Conoce el lector á _las de doña Calixta_? En un libro que anda por
ahí con el rótulo de _Tipos y Paisajes_, se habla de ellas y de otras
muchas cosas más. Si no las conoce, compre el libro. Si las conoce, con
decirle que no se separan de ellas en todo el verano las aludidas en
el título de este croquis, debe hallarlas en su memoria á poco que la
registre.
Á mayor abundamiento, le daré algunas señas particulares. Son dos,
madre é hija. La madre es achaparrada, con el pescuezo más bien
embutido que colocado entre los hombros, y la cabeza ensartada en el
pescuezo, como una calabaza en la punta de una estaca; tiene ancha y
risueña la boca, fruncido el entrecejo, grises los ojos, poca frente,
mucho pelo, mala dentadura y peor el cutis de la cara. La hija, por
uno de esos inconcebibles caprichos de la naturaleza, es todo lo
contrario de su madre: de bizarras líneas, de hermosas y correctísimas
proporciones; modelo del arte clásico, mármol griego, y, como de tal
substancia, fría é inanimada. Se llama Ofelia. Su madre no responde más
que al nombre de Carmelita, aunque otra cosa se le grite al oído.
Los que lo entienden, dicen que Ofelia podría ser irresistible por la
sola fuerza de su propia hermosura, con expresión en la fisonomía,
flexibilidad en el talle y gusto en el vestir; pues además de rígida é
inanimada, parece que es sumamente cursi. En cuanto á Carmelita, basta
verla en la calle una vez para que el menos autorizado en la materia
pueda decidir de plano que es un espanta-pájaros.
Táchase en las dos, como resabio de su mal gusto, un afán inmoderado de
hacer ver á todo el mundo que siempre llevan zapatos nuevos, de los más
relumbrantes ó de los más historiados.
Cómo empezaron sus relaciones con las de doña Calixta, no lo sé yo:
acaso hubo entre unas y otras esa atracción misteriosa que se explica
en latín con aquello tan sabido de _similis_, _similem querit_; pero
es indudable que desde que por primera vez llegaron á Santander á
veranear, intimaron con la «coronela» y sus tres hijas, como dos gotas
de agua con otras cuatro. Á sus reuniones van, á sus amigas visitan;
con ellas recorren de día y de noche calles y paseos; _por_ ellas
pagan sorbetes en el café, coches al Sardinero y lunetas en el teatro;
y en su exclusiva compañía asisten á los bailes campestres, á las
serenatas, á las procesiones y á las solemnidades públicas.
Desde la primera vez que se la vió en este pueblo, llamó la atención la
hermosura de Ofelia; pero ni los hombres la codiciaron, ni las mujeres
la temieron: sus ya enumerados defectos, y el contrapeso estrafalario
que le hacía su madre constantemente, entibiaban hasta el frío el
entusiasmo de los unos, y tranquilizaban hasta el desdén á las otras.
Nadie, pues, supo su nombre, ni quiso cansarse en preguntar por él. El
primer año, si se la citaba en una conversación, se decía únicamente:
_ésa que anda con las de doña Calixta_. Desde el verano siguiente ya se
las llamó, á ella y á su madre, _las del año pasado_; especie de mote
que revela cierto cansancio de verlas y pocos méritos para murmurar de
ellas más de una vez.
Las de doña Calixta están locas por Ofelia. En su presencia, la
ensalzan hasta la adulación; ausente, aburren al lucero del alba
hablando de su hermosura, de su elegancia, de su brillante posición, de
sus relaciones entonadas en Madrid, de las magníficas proposiciones que
desecha, de sus deseos de llevarlas á pasar el invierno á su lado, de
las cartas que se escriben desde que se va de aquí, y de los encargos
que se hacen mutuamente.
--Pero ¿quiénes son ellas?--se ha preguntado muchas veces á las de doña
Calixta.--¿Qué pito tocan en Madrid, cuál es su verdadera posición
social?
Á las cuales preguntas jamás han dado las interrogadas una respuesta
satisfactoria; porque á decir verdad, no están ellas mucho más
enteradas en el asunto que los preguntantes. Y bien sabe Dios que hacen
todo lo posible por ajustar á sus amigas las cuentas al menudeo; pero
sea porque el asunto es harto sencillo y no necesita explicaciones y
está á la vista, ó porque realmente hay malicia para disfrazarle, es lo
cierto que las de Madrid no acuden al interrogatorio con la claridad
que desean las de Guerrilla.
--¡Dichosa de ti--dicen éstas á Ofelia en sus frecuentes confidencias
con ella;--dichosa de ti que puedes vivir en la corte con todas las
ventajas que te dan tu posición y tu figura!
--No tanto como creéis,--contesta Ofelia entre desdeñosa y presumida.
--¡Ay! no me digas eso... Di que Dios da nueces... ¡Aquí te quisiera yo
ver todo el año!
--De modo que, mejor que aquí, desde luego os confieso que se pasa allí
el tiempo; pero de esto á lo que vosotras pensáis...
--¡Madrid! con aquellos paseos, con aquellos teatros, con aquella tropa
y aquellas músicas... Todo el día estarás oyéndola, ¿verdad?
--Psé... Como no sea alguna vez que voy á la parada con mamá...
--¡Á Palacio!... ¡qué hermosura!... estará la plaza llena de generales.
--Ni se _arrepara_ en ellos, chicas... La última vez que fuimos se
empeñó el coronel _entrante_ en que tomáramos asiento en el pabellón...
--Y tú, con esa sequedad condenada, no querrías.
--Claro está que no.
--¡Uf, qué rara, hija!... ¡Me da coraje ese genio! No me extraña que te
sucedan ciertas cosas.
--¿Qué cosas?
--Por de pronto, aburrir á tus proporciones y hacerlas creer que las
desprecias, que es lo mismo que si las tiraras por la ventana... Ya ves
cómo lo creyó aquél de quien nos hablabas ayer...
--¡Mira qué ganga!... Un simple _catredático_.
--Ya se ve, ¡como tienes otros adoradores de alto copete!
--No lo dirás por el _comendante_ que me echó la carta por debajo de la
puerta.
--Ya sabes tú que voy por más arriba.
--Por el marqués de la esquina, ¿eh?
--¿Se llama así?
--No; pero vive á la esquina de la calle, dos puertas más abajo que
nosotros... como vive un duque tres puertas más arriba, y un conde
enfrente.
--De modo que en tu calle todos sois personajes.
--Eso sí.
--¡Qué gusto! ¿Y lo del marqués será cosa hecha?
--Psé... Hay poco que fiar, si os he de decir la verdad; no porque
él no esté bien apasionado, sino porque como en Madrid hay tantas
proporciones y cambia una tantas veces de parecer... Esto nació del
teatro Real... Como es muy amigo de papá, me acompañó hasta casa á la
salida. Después me ha visitado muchas veces, y siempre ha tenido alguna
cosa que decirme al oído.
--Y tú, ¿qué le has contestado?
--Que se lo diga á papá.
--¿Ve usted? ¿Á que desprecias también esa proporción?
--Allá veremos.
--¡Ay, qué sangre de chufas!... ¿De modo que vas muy á menudo al Real?
--Bastante.
--Estarás abonada.
--No quise que se abonara papá á turno con las _Consejeras_ del
principal: ellas bien me lo rogaron; y desde entonces, porque no lo
tomaran á desprecio, no me he abonado nunca.
--¡Buenas estarán aquellas funciones! ¡Qué concurrencia habrá allí!
--Mucho personaje... toda la corte... y muchísimo título; pero de
confianza.
--Como que os conoceréis todos.
--La mayor parte son íntimos de papá.
--¿Por qué no tiene título tu papá?
--Porque, como él dice, está por lo positivo.
--¿Tendréis carruaje?
--¡Como hay tantísimos de alquiler!...
--Es verdad.
--Por supuesto, que te escribirás con el marqués.
--Anda, curiosa, picarona: ¿quieres saber tanto como yo? ¡Esas cosas no
se dicen, ea!
Y con esto, ó algo parecido, y cuatro palmaditas sobre el hombro de la
preguntona, corta Ofelia el interrogatorio á que todos los días se la
somete, y cambia de conversación.
Entre su madre y doña Calixta pasa, en el ínterin, algo por el estilo.
--¿Y cómo no se anima su esposo de usted á acompañarlas algún
verano?--pregunta á la de Madrid la coronela.
--Porque no puede, doña Calixta.
--¡Que no puede!... ¡un hombre de su posición!
--Pues por lo mismo. ¡Usté no sabe, doña Calixta, qué bregas y qué
_laberientos_ trae ese hombre de Dios metidos en aquella cabeza! Ya
se lo digo yo bien á menudo: «¡Cualquiera pensará que no tienes qué
comer!».
--Lo mismo me pasa á mí con el coronel, Carmelita. Ahí le tiene usted
metido en sus haciendas todo el año de Dios. Hoy, que está levantando
la presa de una fábrica de harinas; mañana, que va á los cierros con
un regimiento de cavadores; otro día, que está cercando una mies que
compró la víspera; ahora, que construye una casa de labor; después,
que entró la peste en la ganadería y ha tenido que visitarla con los
albéitares; cuando que los colonos; cuando que el administrador...
¡Nunca jamás tiene un día para ver á su familia!... «Pero, hombre--le
he dicho algunas veces,--sacrifica media semana siquiera para saludar á
estas señoras tan buenas y que tanto nos quieren...». Como si callara,
Carmelita...
--Pues sucediéndole á usted eso con su esposo, ¿cómo le extraña que el
mío no nos acompañe jamás?
--Creía yo que los negocios de ese caballero no serían de los que
amarran tanto como las aficiones de Guerrilla.
--¡Mucho más, doña Calixta! Figúrese usted que mi esposo no tiene hora
libre. Estamos almorzando: carta del ministro de Hacienda para que se
vea con él inmediatamente; nos sentamos á comer: volante del gobernador
que tiene que hablarle _de continente_; vamos á salir al Prado, ó á la
Castellana, ó al teatro, ó al baile de Palacio, es de suponer: pues el
diputado, ó el ayudante del general, ó el diablo, está ya á la puerta
para que se vea en el _azto_ con el presidente de las Cortes, ó con
el capitán general, ó con el director de Beneficencia, sobre que la
contrata, ó el suministro... Le digo á usted que él podrá ganar buenos
caudales, pero buenos sudores le cuestan al pobre. Así es que algunos
días tiene un humor que tumba de espaldas.
--Y ¿por qué no tiene un hombre de su confianza en quien descansar?
--Porque, como él dice, «hacienda, tu amo te vea». Lo mismo le pasará á
su esposo de usted.
--Es verdad; pero ya que tan bien le ha ido y le va con los negocios,
¿por qué no se retira de una vez? La salud ante todo, Carmelita. Y para
una hija sola que tiene...
--Cierto es eso; pero los negocios parece ser que están enredados unos
con otros, y que no es tan fácil como se cree echar el corte cuando se
quiere... Y si no, pregúnteselo usted al coronel.
--En verdad que algo de eso suele decirme á mí Guerrilla cuando le
llamo codicioso, y le aconsejo que lo deje todo y se venga al lado de
su familia.
--Pues velay, usté.
--Ya, ya; ya me hago cargo.
Y por más vueltas que dan la madre y las hijas á sus interrogatorios,
no sacan otra cosa en limpio las de doña Calixta, con respecto á la
verdadera posición social de sus amigas de Madrid.
Algo pudiera decirlas yo que les ahorrara más de la mitad del camino
para llegar al asunto; pero ¡vaya usted á ponerlo en sus bocas! Toda la
veneración que sienten por Ofelia, no alcanzaría á impedirlas que se lo
contaran, _en secreto_, al primero que les manifestara el mismo afán
que ellas tienen hoy. Y que ese _algo_ no debe publicarse después de
haber ellas mismas ensalzado tanto la prosapia de Ofelia, es indudable.
Y si no, que lo diga el imparcial lector, á quien hago juez en el
asunto. Trátase de una carta que las de Madrid se dejaron olvidada,
debajo de la cama, en la casa de huéspedes que habitaron el verano
pasado; carta que llegó á mi poder, no diré cómo, y canta así:
«Mi más querida esposa Carmelita y amadísima hija Ofelia: Sus escribo
la presente para decirvos que estoy bueno de salú, y para que me digáis
cómo anda la vuestra; pus va diquiá dos semanas que no recibo carta
de vusotras.--De paso sus alvertiré que, como la lezna no entra por
onde señala, lo de la contrata de zapatos para el Hospicio no valió
esta vez como las otras; y gracias que lo cuento en mi casa. Paece de
que antier volvieron los chicos descalzos al establecimiento, porque,
á resultas de la lluvia, se reblandeció el cartón de la suela y se
descubrió el ajo.--Diréis que cómo otras veces ha pasado el engaño, y
ahora no.--Sus diré á eso que, en primer lugar, esta vez, por guitonada
de los oficiales, no se dió bien al cartón el unto que sabéis y con
el que aguantaba un zapato siquiera tres posturas (no mojándose en la
segunda); y después, porque ya no está allí el encargado de enantes,
que además de recibir la obra por buena, echaba á los chicos la culpa
de la avería, cuando se le quejaban de ella. Tomó cartas ahora el
administrador, y me baldó. Por buena compostura, he consentido en
perder todo el valor de lo entregado, que, por fortuna, de cartón era
ello y de badana. ¡Bien haya los sofocos que me di cortando pares en
el mostrador! ¡Y yo que pensaba calzar á medio ejército de tropa, por
lo que, como sabéis, tenía echado un memorial en el menisterio! Me
temo que lo del Hospicio no me ha de favorecer nada para el caso. Y
lo peor es que, por atender con todos mis operarios á la tarea, los
parroquianos de fino han estado mal servidos, y algunos me dejan.
«Á todo esto sus diré, que el marqués de la esquina se ha casado en
Alicante con una viuda rica y vieja, para salir de trampas. Bien sus
decía yo que estaba más tronado que una rata, y también sus dije que
me debía los botitos de dos años; y ahora sus diré que además me debía
siete duros que me pidió una noche al pasar por la tienda, porque no
llevaba suelto. Cuando venga le pasaré la cuenta de todo; y si paga,
que no pagará, eso saldremos ganando... ¡y gracias que no nos debe más,
que bien hubiera podido ser! No hay que pensar en estos marqueses que
soban mucho á los artistas que tenemos hijas guapas.
«Esto me alcuerda que ya van cinco veranos que veraneáis en ésa, sin el
menor apego de _indiano_, como sus figurestes. Con un par de negocios
como el del Hospicio, sacabó la tela, y, como el otro que dice, el
veraneo de moda. Mucho sus quiero, pero no sé si podréis ripitir.
«Venisius pronto, que ya me hacéis falta para el ribeteo de fino:
alcordarvos de que pierdo dinero pagando, más de mes y medio, oficialas
que hagan vuestra labor.
«Tocante á lo demás, devertisius mucho, pues bien sabéis sus ama y sus
estima vuestro esposo rendido y amante padre,
«CRISPÍN DE LA PUNTERA».
[Ilustración]