La heredad de Íñigo de la Hoz, en el Valle-Amblés, estaba situada casi
al pie de la sierra, como un cuarto de legua al poniente de Sonsoles.
Componíase en un principio de un retazo de monte y de trescientas
fanegas de tierra de sembradura; pero, debido a los apuros del señor,
había ido mermando rápidamente, hasta reducirse a un espeso carrascal y
a estrecha lonja de prado, en cuyo extremo se levantaba la ruinosa
casería de los padres de doña Brianda. La jara, el cantueso y la viciosa
maleza habían invadido los jardines que existieron. Los caminos sólo se
adivinaban por la alineación de los árboles. En el monte era difícil
avanzar. La naturaleza, enseñoreada durante muchos años de abandono, se
defendía ahora con la maraña, con el fustazo, con la espina.
En cambio, desde las ventanas altas del caserón se contemplaba el
aliñado verjel de don Alonso, con sus estanques repletos, sus senderos
limpios y sus alheñas y arrayanes recortados graciosamente como en los
jardines de Italia. Distinguíanse, asimismo, los famosos parapetos
imaginados por el hidalgo, y cuyos mosaicos de piedrecitas blancas,
negras y coloradas figuraban fábulas de Ovidio. Algunas tardes subía en
el aire rosado el agua de los surtidores, empapando al caer las
escalinatas y los follajes.
Ramiro aficionose muy pronto a la vida libre que llevaba en la heredad.
Cuando hubo cumplido los trece años, Medrano, que solía alojarse con su
hija Casilda en las cuadras bajas del granero, enseñole, en el caballejo
de un gañán, todos los rudimentos de la jineta y de la brida. Además,
haciendo él mismo una lanza ligera con sus gallardetes y cordones,
mostrole el modo de manejarla; y algunas noches, a la luz de una vela,
le ejercitaba, por medio de su propia sombra, en bajar y subir la mano
hasta el oído, para que aprendiese a embestir con gallardía.
Medrano tenía, junto a su lecho, dos espadas: la una, angosta y larga
por demás, con calada guarnición; la otra, con pesada empuñadura de reja
y ancha hoja de dos filos.
--Este acero--decía señalando su fina espada escuderil--es doncel, no
sabe lo que es hundirse en la carne hasta el recazo; pero
aquéste--agregaba, descolgando con un gesto de amor su joyosa de antiguo
soldado--ha sacado más sangre que un barbero y más almas que una monja.
¡Con él he hurgado las tripas a más de un valentón, descalabrado a más
de un rival y cortado a cercén, bonitamente, no sé cuánta gola
turquesca!
Ramiro le escuchaba experimentando un singular deslumbramiento y, al
empuñar él mismo la espada, parecíale que el corazón le crecía dentro
del pecho.
Las lecciones de esgrima principiaron. El escudero palpábale sus
músculos precoces, y a medida que sus fuerzas medraban íbale enseñando
esas tretas misteriosas, a las cuales creía deber su buena ventura todo
soldado que llegaba a la vejez.
Ciertos días, durante las horas de la siesta, escapando a la vigilancia
de doña Guiomar, salíanse los dos en busca de algún sitio umbroso del
monte. El niño aspiraba con fruición el humo rústico de las fogatas que
ardían de ordinario en la vecina heredad; y el sol y el perfume
tornábanle al pronto extremadamente sensible.
Medrano, después de sentarse a la sombra de algún árbol, quedábase mudo
un instante, sin otro movimiento en toda su figura que la roja pluma del
sombrero que el céfiro agitaba. Pero poco después, incitado por la vista
del valle, cuya extensa claridad le recordaba la mar luminosa y
tranquila, poníase a referir la captura de poderosos bajeles o algún
audaz desembarco en las costas de Levante. Ramiro no perdía un solo
ademán, un solo vocablo del narrador, y, por momentos, la pasión de la
lucha le alucinaba con tal ímpetu que llegaba a creerse, él mismo, sobre
la cubierta del navío o entre los caballos y alfanjes de los infieles.
Otras veces, en cambio, dejándole hablar sin oírle y abstrayendo su
espíritu, fijaba sus grandes ojos en los muros de la ciudad, cuya
sombra, torreada y rojiza se contorneaba hacia la parte opuesta del
valle, cual inmensa corona de hierro. Soñaba, entonces, que él era
llamado a cubrirla algún día de nueva honra cristiana, hasta ser
aclamado por el primero de todos en el valor y el renombre.
* * * * *
Algunos libros de caballerías y uno que otro tratado de brida y de
jineta que sorprendió sobre el bufete de su aposento, hicieron
comprender a la madre lo que estaba aconteciendo en el ánimo de su hijo.
Consultó el caso con su capellán, un viejo fraile franciscano, que era a
la vez el maestro de gramática de Ramiro, y le fueron aconsejados los
remedios de la Iglesia: la plegaria, la penitencia, el recogimiento.
El niño se sometió con mansedumbre, lleno de piadosa inquietud.