XI

El señor Felipe de San Vicente, individuo del Consejo de las órdenes,

Comisario de la Santa Inquisición y antiguo gentilhombre del Rey,

recibió cordialmente al canónigo, tomándole una y otra mano en las

suyas. Luego, después de haber echado los cerrojos a las puertas,

preguntole con brusquedad y misterio:

--¿Podría vuesamerced, señor canónigo, indicar algún hombre seguro para

una dificultosa misión en servicio de Su Majestad y del reino? Advierta

vuesamerced--agregó--que debe ser de harta limpieza de sangre, de mucha

religión, de mucho ardid y denuedo, y joven, cuanto posible, de suerte

que sus idas y venidas puedan achacarse a un amorío, por ejemplo.

El lectoral comenzó a estrujarse el labio inferior, como si buscara

arrancarse por aquel medio el nombre propio que convenía. De pronto,

después de breve silencio, sus ojos se llenaron de claridad y respondió

con viveza.

--Sí, tal. Ya le tengo.

--Conozco a vuesamerced, y doy, desde luego, por seguro, que habrá

escogido con acierto--replicó entonces el hidalgo, acostándose, casi, en

el sillón y estirando hacia el brasero sus piernas metidas en calzas de

velludo pardo.

En seguida, con verbosidad soñolienta, entrecortada sólo por los ásperos

esfuerzos con que descargaba de rato en rato su garganta, fuele diciendo

que, según recientes averiguaciones, los moriscos preparaban un

levantamiento general en todo el reino, y que era menester sorprenderles

con las manos en la masa.

--Tenemos sospechas--agregó--de que en esta ciudad existe un escondite

de conspiradores, donde continuamente se reciben mensajes sediciosos de

Aragón y Valencia. Pero todo esto, señor canónigo, precisamos saberlo

con certeza, pues la mayoría del Ayuntamiento aboga por ellos, y

abundan en toda España señores de título que, por no ver sus tierras

abandonadas, les tienden solapadamente la mano.

Dijo luego que la Junta de Madrid acababa de encomendarle, sin atender a

su edad y a sus dolencias, aquella difícil misión, que él quería

compartir con un hombre de iglesia, cuyo especial ministerio le pusiera

en mejores condiciones para conocer las dotes o defectos de algún vecino

de la ciudad. Con la voz cada vez más ronca y más baja, pasó luego a

explicar las instrucciones que el canónigo debía transmitir a su agente.

El mismo se narcotizaba con su propio discurso. Ya era imposible

comprenderle. Su palabra vacilaba, se extinguía. Entonces, escupiendo,

por última vez, dobló la cabeza sobre el hombro, y quedose dormido.

El lectoral no supo qué hacer. Los cerrojos estaban echados y las mechas

del velón crepitaban en ese momento, amenazando apagarse. No había,

tampoco, un solo libro sobre la mesa, y él había olvidado su breviario.

Pensó entonces que no hay situación en la existencia que resista a un

esfuerzo superior de filosofía y, olvidando la circunstancia y la hora,

púsose a contemplar a aquel hombre de obscuro entendimiento que, había

logrado fácilmente los altos honores, hasta ser uno de los más

influyentes personajes de la comuna, tenido en gran predicamento por el

Rey. Su estatura era menos que mediana, su espalda un tanto jibosa, su

barba rojiza. Había en todo su rostro una tristeza cómica de bufón. Su

labio inferior se alargaba hacia afuera con lúbrico y tembloroso gesto.

La estirpe de los San Vicente era antigua en la ciudad, aunque no de las

más ilustres y encumbradas. Arrancaba, sin embargo, de una María de La

Cerda y exornaban su árbol genealógico Juan Mercado, primer caballero de

Milán, Tomás de San Vicente, llamado _el Valeroso_, y, sobre todo, Ruy

López de Avalos, condestable de Castilla. Los caballeros de su nombre

podían reposar, por remoto privilegio, en el crucero de la iglesia de

Santa María del Castillo, en Madrigal, favorecida por una capellanía

del Condestable. Así también, en Avila, tenían derecho a ser enterrados

en la parroquia de Santo Tomé, donde existe la capilla de su linaje; en

Santo Tomás el Real, dentro mismo del templo; y en los lucillos de San

Vicente, en cuya iglesia estaban pintadas las armas de aquella familia

sobre los asientos de la capilla mayor, según uso calificado y antiguo.

Al observar la barba de Don Felipe, aquel rojo vellón donde la luz del

aceite ponía ahora toques purpúreos, el canónigo pensó en las razas

antiguas venidas hasta la Iberia desde los mares tempestuosos del Norte;

y cerrando, a su vez, los ojos, soñó con repugnancia en bárbaros rubios

y en carnosas hembras desnudas, con cabelleras color de naranja, como

señaladas, desde entonces, por un reflejo infernal.

De pronto, la puerta se sacudió con estrépito, y oyose en el corredor

una voz desesperada que comenzó a gritar:

--¡A mí! ¡A mí! ¡Socorro! ¡Soy muerto!

El canónigo saltó del asiento, descorrió el cerrojo y abrió. Era un

lacayo. El infeliz, con el semblante blanco como el yeso, sin soltar de

sus manos una silla de montar, cubierta de terciopelo azul, fue a

arrojarse a los pies de su señor.

--¿Qué sucede?--preguntó mal despierto el hidalgo.

--Es don Pedro, don Pedro que me busca para acuchillarme. ¡Agora llega,

ahí está!--agregó el lacayo, señalando hacia el corredor y temblando de

pies a cabeza como endemoniado.

En efecto: instantes después, entró el hijo segundo, loco de ira y la

boca contraída por una mueca de exterminio. Al topar con el sacerdote

levantó la mano derecha hacia atrás y la lumbre del candil hizo

centellear, en el aire, su larga espada desnuda.

El Señor de San Vicente meneó de un lado a otro la cabeza, con sonrisa

agria, dolorosa. Entonces el segundón acercose al lacayo y pinchole el

rostro con el acero.

--¡Teneos, en nombre de Cristo!--gritó reciamente el canónigo, asiéndole

el brazo.

El mancebo se contuvo y envainó la hoja de golpe, mientras el criado

examinaba su propia sangre en los dedos.

--No bastaba que fuese yo el desheredado, el estorbo, el hijo maldito,

sino que agora les es permitido a los criados de mi hermano hacer mofa

de mí--rugió el segundón, mirando de hito en hito a su padre y

recorriendo a trancos la cuadra.--Vuestra es la culpa, señor, que me

habéis rebajado a la par de la servidumbre. El mayorazgo, los honores,

las caricias, todo es poco para Gonzalo. Precisáis, además, cubrille de

joyas, como a un santo milagroso, dalle todo lo bueno; el mejor caballo,

la espada más rica, y gastar en sus galas más de lo que podéis. ¡Oste!

Ha poco le disteis el medallón de los rubíes, luego vuestra daga de oro

y un talabarte bordado, ¡y a mí nada, nada!, y me dejáis andar por la

ciudad pobre y andrajoso como un villanejo. Para un hermano el festín,

para el otro el hueso y la asadura. ¿No nos parió ¡voto a Cristo! el

mesmo vientre?

Afeminando la voz de modo burlesco, continuó:

--Idos a América o a Flandes, hijo mío, o entrad más bien en la Iglesia,

y os daremos nuestra capellanía de Santa María del Castillo, en

Madrigal: es lo que me decís todo el año. Pero aquesto no basta. Sabéis

harto bien que soy amado de Beatriz desde niño y queréis asimesmo que le

deje la dama a mi hermano. Es con ese pensamiento que me dejáis podrir

sobre las carnes estas ruines bayetas, para que no pueda mostrarme ante

mujer alguna. Mirad esta espadeja si no parece de vil estudiante. ¡Ah!,

pero ruda y basta como es, sabrá vengar el entuerto. ¡Oste! Hace un año,

señor, que os pedí un arnés para el rocín, y ni esto--exclamó, haciendo

sonar la uña del pulgar en los dientes.--Agora os llega este caparazón

y, despreciando mi demanda, se lo mandáis a él, que ya tiene sobrados.

Todavía este puerco--exclamó señalando al lacayo--me lo enseña de lejos

con sorna; se lo pido para mirallo, y echa a correr dando voces.

Don Felipe seguía moviendo, de tiempo en tiempo, la cabeza, sin levantar

la mirada.

--¡Ah, señor!--prosiguió el segundón--la postre no os sabrá tan dulce

como esperáis, ¡No! ¡No!--gritó bruscamente, golpeando con el tacón en

el suelo y dando dos alaridos que resonaron de trágica manera,

semejantes a la voz de un demente. Una de sus calzas se desató, dejando

desnuda su pierna muy blanca y vellosa.

Esta vez el hidalgo se atrevió a decir:

--Calmaos, hijo; es la dura ley de la nobleza: sois el segundo. En

cuanto a Beatriz, vos mesmo sabéis que ama a Gonzalo desde la infancia.

El mancebo fue a ponerse casi en cuclillas delante de su padre, y cara a

cara, con los ojos fulgurantes y con voz ronca, aciaga, terrible, volvió

a gritar:

--¡No! ¡No!...

En ese momento entraba el hijo mayor. Su venera, su espada, el joyel de

la gorra, chispeaban en la penumbra. Al moverse dejaba oír rumores de

metal y de seda.

--Seguro estoy--dijo soberbio, increpando a su hermano, después de haber

saludado al canónigo--que reñíais a nuestro padre.

--Así es verdad--contestó el hidalgo;--me reñía porque os enviaba ese

caparazón, con que me obsequia el alcalde de Toledo.

El lacayo se adelantó a ofrecérselo. Las armas de la familia estaban

bordadas, a uno y otro lado, con sedas multicolores, sobre el terciopelo

turquí, y, en toda la tela, el aljófar perlaba como cuajado rocío los

arabescos de plata y de oro.

Ante aquel precioso jaez, el mayorazgo olvidó un momento a las personas

que le rodeaban y pareciole verlo recubriendo su caballo valenzuela. El

rostro de Beatriz, tras las celosías cruzó por su espíritu. Luego, como

despertando:

--Dejalde, padre, que se atosigue con su propia ponzoña--exclamó.--Peor

para él si no sabe aceptar su condición.

Esta frase, lanzada con arrogante menosprecio, fue como un fustazo en

las orejas de un tigre. El segundón, tendiendo en el aire sus manos

crispadas por el ansia fratricida, lanzó de su boca fiero torrente de

insultos y amenazas incomprensibles; mientras el mayorazgo, inmóvil y

descolorido, le miraba con sonrisa convulsa, la mano derecha en la daga.

De pronto, al escándalo de las voces, doña Urraca, la mujer del hidalgo,

apareció en la puerta cual brusca visión. Todos volvieron el rostro

hacia ella. Un silencio glacial se produjo en la estancia. ¡Hembra grave

y hermosa! Una red de perlas le aprisionaba el retinto cabello. Su tez

era pálida y morena, su empaque soberbioso. Hubiérase dicho una flor de

hierro.

--¿Qué pensará vuesamerced--exclamó, dirigiéndose al lectoral--de tamaña

vergüenza?

Luego, encarándose con su esposo:

--Nada de esto sucediera si no fuese vuestra cobardía. Poco falta ya

para que nuestros hijos se acuchillen en vuestras barbas.

El hidalgo bajaba cada vez más la cabeza, y sus manos frotaban

nerviosamente los brazos del sillón.

Doña Urraca prosiguió:

--¿Qué sangre villana lleváis en esas venas, señor, que no os deja

volver por la honra de vuestra casa?

Herido por aquel ultraje, el hidalgo atiesó de pronto su cuerpo.

--Ya os he dicho mil veces, señora--replicó levantando la frente y

mostrando sus ojos humedecidos,--que mi sangre es tan clara y tan limpia

como las mejores de España. El señor canónigo que está aquí presente, y

que conoce harto bien mi abolengo, podrá atestiguallo. ¿Por

ventura--agregó poniéndose en pie--es cosa de nada un linaje que viene

de Sancho de San Vicente y de doña María de la Cerda, y que cuenta con

dos condestables de Castilla?

Su mujer le respondió con una sonrisa, entreabriendo apenas un extremo

de su boca. En seguida, y habiéndose despedido del lectoral, levantó su

preciosa mano, exornada de randas, y, mirando en los ojos a los

mancebos, díjoles con imperio:

--Vosotros seguidme.

Volvió las espaldas, segura de ser obedecida, y desapareció. Los dos

hermanos se fueron tras ella, y durante unos segundos oyose alejarse por

el corredor el golpeteo de las espuelas.

Cuando el canónigo, ansiando retirarse, preguntó a don Felipe si podía

decentar, desde luego, el asunto de la pesquisa, el cuitado señor tardó

un buen rato en darse cuenta de la consulta. Meneó, por fin, la cabeza

afirmativamente y le dijo que ponía, del todo, en sus manos aquella

delicada misión.

Al hallarse de nuevo, sin testigos, don Felipe sacó de la faltriquera un

viejo rosario y, besando la cruz repetidas veces, púsose a sollozar como

una mujer.

La gloria de don Ramiro una vida en tiempos de Felipe segundo · 第 17 / 50 题