Guiomar y don Íñigo se veían tan sólo a las horas de la comida y de la
cena. El anciano, sentado a la cabecera, y su hija, hacia un extremo de
la tabla, entre Ramiro y el Capellán, permanecían todo el tiempo sin
hablarse. En medio del angustioso mutismo, cualquier rumor, el choque de
la platería, las pisadas de un paje, el grito de los buhoneros en la
calle, cobraba un eco solemne.
Al levantarse, cuando la gota se lo consentía, el anciano caminaba
algunos instantes a lo largo de la cuadra. Guiomar y su hijo se
acurrucaban junto al brasero. Oíase el tic-tac de un cuadrante. Nadie
hablaba.
No hubiera podido decirse, al pronto, si era una aversión recóndita o un
dolor compartido lo que motivaba dicha reserva. Cada uno se informaba
del otro por medio de la servidumbre. Para Guiomar su aposento,
inmediato al oratorio, tenía austeridades de celda, y cuando cruzaba
las demás habitaciones, parecía visitar una casa extraña, dejando tras
sí como flotante congoja. Su lozanía de otros tiempos, y el mismo brillo
de sus pupilas, mantenido entonces a favor de melindroso pestañeo, todo
huyó prematuramente de su rostro, macerado por los pesares; y el negro
monjil ahuyentó para siempre los tafetanes de colores y las graciosas
basquiñas de la adolescencia.
Antes de que cumpliera los quince años, don Íñigo la había prometido en
casamiento a su primo Lope de Alcántara, con quien le ligaba, fuera de
un fraternal afecto, una noble emulación en la fidelidad y el
sacrificio. Era el tal Lope un caballero cincuentón de infelice rostro,
y sólo adornado de las más severas virtudes. La doncella sentía por él
invencible repugnancia; pero incapaz de afrontar el ánimo recio de su
padre, se resignó a ser ofrecida como tributo de aquella ejemplar
amistad, que era ya citada por todos en Segovia.
Como a toda hidalgüela, vedáronla desde temprano la lectura de los
libros de caballerías, que tanto abundaban en la casa, pintándoselos
como obras de pura vanidad y de sutil incitación al pecado. Por eso, tal
vez, comenzó a sacarlos, uno a uno, furtivamente, de la biblioteca
paterna y a saborearlos de noche, en la cama, a la luz de un velón,
cuando todos dormían.
La impresión de aquellas aventuras estrafalarias fue para ella como un
filtro hechiceril. Ya no pensaba sino en bizarro y generoso caballero
que viniese a libertarla y la llevase lejos, muy lejos, en la grupa del
palafrén. Comenzó a vivir en la amorosa cavilación, en los coloquios y
raptos de las historias, soñando despierta, olvidando la vida
cuotidiana, dando respuestas absurdas y palpando las cosas, como una
sonámbula, sin saber lo que buscaba. Aficionose a los olores, a los
jubones recamados de canutillos y aljófar. Aliñose como nunca las manos
y la guedeja. Los confesores la previnieron; pero ya no era tiempo.
Una tarde de verano, en Segovia, contemplando desde su habitación el
rojo deshojamiento del crepúsculo sobre el valle del Eresma, vio pasar
por la calle a un arrogante galán que se detuvo a mirarla. Iba vestido a
lo soldado, con harta pluma en el sombrero. Una daga cubierta de piedras
preciosas brillaba sobre sus gregüescos acuchillados.
Aquella escena muda se repitió varias veces. Algunas noches una voz
llorosa y sombría cantaba debajo de su ventana, al son de una guzla. El
billete atado a una piedra no se hizo esperar. Por fin los garfios de
una escala de seda se engancharon a su balcón, y su labio sorbió, sobre
Segovia dormida, el deliquio del primer beso nocturno.
Cuando se hubo rendido por entero al pecado, y la arrancaron de su
embriaguez los primeros anuncios de la maternidad, creyó enloquecerse.
Sin esperar, reveló todo a su padre. Entretanto el seductor desaparecía
de Segovia. Medrano fue encargado de ir en su busca. Poco después, en
Arévalo, el mismo desconocido se presentó al escudero, declarando su
nombre y su raza. Era un morisco.
--Decid a vuestro amo--exclamó al despedirse--que yo quise herille su
honra por vengar a mi padre el valiente Aben-Djahvar, a quien él hizo
sufrir en Almería despiadado tormento; pero que, si él consiente agora
en casar a su hija conmigo, iré a postrarme a sus plantas.
El hidalgo, al recibir aquel terrible mensaje, se abalanzó sobre Guiomar
con la daga desnuda; pero, sintiéndose desvanecer, y creyendo que se
moría, la maldijo el fruto que llevaba en el vientre.
¡Qué días los que siguieron! Lope de Alcántara fue informado de todo, y
aquel hombre, loco de amor o de lealtad, al escuchar la exasperada
relación de boca de su amigo, en vez de enfurecerse, exigió que se
realizaran al punto sus bodas; y a los tres días de casado se partió
solo para Flandes.
Algunos meses después don Íñigo recibía una carta de su amigo Sancho
Dávila haciéndole saber la manera admirable como su yerno había
sacrificado la vida en un encuentro con los hugonotes de Francia.
Guiomar, como si hubiera asido con ambas manos la herida abierta en su
pecho por tanto dolor, pareció escurrir fuera de sí el exceso de aquella
sangre culpable, cuyos ardores habían mancillado su honra. Enfermiza
palidez enmascaró su rostro. Sus manos tomaron impresionante blancura
entre sus vestidos de luto; y su alma se inclinó toda entera hacia el
rayo de luz de la esperanza divina. A pesar de su preñez, sometió su
cuerpo a las más arduas penitencias, imitando, dentro de su casa, en lo
que era posible, la nueva reforma del Carmelo.
Cuando se acercaba el día del parto, don Íñigo resolvió cambiar de
residencia y se trasladaron, para siempre, a Avila de los Santos. Allí
vino al mundo Ramiro, un 21 de diciembre, día de Santo Tomás, el año de
1570, bajo la constelación de Saturno y los signos de Acuario y
Capricornio.