La acogida que se le hizo en la Habana, donde desembarcó, fué todo lo
afectuosa que era de esperar de la recomendación que á la mano llevaba
de su tío. Entre éste y la persona que debía acogerle había grandes y
antiguas relaciones de amistad y mercantiles; y así fué que, no bien
hubo pisado el suelo habanero, halló ventajosa colocación sin salir de
la misma casa en que había entregado su carta credencial.
Con el carácter de César y los muchos conocimientos que llevaba
adquiridos en el comercio, no le fué difícil obtener la confianza de su
nuevo protector, á cuyo lado era indudable que hubiera hecho fortuna
«por sus pasos contados».
Pero es preciso no olvidar que César llevaba en su pecho un aguijón que
le obligaba á caminar de prisa, y en su imaginación una luz extraña que
le hacía ver como interminable todo plazo por breve que fuera. Pensaba
en su prima, y temía no hallarla esperándole en el mundo terreno, si
tardaba él mucho en volver á su patria.
Por otra parte, era agradecido; y no queriendo regatear el tiempo y
la ganancia á una persona que tanto le protegía, pasó cuatro años
adquiriendo mucho, pero no todo lo que necesitaba en su afán de «acabar
pronto».
Al fin su impaciencia febril pudo más que sus miramientos. Recogió
sus utilidades; púsolas, como quien dice, á una carta, en una
especulación de la casa; tuvo la suerte de duplicarlas, y conociendo
su protector, por éste y otros rasgos, el gusanillo de la prisa que
le roía, y no desconociendo ni menospreciando las buenas dotes que
adornaban al impaciente, propúsole pasar á Méjico, donde podría, con
la recomendación que él le diera, hacer doble negocio en la mitad del
tiempo, si bien con triples fatigas.
Aceptó César con entusiasmo; diéronsele eficaces recomendaciones para
una casa de Veracruz, cuyo principal negocio era la explotación de dos
minas de plata, y allá se fué con sus ilusiones y sus ahorros.
No se le había engañado en las promesas. Dos años le bastaron para
llegar á reunir un capitalejo, limpio y morondo, de cuarenta mil duros.
En sus expansiones amistosas no ocultaba á nadie el afán que le
devoraba; pero jamás declaró su verdadera patria ni sus parentescos en
ella, en previsión de un lance desgraciado que pudiera obligarle un día
á buscar un porvenir por vías más humildes y azarosas que las hasta
entonces recorridas con tan buena suerte. Hasta ese punto llevaba sus
propósitos de hacer fortuna honradamente, y sus repugnancias pueriles á
deslustrar el brillo de que tanto se pagaba la vanidad de su tía. Por
lo demás, hablaba hasta con exceso de sus frecuentes relaciones con
la casa de la Habana, aunque siempre con el fin de ponderar lo mucho
que la debía, y se curaba muy poco, como joven y de escasas malicias,
de ver si todos los que le rodeaban en sus momentos de expansión eran
dignos de sus candorosas confianzas.
Á menudo tenía noticias de su tío, y por éste sabía que «todo seguía
en casa como él lo había dejado»; es decir, que Enriqueta seguía
esperándole allí, según su traducción al lenguaje de sus amorosos
anhelos.
De la Habana tampoco le faltaban cartas, en las cuales se le deseaba
siempre rápida fortuna, y se le prometía no dejar de recomendarle
cualquiera ocasión que se presentara por allí de conseguirlo, si antes
no lo había conseguido él donde se hallaba.
Un día recibió una carta de esta procedencia, y de puño y letra de
su afectuoso protector, en la que se le dijo que la ocasión tan
deseada había llegado al fin; que, con otra carta suya á la mano,
se le presentaría en Veracruz un don Cleofás Araña, gran amigo del
recomendante, que pasaba á Méjico á continuar la explotación de dos
minas de oro, de su propiedad; que por una deferencia singularísima
se había prestado á darle la participación que quisiera tomar en la
empresa, en la seguridad de duplicar el capital en menos de seis meses,
y que el tal don Cleofás era riquísimo, honrado, etc., etc.
Pocos días después llegó efectivamente este señor, tipo de hombre entre
campesino y culto, de aire franco y resuelto, como el de aquél que más
bien ofrece que necesita protección. Entregó la anunciada credencial
á César, y le mostró además títulos de pertenencia, muestras de oro
nativo, etc., etc., con lo cual el iluso mozo, creyéndose más que
satisfecho, realizó cuanto tenía y puso en manos de aquel potentado
hasta treinta mil pesos, quedándose sólo con otros diez mil para las
eventualidades. Extendióse un proyecto de contrato; diósele á César,
mientras aquél se formalizaba, un resguardo en toda regla; hubo no sé
qué dificultades mecánicas que duraron tres días; al cuarto avisó el
socio que se había quedado en la cama un poco indispuesto; al quinto
pasó César á visitarle... y el socio había desaparecido de la casa y de
la ciudad. Llamó el incauto al cielo; siguió la pista del fugitivo la
gente que lo entiende, y, como de costumbre, no dió con él.
Cruzáronse exhortos; escribióse mucho; crecieron los autos á montones,
y vino á saberse en limpio que el ladrón se había largado á los Estados
Unidos, y que ya era conocido por los siguientes fragmentos de su
edificante historia:
Entre los primeros buscadores de oro en los _placeres_ famosos de
California, se contaba un mallorquín, marinero desertor de un buque
llegado á aquellas costas con víveres y utensilios. Sabido es por demás
que los susodichos explotadores eran lo peor de cada casa, y que no
habiendo entonces en el país ni ley, ni rey, ni roque, todo era en él
_primi ocupantis_, por lo cual, antes que la herramienta del trabajo,
todo buscador precavido adquiría un revólver y un puñal; porque no
es necesario decir que lo que se adquiría arañando las costras de la
tierra durante el día, había que defenderlo á menudo, por la noche,
á tiros y á puñaladas. Con tan suaves entretenimientos, hijos de la
necesidad, hasta el hombre más bondadoso tenía que convertirse en una
fiera. ¿Qué llegaría á ser el que antes de pisar aquel suelo no tenía
ya entrañas? De éstos era el mallorquín.
Cansándose muy pronto de escarbar la tierra para buscar el oro, y
siendo muy diestro en los juegos de azar, trocó la herramienta por
la baraja. Ganó mucho en pocos días; pero se le conoció el juego y
estuvo á pique de pagar con el pellejo las ganancias. Salvó las unas
y el otro; mas no queriendo exponerse á nuevos trances por el estilo,
convenció á media docena de perdidos como él, y se lanzaron los siete
á la montaña más próxima, de la cual descendían cada vez que se les
presentaba una ocasión de hacer un buen agosto, sin arredrarles el
riesgo de andar á puñaladas con los desvalijados. Estos atentados y
otros parecidos que se hicieron de moda, sugirieron á otros buscadores
menos bandoleros la idea de formar entre ellos rondas y tribunales
con el fin de hacerse la justicia por su mano. La medida dió por
resultado inmediato el que un día amanecieran seis ladrones colgados
por el pescuezo en medio de la colonia de aventureros. Cuando estos
ejemplares castigos se hicieron muy frecuentes, el mallorquín, que ya
había visto colgados á tres de su cuadrilla, tuvo miedo en todas partes.
Huyó, pues, de California, con el rico botín de sus rapiñas, y se cree
que se refugió en Méjico, porque, tiempo andando, se le ve aparecer, al
frente de una docena de bandidos, asaltando una _conducta_ de varios
millones que iba de la capital á Tabasco; conducta que, merced á la
fortuna de los salteadores, torció de rumbo con éstos, sin saberse á
qué parte del mundo.
Tiempo después vuelve á vérsele en la isla de Cuba hecho un gran
personaje, tratando con un criollo, separatista de nota, de una
invasión filibustera. Habíale presentado cartas credenciales del centro
conspirador de New York, en las cuales se le autorizaba para recoger
una fuerte suma recaudada con el fin de reclutar gente y adquirir
pertrechos de guerra. Los filibusteros cubanos no pusieron en duda la
autenticidad de las cartas, sellos y contraseñas; entregáronle los
millones recaudados en valores de pronta y fácil realización, y ni de
éstos ni de su conductor volvieron más á saber aquellos sempiternos
_laborantes_.
Su última hazaña conocida fué la que llevó á cabo en Méjico, siendo la
víctima César.
Nada quiso decir éste del caso á su tío, hasta conocer el resultado
de sus pesquisas, ni tampoco escribir á la Habana; pues sobre estar
convencido de la falsedad de las cartas de recomendación, temía que por
aquel conducto llegara á saberlo su familia, y al saberlo ésta corría
el riesgo él de que se desalentara Enriqueta, que le estaría esperando
«de un momento á otro». En todo caso, para empezar á trabajar de nuevo
y dar la triste noticia, siempre estaba á tiempo.
Cuando se convenció de que el fugitivo no parecía, buscado por la nariz
de la justicia, sintióse acometido de una comezón febril y quiso él
mismo correr tras él para arrancarle lo robado, ó para matarle si se lo
negaba. Con este propósito, y sin decir á nadie una palabra, salió para
los Estados Unidos, depósito inmenso de todos los grandes ladrones del
mundo, y se consagró con alma y vida á buscar el de sus ahorros.
Tres meses de investigaciones en aquel laberinto de cosas grandes y de
cosas horrendas, diéronle por resultado la convicción de que su hombre
había pasado á Inglaterra, donde, por lo visto, tenía acumuladas, y en
lugar seguro, sus incalculables riquezas tan honradamente adquiridas.
Tomó, pues, pasaje para Liverpool, y esto es todo lo que por ahora
tenemos que decir de César al lector.