--Conque, vaya usted mandando lo que se le ofrezca para mi tierra.
--¿Tan pronto?
--Y la mitad me sobra.
--Como vino usted á bañarse...
--Á matarme, dirá usted.
--Es decir, que no han sentado los baños.
--En la misma boca del estómago... y eso tan sólo con olerlos. Conque,
¡figúrese usted si llego á probarlos!
--No comprendo.
--¿No se acuerda usted que le dije que el médico me había mandado
tomar, antes de bañarme, dos libras de?...
--Mucho que sí.
--... Y usted se empeñaba en que era una broma del señor de Zorrilla
para darme á entender que yo era un aprensivo, y que torna y que vira.
¡Mal rayo me parta!... Pues bueno: yo que tomo al pie de la letra
todo lo que toca á la salud y al modo de recobrarla, porque la tengo
perdida, aunque diga lo contrario el mundo entero, el día siguiente al
de la consulta me bajé por la mañana al Sardinero, después de haberme
envasado las dos libras de bonito y el medio cuartillo de aguardiente.
Vestíme de bañista, salíme al arenal y comencé á trotar en redondo.
La gente me miraba. Eran las diez, y no parecía sino que Dios echaba
rescoldo por el cielo abajo, según las ampollas que sacaba el sol. Á
la media vuelta ya sudaba, y á los cinco minutos hubiera jurado yo que
el aguardiente estaba en llamas y el bonito hecho una lumbre... ¡Le
digo á usted que aquello era abrasarse vivo! Así es que, á las pocas
vueltas, porque las daba por largo, me caí redondo en el arenal. Acudió
la gente, y también el médico, que andaba por allí; hízome echar por
la boca hasta los hígados; y después de llamarme bárbaro muy serio,
contó á la gente lo de la consulta, y acabaron todos por reirse de mí.
¿Le parece á usted que el lance era de risa?... Pues toda esa falta
de caridad la enmendó el facultativo con decirme que cómo él pudo
imaginarse nunca que hubiera un hijo de Adán tan... adán, que tomara
en serio lo del bonito y lo del trote antes del baño; que si lo que yo
había tenido en el cuerpo lo mete él debajo de una peña, la levanta en
vilo; que si, hallándome vivo después de lo ocurrido, no me convencía
de que mi salud era de bronce; y, por último, que no tentara más á
Dios, que me volviera á mi pueblo á cuidar de mis haciendas, y que
no aburriera más al prójimo llorando males que no tenía... Con esta
rociada por todo consuelo, me vestí, volvíme á la posada y me metí en
la cama á sudar, que poco me costó con el calor que hacía.
--¿De manera que ha hecho usted el viaje en balde?
--No lo crea usted... y por algo se dijo que «por lo más obscuro
amanece». Hablando yo de estas cosas, á los tres días, con un compañero
de posada, me dijo que él también había rodado mucho por el mundo
buscando la salud, y que no la había encontrado hasta que se la dió un
curandero ¡pásmese usted! un remendón que trabaja en un portal de esta
misma ciudad. ¡Y decir á Dios que hay médicos que gastan coche! Pues,
señor, que me alegró la noticia, que me animé y que fuí á consultar con
el curandero... ¡Le digo á usted que es preciso verlo para creerlo!
No hizo más que saber que yo estaba enfermo, y sin dejarme hacerle
historia alguna de la enfermedad, me estiró los brazos hacia adelante,
me juntó las manos, y poniéndome una de las suyas en la boca del
estómago, me dijo:--«Usted tiene toda la maleza en el arca, motivado
á que los güétagos se han arrimado mucho al padrejón, á causa--¡esto
es lo más asombroso!--de que las dos paletillas no encajan bien en el
espinazo...». Pues en esto, señor mío, no ha dado hasta hoy ningún
facultativo.
--Lo creo sin dificultad. ¿Y qué remedio le dió para tan complicada
enfermedad?
--Uno que me parece tan sencillo como cuerdo: dos parches y un haz de
yerbas. Uno de los parches me coge desde la nuca hasta la curcusilla;
el otro es para encima del estómago.
--¿Los tiene usted puestos ya?
--No, señor: los llevo para ponérmelos en cuanto llegue á casa; porque,
tan pronto como me bizme, tengo que meterme en la cama y estar en ella
veintisiete días, boca arriba, sin moverme.
--¿Y las yerbas?
--Las yerbas son para cocerlas. De este cocimiento he de tomar,
mientras esté en la cama, dos azumbres por la mañana y otras dos
por la tarde. De este modo dice el curandero que romperé en aguas
abundantes, y que á la vez que con ellas sale toda la maldad, con los
parches fortificaré el estómago y entrarán en sus propios gonces las
paletillas... Conque sírvase usted darme lo que me resta del crédito
que traía, porque ya me parece que tardo en llegar á casa para ponerme
en cura, y mande lo que guste para aquellos señores.
--¿Resueltamente va usted á ejecutar el plan del curandero?
--Como estamos aquí los dos.
--En ese caso, venga un abrazo... y apriete usted bien.
--¿Por qué tan apretado?
--Por si no volvemos á vernos.
[Ilustración]
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