--Saludo á usted, caballero.
--Beso á usted la mano.
--Me han dicho que es usted el facultativo del establecimiento.
--Tengo en él mi gabinete de consultas.
--Es igual. Pues yo quería consultar.
--Cuando usted guste...
--Ahora mismo.
--Pase usted á esta habitación... Sírvase usted tomar asiento.
--Muchísimas gracias, señor de... ¿de qué, si no le incomoda?
--Zorrilla.
--¡Hombre! Como ése que hace coplas. ¿Son ustedes parientes, por si
acaso?
--Sospecho que no.
--Es que es paisano mío ese Zorrilla, y podría usted serlo también.
--Pues hágase usted la cuenta de que no lo soy.
--Vaya, pues lo siento; porque cuando se halla uno con gente de la
misma tierra, le parece que no ha salido de casa... Pero es igual, con
tal que la salud... Pues yo quería consultar sobre la mía.
--Usted dirá.
--¿Cuántos baños cree usted que debo tomar yo, de cuánto tiempo y á qué
hora?
--Si usted no me dice antes por qué los necesita...
--Pues por la salud.
--Ya lo supongo; pero la salud se quebranta por mil causas: cada causa
puede dar origen á una enfermedad, y cada enfermedad necesita un
tratamiento determinado.
--Es verdad, y voy á decirle á usted de contado lo que padezco. Pues,
amigo de Dios, ha de saberse usted que todo ello resulta de un susto
que cogió mi madre el día en que se casó.
--¡Es raro eso, hombre!
--¿Por qué?
--Porque no hallo concomitancia... Si el susto le hubiera cogido algún
tiempo después...
--Es que yo soy sietemesino.
--¡Vamos! Eso ya varía de especie.
--Pues sí, señor: se escapó un novillo que se había de correr aquella
misma tarde en la plaza, y arremetió á mi padre en el momento de salir
de la iglesia con mi madre, después de casados. Mi madre se desmayó
al verlo, vino gente, salvaron á mi padre como de milagro, recogieron
á mi madre; y sobre si tuviste tú la culpa ó la tuve yo, armóse
después en el pueblo una de palos que el mundo ardía. Mi madre tardó
en volver en sí, pero no echó el susto del cuerpo en mucho tiempo; y
puede asegurarse que en todo el embarazo no fué ya mujer: un soponcio
le iba y otro le venía. De resultas de todo esto, nací yo hecho una
miseria, y hágase usted la cuenta que el verme vivo á los siete años le
costó á mi padre un sentido. El ruido de una puerta me tumbaba en el
suelo; el aire me hacía toser; con el frío, sabañones; con el calor,
agonías; con el agua fresca, pasmos; con la templada, vómitos... en
fin, que llegué de milagro á los diez y ocho años. Á esa edad me entoné
un poco ya; y como quedé huérfano y tuve que atender á mis haciendas,
el trabajo y la distracción me arreglaron el cuerpo algo más, y así
estoy; pero, créame usted, aborrecido de cambiar de médicos y de
medicinas. Tan pronto que baños calientes de esta clase; tan pronto que
de la otra; tan pronto que los de río; hoy que friegas, y mañana que
restregones; hasta que un médico de regimiento que pasó por el pueblo y
que venía recomendado á un amigo mío, me aconsejó que tomara los baños
de mar... y aquí me tiene usted.
--Bien está; pero todavía no me ha dicho usted qué dolencia es la que
principalmente le aflige.
--Pues todas esas de que le he hablado.
--¿Cuáles?
--Mire usted, por de pronto, el estómago.
--¿Le duele á usted?
--No, señor.
--¿Hace usted malas digestiones?
--¡Por ahí!
--¿Siente usted ardores?...
--¡Quiá! Lo que me pasa es que yo soy de mucho comer, y que en cuanto
como algo más que lo de costumbre, siento aquí un peso...
--¿Y repugnancia?
--No, señor: nada más que el peso, que me dura como un par de horas...
hasta que...
--¿Vomita usted, eh?
--No, señor: me quedo como un reló... y con un hambre de dos mil
demonios.
--¡Hola!
--Y eso es lo que á mí me hace cavilar, porque parece mentira que con
lo que yo como no se me quite el hambre... y, sobre todo, el peso.
--Y la cabeza, ¿qué tal?
--La cabeza... ¡ésa es otra más gorda! Cuando tenía veinte años,
resistía yo el sol de la era toda la mañana, en pelo, sin que uno de
ellos me doliera; pues ahora ¡ya te quiero un cuento! á las dos horas
de estar al sol, ya sudo y me entran los desperezos... Y esto es lo que
también me va dando cuidado.
--Y es grave, en efecto.
--¡Lo ve usted?
--Sí, señor, bastante grave... ¡muy grave!
--¡Cuando le digo á usted que paso la vida en una agonía!... Y lo que
más rabia me da es que todo el mundo dice que me quejo de vicio, y que
patatín y que patatán... ¡Hasta los facultativos se han reído de mí!...
Conque ¿le parece á usted que me sentarán estos baños?
--Están indicadísimos.
--Y ¿cuántos?
--Lo mismo una docena que dos.
--Yo creí que siempre se tomaban nones.
--Tome usted nones.
--Así me parece mejor. Y ¿de cuánto tiempo?
--Hasta que usted tirite de frío.
--Y mientras esté de baños, ¿podré tomar fresco?... porque á mí me
gusta mucho.
--Á mí también en este tiempo.
--¿Luego cree usted que podré tomarlo?
--Á todas horas.
--¿Antes del baño también?
--Y después del baño.
--¿Y también para el desayuno?
--También para el desayuno.
--¡Caramba!... Y ¿qué fresco elegiré?
--El que corra.
--¿Y si corren varios?
--Los toma usted todos.
--¡Hombre, será mucho! Yo prefiero la merluza sola.
--¡Ah! vamos. Usted me hablaba del pescado.
--Sí, señor: le llamamos fresco en mi tierra.
--Pues, en ese caso, tengo que corregir... El mejor pescado para usted
es el atún.
--No me disgusta; pero yo creía que era más pesado que la merluza. Y ¿á
qué hora lo tomaré?
--Un poco antes de meterse en el baño.
--¡Hombre! ¿Y en qué cantidad?
--Un par de libras, si caben.
--¡Yo lo creo!
--Pues á ello.
--¿En seco?
--De ningún modo.
--Entonces, clarete.
--Nada de eso: aguardiente es mejor digestivo.
--Es verdad. Y diga usted, ¿cómo aprovecha más el baño, entrando poco á
poco ó de sopetón?
--Ni de un modo ni de otro: á usted le conviene el trote.
--Y después me acurruco, agarrado á la cuerda.
--No, señor; después de darse usted una trotada por el arenal...
--¡Ah! ¿conque ha de ser por el arenal?
--Precisamente: se echa usted de cogote...
--¿Al agua?
--Naturalmente.
--Pero ¿cómo?
--¿Sabe usted nadar?
--Como un canto.
--Entonces véngase usted á la galería, y desde allí le enseñaré yo...
¿Ve usted, á la derecha, aquel peñasco que se mete más que los otros en
el mar?
--Sí que le veo.
--Pues desde allí se tira usted de cabeza.
--¡Zambomba!... ¿Y después?
--¿Después?... después va usted á contárselo á su abuela.
--Jajajá... ¡qué buen humor tiene este señor de Zorrilla!... ¡Pues
anda, que se ha largado... y sin cobrar la consulta! Á bien que todos
los días he de verle después del baño para explicarle el resultado y
pedirle el plan para el siguiente.