EL MARQUÉS DE LA MANSEDUMBRE

Llegó á los cincuenta años sin haber salido de Madrid y sus contornos.

El Retiro, la Virgen del Puerto, y á lo sumo el Pardo, eran para él las

mayores espesuras y fragosidades de la Naturaleza. El mar podría tener,

en cuanto alcanzase la vista, diez, veinte... hasta cien estanques como

el _Grande_, si se quería. Estanque más ó menos, ¿qué más daba? Del

Manzanares al Saja, ó al Deva, ó al Ebro, ó al Guadalquivir, habría la

diferencia de algunas cántaras de agua en verano; en invierno, ninguna.

En cuanto á praderas, no serían más verdes ni más extensas las del

Norte que las que contemplaba él desde el cerrillo de San Blas cuando

el trigo comenzaba á crecer. La temperatura estival de la corte no le

afligía gran cosa, porque, además de estar formado en ella, no conocía

otras más agradables.

Por lo cual, y sin mujer que le pidiera veraneos, y sin hijas que

exhibir en las provincias, metódico y rutinario, amén de enemigo

irreconciliable de toda lectura que á viajes y á novelas transcendiese,

ni una sola vez sintió la tentación de meterse en alguna de las

diligencias que salían de Madrid á varias horas y por todas las puertas

de la villa, durante el verano, entre muchedumbres de curiosos que

envidiaban la suerte de los pocos mortales que abandonaban aquel

asadero implacable, y eso que él era uno de los curiosos. Antes al

contrario, se compadecía de aquella carne embutida entre los cuatro

inseguros tableros de la diligencia; carne cuyo destino era harto

dudoso, considerando los riesgos que afrontaba, echándose á rodar por

cuestas y desfiladeros, durante media semana, y á merced de bestias y

mayorales. ¡Cuánto más higiénicos y menos arriesgados eran los paseos

matinales que él se daba por los alrededores del estanque de las

Campanillas; ó vespertinos, junto al pilón de la Fuente Castellana!

Antes que el sol levantara ampollas, se encerraba en su casa, lo

bastante grande, vieja y desamueblada, para ser, relativamente, fresca,

y sustituía su traje de calle con un chupetín y unos pantalones de

transparente nipis; y si esta precaución contra el calor no le bastaba,

se quedaba en calzoncillos y en mangas de camisa. De un modo ó de

otro, se pasaba el día contemplando sus queridos pececillos.

Porque es de advertir que el señor marqués tenía la pasión de los peces

de colores, y hasta seis redomas de cristal llenas de ellos.

Cambiarles el agua, desmigar pan sobre ella á horas determinadas,

y estudiar en un tratado especial la manera de conservarlos y

reproducirlos, eran sus únicas ocupaciones de recreo.

Posteriormente, dos viajes á Aranjuez en ferrocarril le demostraron

que podía meterse un hombre en estos rápidos vehículos, sin el

riesgo infalible de romperse las costillas ó el bautismo; por lo

cual, hasta se atrevió á prometerse á sí propio que tan pronto como

hubiera una línea abierta hasta un puerto de mar, la aprovecharía para

admirar los grandes peces en su propio y natural elemento.--«Porque

desengañémonos--se decía,--no puede asegurar que conoce la merluza ni

el besugo, quien solamente ha visto sus cadáveres embanastados en la

plazuela del Carmen».

Y cumpliendo su promesa, tan pronto como la línea del Norte empalmó en

Alar del Rey con la nuestra, armóse de valor y de dinero, y se plantó

de un tirón en el famoso puerto del mar cántabro.

Si ha encontrado aquí lo que se prometían sus ilusiones, dígalo la

puntualidad con que, desde entonces, viene cada verano á Santander.

Cansados estarán ustedes de conocerle. Es de corta estatura, muy

derecho, enjuto de carnes, redondito de cara, risueño y corto de

vista; son rubios los pocos pelos de su cabeza, y casi blancos los del

recortado bigote. Gasta, en público, levita, corbata y pantalón negros,

y chaleco blanco, sombrero de copa alta y anteojos con armadura de oro.

Tal es, repito, en público, su arreo, ó, mejor dicho, _en tierra_,

y con él le habrá visto el lector, no en las alamedas, ni en el

Sardinero, ni _en la sociedad_, sino en los embarcaderos de todos los

muelles, desde Maliaño hasta Puerto-Chico, ó en camino de alguno de

ellos, en los cuales no faltan nunca pescadores de caña ó de _aparejo_.

Tras ellos está siempre, estando en tierra, con las manos á la espalda,

el bastón entre las manos, el cuerpo inclinado hacia adelante, y la

vista inmóvil, fija en el corcho flotante ó en la sereña tendida.

--¡Quieto, quieto!--exclama á lo mejor, si nota que el corcho se mueve

y el pescador se apresura á tirar.--Ésa es picada falsa... Ahora, ahora

muerde... ¡Fuera con él!

Y si el pescado sale coleando en el anzuelo, lanza un ¡bravo!; y si el

pez no es _pancho_, bate además sus manezuelas; y de todos modos, sean

panchos ó lobinas lo que se pesque, él lo _destraba_, confundiéndose

entonces, en un solo ovillo, el pez, las manos, las gafas y el anzuelo.

Semejantes intrusiones y familiaridades no dejaron de costarle al

principio algún disgusto, pues no son siempre los pescadores de caña

tan pacientes como la fama supone; pero, poco á poco, fueron éstos

acostumbrándose á las _cosas del señor marqués_ (que, por otra parte,

no peca de roñoso con _los del oficio_), y hoy todos le toleran y hasta

le encuentran _devertido_ y _celebre_.

Mas no son éstas sus ocupaciones de carácter; quiero decir, que no

viene para sólo eso el señor marqués á Santander.

Cuando llega, ya le está esperando una _barquía_ perfectamente limpia

y carenada, con los necesarios útiles de pesca, incluso la _guadañeta_

para _maganos_.--Prefiere la barquía, porque teniendo todas las

condiciones de seguridad de la lancha y todas las de ligereza del

bote, es bastante más grande que el uno y de más fácil manejo que la

otra.--Dos marineros, condueños de la barquía, están, como ella, á su

disposición; y según que el marqués prefiera las _porredanas_ ó las

_llubinas_, le conducen á la boca del puerto, ó á las _puntas de arena_

de la bahía, todos los días, infaliblemente, si el tiempo no está

tempestuoso; pues por chubasco más ó menos, no deja él de embarcarse

para estar en el sitio conveniente al apuntar la marea.

Ancho pajero y desaliñado y viejo vestido de lanilla, lleva para el

sol; y por si llueve, amplísimo impermeable y enorme paraguas de mahón.

Por supuesto, no falta el acopio de vino y de fiambres para él y los

marineros, el día en que la marea tercia de modo que no puedan volver á

comer á casa á la hora conveniente.

Durante la pesca, transige con que los marineros le _ceben_ los

anzuelos ó le reemplacen con otra nueva una _tanza_ rota, ó le

_desengarmen_ el aparejo, cuando éste se le enreda entre peñas ó en la

caloca; pero se guardarán muy bien de tocar el pez que él saque preso

en el hierrecillo traidor.

Un día quiso lanzarse á correr aventuras fuera del puerto, seducido por

las pinturas que sus marineros le hacían del tamaño y abundancia del

pescado en aquellas honduras: y salió, en efecto; mas apenas comenzó

la barquía á mecerse en pleno mar, y á columpiarse desde «el lomo

altivo al seno proceloso de las ondas» (como acontece allí, aun en las

ocasiones en que se dice de la mar que está _como un plato_), pensó que

la costa bailaba el fandango, _cambió la peseta_, y tuvieron los dos

marineros que llevarle á puerto seguro, antes que se les quedara entre

las manos.

Esta lección le sirvió para no intentar siquiera «el estudio del besugo

y de la merluza en su propio y natural elemento», contentándose, hasta

mejor ocasión, con el _anfiteatro_ de la Pescadería, donde los veía tan

cadáveres como en la plazuela del Carmen, aunque un poco más frescos.

Por lo demás, entregándose, como se entrega, con verdadera embriaguez,

al placer de la pesca menor, y poseyendo _el arte_ como cree él

poseerle, es, durante la temporada, casi completamente feliz. Y

digo casi, porque no ha podido adiestrarse mayormente en el manejo

especialísimo de la guadañeta.

--Aquí hay algún misterio que yo no penetro todavía--dice con

desconsuelo á sus remeros é instructores, cada vez que éstos,

predicando con el ejemplo, van sacando maganos.--Esta pesca es _al

vuelo_, digámoslo así: hay que robar más bien que pescar; y necesito yo

estudiar, ante todo, la marcha y la estrategia de la banda.

Y estudia, en efecto; y cuando ya se le rinde la muñeca de tanto

menearla, la caridad, sin duda, medio le traba un magano que, al salir

al aire libre, le lanza á la cara toda la tinta, dejándosela más negra

que la del negro Domingo, sin que falte su abundante rociada para la

camisa y cuanto blanquea sobre su cuerpo. Pero como esta tinta es la

sangre de aquellas batallas, lejos de creerse afrentado con el tizne,

lúcele orgulloso al desembarco, y toma las risas de la gente por

muestras de admiración á sus proezas.

Tal es el verdadero _punto negro_ de su felicidad; y eso que,

generalmente, pesca poco, ó no pesca nada, si no se le cuentan como

pesca tal cual dolor de cabeza, ó romadizo, que de esto no le falta,

gracias á Dios, durante la temporada.

No hay para qué decir que es uno de sus grandes placeres obsequiar

á las personas de su mayor aprecio con el producto de sus bregas de

pescador. Que cuando no pesca habla de lo que ha pescado y de lo que

piensa pescar, y que miente en la mitad de lo que habla entonces,

también por sabido se calla. La afición desmedida á ésos y otros

parecidos entretenimientos, lleva consigo esa pequeña debilidad. Que lo

digan los cazadores, y no se ofendan por ello.

La temporada de este tipo concluye cuando los noroestes se hacen

crónicos, y la bahía, incitada por ellos, dice que no tolera más bromas

en sus aguas. Entonces, curtida su cara por las brisas y el sol,

apestando su equipaje á brea y á parrocha, gratifica generosamente á

sus dos camaradas de _campaña_, después de pagarles el alquiler de la

barquía, y sale para Madrid con el temor de que han de parecerle siglos

los meses del invierno, aunque lleno de satisfacción por haber cumplido

ampliamente el propósito que le trajo á Santander.

Un dato muy expresivo, que se me olvidaba:

Le vi en una ocasión pararse delante de una tienda donde yo estaba

sentado. Plantóse á la puerta; dió en las losas dos golpecitos con

la contera de su bastón, en el que apoyó en seguida su diestra mano;

oprimió suavemente con la otra sus gafas contra el entrecejo; carraspeó

tres veces; levantó mucho sus cejas y los correspondientes párpados,

como si se maravillara de algo, y exclamó, por todo saludo, encarándose

con mi amigo, y también de ustedes probablemente, el dueño de la tienda:

--Señor don Juan: pic... pic... pic... pic... pic... pic... pic... (y

marcaba cada uno de estos sonidos con la mano izquierda, unidos índice

y pulgar). Siete veces picó, y yo quieto... quieto... quieto... Picadas

falsas... Tú te clavarás... En efecto: un poco después, ¡zas!...

¡zas!... (y aquí frunció el ceño el buen señor, y marcó los golpes á

puño cerrado)... Ahora muerdes, dije yo; y ¡rissch! tiro en firme...

¡Dos libras y media pesó! ¡Una porredana como un bonito!... Ayer tarde,

á dos brazas de la _Horadada_... Esta noche tendemos el esparavel...

Ya diré á usted la carnicería que resulte... Adiós, señor don Juan.

Y se fué.

Así conocí yo al inofensivo, al dulce, al apacible, al venturoso

marqués de la Mansedumbre.

[Ilustración]

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UN JOVEN DISTINGUIDO

(VISTO DESDE SUS PENSAMIENTOS)

I

EN UN CUARTO DE UNA FONDA

No me digan á mí (_enfrente del espejo y en ropas menores_) que

aquellos hombres de anchas espaldas y robusto pecho, que gastaban

gabanes de acero y pantalones de hierro colado, eran el tipo de la

belleza varonil... Serían, todo lo más, forzudos; pero ¿elegantes?...

¡bah!... Hay que desengañarse: es mucho más hermosa la juventud de

ahora... ¿Qué hay que pedir á esta pierna larga y delgada, como

un mimbre? ¿á este brazo descarnado y suelto, como si no tuviera

coyunturas? ¿y á este talle que se cimbrea? ¿y á este pescuezo de

cisne?... ¡Si no fuera por esta pícara nuez! Pero se me ha corregido

mucho, y á la hora menos pensada desaparece por completo. De todas

maneras, la cubriré con la barba... cuando la tenga... Y en verdad que

sentiré tenerla, porque con ella perderá el cutis su frescura: ¡cuidado

si es fresco y sonrosado mi cutis! ¡Si estuviera la cara un poco más

llena de carnes y fueran los dientes algo más blancos y menudos!...

porque con estos ojos rasgados, este bigotillo de seda y este pelo

negro echado hacia atrás... ¡Qué hermosa frente tengo!... Y eso que no

es muy ancha... Bien. Ahora el traje _amelí_ de _negligé_. ¡Qué bien

cae el pantalón sobre los pies! Me gustan estas campanas tan anchas,

porque tapan los juanetes. ¡Pícaros juanetes! ¿Por qué he de tener

yo juanetes como un hombre vulgar?... No sé si me ponga el sombrero

de paja á la marinera, ó el de fieltro. Como es por la tarde... Me

decido por el de paja. No viste tanto, pero me va muy bien... Ahora

los guantes de piel de Suecia, el bastón de espino ruso... y á la

calle... Vaya antes una mirada general... ¡Intachable!... ¡Cómo se

nos conoce en el aire á los chicos distinguidos!... ¡Por cierto

que estos provincianos de Santander tienen un afán de arrimarse á

uno!... y luego serán capaces de quejarse si se les da un desaire...

Pues no me hace gracia esta corbata: no juega bien con el traje. La

cambiaré... Afortunadamente tengo en qué escoger. Papá se propuso sin

duda que en esta primera salida mía á provincias dejara yo el pabellón

bien puesto, y nada me ha escaseado. Corresponderé, papaíto, á tus

propósitos, y la fama te dirá luego quién es tu hijo. Así están más

en armonía los colores; y hasta las puntas sueltas dicen mejor á este

traje que el nudo armado... Probablemente me estarán esperando en el

Sardinero Casa-Vieja, Monteoscuro, Pradoverde y Manolo Cascajares...

y hoy me hacen suma falta para que me ayuden á averiguar quién es

aquella hechicera y distinguida rubia que paseaba ayer tarde con las de

Potosí. Cuando quise acercarme á ellas para saberlo, se metieron en un

carruaje, y perdí la pista... Tres veces me miró, ¡tres! pero ¡con qué

intención!... Lo raro es que yo no la conocía hasta entonces... Acaso

ella me haya visto antes en alguna parte: esto es lo más probable... En

lo que no cabe duda es en que las de Potosí la habrán dicho quién es

papá: por consiguiente, tengo andada la mayor parte del camino, y mis

relaciones con ella son seguras... Lo siento por el desengaño que van

á llevarse mis dos conquistas del Muelle. ¡Pobres chicas! Pero ellas

se lo han querido. Á la tercera vez que pasé bajo sus balcones, ya me

devoraban con los ojos... Y el caso es que son muy bonitas... Si se

conformaran con el segundo puesto que les corresponde en mi corazón.

¡Corazón! Pero ¿le tienes tú, acaso, joven voluble?... ¡Y ellas que

aspiran á conquistar el primero! Tendría que oir lo que se dijera de

mí en Madrid este invierno, si me presentara en el gran mundo con

la historia de dos conquistas provincianas por botín de mi campaña

veraniega. ¡Yo que soy uno de los chicos de moda y de más porvenir!...

En fin, por de pronto martiricémoslas un poco, y enseñemos á estos

cursis montañeses algo de lo que vale y puede un joven de la buena

sociedad madrileña.

II

EN LA CALLE

Antes de acometer el asunto principal de mi empresa de hoy, hagamos

un poco de prólogo por el interior de la ciudad. Éntrome por la

calle de San Francisco... ¡Vulgo, vulgo todo! Modistillas, horteras,

traficantes que van y vienen, y algunas señoras cursis... Aquellos

tres chicos con humos de elegantes van á querer arrimarse á mí... Haré

que no los veo, poniéndome á mirar esta vidriera... Ya pasaron...

Me carga esta gente por lo pegajosa que es... No sé por qué se les

figura que el darle á uno billete para el Círculo, ó para los bailes

de campo, les autoriza para tomarse ciertas libertades... Todos los

que pasan á mi lado me miran. Dirán para sus adentros: «¡Qué chico

tan elegante y tan distinguido! Ése es de Madrid...». porque se nos

conoce á la legua... Se me figura que por más allá de San Francisco

viene algo que no es vulgo... ¡Oh, fortuna! son las de Cascajares. Bien

decía yo que ese aire no era de por acá. Voy á saludarlas...--Á los

pies de ustedes...--Perfectamente, gracias...--Pues por aquí matando

el aburrimiento...--Lo comprendo sin que ustedes me lo digan...--Ni

tampoco sociedad...--Qué quieren ustedes, les falta _chic_...--También

yo, en cuanto se marchen las amigas del Sardinero...--Creo que van

primero á Ontaneda...--Y Pilar erisipela...--¡Qué maliciosas son

ustedes!...--Y Manolo, ¿dónde anda?...--Entonces le veré en el

Sardinero...--Á los pies de ustedes.

¡Qué amables, qué discretas y qué distinguidas! Pues tampoco yo he

sido rana... ¡Aquello de la erisipela lo dije con una travesura y un

retintín!... Á estos gomosos provincianos quisiera yo ver tiroteándose

con las señoras del gran mundo. ¿Qué idea tendrán de él aquí? ¡Pobre

gente!

Pues, señor, esta región ya está explorada. Ahora al Muelle. Allí

lanzaré un par de flechazos á mis dos montañesitas, y en seguida tomo

el tranvía para el Sardinero. De más tono sería un carruaje abierto, en

que fuera yo recostado con esa indolencia voluptuosa que tan bien me

va; pero no hay que hablar de eso en este pueblo atrasadísimo... Echo

por los atajos para llegar primero.

¡Oh, qué brisa tan oportuna corre por aquí!... ¡Cómo juguetea con mis

cabellos y con las puntas sueltas de mi corbata!... ¡Debo de estar

hermosísimo en este instante!... Andaré un poco más de prisa, no se

figure algún mentecato indígena que la Ribera ni las que en ella viven

son capaces de llamar mi atención... ¡Voy de paso, sí, señores, nada

más que de paso!... aunque demasiado conocerá la gente que, á estas

horas, no puede venir por aquí con otro objeto un chico distinguido de

Madrid.

Me parece que aquel mirador es el de una de ellas. Justamente... ¡como

que está esperándome en él!... Pero no está sola... ¡Anda! pues es _la

otra_ quien la acompaña. Serán amigas... Tanto mejor: así despacho de

un solo viaje. ¡Hermosa carambola voy á hacer con cada mirada!... ¿qué

digo carambola? la discordia es lo que van á producir mis miradas,

como la manzana del otro... ¡Suerte más provocativa!... Vayan, ante

todo, un par de estirones de puño, haciendo, de paso, como que el

sombrero me sofoca, para meter los dedos entre el pelo... Á esos

dos provincianillos que vienen por la otra acera, les haré un saludo

desdeñoso; y dirán las chicas: «¡con qué desdén tan distinguido los

trata! ¡cómo los domina!...». ¡Agur!... ¡Qué fachas van!... Las del

mirador me han visto... Pues allá va la mirada... Ya la pescaron...

Me miran de reojo y se sonríen y cuchichean. ¡Cómo disimulan la una

con la otra! Luego será ella, cuando tratéis de ver quién se le lleva.

Para vosotras estaba, inocentes... La verdad es que son monísimas...

¡Válgame Dios, qué estragos podía yo hacer en este pueblo si me lo

propusiera! No miro á una que no me corresponda... Otro golpe de brisa.

Todo me favorece hoy. ¡Es que estoy graciosísimo con estas arremetidas

del aire!... Antes de perder de vista el mirador, voy á volver la

cara... ¿No lo dije? Devorándome están con los ojos... Y para disimular

más, se meten corriendo en casa, haciendo que ríen á carcajadas... ¡De

cuánto fingimiento es capaz la mujer! Pues, señor, este fruto está ya

sazonado; y aunque sea para entreplato, se aprovechará.

El _Suizo_. Con la disculpa de buscar á alguien, voy á darme un par de

golpes de espejo... Perfectamente. ¡Qué hermoso estoy esta tarde!...

Es que nunca ha sido mi cutis más blanco, ni han tenido mis ojos más

hechicera languidez. ¡No me extraña que las del mirador hayan quedado

fascinadas!... ¡Es mucho ese Madrid para chicos distinguidos!

Ahora, á tomar el tranvía y buscar á mi gente al Sardinero... ¡Ah,

rubia! te compadezco...

Me cargan á mí estos tranvías de provincia, por la morralla que va en

ellos... Por supuesto que, como de costumbre, tendré que ir de pie

en la imperial, porque en el interior es un poco pesado llevar tanto

tiempo el ceño fruncido y la cara de asco... Y de otro modo no puede

ir un chico distinguido como yo. Arriba, con la disculpa de mirar al

mar, puede uno siquiera volver la espalda á todo el mundo sin violencia

y sin que choque... Debería haber departamentos especiales en estos

carruajes.

III

EN EL SARDINERO

Esto ya es otra cosa... aquí puedo decir que estoy en mi casa.

¡Qué toaletas; qué _negligés_ tan _chic_!... ¡Cómo se destacan las

madrileñas!... y ¡cómo me destaco yo! Empecemos por buscar á los

amigos; después á la rubia. La compañía le hace á uno más osado y hasta

más elocuente... No los veo por ninguna parte... Pero en cambio veo

á las de Potosí, que están aquí paseando. ¡Canastos! vienen solas...

¿Y la rubia?... Lo más acertado será preguntar discretamente por

ella...--Señoritas...--Muy bueno, gracias...--Sí: la tarde está hermosa

para eso...--Ayer estaban ustedes más acompañadas...--Palabra de honor:

jamás había visto á esa señorita... Hermosa es, en efecto; pero ¿y

qué?...--Ni tarde ni temprano...--¡Que se ha marchado ya?...--¡Oh! no

me admiro por lo que ustedes creen, sino por lo poco que ha estado

aquí...--De modo que veinticuatro horas escasas...--Pues no vi yo á su

papá...--¡Barrizales! ¿Luego ella es Lola Barrizales, la que estaba en

un colegio de Alemania? Y ¿qué va á hacer ahora en Madrid?...--¡Que

va á casarse en cuanto llegue?...--Nada hay de raro, en efecto, sino

que... en fin, que sea enhorabuena. Y hablando de otra cosa, ¿han visto

ustedes á Casa-Vieja y demás amigos por aquí?...--Lo siento, porque

andaba buscándolos para un asunto... Veré si en la galería... Á los

pies de ustedes.

¡Horror y maldición! Conque era Lola Barrizales, y Barrizales es íntimo

de papá, y ella supo quién era yo: luego aquellas miradas eran lo que

yo me figuraba; y tal vez la sacrifican y ella quería decírmelo, y yo

pude haberlo impedido con una sola entrevista... ¡Maldito coche en que

se metieron ayer! ¡Lola Barrizales! ¡bella, rica y distinguida!... ¡Qué

ocasión para mí! ¡qué ocasión perdida, dioses inmortales! Pero ¿tiene

remedio ya este bárbaro contratiempo? Eso es lo que tengo que consultar

con mis amigos, y voy á buscarlos ahora mismo á la galería... Entraré

en ella muy pensativo y hasta cabizbajo, como quien lleva herido

el corazón: esta actitud me irá muy bien. Entremos. ¡Cuánta gente

elegante!... No están ellos aquí tampoco... En aquel extremo hay una

silla desocupada... La ocupo... Dos chicas muy guapas se han fijado en

mí. Buena ocasión para herirlas... Apoyo el codo en la barandilla, la

cabeza sobre la palma de la mano, y me pongo muy triste y melancólico.

Siguen mirándome... Y dirán ellas:--«Ese joven debe de tener una

gran pesadumbre: ¡qué hermoso es!» y me compadecerán... Ahora miro

al suelo, apoyando la frente en mi mano; y como si quisiera ocultar

alguna lágrima que enturbiara mis ojos, doy golpecitos en el pie con el

bastón. Pero la angustia va en aumento, el disimulo no alcanza y vuelvo

la cara hacia la ermita. Para expresarlo mejor, muerdo el pañuelo...

Estoy así un ratito, como sollozando. ¡Qué hermoso debo de estar!...

Ahora, después de sonarme y guardar el pañuelo, debo levantarme y salir

de prisa, ocultando la cara, como si mi dolor se aumentase entre la

gente. Allá voy... Siguen mirándome las dos chicas, y creo que algunas

más. No importa: yo no puedo, no debo, en esta situación, fijarme en

nadie; á papá mismo negaría el saludo... ¡Magnífica salida he hecho!

¡Qué interesante he estado!... Me parece que he causado gran efecto. Á

la noche indagaré si se habló algo de mí después que salí de la galería.

Aquí afuera hay demasiada gente también, y no debo permanecer entre

ella estando tan triste como estoy. Me voy del Sardinero á buscar la

soledad que me corresponde.--«Estuvo aquí un instante (debe decir

la gente mañana) muy afectado, y se retiró en seguida sin saludar á

nadie...». Y habrá hasta quien crea que fui á los Pinares á levantarme

la tapa de los sesos. ¡Magnífico! Esto me pondrá de moda.

Me vuelvo á la ciudad, á pie, por la Magdalena, y me ayudarán á

conllevar las fatigas del camino mis tristezas. En marcha, pues.

IV

OTRA VEZ EN SU CUARTO

Resumen de mis meditaciones del camino: continuaré en Madrid la empresa

malograda aquí. El destino me la arrebató soltera; yo haré que el

diablo me la devuelva casada. (_Desnudándose enfrente del espejo_).

¡Qué interesante me han puesto la pena y el cansancio!... Un amor

contrariado con los correspondientes azares y escándalos, debe ser

la ambición de todo hombre de mundo. La suerte quiere, por lo visto,

que yo empiece por donde tantos calaveras han concluido. ¡Cúmplase

mi destino, y adelante! Pero entre tanto, yo padezco y necesito

distraerme. Me distraeré... abusando un poquito de mis ventajas... Esta

noche al teatro; mañana al baile de campo con todos los recursos de mi

hermosura, de mi distinción y de mi ropero. No me contentaré ya con la

mirada y con la sonrisa; usaré también el billete perfumado, y luego el

soborno, y después el escalamiento, y, por último, hasta el rapto, y,

si es preciso, la estocada... Comencemos por vestirme de serio... ¡Juro

á Dios que no me detendrán en mi carrera ni lágrimas ni amenazas! Yo no

he traído esta contrariedad fatal; yo no me he colocado por mi gusto

en esta actitud que ha de dejar memoria eterna en Santander. No se me

pregunte luego por qué dejo víctimas detrás de mí:

«Soy el león... perseguido

Que sacude la melena».

Y pues al cielo plugo hacerme sentir el fuego de una pasión, y

arrebatarme el objeto que me la inspirara, de las cenizas que deje á mi

paso esta llama abrasadora,

«responda el cielo, yo no».

[Ilustración]

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Bocetos al temple. Tipos trashumantes · 第 75 / 78 题