XIII

Pasaron los días, y continuó don Romualdo frecuentando el trato de la

familia, y ésta volvió á abonarse al teatro y á presentarse en los

paseos; pero esta vez acompañada del pretendiente, á quien miraba doña

Sabina con ojos tiernos, volviéndolos después al público como para

decirle:--«¿Ves cómo al fin esta ganga me la llevé yo?». Enriqueta

escuchaba, así en el palco como en medio de la marejada del paseo, con

los ojos lánguidos, la boca sonriente y las manos entre el varillaje

de su abanico, las _ternezas_ que sin descanso le soltaba á la oreja

su futuro; el cual, al ver el efecto que sus palabras causaban, _al

parecer_, en su hechicera novia, alargaba el hocico, chupábase la

lengua, se rascaba la peluca, y más de una vez dejó caer sobre su tersa

pechera, sin percatarse de ello, larga, ondulante y cristalina hebra,

como un niño en la primera dentición.

Es, pues, indudable que el _sacrificio_ de Enriqueta había tenido ya su

galardón en el notorio placer con que á la sazón le aceptaba. Téngalo

por consuelo el lector que la hubiere compadecido.

Con las dichas exhibiciones, el runrún del público llegó á tomar

gran incremento, en especial entre las mujeres _de tono_. «Que al fin

le atrapan; que el inocente, que el incauto; que la gazmoña, que la

embustera, que la dengosa; que su madre, que serpiente, que víbora, que

lagarta; que su padre, que la necesidad, que los apuros; que por algo

quitaron de en medio al otro _pobre_; que si vende, que si hipoteca á

su hija para levantar fondos; que si judío, que si bribón...».

Pero llegó el día en que doña Sabina se echó á la calle en deslumbrante

arreo, y comenzó, casa por casa, á anunciar, en todas las _visibles_ de

la ciudad, el casamiento de su hija con el señor don Romualdo Esquilmo;

y ¡Virgen de la Soledad! ¡La tormenta que se armó desde aquel instante!

Que el novio era un cerdo y además un ladrón; que había estado en

presidio; que, por no tener nada suyo, hasta llevaba postizos el pelo,

los dientes, media nalga y toda la nariz; que olía mal y no podía verse

limpio de sarna; que de un momento á otro le embargarían el caudal y le

enviarían á Ceuta, de donde se escapó para ir á América...

--Luego--dirá el sensible lector,--algo se sabía de la vida y milagros

de ese hombre.

--Ni una palabra--digo yo.--En aquella ciudad se decía todo eso y

mucho más de cada indiano rico y pretendiente, en cuanto dejaba de

mariposear y se fijaba en una sola mujer para casarse con ella.

Si esto era envidia, yo no lo sé; pero es lo cierto que hasta el

momento del parte oficial, todo se volvía elogios para el candidato

tan vilipendiado después: para caridad, parece demasiado fuerte; para

justicia seca, faltaban á menudo las pruebas. Por de pronto era una

costumbre, ó más bien una necesidad _de raza_.

Y adelantando siempre el proyecto á despecho de las murmuraciones, como

nave bien regida entre fieros huracanes, llegó la ocasión de encargarse

las galas á París, y la de hacerse, de público, su inventario.

Desde el cándido de terso _moaré_, de desposada, hasta el severo y rico

de pesado terciopelo, pasaron de dos docenas los vestidos; midióse por

celemines la pedrería, y contáronse á montones los encajes de Flandes

más preciados. Jamás se vieron en el pueblo nupciales agasajos más

suntuosos; y puestos en exhibición durante quince días en adecuado

anfiteatro, con la escolta de otros cien presentes de costumbre, fueron

la admiración... y la envidia de todas las _visitas_ de la casa, y el

objeto de largos, escrupulosos comentarios en toda la ciudad.

Mientras esto sucedía, un enjambre de trabajadores de todos los oficios

imaginables, tumbaba los tabiques de tres habitaciones corridas de la

mejor manzana del barrio, y transformaba el inmenso espacio resultante

en fantástica morada, en la cual lo gótico, lo árabe y lo pompeyano

se disputaban la primacía, y los mármoles, el oro, los estucos,

andaban tirados por los suelos y estrellados en las paredes como si

fueran miserable barro de cazuelas. Todo, por supuesto, en calidad de

interino, porque ya se había encargado á Roma el plano y á París el

ajuar de un palacio, punto menos maravilloso que los de Aladino.

Y corriendo los días, llegó el de los contratos, según los cuales

don Serapio entregaba su hija con el dote profuso que recibió de la

naturaleza, y la aceptaba don Romualdo muy gustoso, como lo demostraba

dotándola en un miserable par de milloncejos y algunas otras frioleras

que no enumero, porque no digan ustedes que me meto en lo que no me

importa.

Todo era, pues, miel sobre hojuelas en medio de aquel grupo venturoso.

Ya no sabía reñir doña Sabina; Enriqueta estaba aturdida, electrizada,

y don Serapio se sonreía hasta con el _facistol_ del escritorio.

Cuanto sus ojos y sus imaginaciones abarcaban, era del color de las

auroras primaverales. No había pena que no se olvidara, ni pecado que

no se perdonase; y la sonrisa alcanzaba tan allá como los recuerdos,

habiéndolos para todo... menos para el pobre expatriado que andaba por

el otro mundo conquistando una posición social para merecer á su prima,

y de quien el mismo don Serapio no sabía una palabra desde seis meses

antes, ni se curaba maldita de Dios la cosa de dos semanas atrás.

Para dos días después de los contratos se señaló la boda; y como en

este paréntesis, de meros preparativos íntimos, no tiene el historiador

nada que hacer, paréceme oportuno aprovecharle para subsanar el olvido

de la familia, dedicando un capítulo al benemérito muchacho que quizá

estaba á la sazón en la creencia de que su prima le esperaba, como ella

se lo había prometido, en su casa... «ó en el cielo».

Bocetos al temple. Tipos trashumantes · 第 53 / 78 题