XV

Volviendo al asunto que dejamos pendiente para hacer esta ligera

excursión por el otro mundo, digo que llegó el día de la boda y que

acudió á ella medio pueblo, unos como invitados y otros como curiosos.

Enriqueta, con su traje blanco, su corona de azahar y su rubor de

costumbre en tales lances, podía habérsela tomado por una vestal que

iba al sacrificio, ó por una virgen cristiana conducida al martirio;

y en cuanto á don Romualdo, más parecía, aunque vestido de rigorosa

etiqueta, el administrador de la casa, que el Polión de aquella Norma

ó el Eudoro de aquella Cimodocea. Los carruajes se atropellaban á la

puerta de la iglesia, y lo más granadito y cogolludo de la población

invadía el templo, mientras en el altar mayor se celebraba la ceremonia

religiosa.

Dos horas más tarde se servía en casa de la desposada espléndido

almuerzo presidido por Enriqueta y don Romualdo, unidos ya ante Dios y

los hombres en eterno indisoluble lazo.

Aquella misma noche, y no á hora más cómoda, por exigirlo así las leyes

de la naturaleza, que no había querido alterar el orden de las mareas

ni por los doblones del opulento indiano, debían salir los recién

casados para el extranjero en un vapor fletado y dispuesto con este

objeto exclusivo.

Llegaron las cuatro de la tarde, y desfiló el último de los convidados;

levantáronse los manteles y los cachivaches, y se quedó sola la

familia, ocupada en algunos preparativos para el viaje. Don Romualdo,

con el mismo fin, necesitó darse una vuelta por su habitación de

soltero; y si no por el desorden que reinaba en algunos departamentos

de la casa, el cansancio que se reflejaba en los rostros de los amos y

las galas que aún vestían los criados, nadie diría á las cinco que allí

se había celebrado una fiesta ruidosa con la ocasión más transcendental

de todas las ocasiones de la corta y achacosa vida humana.

Descansaban en silencio, bostezando don Serapio, pensativa Enriqueta y

risueña doña Sabina, como quien saborea gratísimas ilusiones, cuando

apareció en escena, y sin anunciarse, otro personaje desconocido en

aquel teatro. Era joven, y vestía con elegancia un cómodo traje de

camino; su tez era ligeramente morena, y negros el pelo y la barba.

Fuera por natural timidez, ó porque se vió contrariado con la expresión

de extrañeza que notó en aquella familia, es lo cierto que el recién

llegado, al verse en medio de ella, apenas se atrevió á hacer una

ligerísima salutación. Levantóse maquinalmente don Serapio al reparar

en el intruso, y antes de desplegar los labios para corresponder

á su saludo, observó que su mujer, como picada por una víbora, se

incorporaba de repente con los puños y los labios apretados y los ojos

centellantes, y que Enriqueta, pálida como un cadáver, se apoyaba

con las dos manos en los brazos de su butaca. Entonces don Serapio,

fijándose más en el recién llegado, abrió inmensamente los ojos y

la boca; después le tendió los brazos, y cayendo en ellos el otro,

exclamaron los dos á la vez:

--¡César!

--¡Querido tío!

Cántico que tuvo por acompañamiento esta salmodia rechinante de doña

Sabina:

--¡Así le ahogaras!

--Y usted, señora--dijo á ésta César cuando se desprendió de los

brazos de su tío,--no dude que la veo con sumo placer. Y á ti también,

Enriqueta.

--Muchas gracias--contestó aquélla con ira mal disimulada.--Y ¿se puede

saber cuál es la causa de esa venida tan intempestiva?

--En efecto--añadió don Serapio.--¿Cómo no nos lo has anunciado

previamente?

--Mi presencia no ha de estorbar á ustedes mucho tiempo--replicó César,

hondamente herido con aquella frialdad con que se le recibía.--Hace

una hora llegué de Inglaterra á este puerto, y me he desembarcado para

venir aquí con el exclusivo objeto de saludar á la única familia que me

queda en el mundo. Tengo, en hacerlo, una inmensa satisfacción, y lo

creí, además, como un sagrado deber mío; especialmente siendo, como han

de ser, muy pocos los días que he de permanecer en esta ciudad.

--Y ¿quién te ha dicho que nos estorbes ó dejes de estorbarnos?--repuso

doña Sabina en el tono más despreciativo que pudo.--Ya

veo--añadió,--que te has curado muy poco de tus achaques románticos.

--En esta casa hay siempre una habitación para ti, y corazones, no lo

dudes, César, que se interesan por tu felicidad,--dijo don Serapio

queriendo enmendar las demasías de su señora.

--Ya lo veo,--contestó César con doble intención, mirando á su tía, y

sobre todo á Enriqueta, que no desplegaba sus labios ni levantaba los

ojos de la falda de su vestido.

--Y por cierto--prosiguió doña Sabina, resuelta á dar á su sobrino la

última puñalada,--que si tardas un poquito más, te encuentras con dos

habitaciones en vez de la que te ofrece la generosidad de tu tío.

--¿Cómo así, mi buena tía?

--Porque dentro de dos horas sale Enriqueta para Francia.

--¿Con usted acaso?

--No, señor: con su marido.

Y esto lo dijo doña Sabina recalcando mucho la última palabra.

--¡Con su marido!--exclamó Cesar aturdido, como si el suelo se abriera

bajo sus pies.

--Con su marido,--insistió aquélla.

--Pero ¿desde cuándo le tiene?

--Desde esta mañana.

--¡Es posible eso?... digo, ¿es cierto, Enriqueta?--preguntó César

dirigiéndose á su prima, y queriendo en vano dominar el dolor, la ira y

el despecho que á la vez estaban atormentándole.

--Creí que tú lo sabías...--respondió Enriqueta con voz apenas

inteligible.

--¡Que lo sabía yo! ¡Y te has casado esta mañana!

Al desencantado joven ya no le quedaba la menor duda de que ni la misma

Enriqueta, cuyas protestas de eterno cariño conservaba él escritas en

su corazón como un consuelo en sus tribulaciones, había guardado en su

alma el más leve recuerdo del pobre huérfano arrojado de casa á merced

de la suerte.

--Es de advertir, César--díjole don Serapio, quizá deseoso de disculpar

su propia conducta,--que no sabemos de ti hace algunos meses, y que he

tratado en vano de averiguar tu paradero.

Estas palabras sacaron al joven del estupor en que había caído.

--Cierto es--dijo,--que durante ese tiempo no he querido dar á usted

noticias mías.

--Y ¿por qué has hecho eso?

--Porque en ese período de mi vida, la suerte ha puesto el colmo á sus

rigores conmigo. Y para que no se atribuya á olvido ni á ingratitud

lo que acaso es efecto de todo lo contrario, impondré á ustedes de

los tristes sucesos que fueron causa de que se interrumpiese nuestra

correspondencia.

Aquí relató cuanto ya sabe el lector sobre el robo de sus economías.

Enriqueta hubiera querido hallarse á cien leguas de allí cuando su

primo se detenía á hablar de su vehemente afán de llegar pronto á ser

_algo_, pues no se le ocultaba que este afán era hijo del propósito de

_merecerla_... ¡á ella que tan dócil había sido para olvidarle, y tan

fácil para entregarse, con una venda en los ojos, aunque con disculpas

de sacrificio, á los azares de un porvenir dudoso en brazos de un

desconocido!

Comparaba entonces la delicadeza, la hermosura de su primo, con las

chocarrerías y el aspecto grosero y vulgar de su marido, y tal vez

maldijo á la casualidad que no había traído á César doce horas antes á

aquella casa.

Entre tanto, éste concluía así su relato:

--Llegado á Inglaterra, averigüé que, efectivamente, tenía aquel

bribón, ya con otro nombre, un enorme caudal depositado en el Banco

de Londres; pero no pude hacer valer mis reclamaciones ante aquellos

tribunales. Incierto y desalentado en mis propósitos, reparé entonces

que estaba á las puertas de mi patria. Parecióme muy duro alejarme

nuevamente de ella sin verla y sin abrazar á mi familia, y aprovechando

la salida de Londres de un vapor para este puerto, víneme en él.

Ésta es la causa de mi presencia entre ustedes... Y por cierto que

es lamentable que la casualidad no me haya traído algunas horas

antes--y aquí cambió de tono, y dió á su fisonomía y á sus palabras

una expresión bien marcada de ironía,--pues me ha privado de la dicha

de ser testigo presencial de un acto tan solemne. Pero esto no obsta

para que yo, aunque un poco tarde, felicite á ustedes cordialmente por

el acontecimiento... porque no puedo menos de creer que mi prima habrá

sabido elegir, con la sensatez que le es propia, un marido digno de

ella.

--La elección de mi hija--exclamó airada y convulsa doña Sabina,--para

ser acertada y digna, no necesita para nada el parecer del sobrino de

mi marido.

--Si llegas una hora antes--dijo éste terciando en aquel altercado que

no le hacía gracia en ningún concepto,--hubieras conocido aquí mismo

á tu nuevo primo; pero le verás de un momento á otro, y espero que

simpatizaréis. ¡Es un bendito de Dios!

En aquel instante se oyeron fuertes pisadas en el corredor adyacente.

--¡Aquí le tenemos ya!--exclamó don Serapio.

Y al abrirse la puerta de la habitación en que pasaba la escena, y

aparecer la figura de don Romualdo, tornó á decir su flamante suegro:

--He aquí á mi yerno.

Volvióse César rápido para corresponder á la presentación de su tío;

púsose enfrente de aquel hombre, y levantó los ojos para mirarle. Pero

como si de repente hubiera recibido un balazo en el cráneo, dió dos

pasos atrás; llevóse las manos á la cabeza, y exclamó tras un alarido

espantoso:

--¡Dios de justicia!

Por su parte don Romualdo, al ver á César, sintió un estremecimiento

que no pasó inadvertido para los circunstantes; pero muy dueño de sí

mismo, ó siendo ó aparentando ser extraño á la causa de aquel arrebato,

hízose el sorprendido y se limitó á preguntar de la manera más natural

y sencilla:

--¿Se ha puesto malo este joven?

--Sin duda... así parece...--contestó doña Sabina hecha toda ojos

y movimiento, y paseando sus miradas escrutadoras de su yerno á su

sobrino, y viceversa.

Enriqueta, al oir el grito de César, se levantó aterrada de su asiento,

y corrió instintivamente al lado de su padre, que se quedó como si

viera visiones.

En el asiento que dejó vacío Enriqueta, cayó como desplomado César, á

quien las piernas no podían sostener, y allí, hundida la cabeza entre

sus manos, permaneció breve rato.

Durante él volvió á preguntar don Romualdo, perfectamente tranquilo, al

observar el silencio en que había quedado la familia:

--Pero ¿qué sucede aquí? ¿qué es lo que pasa?

No obtuvo contestación, si, como tal, no le satisfizo un crucero de

miradas que, como saetas, iban de César á él y de él á César, porque

éste era el único que, según las trazas, podía responder á su pregunta.

Al fin se incorporó César, y después de pasarse las manos por los

ojos, como si quisiera apartar de ellos funestas visiones, dijo con

voz segura y firme, dirigiéndose respectivamente á don Romualdo y á su

familia:

--Perdone usted... caballero, y ustedes perdónenme también. Los que

vivimos bajo el peso constante de una preocupación, en cada sombra

que pasa, en cada rostro nuevo que aparece á nuestra vista, creemos

hallar algo que se relaciona con el objeto de nuestros afanes. Una vaga

semejanza, una alucinación quizá, ha producido en mí este vértigo que

no he podido dominar. Tengo, pues, el mayor gusto en conocer al elegido

de mi prima, y doy á entrambos la más cordial enhorabuena.

--Un millón de gracias--respondió don Romualdo,--y á mi vez me felicito

de conocer á usted, y me ofrezco á sus órdenes para cuanto guste y yo

pueda y valga.

Y quiso estrechar la mano de César; pero éste, fuera casualidad ó

estudio, le jugó la vuelta, dirigiéndose á su tío con otro vano

cumplimiento.

--¡Ya decía yo!--exclamó entre tanto doña Sabina acercándose á

Enriqueta con aire de triunfo.--¿No te parece, mujer, el mentecato de

tu primo, qué lances tan pesados viene á provocar en nuestra casa?

Fortuna que tu marido es un caballero; pues otro que lo fuera menos, le

hubiera curado el vértigo con un bofetón.

Pero Enriqueta estaba muy lejos de oir á su madre, y acaso también de

pensar como ella.

--Nos refería César hace un instante--dijo en esto don Serapio

deseando disculpar más y más el arrebato de su sobrino,--cómo un bribón

le había robado en Méjico, en pocas horas, el fruto de su trabajo de

siete años; y naturalmente, estaba muy impresionado con el recuerdo de

aquel lance en el preciso momento de llegar usted. El chico es nervioso

y vehemente, se alucinó creyendo hallar ciertas semejanzas...

--¡Oh! lo comprendo muy bien--dijo don Romualdo, todo bondad y

tolerancia.--Á mí me sucedió de pronto... es decir, me hubiera

sucedido eso mismo en igual caso. ¿Y fué mucho lo que le robaron,

joven?--preguntó de golpe y como condolido de la situación de César.

--Muchísimo para una persona como mi sobrino, que comenzaba á

vivir--contestó don Serapio.--Según nos ha dicho, llega á treinta mil

duros.

--¡Hombre, eso es una bicoca!--exclamó don Romualdo;--y es un dolor que

por ella haya un desgraciado hoy en esta familia tan digna de ser feliz.

César, que no había querido contestar á la pregunta del indiano,

recibió estas últimas palabras como una burla intolerable, á juzgar

por la cara que puso al oirlas; pero don Romualdo, que no le perdía de

vista un momento, lejos de resentirse de aquella actitud, añadió en

seguida mirándole con elocuente fijeza:

--Mis palabras, señor don César, no son una baladronada: he dicho que

no quiero verle desgraciado por la pérdida de esa pequeñez, y lo pruebo

ofreciéndosela desde ahora... en nombre de su prima, si usted no la

quiere en el mío.

Doña Sabina, que creyó ver á su sobrino caer de rodillas ante el hombre

que tales rasgos usaba, sintió hervir su sangre de indignación al ver

que César recibía la oferta generosa con rostro airado y las manos

crispadas.

Don Serapio y Enriqueta iban de sorpresa en sorpresa, y no podían ó no

querían explicarse lo que estaban viendo rato hacía.

--Y ¿en qué concepto me hace usted esa oferta, señor don... qué?

--Romualdo Esquilmo.

--¿Señor don Romualdo Esquilmo?--concluyó César recalcando mucho sobre

el apellido.

--Esta oferta se la hago á usted, señor don César--contestó aquél en

tono más suave del que esperaba su dulcísima suegra,--no en el concepto

de préstamo, sino en el de... donación, supongamos.

--Y diga usted, señor mío--replicó César con irónica sonrisa,--y sin

que deje yo por eso de agradecer la oferta en todo lo que vale la

_generosidad_ de que es fruto: ¿no sería una burla de la suerte que

tuviera yo que tomar, ó aparentar que tomaba en España, como una

_limosna_ del señor don Romualdo Esquilmo, lo que me robó en Méjico el

bribón, falsario, don Cleofás Araña?

--Pues demos otra forma al caso. Figúrese el señor don César que yo,

hombre de grandes relaciones en Méjico, convencido de que puedo cobrar

muy pronto ese crédito, le ofrezco á su merced por él todo su valor,

sin que su merced ponga de su parte más trabajo que recibir los pesos

con una mano y entregarme con la otra los comprobantes de la deuda.

--¡Oh! don Romualdo, le estimo á usted demasiado para cogerle por la

palabra. ¿No ha reparado usted que ese procedimiento más parecería una

_restitución_ que una limosna á los ojos del vulgo maldiciente?

--Déjese del vulgo, camará, y agarre la ocasión, que la pintan calva.

--Vamos, hombre--dijo entonces don Serapio al ver la creciente

indignación que se iba pintando en César,--si en el recibir no hay

engaño, y esa cantidad es para tu... primo, una bicoca, como él te lo

asegura, acéptala desde luego, sé feliz, y olvida al otro á quien, por

las trazas, no has de ver más.

Al llegar aquí la porfía, Enriqueta, que no perdía un gesto, ni una

palabra, ni una mirada de las que se cruzaban durante la extraña

escena que veía representar, rompió su silencio para decir á su primo,

sin disimular su disgusto:

--Si, como no puede dudarse, es cordial la oferta, me atrevo también

á rogar á César que la acepte, y á los dos, que cesen en esa lucha de

inaudita generosidad.

--¡Oh--respondió su primo,--no sabes tú bien todo lo que de inaudito

tiene este caso, Enriqueta!

--Ea--añadió don Romualdo con el aire más campechano del

mundo,--quédese aquí la historia, que no es cosa de moler con ella á

quien no le interese. Pero como ya está picado mi amor propio y tengo

más empeño que nunca en convencer á don César, le ruego que hablemos á

solas unos instantes para conseguirlo... Porque lo he de conseguir, ó

yo he de poder poco. ¡Jájájá!

--Eso me place,--dijo el joven como si le hubieran acertado su mayor

deseo.

--Pues vamos al escritorio, que estará hoy de huelga, si el señor don

Serapio lo consiente,--propuso el indiano, como si de intento buscase

para la entrevista el rincón más apartado de la casa.

--Pues sea en el escritorio,--dijo don Serapio, tomando el lance por lo

cómico y guiando á los dos interesados á la escalera secreta.

--Sea enhorabuena en el escritorio,--asintió César siguiendo al indiano

y á su tío.

Y mientras los dos descendían al entresuelo, don Serapio se volvió al

lado de su familia.

Bocetos al temple. Tipos trashumantes · 第 55 / 78 题