Se da un aire á todos los hombres que conocemos ó recordamos, de escasa
talla, comunicativos, afables sin afectación ni aparato, limpios y
aseados, que siempre parecen jóvenes y llegan á morirse de viejos sin
que nadie lo crea, porque hasta el último instante se les ha llamado
_muchachos_ y por tales se les ha tenido; hombres, por el exterior,
insignificantes y vulgares hasta en el menor de sus detalles; hombres,
en fin, de todos los pueblos, de todos los días y de todas partes.
Se llama Galindo, ó Manzanos, ó Cañales, ó Arenal... ó algo parecido
á esto, pero á secas; y á nadie se le ocurre que tenga otro nombre de
pila, ni él mismo le usa jamás.
--¡Ya vino Galindo!--se nos dice aquí un día al principiar el
verano.--Y cuantos lo oyen saben de quién se trata, como si se dijera:
--Ya llegaron las golondrinas.
Tiene fama, bien adquirida, de fino y caballero en sus amistades y
contratos, y no se ignora que vive de sus rentas, ó, á lo menos, sin
pedir prestado á nadie, ni dar un chasco á la patrona al fin de cada
temporada; y esto es bastante para que hasta los más encopetados de acá
se crean muy favorecidos en cultivar su trato ameno.
Al oirle hablar de las cinco partes del mundo con el aplomo de quien
las conoce á palmos, tómanle algunos por un aristocrático Esaú que ha
vendido su primogenitura por un par de talegas «para correrla»; quien
por un aventurero osado, sin cuna ni solar conocidos; quien por antiguo
miembro del cuerpo consular, ó diplomático de segunda fila... Pero lo
indudable es que ha viajado mucho, y con fruto; y que no teniendo en
su frontispicio pelo ni señal que no sean comunes y vulgares, no hay
terreno en que se le coloque del cual no salga airoso, cuando no sale
en triunfo.
Tampoco, mirado por dentro, posee cualidad alguna que brillante sea.
No es elocuente, no es poeta, no es artista: no es perfecto ni acabado
en nada.
Pero, en cambio, tiene un poco de todo... y algo más: es, por de
pronto, un estuche de _cosas_. En manejarlas á tiempo consiste su
habilidad.
Con ella y con su impenetrable _cara de vaqueta_, en su boca no
se distingue la verdad de la mentira, y eso que las echa gordas; y
en cuanto á sus _cosas_, ni es avaro ni despilfarrador de ellas;
quiero decir, que ni es entremetido ni se hace rogar mucho. Como los
buenos músicos, entra en el concierto en que hace falta, cuando le
corresponde: ni antes ni después.
Cuando, por primera vez y solo, se presenta en una tertulia, nadie
frunce el ceño ni le pregunta con gestos ó con palabras: «¿Qué busca
usted por aquí?» Antes bien, se le recibe con palio y se le dice, entre
sonrisas y agasajos:
--¡Oh... Galindo! ¡Acabará usted de llegar!
Ni más ni menos que si se le esperara y fuera antiguo contertulio de
la casa. Y desde el mismo instante, Galindo es el alma de aquellas
reuniones.
Una noche falta quien toque el piano para bailar. Galindo no conoce una
nota de música; pero sabe de oído unas cuantas piezas de baile, y se
sienta en el banquillo, y araña el teclado, y toca lo que se necesita.
No tiene voz ni condición alguna de cantante; y cuando llega el caso,
acompañándose él mismo al piano, suelta un par de canciones picarescas,
de acá ó de allá, que alborotan la reunión.--Si se trata de hacer
coplas, nadie le gana á hacerlas pronto y al caso, aunque le ganen
todos á poeta.
Que no se baila, ni se canta, ni se hacen coplas, y la gente se
agrupa en los gabinetes, medio aburrida, medio soñolienta.--Allí está
Galindo para reanimar los decaídos espíritus. Para entonces son las
anécdotas frescas, ó los recuerdos de Calcuta ó de Constantinopla. Y
tras esto y un sinnúmero de mentiras verosímiles sobre las mujeres
del Cáucaso ó los hombres de Ceilán, llegará á hablarse, por ejemplo,
de objetos raros, y habrá allí quien crea decir mucho diciendo que ha
visto camisas de hoja de llantén, catalejos de trapo, ó chocolate sin
cacao... y tantas cosas más como se anuncian todos los días, en éstos
de extravagancias que corremos.
No dejará Galindo de admirar las citadas rarezas, con toda la expresión
que cabe en su estilo lento y suave y en su cara impasible; pero hombre
que ha corrido y visto tanto, no puede estar sin algo que citar á
propósito de rarezas, y no lo está, en efecto; y saca un grueso anillo
de uno de sus dedos, y se le presenta á la reunión, diciendo:
--¿Á que no saben ustedes qué piedra es ésta?
Y la gente se abalanza al anillo, y le da mil vueltas, y recorre la
lista conocida de piedras buenas y malas, sin que falte la de Colmenar
Viejo, á la cual se parece en el color la del anillo; pero nadie
acierta. En vista de lo cual, dice Galindo:
--Eso que ustedes creen piedra, no lo es.
Nuevas ansiedades, nuevo examen y nuevas conjeturas.
--Pues ¿qué es, si no?--se le pregunta al cabo.
--Eso es--responde Galindo, lenta y dulcemente,--hígado de cocodrilo,
endurecido al sol, en Pekín. Se lo compré al joyero que lo hace para la
corte imperial; ó mejor dicho, me lo cambió por una zamarra fina que
llevaba yo de España.
Para calmar el asombro que esta respuesta produce, muestra una bolsa de
_tripa de un indio_, medio devorado por un tigre en una cacería á que
asistió él, y se refiere á una corbata que tiene en casa, hecha de piel
de culebra, por un indígena del Canadá.
Cuando se agota este catálogo, tiene Galindo á su disposición otro más
abundante todavía. Por el procedimiento de las pajaritas de papel,
hace, entre mil primores, catedrales y navíos de tres puentes; y de
un tijeretazo solo, sobre el mismo papel convenientemente plegado,
saca una procesión de Jueves Santo, con sus pasos, curas, monaguillos,
autoridades, músicas y piquete. De sombras en la pared, no digo nada;
ni tampoco de problemas de dibujo á lápiz, á punta de cigarro y hasta á
moco de candil: así _pinta_ el día y la noche, el sol y la lluvia, de
dos ó tres rasgos, y gatos y perros... y demonios colorados.
En la calle, no hay forastero á quien él no conozca de vista y de
trato. Sabe las rentas ó las trampas de cada uno, y lo que antes
tuvieron y lo que esperan, ó lo que temen, y la vida que hacen en
Madrid, y quién de ellos trae señora propia, y quién pegadiza ó
temporera, y dónde la ha adquirido y _á cómo_, y quién se la corteja y
con qué éxito, y si el cortejo es andaluz ó salamanquino...
Hablando de parecidas cosas conmigo en una ocasión iba delante de
nosotros el aludido, sin haberle visto yo.
--En suma--me dijo:--el duque de los Frijoles es un perdido, y la
duquesa, tan perdida como el duque.
Y en esto volvió la cara el tal; y cuando yo creí que iba á romper el
bautismo al maldiciente, rióse hacia él, le tendió la mano y le dijo
afectuosísimo:
--¡Ah, tuno! ¿conque venía usted detrás?
--¿En qué lo ha conocido usted?--le preguntó Galindo muy sereno.
--En la voz. Y apuesto á que estaba usted despellejando á alguien.
--Precisamente.
--Amigo de usted, por supuesto.
--Cabal... Como que hablaba de usted.
--¡Ah, mala lengua!
Dijo, y dándole al propio tiempo un golpecito en el hombro, como si
aún tuviera que agradecerle mucho, alejóse el señor duque y se quedó
Galindo tan fresco.
No desconoce uno solo de los secretos _íntimos_ de la política. Él os
dirá, con pruebas, cuando menos verosímiles, por qué se sustituyó tal
ministro con cual otro; á qué móvil obedeció la evolución de aquel
periódico, ó la cesantía de cierto personaje, ó el encumbramiento de
esotra vulgaridad, ó por qué no puede salir de apuros el Tesoro... Y
sus _causas_ jamás son las causas que conoce ó que sospecha el vulgo:
siempre son particularísimas, personales y microscópicas, con relación
á sus efectos.
De cómicos y toreros, no se diga: á todos los trata y los tutea, y
habla con ellos de la escena ó del _redondel_ con el aplomo y la
autoridad de Romea ó de Costillares.
En lo físico, es sano y duro como un diamante: jamás se constipa ni se
queja del estómago, y eso que no se abriga más que lo de costumbre, y
come tanto como habla, si la ocasión se le presenta.
Y digo esto de la ocasión, porque aun cuando ordinariamente es sobrio y
metódico, come cuanto le pongan por delante, aunque haya comido ya, si
á comer se le convida, ó si se acepta el convite que él proponga, pues
hace á todo.
Como no viene á bañarse, sino á veranear, y tampoco le es muy simpático
el ceremonial del Sardinero, vive en la ciudad en una fonda, ó en una
de las mejores casas de huéspedes; lo cual no obsta para que dé cuenta,
si se le pide, de cuantas personas habitan en aquellos _hoteles_, con
sus correspondientes vidas y milagros.
En agosto hace una escapadita á ver las corridas de Bilbao, y en
septiembre arregla su marcha definitiva en combinación con las ferias
de Valladolid y la apertura de los teatros de la corte, donde, por lo
visto, se pasa gran parte del invierno, no sé cómo ni con quién.
Qué familia y qué patria son las suyas, se ignora siempre; y se ignora,
porque jamás se le ha preguntado por ellas; y no se le ha preguntado,
porque se prefiere ignorarlo; y se prefiere esto, porque desde el
instante en que estos hombres tienen patria y familia, y nombre como
otro cualquier nieto de Adán, ya no son Galindos, ni Manzanos, ni
Arenales á secas, y pierden su peculiar carácter de universalidad, en
lo que estriba la mayor parte de su mérito.
[Ilustración]
[Ilustración]