VIII

Ramiro conoció de súbito el arrobamiento del primer amor. Su soñar

sobrepujaba la vida; y aquel brusco delirio fue pronto para él la

coloración, el ritmo y el perfume de todo lo creado.

Su fervor religioso y sus anhelos de gloria se acostaron entonces como

lebreles a los pies de la nueva pasión. El rostro pálido de Beatriz,

con sus grandes pupilas y sus luengas pestañas como llorosas, posábase

ahora sobre la página de su libro de oraciones, sobre las colgaduras del

lecho, sobre el mismo Crucifijo, al cual confiaba su cuita. Fantasma

fatuo y caprichoso como una llama volátil, y ante el cual su corazón se

fundía de ternura.

Comenzó a componer endechas y letrillas que hubieran podido servir para

Nuestra Señora, y largos y conceptuosos discursos con que pensaba

abordar a su amada, en la primera ocasión. Algunas noches, apagando la

luz de su aposento, pasábase horas enteras asomado a la ventana. Unas

veces miraba hacia el vecino jardín sumergido en tenebroso y perfumado

silencio; otras levantaba el rostro y las pupilas hacia la altura. Nada

exaltaba su pasión como el suntuoso misterio de los astros. Parecíale

que sus luces inquietas le hablaban un lenguaje sublime que él no

alcanzaba a comprender. Imaginaba entonces dejar a un tiempo esta vida

con Beatriz para renacer allá, en las regiones inefables, y vagar a

solas con ella, aspirando ese céfiro divino que parece estremecer las

constelaciones.

Durante algunos días su cerebro llegó a desquiciarse. Su tez se puso

pálida como la cera, y él mismo sorprendiose de su incesante suspirar y

de aquella honda congoja de su pecho, todo dolorido de amor y de ansia.

Algunas mañanas íbase a ballestear palomas a lo largo del vallado que

separaba las dos heredades. Entretanto sus ojos acechaban la casa

vecina. ¡Cuán intensa fascinación cobraron entonces para él, en la

frescura matinal y entre el canto de los pájaros, aquellas entornadas

celosías que le hacían pensar en el sueño de su amada!

Cierta tarde, entre un claro del ramaje, vio pasar a Beatriz, que no

quitaba los ojos del seto. El mancebo se mostró. La niña, hízole,

entonces, disimuladamente, una señal para que siguiese más lejos y,

cuando creyó haber burlado la vigilancia de las dueñas, pidiole que

pasara a su jardín.

Se saludaron como en un estrado y Ramiro no acertó a balbucear uno solo

de los ingeniosos conceptos que había ordenado para decirla.

Aquel juego se repitió muchas veces. Paseábanse con los dedos enlazados,

hablando apenas y mirándose, de tiempo en tiempo, en los ojos, sin

sonreír. La doncella le llevaba a los sitios más frondosos y ocultos.

Allí la naturaleza les descubría en la mariposa, en el pájaro, en el más

menudo insecto, su impura inocencia. El mágico deseo palpitaba,

aleteaba, chirriaba ante ellos, en la quietud blanda y calurosa del

verano.

Ramiro conservó siempre el recuerdo de ciertos instantes en que,

caminando con ella por el sendero del verde laberinto, osó pasarla el

brazo sobre el cuello y tomarla suavemente la garganta. En otra ocasión,

Beatriz subiose a un viejo columpio y comenzó a balancearse con

violencia, presa de un rapto de juventud y de dicha. Su risa numerosa,

loca, inesperada, voló como un enjambre de mirlos, despertando los ecos

a través de los árboles. El viento levantaba su faldellín de un modo

inolvidable.

Hablábanse cada vez más trémulos y ajenos a sí mismos. Un decir fútil

aventaba los pensamientos. El, envolviéndola en su orgullosa mirada,

soñaba en la dicha de poseer como dueño absoluto aquella deliciosa

existencia. Beatriz era para él la mies lograda y suya, a salvo de todo

peligro. Sin embargo, cierto día la preguntó:

--¿Os holgara ser aína mi esposa?

Ella repuso:

--Tamañita me quedo. ¿En eso pensáis tan temprano?

Púsose entonces a canturriar, mirando hacia arriba, y mostrándose, al

parecer, más dispuesta a rendir su mejilla y su boca allí mismo, que

aquel loco espiritillo que palpitaba en su cabeza cual una guija de

cascabel.

* * * * *

Dicho estado venturoso no duró para Ramiro. Como a unos tres cuartos de

legua, en la dirección de Villatoro, habitaba, durante el verano, Urraca

Blázquez de San Vicente, con sus dos hijos varones. El marido, Felipe

de San Vicente, Comisario del Santo Oficio e individuo del Consejo de

las Ordenes, pasaba la mayor parte del año en Madrid. Los dos mancebos

eran el azote de aquel rincón de la sierra. Andaban siempre juntos y se

aborrecían. Una o dos veces por semana venían a visitar a su prima

Beatriz, llegando por los caminos como demonios a todo lo que daban sus

rocines, y seguidos, de muy lejos, por un ayo que taloneaba rabiosamente

la mula entre la blanca polvareda. Recogían, sobre todo el segundón, los

juramentos y palabrotas de los gañanes, y andaban siempre con la boca

hinchada de obscenidad y ardiendo, uno y otro, en esa urgencia carnal

que ataca, de ordinario, a los donceles.

Beatriz prefería al mayor, que era rubio y hermoso; pero saboreaba desde

luego la femenina fruición de esperanzarlos a la par.

Ramiro, que solía entrar ahora a la casa, topó varias veces con ellos,

advirtiendo con desgarradora sorpresa que Beatriz no existía solamente

para él. Notó miradas, melindres, cuchicheos, e imaginó todo lo que

podría suceder en aquella familiaridad del parentesco; pero su orgullo

fue más fuerte que el dolor. Mostrose tranquilo, silencioso, casi

sonriente.

Una tarde de fines de agosto, el escudero vino a decirle que Gonzalo, el

mayor de los hermanos, se paseaba en compañía de Beatriz bajo los

árboles. Ramiro fuese a mirar por entre los setos.

Largo tiempo pasó ocupado en atisbar, por distintos parajes, el vecino

jardín. De pronto, un calofrío, anterior a toda idea, le corrió por el

cuerpo. Volvió a mirar. Sí, frente a él, a corta distancia, Beatriz y su

primo estaban echados de espaldas sobre la hierba, a la sombra de un

olmo. El mancebo había juntado su rostro al de la niña, pasándola el

brazo bajo la espalda, mientras ella, deshojando un rojo clavel, un

clavel rojo como la sangre, sonreía voluptuosamente.

Loco de ira, Ramiro quiso abrirse paso entre la espinosa malla; pero no

pudo lograrlo, y un destemplado gemido, un gemido áspero, terrible,

brotó de su pecho.

Gonzalo y Beatriz se levantaron y huyeron.

La gloria de don Ramiro una vida en tiempos de Felipe segundo · 第 15 / 50 题