seguida a la segunda plataforma del
almenado _Cimborio_, que forma a la vez el ábside de la Catedral y el
torreón más ancho y más fuerte de la muralla.
Era a fines de abril. El hálito del alba apaciguó en todo su ser la
irritación del insomnio, como una ablución de rocio.
La niebla tomaba en torno vago irisamiento, cual si el amanecer
encendiera su primer rubor en el naciente.
No se escuchaba rumor alguno. Avila dormía.
La esquila de algún convento dio un toque tímido, quedo, necesario.
El canónigo aspiraba con delicia un olor de piedra húmeda y de hierbas
invisibles que sus pies hollaban al caminar.
Algunas formas rectangulares iban apareciendo, aquí y allá, como
suspendidas en la atmósfera. Los techos insinuaban su confusión en tonos
lechosos, más o menos intensos. El canónigo sentía nacer y flotar una
confianza nueva, una bondad respirable, una media luz gozosa y virginal,
que él asemejaba a la claridad que la eucaristía difunde en el alma.
Las torres y contrafuertes del templo fingían majestuosa visión entre el
cendal de la aurora; y, a uno y otro lado, los cubos de la muralla se
alejaban, solemnes y espectrales, cada vez más vaporosos, hasta
desaparecer por completo. El canónigo sintió, como nunca, la evocación
legendaria de las almenas. Galaor, Esplandián, Amadís, Lanzarote...
desfilaron. Era la hora en que los caballeros andantes dejaban los
castillos. Sus armaduras reflejaban la claridad nebulosa...
Un gallo cantó.
Hizo a un lado el recuerdo de aquellas historias dominantes, que le
habían robado tantas horas de oración y de estudio, y, como no era fácil
leer aun el Oficio, dejó de caminar y apoyó el codo en la piedra.
Junto a él, sin miedo alguno, gorriones entumecidos se secaban el
plumaje sobre el parapeto. Otros se tomaban del pico amorosamente. Ya se
distinguían, a pocos pasos, las rojas amapolas y las borrajas azules,
abriendo sus pétalos entre las hierbas infinitas que crecían sobre el
adarve, con más vigor que en el campo. La niebla comenzó a disiparse, a
hacerse más nacarada, más diáfana. Luenga barra purpúrea se encendió en
el naciente, comparable a un alfanje de cobre.
En la ciudad las callejuelas se ahondan. El palacio del Arzobispo
destaca, en torno del patio, su enorme techumbre. La piedra roída de la
Catedral, las enormes almenas redondeadas por los siglos se tiñen de
aurora.
Bien pronto el canónigo ve aparecer, a lo lejos, sobre las colinas, las
sombras grises de los campesinos que se dirigen al Mercado Grande, junto
a San Pedro.
Comienza extenso rumor, cantos de corral, golpes de martillos en las
bigornias, crujir de cerrojos, voces indefinidas.
El sol acaba de asomar sobre el perfil de un collado. Es un ascua
desnuda, atizada, flamígera, ígneo carbunclo, que lanza hacia lo alto
dos rayos sublimes. El lectoral recuerda los dos cuernos de llama de
Moisés; y resuenan, al pronto, en su memoria los versículos de la
Escritura que dictan la ley elemental y el deber de castigar a los
adoradores del becerro.
--He aquí--exclama--que el Señor se sirve agora de este signo, harto
elocuente, para incitarme al castigo del pueblo avariento y blasfemo de
Mahoma.
Una gran emoción sagrada dilata su fantasía. Va a cumplir un santo
deber; y quién sabe si al encomendar a Ramiro la importante misión no le
encamina derecho a los más grandes honores.
Desde algún tiempo, el canónigo cifraba toda su esperanza en aquel
mancebo de alto linaje, que él venía adiestrando para llevarle después
como halcón en el dedo. El señor de San Vicente había dicho que
comunicaría el resultado de las indagaciones a la Junta de Madrid. ¿No
sacaría él mismo de esta empresa el báculo y la mitra?
No habían sonado aún las doce campanadas de mediodía cuando Vargas
Orozco mandó en busca de su discípulo.
Sentáronse en un escaño de la sala capitular.
Ramiro escuchó a su maestro con la sumisión acostumbrada. Vivaz,
enérgica, perentoria fue la consigna. Debía recorrer a menudo el arrabal
de Santiago, introduciéndose en los patios, en las posadas, en los
bodegones, hasta sorprender alguna plática reveladora. Era preciso
hallar, cuanto antes, el rastro, y caer de sorpresa, en flagrante
conspiración, aunque se arriesgase la vida. Terminó con estas palabras:
--Alguien opina que, a fin de no ser sospechado, conviene simular un
amorío. Pensad, de todos modos, que lo haréis con un santo propósito.
Habían dejado la sala capitular y caminaban ahora por las naves de la
iglesia. El canónigo volvió a decir:
--Tomad ejemplo, hijo mío, de estos graves sepulcros do descansan
aquellos varones antiguos, que ponían a riesgo diario su vida por servir
a Dios y ennoblecer su linaje. Miradles sucederse, desde tiempos
remotísimos, trabados como vértebras y traspasándose unos a otros ese
tuétano de la honra que agora se alberga en vos mesmo.
Ramiro sintió un calofrío. Era la virtud habitual de aquel vocablo que
acababa de pronunciar el canónigo: ¡la honra! Divinidad vaga, de
confusos mandamientos; pero cuyo solo nombre le hacía latir más ligero
el corazón y le encendía puntilloso calor en el rostro. Su rosario,
envuelto en la guarnición de la espada, golpeaba el metal con las
cuentas.
--Esto que agora emprenderéis--agregó el lectoral--será en servicio de
la santa Iglesia de Cristo. Si queréis llegar muy lejos, dejaos conducir
por ella, sin examinar demasiado la postura o la senda que sus sabios
designios os indiquen.
Pasando por una puerta del crucero entraron en la claustra.
En el patio el sol ardía sobre las piedras, y la extraña crestería
plateresca destacaba su cárdeno granito sobre el índigo ardiente del
cielo. Insectos transparentes se levantaban del herboso jardín y
navegaban en la luz.
Bajo las bóvedas, junto a la capilla de las Cuevas, dos alarifes,
rompiendo un trozo de pared, acababan de descubrir un sepulcro. Ramiro y
el canónigo se acercaron. No había inscripción alguna; sólo un tosco
relieve que representaba a Nuestra Señora y al Niño, como si aquello
bastase en la muerte. Nuevo golpe de piqueta ahondó la abertura, y una
nubecilla cenicienta levantose como el humo en el aire. Uno de los
obreros introdujo la mano y sacó un pequeño objeto de metal. Era una
espuela, un acicate verdoso y roído. El canónigo tomolo respetuosamente
en la mano, y levantándolo hasta el morado rayo de sol que entraba a
través de la vidriera, comenzó a decir, como alguien que delira:
--¡Cuántas veces una aparición de alquiceles en el horizonte le habrá
hecho batir el ijar, heroica y sanguinaria! He aquí, Ramiro, el emblema
de la caballería, el blasón de la bota y la sonaja del honor. Su solo
ruido en las losas ennoblece toda la traza del hidalgo.
Sonriose un momento, mostrando su fuerte dentadura, y luego, con gesto
grave y casi compungido, prosiguió:
--¡Lástima es que algún epitafio, docto y elegante, no nos diga la casa
y los honores del antiguo caballero, cuyas son estas cenizas!
Por fin, entregando la espuela, para que fuera colocada otra vez en el
sepulcro, terminó de este modo:
--Vuelve a descansar con los huesos de tu dueño, reliquia de la vieja
honra cristiana, mientras nosotros rezamos una oración por el alma
desconocida, que seguirás ennobleciendo en la muerte.
Quitose el sombrero, e inclinando la cabeza, musitó una plegaria. Ramiro
le imitó.