El señor Felipe de San Vicente, individuo del Consejo de las órdenes,
Comisario de la Santa Inquisición y antiguo gentilhombre del Rey,
recibió cordialmente al canónigo, tomándole una y otra mano en las
suyas. Luego, después de haber echado los cerrojos a las puertas,
preguntole con brusquedad y misterio:
--¿Podría vuesamerced, señor canónigo, indicar algún hombre seguro para
una dificultosa misión en servicio de Su Majestad y del reino? Advierta
vuesamerced--agregó--que debe ser de harta limpieza de sangre, de mucha
religión, de mucho ardid y denuedo, y joven, cuanto posible, de suerte
que sus idas y venidas puedan achacarse a un amorío, por ejemplo.
El lectoral comenzó a estrujarse el labio inferior, como si buscara
arrancarse por aquel medio el nombre propio que convenía. De pronto,
después de breve silencio, sus ojos se llenaron de claridad y respondió
con viveza.
--Sí, tal. Ya le tengo.
--Conozco a vuesamerced, y doy, desde luego, por seguro, que habrá
escogido con acierto--replicó entonces el hidalgo, acostándose, casi, en
el sillón y estirando hacia el brasero sus piernas metidas en calzas de
velludo pardo.
En seguida, con verbosidad soñolienta, entrecortada sólo por los ásperos
esfuerzos con que descargaba de rato en rato su garganta, fuele diciendo
que, según recientes averiguaciones, los moriscos preparaban un
levantamiento general en todo el reino, y que era menester sorprenderles
con las manos en la masa.
--Tenemos sospechas--agregó--de que en esta ciudad existe un escondite
de conspiradores, donde continuamente se reciben mensajes sediciosos de
Aragón y Valencia. Pero todo esto, señor canónigo, precisamos saberlo
con certeza, pues la mayoría del Ayuntamiento aboga por ellos, y
abundan en toda España señores de título que, por no ver sus tierras
abandonadas, les tienden solapadamente la mano.
Dijo luego que la Junta de Madrid acababa de encomendarle, sin atender a
su edad y a sus dolencias, aquella difícil misión, que él quería
compartir con un hombre de iglesia, cuyo especial ministerio le pusiera
en mejores condiciones para conocer las dotes o defectos de algún vecino
de la ciudad. Con la voz cada vez más ronca y más baja, pasó luego a
explicar las instrucciones que el canónigo debía transmitir a su agente.
El mismo se narcotizaba con su propio discurso. Ya era imposible
comprenderle. Su palabra vacilaba, se extinguía. Entonces, escupiendo,
por última vez, dobló la cabeza sobre el hombro, y quedose dormido.
El lectoral no supo qué hacer. Los cerrojos estaban echados y las mechas
del velón crepitaban en ese momento, amenazando apagarse. No había,
tampoco, un solo libro sobre la mesa, y él había olvidado su breviario.
Pensó entonces que no hay situación en la existencia que resista a un
esfuerzo superior de filosofía y, olvidando la circunstancia y la hora,
púsose a contemplar a aquel hombre de obscuro entendimiento que, había
logrado fácilmente los altos honores, hasta ser uno de los más
influyentes personajes de la comuna, tenido en gran predicamento por el
Rey. Su estatura era menos que mediana, su espalda un tanto jibosa, su
barba rojiza. Había en todo su rostro una tristeza cómica de bufón. Su
labio inferior se alargaba hacia afuera con lúbrico y tembloroso gesto.
La estirpe de los San Vicente era antigua en la ciudad, aunque no de las
más ilustres y encumbradas. Arrancaba, sin embargo, de una María de La
Cerda y exornaban su árbol genealógico Juan Mercado, primer caballero de
Milán, Tomás de San Vicente, llamado _el Valeroso_, y, sobre todo, Ruy
López de Avalos, condestable de Castilla. Los caballeros de su nombre
podían reposar, por remoto privilegio, en el crucero de la iglesia de
Santa María del Castillo, en Madrigal, favorecida por una capellanía
del Condestable. Así también, en Avila, tenían derecho a ser enterrados
en la parroquia de Santo Tomé, donde existe la capilla de su linaje; en
Santo Tomás el Real, dentro mismo del templo; y en los lucillos de San
Vicente, en cuya iglesia estaban pintadas las armas de aquella familia
sobre los asientos de la capilla mayor, según uso calificado y antiguo.
Al observar la barba de Don Felipe, aquel rojo vellón donde la luz del
aceite ponía ahora toques purpúreos, el canónigo pensó en las razas
antiguas venidas hasta la Iberia desde los mares tempestuosos del Norte;
y cerrando, a su vez, los ojos, soñó con repugnancia en bárbaros rubios
y en carnosas hembras desnudas, con cabelleras color de naranja, como
señaladas, desde entonces, por un reflejo infernal.
De pronto, la puerta se sacudió con estrépito, y oyose en el corredor
una voz desesperada que comenzó a gritar:
--¡A mí! ¡A mí! ¡Socorro! ¡Soy muerto!
El canónigo saltó del asiento, descorrió el cerrojo y abrió. Era un
lacayo. El infeliz, con el semblante blanco como el yeso, sin soltar de
sus manos una silla de montar, cubierta de terciopelo azul, fue a
arrojarse a los pies de su señor.
--¿Qué sucede?--preguntó mal despierto el hidalgo.
--Es don Pedro, don Pedro que me busca para acuchillarme. ¡Agora llega,
ahí está!--agregó el lacayo, señalando hacia el corredor y temblando de
pies a cabeza como endemoniado.
En efecto: instantes después, entró el hijo segundo, loco de ira y la
boca contraída por una mueca de exterminio. Al topar con el sacerdote
levantó la mano derecha hacia atrás y la lumbre del candil hizo
centellear, en el aire, su larga espada desnuda.
El Señor de San Vicente meneó de un lado a otro la cabeza, con sonrisa
agria, dolorosa. Entonces el segundón acercose al lacayo y pinchole el
rostro con el acero.
--¡Teneos, en nombre de Cristo!--gritó reciamente el canónigo, asiéndole
el brazo.
El mancebo se contuvo y envainó la hoja de golpe, mientras el criado
examinaba su propia sangre en los dedos.
--No bastaba que fuese yo el desheredado, el estorbo, el hijo maldito,
sino que agora les es permitido a los criados de mi hermano hacer mofa
de mí--rugió el segundón, mirando de hito en hito a su padre y
recorriendo a trancos la cuadra.--Vuestra es la culpa, señor, que me
habéis rebajado a la par de la servidumbre. El mayorazgo, los honores,
las caricias, todo es poco para Gonzalo. Precisáis, además, cubrille de
joyas, como a un santo milagroso, dalle todo lo bueno; el mejor caballo,
la espada más rica, y gastar en sus galas más de lo que podéis. ¡Oste!
Ha poco le disteis el medallón de los rubíes, luego vuestra daga de oro
y un talabarte bordado, ¡y a mí nada, nada!, y me dejáis andar por la
ciudad pobre y andrajoso como un villanejo. Para un hermano el festín,
para el otro el hueso y la asadura. ¿No nos parió ¡voto a Cristo! el
mesmo vientre?
Afeminando la voz de modo burlesco, continuó:
--Idos a América o a Flandes, hijo mío, o entrad más bien en la Iglesia,
y os daremos nuestra capellanía de Santa María del Castillo, en
Madrigal: es lo que me decís todo el año. Pero aquesto no basta. Sabéis
harto bien que soy amado de Beatriz desde niño y queréis asimesmo que le
deje la dama a mi hermano. Es con ese pensamiento que me dejáis podrir
sobre las carnes estas ruines bayetas, para que no pueda mostrarme ante
mujer alguna. Mirad esta espadeja si no parece de vil estudiante. ¡Ah!,
pero ruda y basta como es, sabrá vengar el entuerto. ¡Oste! Hace un año,
señor, que os pedí un arnés para el rocín, y ni esto--exclamó, haciendo
sonar la uña del pulgar en los dientes.--Agora os llega este caparazón
y, despreciando mi demanda, se lo mandáis a él, que ya tiene sobrados.
Todavía este puerco--exclamó señalando al lacayo--me lo enseña de lejos
con sorna; se lo pido para mirallo, y echa a correr dando voces.
Don Felipe seguía moviendo, de tiempo en tiempo, la cabeza, sin levantar
la mirada.
--¡Ah, señor!--prosiguió el segundón--la postre no os sabrá tan dulce
como esperáis, ¡No! ¡No!--gritó bruscamente, golpeando con el tacón en
el suelo y dando dos alaridos que resonaron de trágica manera,
semejantes a la voz de un demente. Una de sus calzas se desató, dejando
desnuda su pierna muy blanca y vellosa.
Esta vez el hidalgo se atrevió a decir:
--Calmaos, hijo; es la dura ley de la nobleza: sois el segundo. En
cuanto a Beatriz, vos mesmo sabéis que ama a Gonzalo desde la infancia.
El mancebo fue a ponerse casi en cuclillas delante de su padre, y cara a
cara, con los ojos fulgurantes y con voz ronca, aciaga, terrible, volvió
a gritar:
--¡No! ¡No!...
En ese momento entraba el hijo mayor. Su venera, su espada, el joyel de
la gorra, chispeaban en la penumbra. Al moverse dejaba oír rumores de
metal y de seda.
--Seguro estoy--dijo soberbio, increpando a su hermano, después de haber
saludado al canónigo--que reñíais a nuestro padre.
--Así es verdad--contestó el hidalgo;--me reñía porque os enviaba ese
caparazón, con que me obsequia el alcalde de Toledo.
El lacayo se adelantó a ofrecérselo. Las armas de la familia estaban
bordadas, a uno y otro lado, con sedas multicolores, sobre el terciopelo
turquí, y, en toda la tela, el aljófar perlaba como cuajado rocío los
arabescos de plata y de oro.
Ante aquel precioso jaez, el mayorazgo olvidó un momento a las personas
que le rodeaban y pareciole verlo recubriendo su caballo valenzuela. El
rostro de Beatriz, tras las celosías cruzó por su espíritu. Luego, como
despertando:
--Dejalde, padre, que se atosigue con su propia ponzoña--exclamó.--Peor
para él si no sabe aceptar su condición.
Esta frase, lanzada con arrogante menosprecio, fue como un fustazo en
las orejas de un tigre. El segundón, tendiendo en el aire sus manos
crispadas por el ansia fratricida, lanzó de su boca fiero torrente de
insultos y amenazas incomprensibles; mientras el mayorazgo, inmóvil y
descolorido, le miraba con sonrisa convulsa, la mano derecha en la daga.
De pronto, al escándalo de las voces, doña Urraca, la mujer del hidalgo,
apareció en la puerta cual brusca visión. Todos volvieron el rostro
hacia ella. Un silencio glacial se produjo en la estancia. ¡Hembra grave
y hermosa! Una red de perlas le aprisionaba el retinto cabello. Su tez
era pálida y morena, su empaque soberbioso. Hubiérase dicho una flor de
hierro.
--¿Qué pensará vuesamerced--exclamó, dirigiéndose al lectoral--de tamaña
vergüenza?
Luego, encarándose con su esposo:
--Nada de esto sucediera si no fuese vuestra cobardía. Poco falta ya
para que nuestros hijos se acuchillen en vuestras barbas.
El hidalgo bajaba cada vez más la cabeza, y sus manos frotaban
nerviosamente los brazos del sillón.
Doña Urraca prosiguió:
--¿Qué sangre villana lleváis en esas venas, señor, que no os deja
volver por la honra de vuestra casa?
Herido por aquel ultraje, el hidalgo atiesó de pronto su cuerpo.
--Ya os he dicho mil veces, señora--replicó levantando la frente y
mostrando sus ojos humedecidos,--que mi sangre es tan clara y tan limpia
como las mejores de España. El señor canónigo que está aquí presente, y
que conoce harto bien mi abolengo, podrá atestiguallo. ¿Por
ventura--agregó poniéndose en pie--es cosa de nada un linaje que viene
de Sancho de San Vicente y de doña María de la Cerda, y que cuenta con
dos condestables de Castilla?
Su mujer le respondió con una sonrisa, entreabriendo apenas un extremo
de su boca. En seguida, y habiéndose despedido del lectoral, levantó su
preciosa mano, exornada de randas, y, mirando en los ojos a los
mancebos, díjoles con imperio:
--Vosotros seguidme.
Volvió las espaldas, segura de ser obedecida, y desapareció. Los dos
hermanos se fueron tras ella, y durante unos segundos oyose alejarse por
el corredor el golpeteo de las espuelas.
Cuando el canónigo, ansiando retirarse, preguntó a don Felipe si podía
decentar, desde luego, el asunto de la pesquisa, el cuitado señor tardó
un buen rato en darse cuenta de la consulta. Meneó, por fin, la cabeza
afirmativamente y le dijo que ponía, del todo, en sus manos aquella
delicada misión.
Al hallarse de nuevo, sin testigos, don Felipe sacó de la faltriquera un
viejo rosario y, besando la cruz repetidas veces, púsose a sollozar como
una mujer.