IX

Al comenzar el invierno de aquel año, la madre, ansiosa de ver a su hijo

en el regazo de la Iglesia, resolvió apresurar sus estudios para

enviarle, en cuanto fuera posible, al «Colegio del Arzobispo», en

Salamanca.

Ramiro no había tenido hasta entonces otros maestros que la misma doña

Guiomar para las primeras letras, y, más tarde, para los rudimentos de

la gramática latina, un religioso franciscano del convento de San

Antonio. Aquel fraile, de unos setenta y cinco años de edad, no era

escaso de luces; pero, como estaba de despedida en la tierra, tomaba la

tarea de la enseñanza con tolerante desdén, amodorrándose a menudo en

las lecciones. Solía decir a su discípulo:

--Pregunta, pregunta, hijo mío, que no he de ser yo quien te esconda lo

poco que he cosechado en los libros; pero no olvides que de nada te han

de valer en Purgatorio estas migajas de ciencia que nos dejaron los

sabios cristianos y gentiles.

Buscaba siempre inculcarle el desprecio del mundo, y poseía para ello,

como pocos, la elocuencia del ascetismo. Cuando hablaba de las glorias

terrenas y de nuestro breve paso mundanal, su discurso, lleno de

monástica ironía, se instalaba en el ser, cual frígido narcótico,

adormeciendo las ansias. Decíase que más de uno, al escuchar sus

sermones, había corrido a un monasterio a pedir un sayal y una celda.

Para él, fuera de la penitencia y la plegaria, todo era polvo y ceniza

en este mundo, y nuestra prolija ambición una telaraña tejida sobre el

nido de un ave que duerme.

Hacíale traducir de ordinario a Ramiro los capítulos del Kempis. De

esta suerte el mancebo recogió en el fondo del alma aquellos acentos de

soledad, de sublime desprecio, de voluptuosa inmolación.

En los fondos de la Catedral, después de atravesar el reducido patio

donde se encienden los incensarios y se cocina el chocolate canonjil,

súbese por una escalera de pino a una serie de estancias siempre

obscuras. En una de ellas, de dos a cuatro de la tarde, a la luz de un

velón de tres mechas, y con los pies apoyados en la tachonada tarima de

un brasero, comenzó Ramiro a escuchar las lecciones del nuevo preceptor

que su madre acababa de escogerle por indicación del mismo padre

franciscano.

Llamábase Lorenzo Vargas Orozco y era canónigo lectoral de la Iglesia

Mayor. Conocía a don Íñigo y a su hija desde una mañana en que fue

llamado a presenciar, en medio del corral, la quema de los libros

arábigos. Su padre había muerto heroicamente, como capitán de

arcabuceros, en la guerra de Flandes. Era de aventajada estatura. Los

ojos grandes y algo salientes. Los cañones de la barba, casi siempre a

medio rapar, daban un tinte azul a toda la parte baja del rostro. Los

demás canónigos le envidiaban, entre otras cosas, sus hermosos ademanes

en el púlpito y aquella bizarría con que manejaba el manteo, aquellos

sus diversos estilos de arrebozarse con él y de derribarlo de súbito, a

modo de capa soldadesca, como quien va a desnudar varonilmente la

espada.

Su primera lección fue un verdadero pórtico de sapiencia. De pie en

medio de la estancia y señalando sobre su escritorio un apilamiento de

gruesos volúmenes forrados en pergamino, prorrumpió:

--Aquí tenéis, hijo mío, guardado como en pellejos, todo el zumo de la

verdad humana y divina. Mi largo peregrinar por el mundo filosófico me

ha hecho concluir que todo lo que sea apartarse de esta enseñanza del

«Angel de las Escuelas» equivale a descarriar el entendimiento, con

harto peligro de caer de bruces en la herejía.

Ramiro meneó la cabeza afirmativamente sin comprender, y dirigiendo la

mirada hacia los infolios vio que todos ellos llevaban el mismo título:

_Summa Theologica_, en gordas letras antiguas.

--Esta obra, este monumento, este tabernáculo--prosiguió el

canónigo--resume también, probado y purificado, es cierto, en el crisol

de Santo Tomás, todo el saber del Estagirita; pero, a fin de formaros en

la veneración de este otro filósofo admirable y defenderos contra

ciertas ideas que corren como peste por las aulas, quiero leer agora, a

guisa de _vestibulum_, un opúsculo que acabo de componer contra Pedro

Pomponacio y algunos españoles que, siguiendo la singularidad de

Alejandro Afrodiseo, afirman que Aristóteles sintió y escribió que el

alma racional muere con el cuerpo.

Quitando primero la despabiladera que señalaba la página, tomó de encima

de la mesa un cuaderno manuscrito. Luego sentose junto al velón, calose

las gafas y comenzó la lectura de su apología peripatética.

Ramiro no pudo disimular su aturdimiento. Su semblante denotaba a las

claras el vértigo.

--No os importe--le dijo el canónigo al terminar--si de esta primera vez

no cogisteis el sentido. Mañana habrá lectura aclaratoria.

Había sido colegial trilingüe en Salamanca, estudiando después artes y

teología. No había quizás en toda España otro Lectoral que conociese

como él la Sagrada Escritura. Sus explicaciones del Antiguo y Nuevo

Testamento, todos los lunes y viernes, atraían a la iglesia a los más

doctos seglares de la ciudad y a muchos estudiosos de los conventos. ¡Y

qué controversista! Ninguno de sus colegas de Cabildo podía seguirle a

través de sus _primos_ y _secundos_, de sus _ergos_ y _distingos_.

Tomaba la proposición del adversario, y en un dos por tres, con

ultrajante sonrisa, se la hacía picadillo bajo aquella arte cisoria de

la dialéctica que él manejaba de asombrosa manera; pero si al dejar caer

su conclusión el contrincante no se declaraba vencido tornábase al

pronto injurioso y mordaz, el labio se le crispaba hacia fuera, los

ojos se le hinchaban de cólera, y era sabido que aquella mano, que

dejaba caer la bendición desde el altar, había zamarreado del alzacuello

a más de un eclesiástico.

Si bien no estaba dotado de una mirada filosófica precisa y penetrante,

si no era capaz de esos aletazos del espíritu que sacuden la telaraña de

la rutina, su concepto teologal tenía la solidez de un peñasco. ¿Quiénes

eran los constructores de la doctrina que él profesaba? Aristóteles, los

Padres de la Iglesia Latina, Santo Tomás. Pensar que algún hombre

moderno pudiera enmendar a aquellos maestros sublimes era demencia.

¿Cuál había sido el credo filosófico sobre el cual España fundara su

envidiada grandeza? Aquél, y no otro... _Ergo_! Pero él conocía

demasiado el oculto propósito de las nuevas doctrinas, y en cuanto a los

que combatían en España los principios de los escolásticos, los que

negaban la autoridad de los antiguos maestros, las especies

inteligibles, los fantasmas de la representación y hasta la inmortalidad

del alma racional, no eran sino aliados del extranjero o instrumentos

del Demonio.

El veía a España acechada por innumerables enemigos. Dado que no era

posible vencerla en guerra franca y varonil, buscábase ahora minar

aquella unidad religiosa que la hacía invulnerable introduciendo en su

seno la disputa, la secta, el desorden. Herirla en su fe era enfermarle

el vigor. La herejía era más temible que todos los ejércitos. La herejía

era el rejalgar que, una vez en la entraña, daba al traste con la más

firme entereza, y, según él, ya el tósigo estaba en parte sorbido.

Valladolid era un foco de luteranos. Salamanca, un seminario de herejes.

Los discípulos de Valdés y de Ramus, los secuaces de Erasmo y de Lutero

eran asaz numerosos. Su antiguo condiscípulo Francisco Sánchez, _el

Brocense_, lanzaba una sucia palabrota contra Santo Tomás, cuando se

invocaba su autoridad sublime en las disputas. El Cardenal Arzobispo de

Toledo, Bartolomé Carranza, luteranizaba en su _Catecismo Cristiano_.

Había llegado, pues, ese instante supremo en que una batalla se pierde

por una pausa de la voluntad. No era el caso de discutir proposiciones,

sino de extirpar de cuajo las bubas aquellas y cicatrizarlas para

siempre con el fuego purificador. Nada de complacencias, ni melindres.

¡La podrido a la hoguera, y amén!

¡Ah! ¡qué sería de España si llegara a verse desgarrada por una guerra

de religión como las naciones del Norte! Sus enemigos no dejarían

escapar la coyuntura. El francés se daría la mano con el turco, Flandes

se entendería con Albión, para el caso; y todos, a un tiempo, se

lanzarían sobre ella, desjarretándola por la espalda traidoramente, por

medio de un levantamiento general de los numerosos moriscos de Aragón y

Andalucía, que no esperaban otra cosa que una señal extranjera.

El canónigo encontraba que el Santo Oficio alargaba por demás los

procesos. Era menester no perder un instante y no olvidar que la

responsabilidad de España ante el Señor era mucho más grave que la de

cualquier nación de la tierra, pues todo la señalaba como al pueblo

elegido, como al moderno Israel. El Altísimo manifestaba su elección, no

sólo en los triunfos que le acordaba, sino también en las plagas y

desastres con que castigaba sus desfallecimientos. El hambre y la

bancarrota que la afligían al presente, así como la pérdida de la

Invencible Armada, ¿qué eran sino los azotes provocados por su

tolerancia con los moriscos y los herejes? Roma era para Dios su solio

en el mundo; España, su hierro, su diestra siempre armada, su ejército

de arcángeles. Roma era la ciudad de Pedro, del Pontífice y del mártir.

España, la hueste de aquel Santiago Apóstol que hacía cruzar al fin de

las batallas su visión ecuestre y vengadora, esparciendo el pavor entre

los infieles. Pero el día en que España volviese el rostro al Señor los

enemigos entrarían pisoteando la sangre de sus mujeres y sus párvulos,

como los soldados de Tito en Jerusalén.

Y a pesar de aquellas duras ideas, Vargas Orozco era hombre de una

bondad profunda. Vivía la vida como un rancio hidalgo español, con el

fondo del alma. Todo cuanto no era preciso a su modesto vivir lo

derramaba en limosnas. Interesábase con sensible corazón en las más

prolijas aflicciones de los demás, y, ante las desgracias de familia,

que su ministerio le obligaba a presenciar de continuo, se le veía

sollozar a la par de los deudos, pronunciando patéticas palabras que se

grababan en la memoria de todos como tierno y docto epitafio. Pero

cuando se entraba en el terreno de las grandes culpas colectivas, cuando

se tocaba a los sagrados mandamientos o al dogma, su corazón se cerraba

como un puño. Impregnado, desde joven, del espíritu del _Antiguo

Testamento_, vibraba él mismo esa justicia rencorosa, inexorable,

tremenda, que parece rugir como un trueno a través de los versículos.

Allí millares de vidas humanas eran trituradas por Jehová para salvar un

rito o expresar un precepto. Para Vargas Orozco los hombres eran

comparables a vasijas de barro, las cuales no valen sino por lo que

guardan, y que, una vez que se impregnan de una materia corrupta,

conviene destruirlas y hacer otras nuevas.

Su espíritu de mortificación era grande y su severidad de costumbres

tanto más meritoria cuanto que se veía continuamente acosado por tenaces

tentaciones, que el Demonio hacía surgir con preferencia de los mismos

pasajes de la Escritura, revestidas de suntuosidad y desprendiendo un

olor raro y voluptuoso de Oriente.

Noche y día rondaba el Tentador en torno de su alma. A veces, en las

horas de estudio, el canónigo creía percibir una ala membranosa y

repugnante que aventaba las cenizas del brasero, que se chamuscaba en la

llama del candil, que volteaba de un golpe el reloj de arena sobre sus

escritos. Pero era, sobre todo, durante la noche, en el lecho, antes de

dormirse, cuando el lectoral libraba sus combates acerbos. Un mismo

súcubo, terrible de sedosidad y de hermosura, se deslizaba junto a él,

bajo las mantas, haciéndole correr por sus carnes un goce diabólico,

largo contacto odioso y dulcísimo que los rezos continuados no lograban

desvanecer. Otras veces una mano invisible descorría colgaduras de

alcobas. ¡Alguna enjoyada desnudez le esperaba a él, sólo a él, en el

sosiego de la noche; sus cabellos olían como un perfume derramado y su

rostro, su precioso rostro era el de alguna hija de confesión!

¡Qué batallas, qué luchas aquéllas! Mientras el espíritu clamaba de

horror, la carne traidora se refocilaba en un baño de deleite.

Arrojábase entonces al suelo, y descolgando las disciplinas, se

castigaba con ellas hasta quedar cubierto de sangre, como el Señor en la

columna. Pero apenas volvía a cerrar los ojos para dormirse, el Maldito,

variando su magia, hacíale experimentar de manera poderosa, invencible,

el vértigo de la soberbia. Ora le ensayaba sobre su cráneo de sacerdote

la mitra demasiado estrecha o el capelo demasiado justo; ora la triple

tiara pontificia, que parecía fabricada en un todo para su cabeza, única

y sublime. Una aclamación de multitud universal estallaba a sus pies, y

sentíase flotar, excelso y rígido, sentado en un trono resplandeciente.

Luego, abolida la voluntad durante el sueño, acudía en cuatro pies a las

bocas pintadas de las sacerdotisas idólatras, que, extendidas bajo los

cedros, temblaban de lujuria como panteras...

* * * * *

Si al llegar a la Catedral le decían que el canónigo no se había

levantado aún de la siesta, Ramiro esperaba paseándose por las naves. A

aquella hora la iglesia estaba casi siempre como hechizada de quietud y

de silencio. El solo rumor de un escaño que removía el sacristán,

provocaba un eco prolongado y enorme. Una sombra terrosa y centenaria

dormía al pie de los altares, entre las columnas, sobre las lápidas.

¡Cuán dominante misterio desprendían para él los sitios obscuros de la

iglesia, aquellas capillas graves, aquel ábside pardo y polvoriento

donde siempre reinaba una penumbra sepulcral! Los años se amontonaban

allí dentro, unos sobre otros, insensiblemente, como hojas de un

infolio.

Ramiro hollaba las losas con respeto profundo, y su espíritu se henchía

de una abstracta emoción de majestad y de muerte al recorrer las

inscripciones de los enterramientos. Algunos guardaban personajes

completamente olvidados, y decían apenas: «Don Cristóbal y su mujer»,

«Alonso», «Doña Bona»... Durante muchos años dichos nombres tuvieron

quizás ilustre elocuencia; pero ahora eran menos aun que el hueso suelto

que nuestro pie remueve en los osarios.

En cambio, sus ojos descifraban con orgullo nombres de eclesiásticos y

caballeros de su propio linaje: «Sepultura del muy virtuoso Señor Don

Nuño Gonzalo del Aguila, arcediano de Avila...» «Aquí yace el noble

caballero Gonzalo del Aguila...» «Aquí yaze el honrrado caballero Diego

del Águila, que Dios aya...»; y, al mirar el ave simbólica esculpida

como una divinidad doméstica en los blasones de piedra, parecíale que

una voz de otra vida le incitaba a la dominación y a los honores.

Otras veces, por el contrario, su ánimo daba un vuelco repentino, al

recordar, ante aquel aniquilamiento de todos los afanes del hombre bajo

una piedra roída, las palabras de su madre y del monje franciscano sobre

la vanidad y la ambición. Pensaba entonces que él mismo no era sino un

fuego fatuo escapado de aquellos huesos ancestrales y destinado a vagar

un instante en la noche del mundo. No había, pues, cosa mejor que vestir

el penitente sayal y preparar, entre cuatro paredes desnudas, la

salvación eterna.

En ocasiones, cuando el tiempo alcanzaba, subía a las torres. Holgábale

contemplar la ciudad y la campiña desde las ventanas del campanario, y

sus ojos solían detenerse en cierta mansión, unida a los muros, hacia la

parte del Norte. Cierta vez descubrió un puntillo movedizo, un

cuerpecito minúsculo que atravesaba el huerto, subía los escalones del

torreón, y se asomaba luego a las troneras. Era ella seguramente. El no

había querido volver a la casa de don Alonso, y se había jurado olvidar

a Beatriz para siempre. Con cuán victorioso despecho preguntábase

entonces: ¿Cómo el alma del creyente podía correr en pos de un grano de

vida como aquél, de una migaja de sensualidad efímera, y a veces

emponzoñada, si Dios le ofrecía desde el cielo los goces infinitos y

eternos?

Tales sentimientos comenzaban a abrirse hondo cauce en el alma de

Ramiro, cuando su mismo maestro trajo la primera perturbación al abordar

de lleno el tema de las tentaciones. Explicó el origen y la naturaleza

del Demonio, la transformación horrible de sus formas angélicas al caer

del cielo a los infiernos. Distinguió la bestialidad: _omnem concubitum

cum re non ejusdem speciei_, de la demonialidad o _copula cum Dæmone_,

que algunos teólogos confundían, y disertó, en fin, largamente sobre el

comercio con los íncubos y súcubos de donde, _aliquoties nascuntur

homines_.

--Y es de este modo--afirmaba--como debe nacer el Anticristo, según un

gran número de doctores, y como nacieron Rómulo y Remo, según Tito

Livio; Platón el filósofo, según San Jerónimo; Alejandro _el Grande_,

según Quinto Curcio; el inglés Merlín, engendrado por un íncubo en una

religiosa hija de Carlomagno; y, para decirlo todo, el maldito

heresiarca que llevaba el nombre de Lutero.

Era menester mucha cautela.--La tentación--decía--palpita por doquier.

Todo es arma y cebo para el Demonio.

Un día que Ramiro le llevó en obsequio una hermosísima pera, en un

cestillo de mimbre, el lectoral comenzó a saborearla sin quitarle la

piel. Era una pera de las que llaman calabaciles por su doble turgencia.

De pronto, al hincar su mordedura en la parte más gruesa, hizo un gesto

espantoso y arrojó la fruta al corredor, sacudiendo los brazos y

exclamando:--_¡Vade retro, vade retro!_ El Enemigo acababa de mostrarle

en aquella poma ceñida y abultada las formas de la mujer.

Desde entonces el mancebo comenzó a vivir en una inquietud imprevista, a

concebir la virtud más difícil y a experimentar en toda su carne,

tranquila hasta entonces, un hormigueo de instintos que mareaba por

instantes su cerebro como vapor de cubas en el lagar.

Una tarde fría de febrero, al retirarse de la lección, y después de

haber oído leer a su maestro un docto comentario sobre el _Cantar de los

cantares_, Ramiro topó con Aldonsa junto al pilar de la escalera. Ella

le invitó a subir a la torre. Un instante después uno y otro escalaban

los peldaños. De pronto la campanera se detuvo y arrimó la luz del farol

al rostro del mancebo. Ramiro se detuvo también, y su mano temblorosa

reconoció que la moderna Sulamita había puesto en libertad «los

cervatillos mellizos» del cantar.

Allí se deshojó su doncellez, sobre aquellos escalones tenebrosos, donde

dormía un olor sagrado de cirios y de incienso.

Al levantar los ojos para pedir perdón por su horrible pecado, hallose

frente a frente con la figura del campanero, que, cinco o seis escalones

más arriba, esperaba impasible, sosteniendo en la mano encendido candil.

¿Qué tiempo hacía que estaba allí? Ramiro le miró naturalmente y comenzó

a descender, en la sombra, palpando los muros, sin pronunciar vocablo.

Una vez afuera caminó con nueva arrogancia. La brisa que llegaba por la

calle de la Muerte y la Vida oreaba en su labio un dejo impuro y febril.

X

A los diez y siete años, merced a un precoz desarrollo, Ramiro tomó un

aspecto recio y adulto. Su ceño altivo, así como sus anchas espaldas,

imponían, a todo el que hablaba con él, un trato ceremonioso.

Generalizaba ahora el pensamiento, buscaba el oculto sentido de cada

apariencia, creía descifrar, con juvenil soberbia, los enigmas supremos.

Llevaba demasiado largo, en contra del uso, el renegrido cabello, y su

tez, extremadamente pálida, como si la constante meditación le

enflaqueciera la sangre, recordaba esa misteriosa blancura que la luna

pone en el mármol.

El, que esperó encontrar en el canónigo un consejero de humildad,

recibió de su verbo la brasa viva de la ambición. El nuevo maestro

interrumpía a menudo sus lecciones para historiarle los grandes hechos

de aquel ilustre linaje de los Aguila, fundado por el adalid Sancho de

Estrada, venido de Asturias; y nombrábale también guerreros admirables,

hijos de aquella ciudad que, aunque pequeña, representaba en España el

primer seminario de honra y caballería. En todas partes los avileses se

señalaban por su don de mando y su saña en la lucha. Sancho Dávila,

apellidado _El rayo de la guerra_, servía ahora de ejemplar a los

flamencos.

--¡Quién pudiera devolverme mi mocedad y darme algunos años de la vida

gallarda y desembarazada del soldado!--exclamaba el canónigo.

No quería decir con esto que estuviese arrepentido de la nobilísima

carrera a que le había inclinado su constelación, no, mil veces. Pensaba

tan sólo que con un coleto de ante, un morrión y un acero toledano,

escogiendo a su guisa las comarcas, hubiera hecho mucho más en bien de

la Santa Fe Católica que dejando correr sus días atado con cordeles de

calumnia y de estulticia a una poltrona canonjil. Confiole a Ramiro, sin

rodeos, las sordideces y mezquindades de aquella asfixiante existencia

de sacristía, y díjole el furor y la insólita crueldad con que todos sus

colegas se habían ligado en contra suya cuando se trató de ofrecerle una

silla episcopal.

--Los muy bellacos y alicortos--decía--barruntan que apenas el águila

se encarame y pueda hender el espacio, volará muy alto, muy alto.

El anhelo impaciente de una mitra era ahora más fuerte que su virtud y

el gran pecado de su alma.

Dominado por la reverente admiración que profesaba a su maestro, y

habiéndole entregado desde los primeros días todo su ánimo, Ramiro miró

derechamente la senda que señalaba aquella mano sacerdotal. Ya no dudó

que en la carrera de las armas, siguiendo el ejemplo de sus antepasados,

pudiera ser tan útil a Dios y a la Santa Iglesia como en el claustro o

en el púlpito. Diose entonces a descifrar los añejos pergaminos de su

familia y a leer la historia de los grandes capitanes de Roma y España.

Al pronto, las representaciones de su propio porvenir se confundieron y

conformaron a los grandes episodios antiguos. Alucinado por la lectura,

llegaba a creerse, él mismo, el héroe de la narración. Fue sucesivamente

Julio César, el Cid, el Gran Capitán, Hernán Cortés, don Juan de

Austria. Al tomar en sus manos _Los Comentarios_, era él quien conducía

las cohortes a través de las Galias; pero, en los _idus_ de marzo, más

sagaz que el dictador, atisbaba la traición de Junio Bruto y,

escondiendo una espada bajo la toga, entraba a la Curia y mataba uno a

uno a los conjurados. Vencía a los moros en innúmeras batallas, brindaba

a la España el reino de Nápoles o el imperio de Moctezuma; y, por fin,

de pie en el castillo de una nave inverosímil, destruía para siempre

toda la flota del turco, en un nuevo Lepanto prodigioso, que su

imaginación soñaba según las estampas.

El resultado fue que llegó a creerse elegido por Dios para continuar la

tradición de las glorias inolvidables. Suprimió de su campo mental lo

mediano, lo prolijo, lo paciente. Todo lo que no era súbito y heroico le

dejaba impasible, sintiendo en sí mismo una confianza, una certidumbre

absoluta de alcanzar de un golpe los honores más altos y de llegar a

ser, en poco tiempo, uno de los primeros paladines de la Fe Católica en

la tierra.

Una tarde, sentado sobre una peña en la hondonada que corre entre el

Convento de la Encarnación y los muros de la ciudad, Ramiro, dejaba

rodar sus pensamientos.

Aquel sitio único exaltaba su alma, haciéndole escuchar, en su ilusión,

gritos de guerra, suspiros de éxtasis.

Jubilosa coloración de oro húmedo brillaba en las colinas. Había llovido

hasta las tres de la tarde, y la tempestad se alejaba hacia el naciente,

abriendo grandes claros de nácar etéreo. Caprichoso penacho de nubes

doradas y purpúreas se alargaba por encima de la ciudad, conservando

todavía el movimiento de la ráfaga que lo había retorcido. La áspera

muralla reflejaba una amarillez alucinante, que parecía nacer de ella

misma.

Hablábase con insistencia, en aquellos días, de una posible sublevación

de todos los moriscos de España, ayudados por el turco. En algunos

palacios de la ciudad se celebraban frecuentes reuniones, donde se

cambiaban noticias y se discutían pareceres. La casa del señor de la Hoz

era al presente, todos los miércoles y domingos, un hormiguero de

eclesiásticos y grandes señores. Su campaña de la Alpujarra y su

conocido encono contra los falsos conversos señaló, desde el primer

momento, a don Íñigo como un jefe de asamblea. Ramiro pensaba ahora si

de todo aquello no surgiría la ocasión de iniciar su renombre.

Pasaron dos menestrales. El mancebo comprendió que eran oficiales de

cantería por el polvo de piedra que blanqueaba sus manos. Venían

hablando de comida y de jornal:

--Yo, viendo que ninguno se meneaba, me planté como un pino ante el

maestro, e le dije que, con el salario que él nos daba no alcanzábamos a

llenar la olla a los nuestros, e que con la sopa de torrezno y el vil

mendrugo de hogaza que de él recebíamos, se nos iba secando la enjundia.

--¿Qué os respondió?

--Respondió: malos monjes seríais vosotros, picaronazos. Sabed que

haríais morir de envidia a muchos obispos.

--¿Eso dijo?

--Cabal.

--Paciencia, Martín.

Ramiro meneó la cabeza con un gesto de enfado.

Pasó un monje franciscano montado en un borrico ceniciento. Santa

leticia brillaba en su rostro. Su desnuda pierna vellosa asomaba por

debajo del sayal. Castigaba a su caballería con un gajo de bardaguera.

Al buen fraile se le importaba una higa del aspecto de su figura...

Ramiro consideró la fuerza de aquella dicha superior que así se burlaba

de todas las vanidades del hombre.

Vio llegar después una mujer vieja y espigada, la nariz corva, morena la

tez, la mirada abstraída. Su negro ropaje andrajoso estremecíase en el

céfiro como un libro quemado. Caminaba lentamente golpeando el suelo con

el bastón. A pesar de aquel aspecto de miseria, llevaba ambos brazos

ornados de brazaletes de alquimia, y un doble collar de cuentas, que

imitaban la turquesa, caía sobre su pecho. Al llegar junto a Ramiro,

mirole fijamente, apoyando ambas manos en el báculo. El mancebo sacó una

moneda para ofrecérsela. Pero la mujer preguntole:

--¿Sois muslim o castellanuelo?

--Cristiano viejo, por la gracia de Dios--contestó Ramiro.

La mujer rehusó la limosna, y tendiendo el brazo:

--Yo vengo a desengañarvos agora, descreyentes, servidores de las

ídolas--exclamó con voz agorera y fatal.--Echaréis a Agar y a su fiyo,

está escribto, y con ellos irase la dicha. Ya no habrá quien vos riegue

la vega, ni quien enseñoree el arado, ni quien sepa sembrar y recoger,

ni quien os adobe olores finos. El torno, ¿quién sabrá manejallo? ¡Oh!,

los de Islam, estáis con las manos agrillonadas; pero la sufrencia es

buena ventura. ¡Sabed que el paraíso es prometido a los sufrientes y

serán honrados en gradas altas y aventajadas!

Ramiro no pudo vencerse y enseñó la palma para que le predijera su

destino.

--¡Tu jofor, tu jofor!--balbució la morisca.

Pero apenas hubo tomado en las suyas aquella mano delgada y enérgica,

soltola de pronto.

Ramiro, al volver instintivamente la cabeza, hallose con la figura del

canónigo que, de vuelta de la Encarnación, le había reconocido y se

acercaba.

--_Chiromanciam habemus_--gritó el lectoral.

Ramiro sonriose. El canónigo sacó entonces una moneda de plata y se la

alargó a la mujer. La morisca tomola temblando y comenzó a alejarse

lentamente. Un instante después, maestro y discípulo escuchaban el rodar

de la moneda sobre los guijarros.

Entonces, de vuelta a la ciudad y en busca de la Puerta del Adaja, el

canónigo compuso la siguiente oración:

--Ya ves, hijo mío, el amor que nos tiene esta raza de Ismael. He ahí

una anciana miserable que prefiere seguir gimiendo, cual una loba

hambrienta por los caminos, antes que aceptar nuestra limosna. Aparentan

haberse convertido, y son tan moros como en Africa. Van como arrastrados

de los cabellos a aprender la doctrina, y sólo el temor les hace llevar

sus hijos a nuestras iglesias para recibir el bautismo. Pero, ansi que

llegan a sus casas, les roen la mollera con un trozo de cacharro o el

filo de un cuchillo, lavándoles en seguida prolijamente para quitalles

hasta el último resto de la crisma sacramental. Luego vuelven a

bautizalles a su manera, con nombres moros que llevan en secreto hasta

la muerte. No comen jamás de res alguna que no haya sido degollada por

manos infieles, dirigiendo la cabeza del animal hacia el Oriente, hacia

la Meca, hacia el _alquibla_, como ellos mesmos se expresan. No beben

vino ni prueban puerco, para distinguirse de nosotros, y, a puerta

cerrada, observan su cuaresma y todos los ritos de su secta diabólica.

Yo he visto en el fondo de sus casas, en Andalucía, baños de mármol o

azulejos, donde los hombres se sumergen y perfuman como rameras, según

su costumbre infiel y lasciva. Los mozos aturden las calles del arrabal

con sus voceríos salvajes, y son todos dados al adufe, a la gaita, a las

sonajas, a los entretenimientos lúbricos de la danza y a los paseos de

fuentes y pensiles que corrompen y reblandecen el ánimo.

Hizo una pausa para mondar el pecho, y luego que hubo escupido

reciamente, prosiguió:

--En los lugares públicos hacen acatamiento a la Santo Cruz, claro está;

pero, cuando se hallan sin testigo ante alguna ermita o humilladero, le

hacen sufrir toda clase de escarnios. Yo mismo he sorprendido en las

cercanías de Talavera algo horrible. Varios de estos perros malditos

habían ido por leña a un bosque del contorno. Uno de ellos, al regresar,

tuvo que descargar su vientre, y habiendo hecho una cruz de dos astillas

de roble, la clavó bien derecha en la inmundicia, y dejola. Yo fui el

primer cristiano, sin duda, que atinó a pasar por aquel sitio. Viendo a

mi amada cruz en tal estado, corrí por ella, e hincándola entre la raíz

de una encina, me puse a adoralla. Consérvola aún celosamente, por la

injuria que sufrió, como si fuera hecha de los huesos de un mártir de

Roma.

El sol acababa de ocultarse. Los cerros del poniente recortaban escueto

y pardo perfil sobre el horizonte de fuego. Maestro y discípulo llegaron

hasta la esquina nordeste de la muralla y doblaron en dirección al

mediodía. Abajo, hacia la derecha, entre los obscuros peñascos, el agua

del Adaja despedía un resplandor de oro ígneo. Las iglesias habían

concluido de tocar las oraciones, y la próxima campana de la ermita de

San Segundo conservaba todavía un zumbido soñoliento.

--¿Qué hacer--continuó diciendo el canónigo--con este enemigo casero

tantas veces perdonado? ¿Qué hacer con este siervo alevoso, que de día

nos aborda con la sonrisa en los dientes, mientras acecha de noche

nuestro sueño con la mano crispada sobre corvo puñal? Tu abuelo, Ramiro,

me ha dicho, y nadie sabe como él estas cosas, que esos arrieros y

trajineros moriscos que topamos por las carreteras durmiendo al sol

junto a sus botijos, llevan y traen mensajes sediciosos de Aragón a

Granada y de Granada a Aragón, pasando por Castilla; y no hay ya quien

ignore que la conspiración cuenta con todos los moriscos del reino.

La luz se apagaba en el cielo; pero el canónigo peroraba cada vez más

exaltado, como si ensayase, en la soledad del camino, la alocución

solemne que intentara pronunciar en alguna asamblea.

--Algunos dicen que la expulsión de los moriscos traería la ruina de

España. La avaricia moderna, señores--exclamó esta vez.--¡Ah! ya son

contados aquellos clarísimos varones de antaño que preferían un grano de

honra a todas las alcancías repletas del moro y del judío. Hogaño, los

nobles de Aragón son los más sañudos encubridores y abogados destos

perros infieles; y llena está Castilla de cristianos viejos,

engolosinados con el dinero moruno, que siguen su ejemplo. Piensan que

con los hijos de Mahoma se iría el lucrar y el sabroso vivir, y sus

tierras se cubrirían de hierbas malignas. Aquí mesmo, en la ciudad de

los Leales, de los Caballeros, de los Santos, la mayoría del

Ayuntamiento está en contra de la expulsión. ¿Y qué mucho--añadió,

bajando la voz y hablando casi al oído del mancebo,--si la Inquisición,

la Santa Inquisición, recibe cincuenta mil sueldos al año de las aljamas

aragonesas?

Dirigiéndose a personajes ilusorios, que él veía animarse, sin duda, en

el teatro de su imaginativa, prosiguió:

--¿Decís que la expulsión reduciría a menos de la mitad la riqueza del

reino? Tanto mejor, señores golosos. ¿Qué estado más digno y saludable

para una república cristiana que la pobreza? Los bienes superfluos

traen la libertad y la avaricia, del mismo modo que el agua rebalsada

cría sabandijas y sapos inmundos; la lascivia triunfa y los ánimos

pierden la primitiva rudeza, a la par de las espadas que se afinan como

alfileres y se les recubre de terciopelo y pedrería para no amedrentar a

las damas en los estrados. Livio afirma que la mucha prosperidad y

abundancia de Roma, le acarrearon todos los males, y que por esta causa

llegaron los romanos a los extremos del vicio. Si consultamos a

Juvenal--volvió a decir,--él nos declara que no hay linaje de maldad en

que los romanos no cayesen desde que abandonaron la pobreza. ¿Fue acaso

opulento el pueblo de Israel, el pueblo de Dios? Si hemos de vivir con

la opinión, dice nuestro Séneca, jamás seremos ricos; si con la

naturaleza, jamás seremos pobres. Yo sé decir que nunca he visto

emprestar a los usureros para comprar aceitunas, pan o queso. Siempre vi

que el uno lo busca para caballos, el otro para galas, el otro para

rameras. Vuelvan, pues, enhorabuena, aquellos siglos dorados, o siglos

de bellotas, como también se les llama. Cesen este loco rodar de

carrozas y estos desfiles de lacayos, ebrios de vanidad y de vino, ambas

cosas hurtadas a su señor. Renazcan las antiguas virtudes severas, la

mesa parva, la rica devoción, y que la mengua de las vestiduras nos haga

llegar mejor a las carnes la saludable franqueza del viento.

Había terminado y escupió varias veces.

Entraron en la ciudad por la Puerta del Adaja. Las callejuelas estaban

llenas de penumbra plomiza y temblorosa. Algunos bodegones encendían sus

candiles y las puertas volcaban sobre la calzada mortecino resplandor

anaranjado. Un viejo sentado a una ventana, con la sien pegada a la

reja, miraba al cielo rezando su rosario. En otra ventana, sin luz, era

una joven la que rezaba. Su rostro tomaba el tinte ceniciento de la hora

y su pupila fosforescía de modo extraño.

Como sí aquella quietud le hubiera incitado a destapar el silo más hondo

de su conciencia, el lectoral, que había dado por concluido su

discurso, prorrumpió de nuevo, aunque en un tono menos oratorio y más

dulce:

--El ánimo compasivo sólo debemos empleallo, hijo mío, en las ocasiones

privadas y menudas de la vida, según lo manda la ley evangélica. Nuestro

propio instinto nos ofrece una grande enseñanza cuando nos hace salvar

una mosca que se ahoga en un vidrio y otras veces pone en nuestra mano

retorcido lienzo y nos las hace matar a centenares sobre la mesa y el

muro. Alargue aquél su limosna al pordiosero, aunque lleve en su mano un

Alcorán; compadézcase éste del huérfano y la viuda, aunque sean de la

secta maldita de Mahoma; ofrezca de beber al muslim sediento que pasa, o

pida de su cántaro a la infiel, como Jesús a la Samaritana; nada digo,

que todo esto lo enseña el mesmo Evangelio, que es ley individual y pan

de cada día; pero, sonada la hora grande y justiciera, sepamos cumplir

sin melindres los designios del Señor, porque hay otra ley, hijo

mío--agregó levantando la mano y la voz como un antiguo profeta,--otra

ley más anciana, ley de los pueblos; hay otro testamento, donde Dios

mesmo, con su propia palabra, dicta la sentencia a los impíos, diciendo

a Moisés: «Pondrás con mi favor el cuchillo a la garganta del Amorrheo,

del Cananeo, del Pherezeo, del Hetheo, del Heveo, del Jebuseo hasta

quitalles la vida»; agregando: «y no tengas con ellos misericordia»,

_nec misereberis earum_. Y así mismo, por boca del profeta Samuel,

mandole decir a Saúl que destruyera a los Amalecitas, sin perdonar

hombres, ni mujeres, ni niños aunque fuesen de leche, a fin de no dejar

rastro ninguno de ellos ni de sus haciendas. Nosotros debemos también,

como un acto expiatorio, descepar de cuajo de nuestro suelo esta planta

ponzoñosa. No echemos en olvido que somos, en los modernos tiempos, el

pueblo de Dios, como lo fue Israel en los antiguos. Nada debe

extrañarnos que pueblos semibárbaros como Inglaterra, Alemania, Bohemia,

Hungría se contaminen; pero ¿cómo habemos de tolerar nosotros, de quien

Dios no aparta su confianza, al siervo idólatra y blasfemo en nuestra

propia heredad? Ya sea por la expulsión sempiterna, ya por el total

exterminio, si el caso lo pide, haciendo en ellos un Vesper Siciliano,

antes que lo hagan ellos con nosotros, el cielo nos ordena, a las

claras, rematar la obra de purificación.

--El miedo a la sangre, hijo mío--prosiguió diciendo el canónigo,--es un

bajo instinto del hombre. Jehová se espanta del vicio, de la impiedad,

de un solo pecado, pero no de la sangre vertida justicieramente. La

sangre es el riego necesario de toda buena germinación, y el Señor la

hace correr a su tiempo con la misma benignidad con que escurre los

nublados sobre los surcos. Las vidas humanas no valen sino por lo que

resulta de su sacrificio, como los granos de incienso. Ahora, si se

quieren remedios más suaves, también los hallaremos en la Escritura.

Meditó un instante y continuó:

--Oigamos al profeta Osseas sobre la tribu idólatra de Efraim: «Dales a

éstos, Señor... ¿Qué les darás a éstos? Dales vientres sin hijos y tetas

enjutas.» Recapacitemos esta inspirada sentencia. Ella nos manda que lo

que se ejecutó con las gentes de Efraim lo realicemos nosotros con los

falsos conversos. Su Santidad, se entiende, lo permitirá, y médicos hay

que saben cómo y con qué hacer con ellos y ellas este remedio; y sería

un blando acabar, poco a poco.

Habló así, con tono doctrinal y apacible, sin asomo de saña. El mancebo

le escuchó sorbiendo sus palabras como precioso jugo de sabiduría.

Habían llegado, entretanto, a la plazuela de la Catedral. El templo

levantaba su mole religiosa y guerrera en la calma cerúlea del

anochecer. Un último reflejo dorado se apagaba en sus almenas.

El aire traía un tufillo de sartenes. El canónigo despidiose de Ramiro,

y, al ir a penetrar en la iglesia, un lacayo le detuvo para decirle que

el señor de San Vicente le mandaba llamar. La casa estaba a pocos pasos,

en el barrio de San Gil.

La gloria de don Ramiro una vida en tiempos de Felipe segundo · 第 16 / 50 题