Era uno de esos días de bochorno canicular a que no escapa, con ser tan
empinada y ventosa, toda aquella región de Castilla. Un aire abrasador
se amodorra en las navas, y el cielo sin nubes embravece su tinte como
el esmalte en el horno. La peña cruje bajo la rabia del sol, el árbol se
tuesta. Aquí y allá, a lo largo de los caminos, la recua o el rebaño
levantan grandes nubes de polvo, cual si fueran ejércitos.
Torvo reflejo mineral flotaba sobre el Valle de Amblés. El paisaje era
aún más austero bajo aquella claridad implacable.
Comenzaba la trilla. La mies rebrillaba en las eras.
Los labriegos tenían que turnarse sin cesar para ir a beber a la sombra
de los carros. Entretanto, unos alzaban el bieldo perezosamente, otros,
tiesos como postes sobre las tablas trilladoras, giraban de mala guisa
acuciando con rabia a las mulas y a los bueyes, y apeándose a cada
momento para hacerles sonar los lomos o las quijadas con sus garrotes.
Ramiro, ahitado de lecturas religiosas, cogió las _Aventuras de Silves
de la Selva_ y fuese a esconder en un obscuro recoveco del monte que
formaban tres gruesos peñascos a la sombra de una encina.
Tendido en el suelo, con la sien sobre el puño, suspendía por momentos
la lectura, para sentir mejor el deleite de su escondrijo. A veces un
rayo luminoso pasaba entre el follaje y hacía temblar sobre el libro una
medalla de sol. Aquella sombra le sabía a la frescura barrosa que el
agua conserva en las alcarrazas.
De pronto un rumor de pasos acelerados le hizo levantar la cabeza.
Miró. Era Medrano corriendo por el atajo en dirección al caserío.
--¿Dónde vais?--gritole.
El escudero indicó con breve ademán que le siguiese.
Una vez en la cuadra del granero, mientras buscaba su talabarte, Medrano
contó brevemente lo que pasaba. En la vecina heredad, Cerbero, el
perrazo que servía de guardián en los portones, se había vuelto rabioso,
mordiendo a un lacayo y escapando hacia el monte. Don Alonso se hallaba
en Madrid y su hija había quedado con las dueñas, las cuales le mandaban
llamar a toda prisa para que dirigiera a los gañanes en la caza del
mastín. Ramiro tuvo un deslumbramiento súbito. Acordose de los
caballeros donceles que en las historias descabezaban endriagos,
vestiglos y fieros leones, redimiendo princesas, desbaratando
encantamientos y maleficios. Al mismo tiempo el rostro de Beatriz cruzó
por su imaginación.
Cuando el escudero iba a ceñirse la ancha espada de dos filos, él, sin
pronunciar palabra, puso ambas manos en la empuñadura del arma,
mirándole con expresión a la vez suplicante y resuelta. El antiguo
soldado comprendió. Tomando entonces para sí la espada más fina, dejó la
otra en poder de Ramiro. Luego, exclamando: «Vamos presto, que nos
esperan», salió de la cuadra.
Llegaron a la mansión de don Alonso sin encontrar a nadie. Estaba toda
cerrada como casa desierta; pero al pasar junto a la panera toparon con
seis hombres armados de chuzos y horquillas.
El escudero repartió las órdenes. Cada cual treparía por un punto
distinto del monte, y apenas divisase al animal daría tres fuertes voces
de auxilio. A Ramiro apostole a pocos pasos de las cocinas, dándole un
cuerno de caza y pidiéndole que no se moviera de aquel sitio.
* * * * *
Algo después, cansado de esperar, Ramiro comenzó a internarse también
entre los árboles.
Muchos relatos, allá en la torre solariega, le habían hecho saber lo
que era el peligro de la rabia y el pavor que esparcía por los pueblos y
campiñas aquel hocico agazapado que iba sembrando el furor y la muerte.
Se echaban todos los cerrojos, se recogían los gatos, los perros, los
asnos, y mientras las mujeres encendían una vela a Santa Catalina y otra
a Santa Quiteria, abogadas contra la rabia, los mozos salían al campo
bravamente, armados de las herramientas filosas que iban hallando.
Ramiro avanzaba con rapidez saltando las peñas y los hatos de podas
antiguas.
Las carrascas y los espinos no evitaban que el sol caldease con sus
rayos la tierra pálida y enjuta, y un retostado perfume de cantueso, de
estepa y de tomillo sahumaba el ambiente. Las flores de la retama
surgían aquí y allá, entre los plomizos peñascos, haciendo brillar el
oro de sus pétalos sobre el cielo de añil.
Ramiro jadeaba. El sudor bañábale el rostro.
* * * * *
Media hora después, una de las criadas de Beatriz veía entrar en el
patio de la casa al nieto de don Íñigo trayendo en una mano una ancha
espada toda roja de sangre y en la otra la cabeza del perro.
--¡Válame Dios y Santa Quiteria; ya le mataron!--exclamó la mujer.
Luego, mirando atentamente el sangriento despojo, agregó:
--¡Pobre Cerbero, y cómo me echaba las manos al pecho para lamerme en el
rostro! Pero era forzoso acaballe, que can con rabia con su dueño traba.
¡Medrano ha sido el de la hazaña, de fijo!
--No fue Medrano.
--¿Y quién?
--Yo iba solo por el monte, y al pasar cabe un hato de leña, vile venir
corriendo hacia mí. De una buena cuchillada hícele rodar como un bolo.
Luego hachele el pescuezo.
--¡Virgen Santísima y qué barragán será cuando le crezcan las
barbas!--exclamó la mujer, espantada de que aquel mancebillo hubiera
dado muerte al terrible animal sin la ayuda de nadie.
Luego le pidió que le siguiera; pero Ramiro, acercándose a un portillo
que abría hacia el campo, apoyó un momento la espada en el muro, y
tomando el cuerno tocó tres veces con fuerza. Las tres largas notas
repercutieron en los ecos de la montaña con un son legendario.
* * * * *
La criada fuele conduciendo por una serie de cuadras sombrías. Por fin,
al llegar ante una puerta entornada, Ramiro oyó un coro de mujeres que
invocaban plañideramente a Santa Quiteria y a Santa Catalina. Entraron.
Un solo rayo de sol penetraba en la estancia tras una madera
entreabierta. ¡Qué alarido el que estalló en la obscuridad cuando el
niño alzó en el haz luminoso la sanguinolenta cabeza que goteaba sobre
el tapiz! Una de las dueñas se derrumbó de espaldas, presa de brusco
soponcio.
La mujer que acompañaba a Ramiro contó con alegría la proeza del
mancebo. Entonces, en medio del azorado mutismo, Beatriz se adelantó sin
vacilar. Una dueña la tironeaba el faldellín; pero la hija de don
Alonso, mirando aquellas manos tan tempranamente enrojecidas por el
coraje, desprendió un favor azul que adornaba sus rizos, y, llegándose a
Ramiro, se lo anudó ella misma en las agujetas del jubón con sus
temblorosas manitas, blancas como la luna.