III

Guiomar y don Íñigo se veían tan sólo a las horas de la comida y de la

cena. El anciano, sentado a la cabecera, y su hija, hacia un extremo de

la tabla, entre Ramiro y el Capellán, permanecían todo el tiempo sin

hablarse. En medio del angustioso mutismo, cualquier rumor, el choque de

la platería, las pisadas de un paje, el grito de los buhoneros en la

calle, cobraba un eco solemne.

Al levantarse, cuando la gota se lo consentía, el anciano caminaba

algunos instantes a lo largo de la cuadra. Guiomar y su hijo se

acurrucaban junto al brasero. Oíase el tic-tac de un cuadrante. Nadie

hablaba.

No hubiera podido decirse, al pronto, si era una aversión recóndita o un

dolor compartido lo que motivaba dicha reserva. Cada uno se informaba

del otro por medio de la servidumbre. Para Guiomar su aposento,

inmediato al oratorio, tenía austeridades de celda, y cuando cruzaba

las demás habitaciones, parecía visitar una casa extraña, dejando tras

sí como flotante congoja. Su lozanía de otros tiempos, y el mismo brillo

de sus pupilas, mantenido entonces a favor de melindroso pestañeo, todo

huyó prematuramente de su rostro, macerado por los pesares; y el negro

monjil ahuyentó para siempre los tafetanes de colores y las graciosas

basquiñas de la adolescencia.

Antes de que cumpliera los quince años, don Íñigo la había prometido en

casamiento a su primo Lope de Alcántara, con quien le ligaba, fuera de

un fraternal afecto, una noble emulación en la fidelidad y el

sacrificio. Era el tal Lope un caballero cincuentón de infelice rostro,

y sólo adornado de las más severas virtudes. La doncella sentía por él

invencible repugnancia; pero incapaz de afrontar el ánimo recio de su

padre, se resignó a ser ofrecida como tributo de aquella ejemplar

amistad, que era ya citada por todos en Segovia.

Como a toda hidalgüela, vedáronla desde temprano la lectura de los

libros de caballerías, que tanto abundaban en la casa, pintándoselos

como obras de pura vanidad y de sutil incitación al pecado. Por eso, tal

vez, comenzó a sacarlos, uno a uno, furtivamente, de la biblioteca

paterna y a saborearlos de noche, en la cama, a la luz de un velón,

cuando todos dormían.

La impresión de aquellas aventuras estrafalarias fue para ella como un

filtro hechiceril. Ya no pensaba sino en bizarro y generoso caballero

que viniese a libertarla y la llevase lejos, muy lejos, en la grupa del

palafrén. Comenzó a vivir en la amorosa cavilación, en los coloquios y

raptos de las historias, soñando despierta, olvidando la vida

cuotidiana, dando respuestas absurdas y palpando las cosas, como una

sonámbula, sin saber lo que buscaba. Aficionose a los olores, a los

jubones recamados de canutillos y aljófar. Aliñose como nunca las manos

y la guedeja. Los confesores la previnieron; pero ya no era tiempo.

Una tarde de verano, en Segovia, contemplando desde su habitación el

rojo deshojamiento del crepúsculo sobre el valle del Eresma, vio pasar

por la calle a un arrogante galán que se detuvo a mirarla. Iba vestido a

lo soldado, con harta pluma en el sombrero. Una daga cubierta de piedras

preciosas brillaba sobre sus gregüescos acuchillados.

Aquella escena muda se repitió varias veces. Algunas noches una voz

llorosa y sombría cantaba debajo de su ventana, al son de una guzla. El

billete atado a una piedra no se hizo esperar. Por fin los garfios de

una escala de seda se engancharon a su balcón, y su labio sorbió, sobre

Segovia dormida, el deliquio del primer beso nocturno.

Cuando se hubo rendido por entero al pecado, y la arrancaron de su

embriaguez los primeros anuncios de la maternidad, creyó enloquecerse.

Sin esperar, reveló todo a su padre. Entretanto el seductor desaparecía

de Segovia. Medrano fue encargado de ir en su busca. Poco después, en

Arévalo, el mismo desconocido se presentó al escudero, declarando su

nombre y su raza. Era un morisco.

--Decid a vuestro amo--exclamó al despedirse--que yo quise herille su

honra por vengar a mi padre el valiente Aben-Djahvar, a quien él hizo

sufrir en Almería despiadado tormento; pero que, si él consiente agora

en casar a su hija conmigo, iré a postrarme a sus plantas.

El hidalgo, al recibir aquel terrible mensaje, se abalanzó sobre Guiomar

con la daga desnuda; pero, sintiéndose desvanecer, y creyendo que se

moría, la maldijo el fruto que llevaba en el vientre.

¡Qué días los que siguieron! Lope de Alcántara fue informado de todo, y

aquel hombre, loco de amor o de lealtad, al escuchar la exasperada

relación de boca de su amigo, en vez de enfurecerse, exigió que se

realizaran al punto sus bodas; y a los tres días de casado se partió

solo para Flandes.

Algunos meses después don Íñigo recibía una carta de su amigo Sancho

Dávila haciéndole saber la manera admirable como su yerno había

sacrificado la vida en un encuentro con los hugonotes de Francia.

Guiomar, como si hubiera asido con ambas manos la herida abierta en su

pecho por tanto dolor, pareció escurrir fuera de sí el exceso de aquella

sangre culpable, cuyos ardores habían mancillado su honra. Enfermiza

palidez enmascaró su rostro. Sus manos tomaron impresionante blancura

entre sus vestidos de luto; y su alma se inclinó toda entera hacia el

rayo de luz de la esperanza divina. A pesar de su preñez, sometió su

cuerpo a las más arduas penitencias, imitando, dentro de su casa, en lo

que era posible, la nueva reforma del Carmelo.

Cuando se acercaba el día del parto, don Íñigo resolvió cambiar de

residencia y se trasladaron, para siempre, a Avila de los Santos. Allí

vino al mundo Ramiro, un 21 de diciembre, día de Santo Tomás, el año de

1570, bajo la constelación de Saturno y los signos de Acuario y

Capricornio.

La gloria de don Ramiro una vida en tiempos de Felipe segundo · 第 11 / 50 题