Pasaron los días, y continuó don Romualdo frecuentando el trato de la
familia, y ésta volvió á abonarse al teatro y á presentarse en los
paseos; pero esta vez acompañada del pretendiente, á quien miraba doña
Sabina con ojos tiernos, volviéndolos después al público como para
decirle:--«¿Ves cómo al fin esta ganga me la llevé yo?». Enriqueta
escuchaba, así en el palco como en medio de la marejada del paseo, con
los ojos lánguidos, la boca sonriente y las manos entre el varillaje
de su abanico, las _ternezas_ que sin descanso le soltaba á la oreja
su futuro; el cual, al ver el efecto que sus palabras causaban, _al
parecer_, en su hechicera novia, alargaba el hocico, chupábase la
lengua, se rascaba la peluca, y más de una vez dejó caer sobre su tersa
pechera, sin percatarse de ello, larga, ondulante y cristalina hebra,
como un niño en la primera dentición.
Es, pues, indudable que el _sacrificio_ de Enriqueta había tenido ya su
galardón en el notorio placer con que á la sazón le aceptaba. Téngalo
por consuelo el lector que la hubiere compadecido.
Con las dichas exhibiciones, el runrún del público llegó á tomar
gran incremento, en especial entre las mujeres _de tono_. «Que al fin
le atrapan; que el inocente, que el incauto; que la gazmoña, que la
embustera, que la dengosa; que su madre, que serpiente, que víbora, que
lagarta; que su padre, que la necesidad, que los apuros; que por algo
quitaron de en medio al otro _pobre_; que si vende, que si hipoteca á
su hija para levantar fondos; que si judío, que si bribón...».
Pero llegó el día en que doña Sabina se echó á la calle en deslumbrante
arreo, y comenzó, casa por casa, á anunciar, en todas las _visibles_ de
la ciudad, el casamiento de su hija con el señor don Romualdo Esquilmo;
y ¡Virgen de la Soledad! ¡La tormenta que se armó desde aquel instante!
Que el novio era un cerdo y además un ladrón; que había estado en
presidio; que, por no tener nada suyo, hasta llevaba postizos el pelo,
los dientes, media nalga y toda la nariz; que olía mal y no podía verse
limpio de sarna; que de un momento á otro le embargarían el caudal y le
enviarían á Ceuta, de donde se escapó para ir á América...
--Luego--dirá el sensible lector,--algo se sabía de la vida y milagros
de ese hombre.
--Ni una palabra--digo yo.--En aquella ciudad se decía todo eso y
mucho más de cada indiano rico y pretendiente, en cuanto dejaba de
mariposear y se fijaba en una sola mujer para casarse con ella.
Si esto era envidia, yo no lo sé; pero es lo cierto que hasta el
momento del parte oficial, todo se volvía elogios para el candidato
tan vilipendiado después: para caridad, parece demasiado fuerte; para
justicia seca, faltaban á menudo las pruebas. Por de pronto era una
costumbre, ó más bien una necesidad _de raza_.
Y adelantando siempre el proyecto á despecho de las murmuraciones, como
nave bien regida entre fieros huracanes, llegó la ocasión de encargarse
las galas á París, y la de hacerse, de público, su inventario.
Desde el cándido de terso _moaré_, de desposada, hasta el severo y rico
de pesado terciopelo, pasaron de dos docenas los vestidos; midióse por
celemines la pedrería, y contáronse á montones los encajes de Flandes
más preciados. Jamás se vieron en el pueblo nupciales agasajos más
suntuosos; y puestos en exhibición durante quince días en adecuado
anfiteatro, con la escolta de otros cien presentes de costumbre, fueron
la admiración... y la envidia de todas las _visitas_ de la casa, y el
objeto de largos, escrupulosos comentarios en toda la ciudad.
Mientras esto sucedía, un enjambre de trabajadores de todos los oficios
imaginables, tumbaba los tabiques de tres habitaciones corridas de la
mejor manzana del barrio, y transformaba el inmenso espacio resultante
en fantástica morada, en la cual lo gótico, lo árabe y lo pompeyano
se disputaban la primacía, y los mármoles, el oro, los estucos,
andaban tirados por los suelos y estrellados en las paredes como si
fueran miserable barro de cazuelas. Todo, por supuesto, en calidad de
interino, porque ya se había encargado á Roma el plano y á París el
ajuar de un palacio, punto menos maravilloso que los de Aladino.
Y corriendo los días, llegó el de los contratos, según los cuales
don Serapio entregaba su hija con el dote profuso que recibió de la
naturaleza, y la aceptaba don Romualdo muy gustoso, como lo demostraba
dotándola en un miserable par de milloncejos y algunas otras frioleras
que no enumero, porque no digan ustedes que me meto en lo que no me
importa.
Todo era, pues, miel sobre hojuelas en medio de aquel grupo venturoso.
Ya no sabía reñir doña Sabina; Enriqueta estaba aturdida, electrizada,
y don Serapio se sonreía hasta con el _facistol_ del escritorio.
Cuanto sus ojos y sus imaginaciones abarcaban, era del color de las
auroras primaverales. No había pena que no se olvidara, ni pecado que
no se perdonase; y la sonrisa alcanzaba tan allá como los recuerdos,
habiéndolos para todo... menos para el pobre expatriado que andaba por
el otro mundo conquistando una posición social para merecer á su prima,
y de quien el mismo don Serapio no sabía una palabra desde seis meses
antes, ni se curaba maldita de Dios la cosa de dos semanas atrás.
Para dos días después de los contratos se señaló la boda; y como en
este paréntesis, de meros preparativos íntimos, no tiene el historiador
nada que hacer, paréceme oportuno aprovecharle para subsanar el olvido
de la familia, dedicando un capítulo al benemérito muchacho que quizá
estaba á la sazón en la creencia de que su prima le esperaba, como ella
se lo había prometido, en su casa... «ó en el cielo».