habian sido nombradas por jueces de la contienda, declararon acordes
por nuestra la victoria. Prorumpiendo en dicterios las hijas de Piero
contra nosotras, supuesto, las dixe, que es poca la pena que habeis
merecido en el certámen, y aumentais con injurias vuestro delito
provocando nuestra paciencia, sufrireis los castigos de nuestra justa
indignacion. Echáronse á reir las Piérides, despreciando nuestras
amenazas, y quando iban á hablar, y á extender contra nosotras sus
protervas manos, con mucha algazara, vieron cubrirse de plumas manos
y brazos; que su boca toma la figura de un dilatado pico, y que se
añadian por nuevas aves á las selvas. Quisieron quejarse y golpearse
el pecho; pero sus brazos, que eran alas, habiéndolas levantado en
el ayre, las encaramaron en los árboles vecinos. De este modo fueron
convertidas en picazas las hijas de Piero; quienes conservando siempre
los mismos deseos de hablar, hacen resonar con sus gritos importunos y
voces roncas los bosques, de los que son la vergüenza y el oprobio.”
LIBRO SEXTO.
_ARGUMENTO._
Movida de este exemplo Minerva, se disfrazó en vieja; y entrando en
competencia sobre la hilaza con Aracne, despues que cada una representó
en su tela varias transformaciones, la convirtió en araña. Nada de
esto impidió á Niobe para que, sin embargo de haber perdido los hijos,
dexase de convertirse en piedra. Propalada esta noticia, se acordó el
pueblo que Latona habia transformado en ranas á los rústicos Licios,
y Apolo desollado á Marsias. Concurriendo las ciudades cercanas á
consolar á los Tebanos, solo faltaron los Atenienses, porque estaban
infestados por el Rey Tereo: el qual, habiendo estuprado á Filomela,
fue transformado en abubilla, del mismo modo que Filomela en ruiseñor,
y Progne en golondrina. Esta noticia causó la muerte á Pandion su
suegro. Sucedióle en el Reyno Erecteo, de cuya hija Oritia tuvo el
Boreas á Calais y á Cetes. Estos fueron despues unos de los Argonautas,
quando Jason fue á la conquista del vellocino de oro, y sembró los
dientes de la serpiente, de que salieron hombres armados; y habiendo
despues adormecido al monstruo, consiguió robar el precioso don á que
aspiraba.
[Ilustración]
_ORGULLO DE ARACNE._
Oida por la Tritonia Minerva la referencia del cántico de las Musas,
les dió la preferencia, y aprobó su justa venganza: „El alabar á
otras, dixo entre sí, es de poca importancia; yo tambien merezco ser
alabada, y no debo permitir que impunemente se ultraje á mi deidad.” Se
acordaba del suceso de Aracne, natural de Lidia. El caso fue, que habia
llegado á sus oidos como esta jóven se jactaba de mas diestra en el
arte de texer, en el que era afamada, pero no en nacimiento. Su padre
Idmon exercia el oficio de tintorero[140] en la ciudad de Colofonia:
su madre habia ya muerto; pero tambien fue de gente baxa é igual á
su marido. Sin embargo, ella se habia adquirido nombre memorable en
todas las ciudades de la Lidia por lo primoroso de sus texidos: aunque
habia nacido de prosapia poco ilustre, y moraba en la pequeña ciudad
de Hipepa, las Ninfas del Timolo dexaron muchas veces sus agradables
viñedos; y las del Pactolo sus aguas para ver sus obras encantadoras.
Y no solamente las agradaban los vestidos hechos, sino aun mucho mas
gustaban verlos hacer: ¡tan grande era la destreza que tenia en su
arte! Ya fuese que devanase sus lanas, ó que las cardase y peinase con
sus hermosos dedos imitando los vellones á las nieblas matutinas; ahora
hilase, ahora bordase con la aguja, qualquiera diria que era discípula
de la misma Palas.[141] Pero no obstante llevaba á mal que su saber se
atribuyese á la enseñanza de esta Diosa. „Puede venir, decia enojada
de esto, á disputar conmigo; no me niego á entrar en competencia con
quien presuma saber mas que yo, y si quedáre vencida me someteré á
qualquier género de castigo.”
Agraviada Minerva[142] de unas palabras tan insolentes, toma el disfraz
de vieja, se cubre la cabeza de canas, y apoyándose en un báculo, habló
á Aracne en estos términos: „No debe nadie persuadirse que la vejez
nos haga en todo despreciables. La experiencia se adquiere con los
muchos años, y no debes despreciar los consejos que voy á darte. Vive
contenta con la fama que tienes de exceder por tu habilidad á todas
las mugeres del mundo; pero no pretendas entrar en competencia con una
Diosa; procura pues satisfacerla, y ruégala te perdone las injurias que
la has hecho; ella es muy compasiva, y quedará desagraviada si se lo
ruegas.” Miróla con ojos airados Aracne, dexando la tela de las manos,
y queriendo arremeter á ella: „Vete de aquí, la dice, vieja temeraria,
que ya estás delirante con tu vejez, y á quien perdono en atencion á
tus muchos años. Ve, y da esos consejos á tu hija ó nuera, si es que
tienes alguna, que yo bien me sé lo que hago sin necesitar consejo de
nadie; y porque no pienses que me han hecho mella tus razones, te digo
que me mantengo en lo dicho: ¿por qué pues no se presenta Palas? ¿por
qué no viene á competir conmigo?”
[Ilustración: (66) Aracne es transformada en araña por Minerva.]
FÁBULA PRIMERA.
_ARACNE CONVERTIDA EN ARAÑA._
„Palas lo acepta,” dixo entonces la Diosa; y dexando la forma de vieja,
se mostró con las señales de su divinidad. Todas las Ninfas y mugeres
que allí estaban la tributan sus respetos; sola Aracne no se amedrenta,
aunque se asomó en su rostro, á pesar suyo, un pequeño rubor, que duró
poco tiempo, al modo que suele el ayre volverse purpúreo á los primeros
rayos de la Aurora, pero en breve tiempo empieza á emblanquecerse,
herido del sol. Firme en su resolucion, y lisonjeándose vanamente de
exceder á Minerva, camina hácia su ruina. La Diosa ya no piensa en
darla consejos en balde; admite el desafio, y quiere en el momento
apercibirse á disputar la victoria. Ambas preparan sus obras, urden
sus telas, las atan con el lizo, y se colocan en diversas partes. Ya
la lanzadera arrojada con destreza entretexia la trama; y cada vez
que pasa por medio de los hilos, tienen cuidado de apretarlos con los
dientes del peyne, de que suelen servirse en semejantes tareas. Las
dos, recogido el ropage hasta el pecho, trabajan con una destreza y
ligereza incomparables, y el deseo que cada una tiene de vencer y no
ser vencida hace que no sientan el trabajo.[143] Entretexen en sus
telas hilo de color de púrpura teñido en Tiro,[144] mezclando algunas
sombras para mayor gracia; sus colores eran tan varios, que podian
compararse al contraste que forma el arco Iris en el ayre con los
reflexos del sol; los quales, padeciendo refracciones en las pendientes
gotas, forman una inmensidad de colores; pues aparece una tan hermosa
variedad de ellos que deslumbran la vista, siendo en realidad el mismo
color el que está inmediato, aunque hay diversidad en los extremos.
Tal era la delicadeza de sus obras; el oro estaba allí entretexido con
la seda de un modo enteramente ingenioso. Con todo, para hacerlas aun
mas perfectas, ambas delinearon algunas historias antiguas. Palas
dibuxó en la suya aquella roca antigua que se veia en el Areopago[145]
de Atenas con la historia del litigio que tuvo con Neptuno sobre el
nombre que se debia poner á esta ciudad.[146] Se miraban allí los doce
Dioses sentados en sus tronos con aquella magestad que les acompaña,
y á Júpiter presidiéndolos en medio. Cada uno de los Dioses estaba
representado al natural; pero Júpiter tenia un ayre de grandeza que
anunciaba ser el dueño absoluto del mundo. Ponia de pie á Neptuno,
hiriendo la tierra con su tridente, y haciendo salir de ella un
caballo: lo que parecia autorizarle para dar nombre á la ciudad. Á
Minerva representaba con su broquel, yelmo, lanza y escudo, en el
que estaba la formidable cabeza de Medusa, y á la tierra, herida con
su lanza, produciendo la blanca oliva, llena de hojas y fruto, cuyo
prodigio admiraban los Dioses; y concluia su obra con la victoria de
este juicio.
Y para que pudiese conocer su competidora el castigo que la esperaba
por su loco atrevimiento, añadió en los quatro ángulos otras tantas
competencias, vistosas por su colorido, adornadas de figuras pequeñas.
En un ángulo se veia la aventura de Hemo, Rey de Tracia, y de Rodope,
su esposa, que fueron convertidos en montes y frios páramos, por
haberse apropiado los nombres de los supremos Dioses.[147] En el otro
estaba la historia de Pigas,[148] Reyna de los Pigmeos, á quien Juno,
para castigarla de su presuncion, transformó en grulla, condenándola á
que hiciera una guerra sangrienta á su pueblo. En el tercero se veia
á Antigone, que habia tenido el atrevimiento de igualarse á la muger
del gran Júpiter; á la qual Juno transformó en cigüeña; no pudiendo
estorbar ni la ciudad de Troya, ni Laomedonte su padre, el que fuese
revestida de plumas blancas, en que conservaba su vanidad de alabarse.
Últimamente en el quarto ángulo estaba el desdichado Ciniras solo
y lloroso abrazando las gradas de un templo. Estas eran sus propias
hijas, á quienes los Dioses así habian transformado. Adornó finalmente
la orla de su tela con ramas de oliva entretexidas unas con otras. Tal
era la idea de esta primorosa obra, que la Diosa quiso concluir con el
árbol que la está consagrado.
Aracne por su parte pintó en su texido á Europa, engañada por Júpiter
baxo la figura de un toro.[149] Parecia que el toro era verdadero, y
verdadero el mar en que nadaba. Parecia igualmente que ella volvia
el rostro á mirar la ribera que acababa de dexar, que llamaba á
sus compañeras, y que encogia los pies por temor de que no se le
mojasen. Tambien pintó á Asteria luchando con el águila, cuya figura
habia tomado Júpiter, y á Leda con el cisne que la acariciaba.[150]
Las demas aventuras de este Dios estaban representadas con mucha
delicadeza.[151] Se le veia disfrazado baxo la figura de Sátiro con
la hermosa Antiopa, de quien tuvo dos hijos gemelos: en la forma de
Anfitrion quando se dexaba ver de tí, ó Alcmena: transformado en lluvia
de oro para entrar en la torre de Dánae: baxo la figura de un pastor,
procurando agradar á Mnemosine: convertido en fuego para engañar á
Egina, y en serpiente quando seducia á Deois. Aracne tambien te habia
representado á tí, Neptuno, transformado en toro en la aventura que
tuviste con una de las hijas de Eolo: baxo la forma del rio Enipéo
en los amores con Ifimedia, de quien tuviste los dos Aloides:[152]
baxo la de un carnero quando procurabas agradar á Bisaltis: baxo la
de un caballo para engañar á Ceres: baxo la misma forma para seducir
á Medusa; y en delfin para violar á Melanto. Todos estos personages
estaban pintados tan al natural, que en sus vestidos y ayre de cara
era fácil conocerlos, como igualmente el pais de su naturaleza.[153]
Tambien se veia allí á Apolo transformado en villano, en alcon, en
leon y en pastor. Baxo esta última transformacion se hizo amar de Ises,
hija de Macareo. En fin, Baco aparecia baxo la forma de un racimo de
uvas con que seduxo á Erigone, y Saturno baxo la de un caballo para
engañar á Filira, de quien tuvo al Centauro Quiron. La orla de este
hermoso texido estaba guarnecida con hojas de yedra,[154] enlazadas
artificiosamente unas en otras.
Estaba la obra tan perfecta que Minerva no pudo hallar en ella defecto
alguno, ni la misma envidia tendria aliento para reprobarla; por lo
que la Diosa se encendió tanto en ira, que rompió la labor[155] en
que los delitos de los Dioses estaban tan vivamente representados; y
con su lanzadera de box del monte Cítoro hirió muchas veces la frente
de Aracne, que con el pesar de verse tan despreciada se echó animosa
un cordel á su garganta para ahorcarse. Palas, movida sin embargo á
compasion, sosteniéndola en el ayre, temerosa de que no acabara de
ahogarse, la habló en estos términos: „Vive, insolente Aracne; pero
estarás siempre colgada: y para escarmiento de tus descendientes
comprehenda la misma ley de tu pena á toda tu sucesion.” Apartándose
Palas despues, la roció con zumo de una yerba envenenada,[156] y al
punto, con su actividad, la hizo caer los cabellos, nariz y orejas:
su cabeza y cuerpo se disminuyeron: aparecen unos dedos muy delgados
en lugar de piernas: el vientre ocupa el resto del cuerpo, del qual
aun ahora sale estambre; y por eso las arañas executan sutiles telas á
imitacion de las que esta hacia quando muger.
[Ilustración: (67) Á ruego de Latona, Apolo y Diana hacen perecer los
hijos de Niobe.]
FÁBULA II.
_NIOBE CONVERTIDA EN MÁRMOL._
Toda la Lidia se consternó con la desgracia que acababa de suceder
á Aracne; y el rumor del suceso llegó hasta la Frigia, de donde se
extendió luego por todo el resto del mundo. Niobe[157] habia conocido
á Aracne antes de su casamiento, y en tiempo que vivia en Sipilo;
pero esta triste aventura, que miraba como un castigo de una persona
de la plebe, ninguna impresion la hizo: en nada cedió de su orgullo,
ni del desprecio que en sus discursos afectaba tener á los Dioses.
Muchas cosas contribuian á sostener su soberbia; pero ni el poder de su
marido, ni la sangre ilustre de donde ambos descendian, ni el brillo de
la corona la hacian tan orgullosa; si bien se complacia en ello, como
los hijos que tenia; y hubiera sido en efecto la mas afortunada de las
madres, si ella no se hubiera tenido por tal.
Porque cierto dia, Manto, hija de Tiresias, impelida de una
inspiracion divina,[158] corriendo por las calles de Tebas, gritaba:
„Tebanas, coronaos de laurel,[159] é id á ofrecer con ruegos piadosos
incienso á Latona y á sus dos hijos: esta Diosa os lo manda por mi
boca.” Al punto la obedecen; y todas las Isménides adornan sus sienes
con hojas de laurel, y van á porfia á encender en honor de estas
divinidades el fuego sagrado, y á unir sus devotos ruegos con la llama
que se levantaba en sus altares. Pero Niobe se presenta acompañada de
una multitud del pueblo, graciosamente vestida á la usanza Frigia; el
oro resaltaba en su trage; hermosa quanto su furor permite, y agitando
con su vistosa cabeza el cabello tendido por sus hombros. Se para; y
despues de haber mirado por todas partes con bastante altanería: „¿Qué
locura, dice, os mueve á anteponer á las que veis las deidades de que
solo teneis noticia? ¿Por qué reverenciais á Latona en los templos?
¡Y mi divinidad aun está sin incienso! ¿Ignoráis que yo soy hija de
aquel Tántalo, que solo él ha tenido el honor de comer á la mesa de
los Dioses? Una de las Pleyadas es mi madre; el grande Atlante mi
abuelo, el qual sostiene con sus hombros el cielo. El mismo Júpiter
es el otro abuelo mio, á quien igualmente me glorío de tenerlo por
suegro.[160] Los pueblos de la Frigia me temen. El palacio de Cadmo, y
aquella célebre ciudad cuyas murallas se levantaron al son armonioso
de la lira de Anfion, reconocen á mi marido y á mí por soberanos. Á
qualquiera parte que vuelvo los ojos, se dexan ver en mi casa inmensas
riquezas: agrégase á esto el tener yo un rostro propio de una Diosa.
Juntad á tantas prerogativas la de tener siete hijas y otros tantos
hijos. Juzgad en vista de esto si yo no tengo razon para desaprobar
el que se prefiera á mí la hija de no sé que gigante Ceo, la qual no
pudo encontrar en todo el mundo un pequeño rincon para parir;[161]
errante y fugitiva, ni el cielo, ni la tierra, ni el mar quisieron
recibirla, hasta que por último la isla de Delos, tú andas, le dice,
errante por la tierra, y yo por el mar, y se detuvo para recibirla;
y allí fue donde dió á luz los dos hijos con que está tan altanera,
siendo solo como una séptima parte de mi generacion. ¿Quién negará
mi felicidad? ¿Y quién dudará que será muy durable? El número de mis
hijos asegura mi dicha. Soy tan rica que aunque la fortuna me quitase
mucho, me quedaria aun otro tanto; con tantos bienes nada tengo que
temer; porque en fin, quando sucediera que de la multitud de mis hijos
la muerte me arrebatase algunos, tendria aun mas que Latona, y los que
me quedaran me proporcionarian todavía muchas ventajas sobre ella.
Dexad pues esos sacrificios; arrojad de vuestras sienes esas guirnaldas
de laurel; obedeced á prisa.” Todos obedecen, y dexan sin concluir
los sacrificios, contentándose con adorar en secreto la divinidad de
Latona, que es lo que no se les podia impedir.
Indignada la Diosa[162] de la orgullosa altanería de Niobe, habló en
lo mas alto del Cinto[163] á sus hijos en estos términos: „Envanecida
de ser madre vuestra, solo reconozco superioridad á Juno en el Olimpo;
sin embargo, en esta ocasion se me llega á disputar mi divinidad: yo me
veo vergonzosamente arrojada de los templos donde he sido venerada en
todo tiempo: sí, yo soy desterrada para siempre de ellos, si vosotros
¡ó queridos hijos! no me valeis en esta ocasion. Y no se limita á esto
solo mi dolor, pues la hija de Tántalo, cuya sacrílega lengua recuerda
la de su padre, ha añadido á esta accion las injurias mas sensibles: ha
tenido la osadía de preferir sus hijos á vosotros, publicando que se
me debia mirar como á una madre estéril.” Queria añadir Latona á este
discurso las súplicas y lágrimas, quando la dixo Apolo: „Basta; quejas
inútiles solo pueden retardar tu venganza.” Lo mismo la dixo Diana;
y encubriéndose los dos en una nube, baxaron hendiendo los ayres con
ligero vuelo, y se dirigieron á Tebas.
Cerca de esta ciudad estaba situada una llanura bien hollada de
caballos, en donde la multitud de ruedas y duros cascos habian
reducido á polvo los terrones.[164] Habian concurrido á aquel sitio
á hacer exercicio los hijos de Niobe, montados en soberbios caballos
enjaezados con frenos de oro y mantillas de la mas encendida púrpura.
Ismeno, el mayor de todos, corria su caballo á la redonda, quando ¡ay
de mí! exclama traspasado al mismo tiempo con una flecha; y soltando
el freno sus manos moribundas, cae exánime á los pies del caballo.
Sipilo, que era el mas inmediato, suelta las riendas al suyo al oir
el zumbido de una saeta; y así como el piloto, que ve cercana la
tormenta, se apresura á recoger velas para preservarse del furor de
los vientos, así pica al caballo este jóven Príncipe; pero en vano,
porque la saeta le atraviesa la cabeza, y la lengüeta se descubre
por la garganta. Como iba echado hácia adelante, viene á caer por el
cuello y crin del caballo espantado, tiñendo la tierra con su sangre
caliente. El desdichado Fedimo y Tántalo, heredero del nombre de su
abuelo, despues de acabar la tarea acostumbrada, pasaron al juvenil
exercicio de la resplandeciente palestra; y estando ya dispuestos
para luchar, atraviesa á ambos de parte á parte una flecha, así como
estaban abrazados; ambos se lamentaron á un tiempo, á un tiempo cayeron
en tierra, á un tiempo se eclipsaron sus ojos, y á un mismo tiempo
murieron. Alfenor, que los ve exhalar los últimos suspiros, penetrado
del dolor mas vivo, se arroja sobre ellos, los abraza tiernamente, y
procura reanimarlos; pero mientras él les tributaba este deber piadoso,
cae á par de ellos de un flechazo con que Apolo le atraviesa el pecho.
Al arrancarle el dardo harpado de la herida, sacaron una parte de sus
pulmones, y el alma salió con su sangre. El jóven Damasicton recibió
dos heridas, la una en la rodilla; y mientras se esforzaba á sacar
el dardo fatal, recibió otro flechazo, que le atravesó la garganta.
La sangre que salta con ímpetu de su herida expelió la flecha, y se
esparció lejos como una menuda lluvia. Ya no quedaba de los hijos de
Niobe mas que Ilionéo, el menor de todos, que en vano levantaba los
brazos al cielo, invocando el socorro de los Dioses. ¡Mas ay! que él
no sabia que Apolo era el único á quien debia aplacar. Compadecióse
sin embargo este Dios del jóven; pero ya el dardo irrevocable estaba
disparado, y murió; aunque con menos rigor que sus hermanos, porque la
flecha no hizo mas que herirle levemente el corazon.[165]
El rumor de este funesto accidente, los sollozos del pueblo, y las
lágrimas de los criados, anunciaron bien presto á Niobe el desastre
de sus hijos. Admiróse del poder de los Dioses; y aun se irritó
vivamente de que se hubiesen atrevido á tanto. Su esposo Anfion, por
no sobrevivir á tal desgracia, se quita la vida atrevesándose el pecho
con su espada. ¡Ah, quan otra era Niobe en esta ocasion, de aquella
soberbia Niobe que conducida en un suntuoso carro iba apartando al
pueblo de las aras de Latona! Entonces era su suerte envidiada de
todos, y ahora compadecida aun de sus mismos enemigos. Se arroja sobre
los frios cadáveres de sus hijos, y sin guardar órden les va dando
á todos los últimos besos; y levantando al cielo los brazos dixo:
„Complacete en mi dolor, cruel Latona: experimenta el bárbaro placer de
verme agoviada de pena y despecho: sacia en fin tu rencoroso corazon,
mientras que yo muero viendo mis siete hijos difuntos: salta de gozo
y triunfa como que has vencido. ¿Pero en qué? Aun no debes cantar la
victoria, pues en medio de mi desgracia me quedan aun mas hijos que á
tí en medio de tu dicha. He perdido siete; pero aun te aventajo en el
número de los que me quedan.”
Apenas dexó de hablar quando se oyó el ruido de un arco que vibra
una flecha. Sorprehendióse la asamblea; y solo Niobe, á quien sus
desgracias habian hecho insensible, permaneció tranquila. Sus hijas,
vestidas de luto, y con el cabello tendido, lloraban ante los fúnebres
lechos en que yacian sus hermanos, y sintiéndose una de ellas con el
pecho herido de una flecha, cae muerta sobre el cuerpo de uno de ellos:
otra, procurando consolar á su madre, perdió de repente la vida sin
que se viera el dardo que la hirió, y no cerró la boca sino despues
de espirar. Una cae intentando huir, otra muere sobre el cadáver de
su hermana: esta busca inútilmente donde ocultarse, y aquella está
temblando. Habian ya muerto seis de diversos modos, y con diferentes
heridas; solo quedaba una, á quien cubriendo su madre con todo el
cuerpo y vestido: „Déxame, dixo á Latona, una á lo menos; de tantas
una sola te pido, y de estas la mas pequeña de todas.” Pero mientras
ella hacia esta súplica, la ve espirar entre sus brazos. La desgraciada
Niobe, viéndose privada de su esposo é hijos, se sienta entre los
cadáveres: la pena la endurece; ya no agita el viento sus cabellos:
en su rostro aparece una mortal palidez; sus ojos sin movimiento, su
lengua pegada al paladar, sus venas cárdenas: no puede levantar la
cabeza ni brazos: en fin no da ninguna señal de vida; en efecto no es
otra cosa que una roca inanimada. No obstante llora, y es la sola señal
de sensibilidad que manifiesta; y arrebatándola un fuerte torbellino,
la lleva el viento á su patria, fixándola en la cumbre de un monte,
donde continúa su llanto; y aun por eso dicen que el mármol hasta ahora
derrama lágrimas.
[Ilustración: (68) Júpiter transforma en ranas á los aldeanos que
insultaron á Latona.]
FÁBULA III.
_LOS ALDEANOS CONVERTIDOS EN RANAS._
Un castigo tan horroroso aterró de tal modo á las gentes, que así
hombres como mugeres se apresuraban á competencia á honrar á la fecunda
Latona, dándola con nuevo zelo las muestras indubitables del culto
que acostumbraban tributarle. Y como acaece que un suceso que nos
sorprehende nos trae á la memoria algun otro con quien tiene conexîon,
refirió un Tebano á este propósito la venganza que habian experimentado
en otro tiempo de esta misma Diosa algunos habitantes de la fértil
Licia: „La aventura, dixo, no es célebre por la calidad de las personas
á quienes sucedió, pero es verdaderamente admirable. He visto el sitio
y el estanque mismo que hizo memorable el prodigio. Porque hallándose
mi padre incapaz de viajar por su avanzada edad, me envió á comprar á
aquella tierra unos bueyes, dándome por guia un hombre del pais. Como
íbamos recorriendo los pastos, acertamos á pasar por las orillas de un
lago donde miré un altar ennegrecido de hollin y rodeado de trémulas
cañas. Paróse mi conductor, y saludando al altar: „favoreceme, dixo
en voz baxa,” y yo hice por mí la misma súplica y del mismo modo: le
pregunté si era aquel altar consagrado á las Náyades, Faunos, ó á
alguna otra divinidad del pais.