VI

La heredad de Íñigo de la Hoz, en el Valle-Amblés, estaba situada casi

al pie de la sierra, como un cuarto de legua al poniente de Sonsoles.

Componíase en un principio de un retazo de monte y de trescientas

fanegas de tierra de sembradura; pero, debido a los apuros del señor,

había ido mermando rápidamente, hasta reducirse a un espeso carrascal y

a estrecha lonja de prado, en cuyo extremo se levantaba la ruinosa

casería de los padres de doña Brianda. La jara, el cantueso y la viciosa

maleza habían invadido los jardines que existieron. Los caminos sólo se

adivinaban por la alineación de los árboles. En el monte era difícil

avanzar. La naturaleza, enseñoreada durante muchos años de abandono, se

defendía ahora con la maraña, con el fustazo, con la espina.

En cambio, desde las ventanas altas del caserón se contemplaba el

aliñado verjel de don Alonso, con sus estanques repletos, sus senderos

limpios y sus alheñas y arrayanes recortados graciosamente como en los

jardines de Italia. Distinguíanse, asimismo, los famosos parapetos

imaginados por el hidalgo, y cuyos mosaicos de piedrecitas blancas,

negras y coloradas figuraban fábulas de Ovidio. Algunas tardes subía en

el aire rosado el agua de los surtidores, empapando al caer las

escalinatas y los follajes.

Ramiro aficionose muy pronto a la vida libre que llevaba en la heredad.

Cuando hubo cumplido los trece años, Medrano, que solía alojarse con su

hija Casilda en las cuadras bajas del granero, enseñole, en el caballejo

de un gañán, todos los rudimentos de la jineta y de la brida. Además,

haciendo él mismo una lanza ligera con sus gallardetes y cordones,

mostrole el modo de manejarla; y algunas noches, a la luz de una vela,

le ejercitaba, por medio de su propia sombra, en bajar y subir la mano

hasta el oído, para que aprendiese a embestir con gallardía.

Medrano tenía, junto a su lecho, dos espadas: la una, angosta y larga

por demás, con calada guarnición; la otra, con pesada empuñadura de reja

y ancha hoja de dos filos.

--Este acero--decía señalando su fina espada escuderil--es doncel, no

sabe lo que es hundirse en la carne hasta el recazo; pero

aquéste--agregaba, descolgando con un gesto de amor su joyosa de antiguo

soldado--ha sacado más sangre que un barbero y más almas que una monja.

¡Con él he hurgado las tripas a más de un valentón, descalabrado a más

de un rival y cortado a cercén, bonitamente, no sé cuánta gola

turquesca!

Ramiro le escuchaba experimentando un singular deslumbramiento y, al

empuñar él mismo la espada, parecíale que el corazón le crecía dentro

del pecho.

Las lecciones de esgrima principiaron. El escudero palpábale sus

músculos precoces, y a medida que sus fuerzas medraban íbale enseñando

esas tretas misteriosas, a las cuales creía deber su buena ventura todo

soldado que llegaba a la vejez.

Ciertos días, durante las horas de la siesta, escapando a la vigilancia

de doña Guiomar, salíanse los dos en busca de algún sitio umbroso del

monte. El niño aspiraba con fruición el humo rústico de las fogatas que

ardían de ordinario en la vecina heredad; y el sol y el perfume

tornábanle al pronto extremadamente sensible.

Medrano, después de sentarse a la sombra de algún árbol, quedábase mudo

un instante, sin otro movimiento en toda su figura que la roja pluma del

sombrero que el céfiro agitaba. Pero poco después, incitado por la vista

del valle, cuya extensa claridad le recordaba la mar luminosa y

tranquila, poníase a referir la captura de poderosos bajeles o algún

audaz desembarco en las costas de Levante. Ramiro no perdía un solo

ademán, un solo vocablo del narrador, y, por momentos, la pasión de la

lucha le alucinaba con tal ímpetu que llegaba a creerse, él mismo, sobre

la cubierta del navío o entre los caballos y alfanjes de los infieles.

Otras veces, en cambio, dejándole hablar sin oírle y abstrayendo su

espíritu, fijaba sus grandes ojos en los muros de la ciudad, cuya

sombra, torreada y rojiza se contorneaba hacia la parte opuesta del

valle, cual inmensa corona de hierro. Soñaba, entonces, que él era

llamado a cubrirla algún día de nueva honra cristiana, hasta ser

aclamado por el primero de todos en el valor y el renombre.

* * * * *

Algunos libros de caballerías y uno que otro tratado de brida y de

jineta que sorprendió sobre el bufete de su aposento, hicieron

comprender a la madre lo que estaba aconteciendo en el ánimo de su hijo.

Consultó el caso con su capellán, un viejo fraile franciscano, que era a

la vez el maestro de gramática de Ramiro, y le fueron aconsejados los

remedios de la Iglesia: la plegaria, la penitencia, el recogimiento.

El niño se sometió con mansedumbre, lleno de piadosa inquietud.

La gloria de don Ramiro una vida en tiempos de Felipe segundo · 第 13 / 50 题