No se hubiera librado Medea del castigo que merecia su crueldad, á

no haberse escapado por los ayres en su carro tirado por los alados

dragones. Pasó inmediatamente sobre el Pelion, mansion antigua de

Filira,[209] madre del Centauro Quiron; despues sobre el Otris, donde

en otro tiempo habia habitado el anciano Cerambo, quien habiéndose

retirado al Parnaso en el diluvio de Deucalion, fue convertido en ave

por las Ninfas de este monte. Dexó á la izquierda á Pitane, ciudad de

Eolia, en cuyas cercanías estaba la figura de aquel dragon que fue

transformado en roca, y al bosque de Ida, en el qual Baco, para ocultar

el robo que habia hecho su hijo[210] transformó en ciervo un becerro

que habia hurtado.

FÁBULA III.

_MEDEA INCENDIA EL PALACIO DE JASON._

Atravesó Medea en seguida el pais donde el padre de Corito[211] estaba

enterrado, y los anchos campos que Mera,[212] convertida en perra,

intimidó en otro tiempo con sus ladridos. Tambien encontró al paso

la ciudad de Coa, donde reynaba Eurípilo, y donde algunas mugeres

fueron convertidas en vacas, quando Hércules pasaba con las que habia

hurtado á Gerion; la isla que está consagrada á Apolo[213] y la ciudad

de Yaliso, célebre por los Telchines, sus habitantes, que infestaban

quanto veian, y que Júpiter los anegó en las ondas de su hermano;[214]

la antigua ciudad de Cea, donde Alcidamas debia ver cierto dia con

admiracion á su hija convertida en paloma; el lago de Hirie, y el

valle de Tempe, célebre por el canto de un cisne, cuya aventura es como

sigue:

[Ilustración: (76) Medea, despues de haber muerto á los dos hijos que

tuvo de Jason, huye á Atenas.]

Filio, por agradar al hijo de Hirie, domesticaba aves y leones para

hacerle presente de ellos. Con este objeto combatió con un toro

fiero, y le venció; pero viendo que todos sus cuidados eran inútiles,

y que era imposible ganar su amistad, le negó el toro quando con

mayor instancia se lo pedia. Viéndose el jóven desayrado, le dixo

con desprecio: „Sentirás inútilmente algun dia no haber accedido á

mis instancias.” Y se precipitó de un alto peñasco. Todos los que se

hallaban presentes creyeron que habia muerto despeñado; pero se sostuvo

en el ayre convertido en cisne. Su madre Hirie, que lo creia difunto,

derramó tantas lágrimas, que de ellas se formó el lago de su nombre.

Cerca de allí estaba la ciudad de Pleurone, donde Combe, hija de Ofias,

se transformó en ave para huir y libertarse de las heridas de sus hijos.

De allí pasó Medea por cerca de la isla de Calaurea, consagrada á

Latona, famosa por haber sido convertidos en aves su Rey y Reyna.[215]

Dexando á su derecha el monte Cileno, en el qual Menefronte[216] habia

formado el designio de tener acceso con su madre, á manera de las mas

crueles fieras; descubrió á lo lejos á Cefison llorando la desgracia de

su nieto, á quien Apolo habia transformado en lobo marino; y el alcázar

de Eumelo,[217] donde todos estaban de luto por la Princesa su hija,

que habia sido convertida en ave. Finalmente llegó á Corinto, ciudad

célebre por haber sido poblada desde el principio del mundo por hombres

nacidos milagrosamente de los hongos que llovieron. Aquí fue donde

habiendo sabido que Jason habia casado con Creusa, hija de Creonte, con

ignominia suya, la hizo perecer con el vestido y corona envenenados que

la regaló; ambos mares vieron arder el palacio, quedando abrasado el

padre con su hija; dió de puñaladas á los dos hijos que tuvo de Jason,

y habiendo vuelto á subir en su carro para evitar con una precipitada

fuga el justo castigo de sus maldades, llegó á Atenas, ciudad que te

vió volar en otro tiempo, justísimo Finéo, y á tí viejo Perifa, y no

menos observó tus nuevas alas, ó nieta de Polipemon.[218] Egeo[219] la

recibió; y poco contento con haberla concedido una franca hospitalidad,

se casó con ella; digno de vituperio en este solo hecho.

FÁBULA IV.

_HÉRCULES ENCADENA AL CANCERBERO._

Teseo, despues de haber libertado el estrecho de Corinto de los

ladrones,[220] que cometian en él mil desórdenes, y restablecido la

tranquilidad y seguridad en este pais, llegó en aquel tiempo á Atenas.

Como Egeo, su padre, no le reconocia aun por su hijo, formó Medea el

designio de quitarle la vida, para lo qual preparó una bebida con

el acónito que habia traido de Escitia, y que produxo la espuma del

Cancerbero.[221] Hay en aquella comarca una caverna obscura, cuya

entrada es profunda y muy pendiente. Por ella sacó Hércules á Cerbero

con una cadena de diamante, á pesar de la resistencia que hacia para no

ver la risueña luz del dia.

[Ilustración: (77) Hércules ata á Cancerbero que de rabia inficiona la

tierra con su espuma.]

Lleno de rabia y furor este gran mastin de tres cabezas hizo resonar

el ayre con tres ladridos, é inficionó la tierra con su espuma, que

despues de este tiempo llegó á ser fértil en yerbas venenosas; á las

quales, por nacer entre las rocas, llama acónito la gente del campo.

Era un veneno compuesto de esta planta el que Egeo, por consejo de su

esposa, iba á dar á su hijo; y este Príncipe estaba pronto á beberlo,

quando su padre, que le conoció en el puño de su espada, donde tenia

grabado su sello, le apartó de la boca la envenenada copa. Medea evitó

el castigo que merecia, ocultándose en unas nieblas que formó por

virtud de sus encantos.

Lleno de alegría Egeo al ver á su hijo, se estremecia al acordarse del

peligro en que habia estado, y con repetidos sacrificios dió gracias

á los Dioses de haberle librado. Se sacrificaron por su órden muchas

víctimas, cuyos cuernos estaban adornados con cintas victimales. Jamas

se celebró en Atenas fiesta con mayor magnificencia. Los grandes

y el mismo vulgo fueron convidados al banquete que el Rey habia

mandado preparar; y quando el vino y manjares regalados derramaron

la alegría en el espíritu de los convidados, empezaron á cantar las

alabanzas de Teseo en la forma siguiente:[222] „Tú eres fortísimo

Teseo, quien libertaste la llanura de Maraton del toro[223] que la

asolaba. Don y hazaña tuya es el que los colonos de Corinto aren con

seguridad los campos de Cromion, libres por tí de la fiera que los

infestaba.[224] Epidaura fue testigo de la victoria que ganaste sobre

aquel monstruo hijo de Vulcano;[225] el rio Cefiso vió perecer al cruel

Procrustes,[226] y Eleusis te debe la derrota del famoso Cercion:[227]

tú quitaste la vida del feroz Sinis, tan temible por aquella fuerza

que empleaba solamente en oprimir la inocencia: el cruel torcia los

árboles, y baxaba desde lo alto á la tierra los pinos que habian de

desmembrar á los miserables que ataba á ellos: despues de la muerte

de Esciron, se puede ir con seguridad á Megara, cuyo camino tenia

sitiado. La tierra negó su seno á los huesos de este malvado; el mar

los arrojó afuera, y el ayre, á que quedaron expuestos, habiéndoles

petrificado, los transformó en peñascos, quedándoles el nombre de

Esciron. Últimamente, si quisiéramos contar tus hazañas, hallaríamos

que exceden á tus años. Ofreceremos sin cesar nuestros votos por

la conservacion de una vida tan preciosa, y por tí celebramos hoy

una fiesta tan solemne, y en honra tuya brindamos con este vino.”

El palacio resuena con las aclamaciones y aplausos del pueblo,

participando lo mas oculto de la ciudad de la alegría de la Real

familia.

FÁBULA V.

_EACO NIEGA SOCORRO Á MINOS._

No disfrutó sin embargo Egeo una cabal alegría despues de haber

hallado á su hijo, porque nunca se experimentan placeres completos,

pues regularmente son turbados por algun disgusto. Minos se preparaba

á hacer sentir á los Atenienses todos los horrores de la guerra:

tenia tropas bien disciplinadas, y una esquadra numerosa; pero lo

que le hacia aun mas temible era la justa indignacion que habia

concebido contra este pueblo. Resuelto á vengar la muerte de su hijo

Androgéo,[228] quiso antes de empezar la guerra, hacer alianza con

sus vecinos, y se embarcó para ir á pedirles socorro. Despues de

haber atraido con promesas á la isla de Nanfio,[229] obligó á la de

Estimpalea con guerra. Tambien traxo á su partido á Cimolia, á Cithnos,

Micona, Esciros, Serifo, Paros, tan célebre por sus hermosos mármoles,

Sitonia, á la qual vendió la avarienta Arnéa en otro tiempo por

una cantidad de oro, y los Dioses para castigarla la convirtieron en

mochuelo, ave que tiene los pies y plumas negras, y en quien suponen

igual propension al oro despues de su transformacion.

[Ilustración: (78) Eaco niega á Minos el socorro que le pide contra

los Atenienses.]

No habiendo podido lograr Minos socorro alguno de las islas de Didimo,

Oliaro,[230] Andros, Tenos, Giarea y Pepareto, tan fecunda en olivos,

se fue á Egina, donde reynaba Eaco.[231] Á esta isla llamaron Enopia

los antiguos; pero este Príncipe la llamó Egina, del nombre de su

madre. Salieron en gran número de la ciudad por ver á un conquistador

de tanta fama. Telamon y sus hermanos Peleo y Foco salieron tambien á

recibirle. El mismo Eaco, aunque de una edad muy avanzada, salió de su

capital, y le preguntó qual era la causa de su expedicion. El Rey de

cien pueblos,[232] renovando con este discurso el paterno llanto, le

respondió en estos términos: „Á suplicarte me auxîlies en una guerra

justa he venido; toma parte en la afliccion de un padre desgraciado;

ayúdale á vengar la muerte de un hijo; no niegues este servicio á

los manes de Androgéo. Una cosa me pides, le respondió Eaco, que no

puedo concedértela, ni aun mis vasallos podrán tomar partido contigo;

porque hemos hecho una alianza con los Atenienses, que las leyes mas

sagradas hacen inviolable.” Ofendido Minos de esta respuesta le dixo

al retirarse: „Esa alianza te costará bien cara;” pero se contentó con

esta amenaza, no queriendo por entonces llevar mas adelante su venganza

por no debilitar sus fuerzas.

La armada de Minos podia divisarse aun desde los muros de Egina,

quando llega con velas tendidas una nave Ática, y entra en el puerto

aliado; mandábala Céfalo,[233] que venia á pedir socorro contra el Rey

de Creta. Los hijos de Eaco conocieron á este Príncipe, no obstante

de haber mucho tiempo que no le veian; y despues de haberle abrazado,

le conduxeron al palacio de su padre. Este héroe, que en una edad

avanzada conservaba aun alguna muestra de su primera hermosura,

llevaba en la mano un ramo de oliva,[234] y á sus lados á Cliton y

Butes, hijos de Palante. Despues de los primeros cumplimientos, Céfalo

expuso las órdenes que habia recibido de los Atenienses, y pidió

socorro contra el ambicioso Minos, que queria oprimir la libertad de la

Grecia. Para obligar á Eaco á otorgar lo que pedia, recuerda la alianza

y los antiguos tratados de los dos pueblos, añadiendo para hacer mas

fuerza que Minos dirigia sus tiros contra toda la Acaya.

FÁBULA VI.

_LAS HORMIGAS CONVERTIDAS EN HOMBRES LLAMADOS MIRMIDONES._

Despues de haber sostenido su causa con mucha eloqüencia el Rey de

Egina, apoyándose entonces sobre su cetro: „No pidais auxîlio, les

dice, ó Atenienses, sino tomad quanto necesiteis. No dudeis que son

vuestras quantas tropas hay en esta isla; disponed de ellas, y vayan

las principales con vosotros. Tengo armada; tengo exército bastante

para mi defensa y contra mis enemigos; tengo el favor de los Dioses,

y tenemos por último una feliz coyuntura. Así suceda, le respondió

Céfalo, y se aumente la poblacion de tu reyno, al que luego que llegué

me llené de regocijo viendo que me salia á recibir una juventud tan

lozana; pero echo menos á muchos que vi en otro tiempo quando estuve en

tu corte.”

[Ilustración: (79) Júpiter, por ruego de Eaco su hijo, transforma en

hombres á unas hormigas.]

Eaco suspirando le habla de este modo: „Vas á oir la relacion de

una historia lastimera, cuyo fin, sin embargo, podrá causarte algun

consuelo; pero como no es posible que comprehendas todo su horror, me

contentaré con referírtela en pocas palabras y sin guardar órden.

Yacen huesos y cenizas aquellos por quienes preguntas: ay ¡y cómo

he perdido con ellos mis mejores vasallos! La desapiadada Juno, que

no podia sufrir que esta tierra tuviese el nombre de su rival,[235]

asoló todos mis pueblos con una cruel peste. Creimos al principio

que este mal no era sino una enfermedad ordinaria, y empleamos todos

los auxîlios de la medicina; pero los remedios eran inútiles. Al

empezar, se cubrió el ayre de obscuras nubes, y se sintió un excesivo

calor.[236] El viento del Mediodia, tan propio para infestar el ayre,

reynó por el tiempo en que la luna llenó por quatro veces la faz que

muestra á la tierra, y otras tantas menguando quedó privada de la

luz.[237]

”Los lagos y fuentes se inficionaron con el funesto veneno que esparció

en ellas una multitud de serpientes desconocidas en el pais. Se

observó la fuerza del mal primeramente en los perros, aves, ovejas,

bueyes y demas animales. El labrador consternado veia morir á los

robustos bueyes en medio del trabajo, y caer en medio del surco. Las

ovejas despojadas de su vellon, y flacas, llenaban el campo de balidos

lastimeros. El brioso caballo, despreciando los combates y victorias

que tantas veces habia ganado, gemia en el pesebre esperando la muerte

con una enfermedad que le debilitaba. El jabalí no se acordaba de su

natural ferocidad; la cierva ya no tenia su ordinaria ligereza; el oso

no se atrevia ya á embestir á los ganados. Á todos tenia acobardados el

contagio; los bosques, campos y caminos estaban cubiertos de cadáveres

que inficionaban el ayre con su fetidez; y lo que es mas de admirar,

ni los perros, ni las aves de rapiña, ni los canos lobos se atrevian á

tocarlos: se podrian sobre la tierra, y esparcian el contagio por todo

el contorno. De los animales pasó la peste á las aldeas y gentes del

campo, y de ellas penetró hasta las ciudades. Primeramente se abrasaban

las entrañas, y el color encendido que salia á la cara era indicio

del fuego que les abrasaba interiormente. No se respiraba sino con

trabajo, y la lengua seca é hinchada obligaba á tener la boca abierta,

y así se atraia mas la infeccion del ayre. No pudiendo los dolientes

sufrir la cama, ni ningun género de cobertura, tendian sus cuerpos

sobre el duro suelo; pero lejos de darles la tierra algun refrigerio,

se abrasaba esta con el calor de los cuerpos. Los Médicos que hubieran

podido contener de algun modo la propagacion de un mal tan violento,

se hallaban padeciéndolo, sin que pudiera preservarles su arte: y los

que mas se apresuraban á socorrer á los enfermos, eran las primeras

víctimas de la muerte.

„Conociendo todos los contagiados que no habia mas remedio que la

muerte, despreciaban los remedios, y se entregaban á satisfacer lo

que el ardor del mal les hacia desear: nadie cuida de buscar algun

auxîlio, pues ninguno se halla. Cada uno corre á los pozos, á las

fuentes y á los rios á apagar la sed que le devoraba: unos mueren

antes que puedan extinguir la sed que les abrasa: estos, agoviados, no

pueden levantarse de las aguas que les sirven de sepultura: aquellos

sin embargo se refrigeran con ellas; y como se ignoraba la causa del

mal, aborrecian los infelices la cama; saltaban de ella, y aquellos á

quienes faltaban las fuerzas se tendian en el suelo; cada uno huye de

su casa, teniéndola por la causa de su muerte. Allí era de ver andar á

unos por esas calles ya moribundos, y que apenas podian tenerse en pie;

á otros postrados en tierra exhalando lúgubres suspiros, y arqueando

sus moribundos ojos, que un momento despues para siempre se cerraban:

y mirando de esta forma al cielo exhalaban los últimos suspiros en el

mismo sitio donde les cogia la muerte.

„Figúrate, Príncipe, la funesta situacion en que yo me hallaria.

¿Te parece que no aborreceria mi propia vida deseando ser uno de

los desgraciados? Á qualquiera parte que tendia la vista, se veian

montones de cadáveres, al modo que los forman las manzanas y bellotas

que caen quando se sacuden las ramas de los árboles que las producen.

¿No ves enfrente ese exemplo de tanta elevacion dedicado á Júpiter?

¿Quién no ofreció, bien que en vano, inciensos en aquellos altares?

¡Quántas veces vimos al marido que iba á pedir por su muger, al padre

por su hijo, perder la vida en los inexôrables altares, y hallarse

entre sus manos, despues de muertos, parte del incienso no consumido!

¡Quántas veces mientras el sacerdote decia las oraciones, y derramaba

el vino entre las astas,[238] cayeron muertos los toros, conducidos

al templo, sin aguardar el golpe! Yo mismo, ofreciendo un sacrificio

por mí, por la patria, y por mis tres hijos, la víctima dió crueles

bramidos, y cayó á los pies del altar sin recibir el golpe: apenas

fue teñido con su sangre el sagrado cuchillo, y las fibras de sus

entrañas estaban tan corrompidas con la fuerza del contagio, que no se

hallaron en ellas señales algunas que nos dieran á conocer la voluntad

de los Dioses.[239] Muchas veces vi cadáveres arrojados delante de los

sagrados templos, y aun delante de los venerables altares, para hacer

mas aborrecible la muerte: vi otros, que por acabar sus males, habian

empleado el dogal fatal, pareciéndoles mas llevadera la muerte, que

la aprehension continua que tenian de morir. Los muertos, privados de

las honras funerales, se veian á montones cerca de las puertas de la

ciudad; como no habia bastante gente para sacarlos fuera de los muros,

los dexaban podrir sobre la tierra, ó los quemaban sin ceremonia:

tampoco escrupulizaban en quemar un muerto en la pira que estaba

preparada para otro. No habia quien llorase la muerte de las personas

mas queridas; las almas de los hijos y de las madres, de los jóvenes y

de los viejos, descendian á las riberas infernales sin ser lloradas. Ya

no habia lugar para las sepulturas, ni leña bastante para las piras.

„En medio de tantas desgracias, sobresaltado, dirigí á Júpiter esta

súplica: Gran Dios, si es cierto que en otro tiempo fuiste sensible

á las gracias de mi madre, si no te avergüenzas de reconocerme por

hijo, padre mio, ó vuélveme mis vasallos, ó haz que yo perezca con

ellos. Júpiter oyó mi súplica, y me lo dió á conocer por medio de un

relámpago y trueno de buen agüero. Yo acepto este agüero, dixe, y

deseo que me sea un testimonio favorable de tu voluntad. Cerca del

sitio en que yo me hallaba entonces habia una grande encina consagrada

á Júpiter: la bellota que la habia producido se habia cogido en la

selva Dodonea.[240] En el tronco de ella vi un rastro de infinidad

de hormigas que llevaban las semillas que habian juntado, y hecho

calle en su rugosa corteza. ¡Ah quan dichoso seria yo, decia entre

mí, si Júpiter me diese para poblar de nuevo mis desoladas ciudades,

tantos ciudadanos como hormigas veo aquí! Tembló á estas palabras la

alta encina, y las ramas se menearon sin ser agitadas del viento. Á

este prodigio empecé á temblar todo sobresaltado, y se me erizan los

cabellos. Lleno de no sé qué esperanza besé la tierra y el tronco

del árbol sagrado. En el entre tanto vino la noche, y á pesar de mis

inquietudes me quedé dormido. Quando yo gozaba de las delicias del

sueño, me parecia tener ante los ojos la misma encina con todas sus

hojas y ramas cubiertas de hormigas; me parecia tambien que dexaba

caer sobre la tierra una multitud de estos pequeños insectos, y los

veia extenderse por el anchuroso campo; aun mas, creia verlas crecer

de repente, levantarse y tenerse en pie. Ya no veia aquellas hormigas

ni tan pequeñas, ni tan negras, ni con tantos pies, y me parecia que

ellas vestian los miembros de humana figura. Despierto, y considerando

mi sueño como una imaginacion frívola, me quejo de no hallar ningun

auxîlio en los Dioses; pero oigo un gran murmullo en mi palacio, y

me parecia oir voces de hombres, ya para mí desconocidas; y quando

sospechaba que era efecto de la turbacion en que me habia dexado el

sueño, llega Telamon apresurado, abre la puerta de mi aposento, y me

dice: Vas á ver, padre mio, una cosa increible, y que no se podia

esperar: sal con presteza. Salgo inmediatamente de mi aposento, y vi

una multitud de hombres, que conocí ser los mismos que habia visto

en sueño. Acercáronse á mí, y me saludaron como á su propio Rey. Al

momento fui á dar gracias á Júpiter; despues repartí estos nuevos

habitantes en la ciudad y campos, y para conservar la memoria de su

orígen, les dí el nombre de Mirmidones.[241] Ellos conservan aun

las mismas inclinaciones que las hormigas; económicos, laboriosos,

aplicados á adquirir bienes, y á guardar con mucho cuidado lo que

adquieren. Acabas de verlos; estos soldados, iguales en edad y ánimo,

serán los que te acompañarán luego que el Euro, que felizmente te traxo

(porque con este viento habia venido) se cambiare en Austro.”[242]

[Ilustración: (80) La Aurora ve á Céfalo, de quien se enamora y le

roba.]

FÁBULA VII.

_CÉFALO Y LA AURORA._

En esta y otras conversaciones gastaron casi todo el dia; emplearon la

caida de la tarde en un espléndido banquete, y la noche en el sueño.

Ya habia asomado Febo por el horizonte, pero aun soplaba el Euro que

detenia las naves en que habian de volver. Los hijos de Palante fueron

adonde estaba Céfalo, que era el de mas edad, para ir juntos á ver

al Rey. Este dormia aun; y como Telamon y Peleo se hallaban entonces

ocupados en escoger las tropas para los Atenienses, Foco, el menor de

los hijos de Eaco, recibió á los embaxadores á la puerta de palacio,

y los conduxo á una sala á esperar que el Rey se levantara. Habiendo

observado Foco que Céfalo tenia en la mano un dardo de una madera

extraordinaria con la punta de oro, despues de haberle hablado de

cosas indiferentes, „soy aficionado, le dice, á los bosques, donde

voy freqüentemente á cazar; y no obstante te confieso que nunca he

visto madera semejante á la de tu dardo. Si fuera de fresno seria

de color rubio; si de cerezo tendria nudos: ignoro de qué madera

sea; pero jamas la vieron mis ojos mas hermosa. Si conocieras todas

sus qualidades, le replicó entonces uno de los hijos de Palante, te

admiraras mucho mas: jamas yerra el tiro; nada le desvia del blanco; y

lo que es aun mas de admirar, vuelve despues ensangrentado á la mano

del mismo que lo dispara.” Queriendo entonces Foco informarse mas

por menor de todas las particularidades de un dardo tan misterioso,

satisfizo Céfalo su curiosidad, callando sin embargo lo que era

vergonzoso referir, que era cómo y de qué mano le habia venido;[243]

y movido á compasion por la memoria de su esposa, le dice, derramando

muchas lágrimas: „Este dardo, hijo de la Diosa[244] (quien lo creerá),

me hace y me hará llorar mientras viva: por él perdí á mi amada

esposa: ¡mejor me estuviera no haber recibido jamas este fatal don!

Procris[245] era hermana de la célebre Oritia, si es que este nombre

ha llegado á tu noticia. Si hiciese un parangon de la hermosura, del

talento y costumbres de estas dos amables personas, Procris debiera

tener la preferencia. Quando el amor y el padre de esta Princesa me

hicieron su esposo, todos me tuvieron por el hombre mas feliz de la

tierra: lo era en efecto, y ahora tambien lo seria, si los Dioses no

hubiesen dispuesto lo contrario. Al segundo mes de nuestro himeneo,

hallándome tendiendo las redes á los ciervos en el siempre florido

monte Himeto, me descubrió la risueña Aurora, y me arrebató contra

mi voluntad. Sin ofender á esta Diosa, séame lícito decir la verdad:

aunque sea su rostro perfectamente hermoso; aunque ella tenga baxo

su mando los confines del dia y de la noche, y aunque se alimente

del nectar de los Dioses, no me fue posible olvidar á Procris; jamas

cesé de amarla; siempre residia en mi corazon; solo hablaba de ella,

y hacia memoria de las delicias que habia gozado con una esposa tan

agradable. Concibió por esta causa zelos la Diosa, y me dixo: „Dexa,

ingrato, quejas que me ofenden: ve á buscar tu Procris, que si yo no me

engaño, te arrepentirás de haberla amado tanto;” y con este discurso me

despidió de sí con ira.

FÁBULA VIII.

_CÉFALO Y PROCRIS._

Metamorfóseos o Transformaciones (2 de 4) · 第 7 / 9 段