Ramiro conoció de súbito el arrobamiento del primer amor. Su soñar
sobrepujaba la vida; y aquel brusco delirio fue pronto para él la
coloración, el ritmo y el perfume de todo lo creado.
Su fervor religioso y sus anhelos de gloria se acostaron entonces como
lebreles a los pies de la nueva pasión. El rostro pálido de Beatriz,
con sus grandes pupilas y sus luengas pestañas como llorosas, posábase
ahora sobre la página de su libro de oraciones, sobre las colgaduras del
lecho, sobre el mismo Crucifijo, al cual confiaba su cuita. Fantasma
fatuo y caprichoso como una llama volátil, y ante el cual su corazón se
fundía de ternura.
Comenzó a componer endechas y letrillas que hubieran podido servir para
Nuestra Señora, y largos y conceptuosos discursos con que pensaba
abordar a su amada, en la primera ocasión. Algunas noches, apagando la
luz de su aposento, pasábase horas enteras asomado a la ventana. Unas
veces miraba hacia el vecino jardín sumergido en tenebroso y perfumado
silencio; otras levantaba el rostro y las pupilas hacia la altura. Nada
exaltaba su pasión como el suntuoso misterio de los astros. Parecíale
que sus luces inquietas le hablaban un lenguaje sublime que él no
alcanzaba a comprender. Imaginaba entonces dejar a un tiempo esta vida
con Beatriz para renacer allá, en las regiones inefables, y vagar a
solas con ella, aspirando ese céfiro divino que parece estremecer las
constelaciones.
Durante algunos días su cerebro llegó a desquiciarse. Su tez se puso
pálida como la cera, y él mismo sorprendiose de su incesante suspirar y
de aquella honda congoja de su pecho, todo dolorido de amor y de ansia.
Algunas mañanas íbase a ballestear palomas a lo largo del vallado que
separaba las dos heredades. Entretanto sus ojos acechaban la casa
vecina. ¡Cuán intensa fascinación cobraron entonces para él, en la
frescura matinal y entre el canto de los pájaros, aquellas entornadas
celosías que le hacían pensar en el sueño de su amada!
Cierta tarde, entre un claro del ramaje, vio pasar a Beatriz, que no
quitaba los ojos del seto. El mancebo se mostró. La niña, hízole,
entonces, disimuladamente, una señal para que siguiese más lejos y,
cuando creyó haber burlado la vigilancia de las dueñas, pidiole que
pasara a su jardín.
Se saludaron como en un estrado y Ramiro no acertó a balbucear uno solo
de los ingeniosos conceptos que había ordenado para decirla.
Aquel juego se repitió muchas veces. Paseábanse con los dedos enlazados,
hablando apenas y mirándose, de tiempo en tiempo, en los ojos, sin
sonreír. La doncella le llevaba a los sitios más frondosos y ocultos.
Allí la naturaleza les descubría en la mariposa, en el pájaro, en el más
menudo insecto, su impura inocencia. El mágico deseo palpitaba,
aleteaba, chirriaba ante ellos, en la quietud blanda y calurosa del
verano.
Ramiro conservó siempre el recuerdo de ciertos instantes en que,
caminando con ella por el sendero del verde laberinto, osó pasarla el
brazo sobre el cuello y tomarla suavemente la garganta. En otra ocasión,
Beatriz subiose a un viejo columpio y comenzó a balancearse con
violencia, presa de un rapto de juventud y de dicha. Su risa numerosa,
loca, inesperada, voló como un enjambre de mirlos, despertando los ecos
a través de los árboles. El viento levantaba su faldellín de un modo
inolvidable.
Hablábanse cada vez más trémulos y ajenos a sí mismos. Un decir fútil
aventaba los pensamientos. El, envolviéndola en su orgullosa mirada,
soñaba en la dicha de poseer como dueño absoluto aquella deliciosa
existencia. Beatriz era para él la mies lograda y suya, a salvo de todo
peligro. Sin embargo, cierto día la preguntó:
--¿Os holgara ser aína mi esposa?
Ella repuso:
--Tamañita me quedo. ¿En eso pensáis tan temprano?
Púsose entonces a canturriar, mirando hacia arriba, y mostrándose, al
parecer, más dispuesta a rendir su mejilla y su boca allí mismo, que
aquel loco espiritillo que palpitaba en su cabeza cual una guija de
cascabel.
* * * * *
Dicho estado venturoso no duró para Ramiro. Como a unos tres cuartos de
legua, en la dirección de Villatoro, habitaba, durante el verano, Urraca
Blázquez de San Vicente, con sus dos hijos varones. El marido, Felipe
de San Vicente, Comisario del Santo Oficio e individuo del Consejo de
las Ordenes, pasaba la mayor parte del año en Madrid. Los dos mancebos
eran el azote de aquel rincón de la sierra. Andaban siempre juntos y se
aborrecían. Una o dos veces por semana venían a visitar a su prima
Beatriz, llegando por los caminos como demonios a todo lo que daban sus
rocines, y seguidos, de muy lejos, por un ayo que taloneaba rabiosamente
la mula entre la blanca polvareda. Recogían, sobre todo el segundón, los
juramentos y palabrotas de los gañanes, y andaban siempre con la boca
hinchada de obscenidad y ardiendo, uno y otro, en esa urgencia carnal
que ataca, de ordinario, a los donceles.
Beatriz prefería al mayor, que era rubio y hermoso; pero saboreaba desde
luego la femenina fruición de esperanzarlos a la par.
Ramiro, que solía entrar ahora a la casa, topó varias veces con ellos,
advirtiendo con desgarradora sorpresa que Beatriz no existía solamente
para él. Notó miradas, melindres, cuchicheos, e imaginó todo lo que
podría suceder en aquella familiaridad del parentesco; pero su orgullo
fue más fuerte que el dolor. Mostrose tranquilo, silencioso, casi
sonriente.
Una tarde de fines de agosto, el escudero vino a decirle que Gonzalo, el
mayor de los hermanos, se paseaba en compañía de Beatriz bajo los
árboles. Ramiro fuese a mirar por entre los setos.
Largo tiempo pasó ocupado en atisbar, por distintos parajes, el vecino
jardín. De pronto, un calofrío, anterior a toda idea, le corrió por el
cuerpo. Volvió a mirar. Sí, frente a él, a corta distancia, Beatriz y su
primo estaban echados de espaldas sobre la hierba, a la sombra de un
olmo. El mancebo había juntado su rostro al de la niña, pasándola el
brazo bajo la espalda, mientras ella, deshojando un rojo clavel, un
clavel rojo como la sangre, sonreía voluptuosamente.
Loco de ira, Ramiro quiso abrirse paso entre la espinosa malla; pero no
pudo lograrlo, y un destemplado gemido, un gemido áspero, terrible,
brotó de su pecho.
Gonzalo y Beatriz se levantaron y huyeron.