Respirando aquel aire claustral de tristeza y de encierro, con el
azoramiento instintivo de los niños en las grandes desgracias, sin una
alegría, sin un compañero de su edad, gobernado por seres taciturnos que
hablaban de continuo en voz baja, vivió Ramiro los obscuros días de su
niñez. La menor expansión infantil, su misma sonrisa, hallaban siempre
un dedo sobre un labio. A los siete años de edad sumiose en un mutismo
melancólico, pasando horas enteras en algún escondite, las manos quedas
y el rostro como apenado. Había algo de monstruoso en el contraste de
sus tiernas facciones con el ceño de aquella frente cargada, al parecer,
de adultos pensamientos.
Desde temprano, su madre rodrigole en la dureza de implacable devoción.
Asistía con él todos los días a la misa de alba en las parroquias de San
Juan o Santo Domingo; le habituaba a las oraciones difíciles que
ofuscaban su mente, y a las interminables letanías que hacían retorcer
de impotencia al Demonio. Diole, además, para su uso, un rosario de
quince misterios, como el que llevaban los monjes. Debía besar el suelo
humildemente ante las imágenes de Nuestra Señora del Carmen, y
depositar, asimismo, su ósculo en el escapulario de los religiosos para
ganar indulgencias.
Después de la primera comunión la rigidez aumentó. Doña Guiomar
castigaba ahora su falta más mínima con penitencias monásticas,
inculcándole el desprecio del mundo y el terror al pecado. Todas las
noches leía; junto a su lecho, en el _Flos Sanctorum_ la historia del
santo del día y, a veces, dejando el libro, relataba ella misma los
milagros de alguna monja de la ciudad o los trabajos y prodigios de la
Madre Teresa de Jesús, parienta suya por línea materna. Decíale los
coloquios diarios de aquella santa mujer con el Señor, y cómo, en medio
de la oración, el aliento celestial la tocaba de pronto, levantando su
cuerpo a varios palmos del suelo. Aquellas cosas eran contadas por la
madre con un acento estremecido que derramaba en la noche como sagrado y
temeroso aroma de santidad.
Durante la mayor parte del día se le abandonaba a su albedrío. El abuelo
no le hablaba jamás. El niño, entretanto, vagando por el caserón, miraba
por los vidrios a los muchachos que jugaban en la plazuela, subía a la
estancia de labor en el último piso de la torre, o bajaba a la cuadra de
los pajes, en el corral, para llevarles algunas golosinas que apartaba
de sus propias colaciones. Ellos, al verle aparecer, salían a las
puertas, sonrientes y famélicos. La larga habitación, semejante a un
ventorrillo de moros, estaba atestada de cofres de piel y de hierro, que
parecían del tiempo del Cid, y de estrechas tarimas cubiertas de mantas
inmundas. Al entrar, las narices se llenaban de un tufo acre y caliente.
Nunca faltaban sobre el piso de tierra películas de ajo y pedazos de
naipes. Parte de la servidumbre pasaba allí varias horas del día
durmiendo o jugando como en una taberna. Colgadas de la pared veíanse
las ostentosas libreas de tafetán o terciopelo galoneadas de plata.
Otras veces Ramiro curioseaba la negra cocina; el horno del pan, capaz
de abastecer a un convento; la panera, donde se guardaban los sacos del
diezmo; o, bajando por una rampa de piedra, hacia la derecha del portal,
íbase a palmear las mulas y el cuartago en las caballerizas
subterráneas.
La cochera no guardaba otro vehículo que la carroza de hule verde traída
de Segovia y que sólo rodaba cuando sus dueños, al llegar el estío, se
retiraban a su casa de campo en el Valle de Amblés. El resto del año
quedaba abandonada por completo en la obscura covacha. El niño penetraba
en su interior todos los días para coger el huevo que una gallina
misteriosa ponía sobre los cojines de bronceado guadamacil.
* * * * *
A los diez años de edad Ramiro parecía tocado de Dios. Su madre le veía
internarse, como un predestinado, en la aspereza y el recogimiento. A
través de una antepuerta oyole a veces recitar, con exaltada pasión,
endechas religiosas que ardían como llama en su labio; otras, veíale
ocupado largo tiempo en copiar los hechos más notables de Jesucristo y
de su gloriosa Madre; y observó que siempre trazaba el nombre de Nuestro
Salvador con tinta de oro y en caracteres azules el de la Santísima
Virgen. Le creyó asegurado, y, pareciéndole a ella misma imprudente
seguirle reteniendo en aquella clausura que le amarilleaba el semblante,
resolvió que el escudero le sacara a pasear, de tiempo en tiempo.
Medrano se presentaba después de mediodía, y el niño, vestido por las
doncellas con traje de terciopelo negro, zapatos con virillas de plata,
gorra morada, una lechuguilla fresca y un corto espadín, iba a
despedirse de la madre. Ella le marcaba la crencha, con el peine, hacia
un costado, según la manera española, y, haciéndole rezar un Ave y un
Pater, le despachaba con un beso.
Así fue conociendo Ramiro la ciudad con sus arrabales y contornos. Era
una revelación incesante para sus ojos hastiados del cuadro monótono del
caserón. El afán diverso de la vida invadió bruscamente su espíritu.
Además, las fieras murallas le hablaron un lenguaje legendario y
heroico, y los templos, con sus graves sepulcros, le dijeron las glorias
del hombre y el orgullo de los linajes.
Como el escudero mantenía trato frecuente con algunos clérigos de las
parroquias, oía relatar o discutir, a menudo, en los corrillos de
sacristía, las tradiciones añejas de la ciudad, y, de esta suerte, su
retentiva atesoraba admirables historias, que habían de servirle después
para embelesar a las criadas o hacerse agasajar de barato en tabernas y
pastelerías. Ramiro aprovechó de aquel saber pegadizo. El antiguo
soldado le ilustraba ante las cosas mismas, descifrando a su modo las
inscripciones y marcando con desparpajo el sitio de los sucesos. Así
supo Ramiro los trágicos amores del famoso caballero Nalvillos con la
mora Aja Galiana. Fue también el escudero quien le contó por primera
vez, ante la Puerta de la Mala Ventura, la historia de los sesenta
rehenes de Avila, cuyas cabezas hizo hervir en aceite el Rey Alfonso _el
Batallador_; así como el arrogante sacrificio de Blasco Ximeno, que
fuese a retar, a su propio campo, al Rey alevoso y perjuro.
La famosa proeza de Ximena Blázquez fue referida sobre uno de los
inmensos torreones de la Puerta de San Vicente; y ya Ramiro no alzaba
los ojos a la muralla que no recordase el ardid de aquella hembra que,
en ausencia de los caballeros, viendo llegar a los moros almoravides,
subió a las almenas con las mujeres de la población todas cubiertas de
barbas y sombreros, consiguiendo amedrentar de esta guisa a los
infieles, que se alejaron a escape de la ciudad, creyéndola bien
defendida.
* * * * *
Medrano tenía en Avila numerosas amistades; pero su más generoso
camarada, ya fuera que se tratase de beber en compañía una bota de San
Martín o de procurarse algunos doblones en un caso de apuro, era el
portugués Diego Franco, campanero de la Iglesia Mayor, que habiendo
trabajado de pelaire en Segovia, fue más tarde tamborilero en Brujas y
en Amberes, de donde trajo su gran afición a las campanas.
Era una fiesta para Ramiro cada una de las visitas que solían hacer, en
lo alto de las torres, a aquel «bachiller de badajos», como le llamaba
el escudero.
Después de pasar el umbral de la Iglesia, Ramiro tiraba de una cuerda
oculta detrás de la portada, y, casi al instante, allá arriba, a una
altura vertiginosa para sus ojos de niño, asomaba, por un agujero
practicado en la bóveda, un rostro diminuto de mujer o de hombre. Poco
después, oíase un ruido de tacones en el interior de un grueso pilar,
hacia la derecha; el cerrojo crujía, y la puertecilla, al abrirse,
presentaba al campanero, o a su esposa, trayendo en una mano el manojo
de llaves y en la otra un farol encendido.
Comenzaba entonces la ascensión por el hueco de aquella columna del
templo. Los peldaños eran tan altos que Ramiro tenía que ayudarse con
las manos. Sólo, de tarde en tarde, la angostura de una aspillera dejaba
penetrar un rayo de sol colorido por los vidrios y perfumado de
incienso.
La visita se realizaba comúnmente en lo alto de la torre truncada, bajo
un cobertizo de tejas, reclinado cada cual sobre las tablas de una
zahurda, donde los esposos criaban una media docena de cerdos, negros
como la pez. Ramiro se entretenía en curiosear los misterios de la
techumbre o en contemplar la ciudad y los horizontes, desde aquella
elevación que producía en todo su ser el antojo de un vuelo fantástico.
Franco era mezquino de cuerpo. Cuando algo le preocupaba mascábase el
bigote nerviosamente. Su mujer, Aldonza González, a quien todos llamaban
_la extremeña_, era, en cambio, garrida y vigorosa. Ella manejaba las
dos campanas más gruesas, dejándole a él los clarillos y esquilones.
Muchas veces, teniendo que echar algún repique de importancia, subieron
los cuatro a la torre. El escudero ayudaba, y Ramiro, aunque sacudido
hasta los tuétanos, se complacía en aquellas detonaciones espantosas que
amenazaban derrumbar el campanario y lanzarle a él mismo a los aires,
como una paja, en el sonoroso turbión. Aldonza, en el entusiasmo de su
faena, mostraba todas las calzas hasta la carne.
Era una hembra casi hermosa. Su piel tierna como las natas, su labio
rojo como un pimiento de Candeleda; pero tanto su cabello bravío como su
bozo de mancebo, denotaban un natural hombruno y procaz. Manejaba al
marido como a un esclavo, descargando sobre él el exceso de vigor que
renovaba en su sangre el aire purísimo de las torres. Ramiro la
observaba de soslayo. Ella gustaba sobremanera del niño. A veces, cuando
nadie veía, levantábale en peso y acostándole sobre un escaño, trataba
de animarle y hacerle reír con sus violentas cosquillas y estrujaduras.
* * * * *
Los días de fiesta, el escudero prefería pasarlos en su propia covacha,
jugando a los naipes con sus amigos. Cuando llegaba con el niño llamaba
al punto a su hija Casilda, donosa chicuela que hechizaba el tugurio con
su hermosura, haciendo pensar en esas infanticas abandonadas de que
hablan las leyendas. La madre había sido una española de Amalfi, que el
escudero robó una noche, hiriendo al padre y matando a un hermano, y
que, descubierta dos años después, prefirió dejarse ultimar en el
tormento antes que denunciarle.
Componían la covacha dos habitaciones con un jardincillo, en el fondo de
una casucha, detrás de San Pedro.
A pesar de la dulzura y la belleza de Casilda, Ramiro la trataba siempre
con altanera frialdad. Ella escuchaba cada palabra suya parpadeando de
admiración. Quitábale las manchas de cal o de polvo de sus ropas,
besábale a cada instante las manos. Cuando jugaban en el jardincillo era
ella la que corría a traer la guija para la honda o la vara de la
improvisada ballesta, mientras él esperaba tieso y señoril. Sin embargo,
alguna vez al despedirse, Ramiro juntó su boca con la de aquella
criatura vestida de harapos como una gitana, y este movimiento maquinal
llegó a despertarle, en el correr de los días, cierto extraño deleite,
que le recordaba el saborcillo sucio de las frutas cogidas en el suelo.
V
Después de residir en Avila más de nueve años, la única persona con
quien don Íñigo osó estrechar amistad fue el caballero don Alonso
Blázquez Serrano. Como sus heredades en el Valle-Amblés estaban
contiguas y sus mujeres habían pertenecido a la misma familia de los
Aguilas, no tardaron en conocerse.
No había en la nobleza comunal abolengo más preclaro que el de los
Blázquez. La historia de aquella estirpe estaba ilustrada de más altas
proezas y famosos amores que un libro caballeresco. Don Alonso
descendía, por línea recta de varón, del adalid Ximeno Blázquez, primer
Gobernador y Alcalde de la ciudad, cuando fue repoblada por el Conde
Raimundo de Borgoña. Blasco Ximeno, el del reto; Ximena Blázquez, la de
los sombreros, y el famoso Nalvillos, casado con la mora Aja Galiana, y
casi tan famoso como el Cid, eran sus antepasados. De muy antiguo
databa la resolución del Consejo de que siempre que saliera gente de a
caballo de la ciudad, en servicio del Rey, «hubiese de ser su caudillo o
adalid descendiente del noble Blasco Ximeno, el reptador, e no de otro
linaje. Otrosí su pendonero o alférez».
En la antigua iglesia de San Pedro puede verse la capilla de los Serrano
y sus blasonados sepulcros vetustamente roídos. Era esta otra casa
clarísima y antigua. Don Alonso podía usar el blasón de los cinco lises
alternados con blancas veneras en campo de plata, o el de los leones
rampantes en campo de azur. Los honores habían resplandecido siempre en
su familia.
Su palacio, heredado de su mujer, se levantaba hacia la parte del Norte,
unido a la muralla de la ciudad, según uso inmemorial de los mejores
linajes. Uno de los cubos almenados erguíase en el fondo del huerto, y
su defensa había correspondido siempre a los Aguilas. El hidalgo residía
breve parte del año en el solar; la corte le atraía con imán poderoso.
En cambio, la existencia muda y monástica de Avila de los Santos, donde
pasaba horas eternas sin escuchar otra nota de vida que el tañido de
alguna campana o el canto de un gallo, le exasperaba el humor como un
duro cautiverio.
Fuera del combate de Lepanto, en que, armado de ancho espadón de guzmán,
batiose bravamente en la proa de una galera, recibiendo una pelota de
arcabuz en el hombro y una lanzada en el muslo, no registraba en su vida
otra acción memorable. Pasolo casi siempre en los oficios palaciegos. A
los diez y ocho años de edad era paje de Ruy Gómez de Silva, y a los
treinta, gentilhombre del Rey, que le hizo acordar, más tarde, por su
comportamiento en la flota, el hábito de Calatrava.
Había estudiado en Salamanca, residido dos años en Milán y tres en
Venecia. El recuerdo de esta ciudad le exaltaba todavía hasta el
delirio. Gustábale de disertar sobre las cosas del arte, y refería a
menudo sus pláticas con el Tintoreto, a quien había conocido
íntimamente. El latín y la dulce lengua toscana le eran tan familiares
como su propio idioma. Al hallarse solo entre sus libros antes cogía las
_Metamorfosis_, o la _Jerusalén libertada_, que las ásperas epístolas de
San Pablo. Todos sabían que había ofrecido al Cabildo de la Catedral
hacer revestir a su costa la gótica portada de los Apóstoles con un
peristilo greco-romano. Los cajones de sus bufetes estaban llenos de
ensayos poéticos, en que cantaba, al modo de Boscán y Garcilaso, a Clori
y a Galatea. Llevaba concluida una traducción de _El laberinto de amor_,
sendas glosas de los sonetos de Petrarca, y tenía entre manos una feliz
imitación de la _Arcadia_ de Sannázaro. Para él, aquella naturaleza
desolada y adusta que rodeaba, por todos lados, a su ciudad natal no
merecía un hemistiquio.
Las galas al uso, la continua genuflexión, el ambiente de los estrados y
todo el artificioso juego de sentimientos alambicados o fingidos, todo
aquel estoraque, todo aquel histriónico afeite de la vida cortesana,
agravado por los exquisitos refinamientos «que», según don Íñigo, «la
prudente malicia de los extranjeros brindaba a los españoles para
afeminalles el valor», habían concluido por cubrir con mentirosa
envoltura la austera fibra castellana de don Alonso. Sin embargo, no se
tardaba en advertir que un alma recia como un estoque se ocultaba por
debajo del bordado terciopelo de aquella vaina de ceremonia, y que su
honra era siempre tan puntillosa como pudo serlo en el corazón o la
mejilla de los que descansaban en San Pedro, con su par de espuelas en
el calcáneo. Sólo que los tiempos habían hecho llegar hasta él, desde
temprano, los granos de fina sensualidad que la vida fascinadora de
Italia aventaba sobre los reinos, propagando el gusto de la pompa y del
bello vivir.
Amaba los ricos objetos, el aparato palaciego, la numerosa servidumbre.
La mucha hacienda servía ante todo, según él, para no envilecerse en
ganarla y poder mostrar mejor la alta guisa del ánimo. Era de condición
levantada y espléndida. Pensaba que por encima de todo acto del hombre
debía palpitar un gesto generoso y brillante, como la pluma en el
sombrero.
Su lujo en el vestir burlaba las pragmáticas. Nadie usaba en la corte
espada más larga que la suya, ni lechuguilla más eminente y más ancha.
Hacía tejer en Milán sus brocados y brocateles según antiguos modelos
del guardarropa de familia, y sólo los lapidarios de Florencia eran
dignos de grabar el onix y la cornalina para el sello de sus sortijas y
el pomo de sus dagas.
Varios años de juventud los pasó embebecido de la joven esposa de un
Consejero de Castilla, y gustó mucho en la corte aquello de haber dado
dos mil escudos de oro por un lenzuelo manchado en sus sangrías, que le
presentó el cirujano. Antonio Pérez mostrábale siempre gran afición, y
él contaba con aquella amistad y valimiento para lograr una silla en el
Consejo de Italia a la primer coyuntura.
Su amor por las cosas que concretaban una calidad exquisita de rareza o
de arte era sobradamente sincero; pero sabía también que el culto
ostensible de aquella pasión ponía una orla incomparable a la vida
señoril, y, desde temprano sirviéndose de sus amigos de Milán y Venecia,
comenzó a reunir en su casa un verdadero tesoro.
Los objetos que herían la imaginación del hidalgo con más sutil embeleso
eran sus vidrios y marfiles. Estos, fríos, tersos y cuasi dorados,
provocábanle indecible entusiasmo. Tenía gestos de verdadero amor para
cogerlos de los fanales y acercarlos a la luz. Hubiérase dicho que sus
manos oprimían con fraternidad aquella aristocrática y pálida materia,
donde los rayos de sol remedaban un rubor interno de sangre.
Hacia el centro de la cuadra principal, sobre dos largas mesas
fabricadas de minúsculos espejos, las fuentes, los vasos, las copas de
Venecia entremezclaban al azar su tenuidad casi incorpórea, y de una
fina manera el azogado cristal invertía como un estanque el precioso
florecimiento.
Algunos de aquellos objetos prolongaban el milagro de vivir
centenariamente. Piezas del siglo anterior, arquetipos de la generación
innumerable, habían sido exornados de mascarones y de imprevistas
alimañas por la tenacilla de Vistori, de Ballorino, de Beroviero, en la
gran época visionaria de la cristalería. Vidrios turbios, de un glauco
tinte lodoso como el agua de los canales, de la cual aparentaban haber
tomado toda su fantasía. Su manejo educaba la mano mejor que los
marfiles. Don Alonso los tomaba con cuidado infinito, como si un
movimiento poco armonioso pudiera quitarles la vida. Un amigo suyo, un
pintor formado en Venecia, a quien llamaban el Greco, habíale enseñado a
mirarlos de noche en un rayo de luna. Sobre la vaga substancia la luz
astral rielaba un reflejo fosforescente. Entonces, cual si hubiera caído
en su pupila la gota de un filtro, don Alonso creía respirar el olor de
la noche sobre las aguas, veía las escamosas estelas, las aturquesadas
blancuras de los palacios, la lobreguez de los pequeños canales
internados en el misterio.
Así, por la virtud del vano cristal, aquel hidalgo, desde su reseca y
polvorosa Castilla, creíase transportado a la ciudad de las lagunas,
donde pasara, bajo el negro o verde antifaz, horas inolvidables.
* * * * *
Entre don Íñigo y don Alonso Blázquez Serrano formose pronto esa amistad
ceñida y lisonjera que suele enlazar a los descontentos. El uno clamaba
en tono altivo y profético contra la política del monarca, quien, a la
vez que iba aniquilando los fueros de la antigua nobleza, toleraba en su
reino católico la vergonzosa plaga de los moriscos. El otro, mirando de
hito en hito hacia las puertas, refería bajezas y crímenes recompensados
con grandes honores y mercedes.
Cierto día, al retirarse de una de sus visitas, Blázquez Serrano topó
con Ramiro en la antecámara. El niño estaba sentado en una silla de alto
y esculpido respaldo. Sus ojos parecían contemplar fijamente alguna
imagen dolorosa de su propio cerebro. Hubiérase dicho un infante
embrujado.
Don Alonso, bajo su varonil empaque, disimulaba un corazón capaz de
profundos enternecimientos que le humedecían de súbito los ojos, como a
una mujer. Había mirado siempre a Ramiro con indiferencia; pero, al
verle ahora sumido en aquella melancolía, sintió una extraña compasión
que él mismo no hubiera podido explicar. Desde entonces comenzó a
agasajarle. Al siguiente día le mandó buscar con su enano. Hízole
enseñar toda la casa, el huerto, las murallas; y llevole él mismo a
conocer a su hija Beatriz, preciosa mujercita de diez años, que les
recibió en gran aposento perfumado y oscuro, sentada sobre un cojín
azul, entre las dueñas.
Cuando la niña se hubo puesto de pie, Ramiro se adelantó tendiendo los
brazos; pero ella le contuvo con grave reverencia. Una emoción profunda,
indecible, estremeció el pecho del niño. El enano le puso la mano sobre
el hombro y salieron.