Volviendo al asunto que dejamos pendiente para hacer esta ligera
excursión por el otro mundo, digo que llegó el día de la boda y que
acudió á ella medio pueblo, unos como invitados y otros como curiosos.
Enriqueta, con su traje blanco, su corona de azahar y su rubor de
costumbre en tales lances, podía habérsela tomado por una vestal que
iba al sacrificio, ó por una virgen cristiana conducida al martirio;
y en cuanto á don Romualdo, más parecía, aunque vestido de rigorosa
etiqueta, el administrador de la casa, que el Polión de aquella Norma
ó el Eudoro de aquella Cimodocea. Los carruajes se atropellaban á la
puerta de la iglesia, y lo más granadito y cogolludo de la población
invadía el templo, mientras en el altar mayor se celebraba la ceremonia
religiosa.
Dos horas más tarde se servía en casa de la desposada espléndido
almuerzo presidido por Enriqueta y don Romualdo, unidos ya ante Dios y
los hombres en eterno indisoluble lazo.
Aquella misma noche, y no á hora más cómoda, por exigirlo así las leyes
de la naturaleza, que no había querido alterar el orden de las mareas
ni por los doblones del opulento indiano, debían salir los recién
casados para el extranjero en un vapor fletado y dispuesto con este
objeto exclusivo.
Llegaron las cuatro de la tarde, y desfiló el último de los convidados;
levantáronse los manteles y los cachivaches, y se quedó sola la
familia, ocupada en algunos preparativos para el viaje. Don Romualdo,
con el mismo fin, necesitó darse una vuelta por su habitación de
soltero; y si no por el desorden que reinaba en algunos departamentos
de la casa, el cansancio que se reflejaba en los rostros de los amos y
las galas que aún vestían los criados, nadie diría á las cinco que allí
se había celebrado una fiesta ruidosa con la ocasión más transcendental
de todas las ocasiones de la corta y achacosa vida humana.
Descansaban en silencio, bostezando don Serapio, pensativa Enriqueta y
risueña doña Sabina, como quien saborea gratísimas ilusiones, cuando
apareció en escena, y sin anunciarse, otro personaje desconocido en
aquel teatro. Era joven, y vestía con elegancia un cómodo traje de
camino; su tez era ligeramente morena, y negros el pelo y la barba.
Fuera por natural timidez, ó porque se vió contrariado con la expresión
de extrañeza que notó en aquella familia, es lo cierto que el recién
llegado, al verse en medio de ella, apenas se atrevió á hacer una
ligerísima salutación. Levantóse maquinalmente don Serapio al reparar
en el intruso, y antes de desplegar los labios para corresponder
á su saludo, observó que su mujer, como picada por una víbora, se
incorporaba de repente con los puños y los labios apretados y los ojos
centellantes, y que Enriqueta, pálida como un cadáver, se apoyaba
con las dos manos en los brazos de su butaca. Entonces don Serapio,
fijándose más en el recién llegado, abrió inmensamente los ojos y
la boca; después le tendió los brazos, y cayendo en ellos el otro,
exclamaron los dos á la vez:
--¡César!
--¡Querido tío!
Cántico que tuvo por acompañamiento esta salmodia rechinante de doña
Sabina:
--¡Así le ahogaras!
--Y usted, señora--dijo á ésta César cuando se desprendió de los
brazos de su tío,--no dude que la veo con sumo placer. Y á ti también,
Enriqueta.
--Muchas gracias--contestó aquélla con ira mal disimulada.--Y ¿se puede
saber cuál es la causa de esa venida tan intempestiva?
--En efecto--añadió don Serapio.--¿Cómo no nos lo has anunciado
previamente?
--Mi presencia no ha de estorbar á ustedes mucho tiempo--replicó César,
hondamente herido con aquella frialdad con que se le recibía.--Hace
una hora llegué de Inglaterra á este puerto, y me he desembarcado para
venir aquí con el exclusivo objeto de saludar á la única familia que me
queda en el mundo. Tengo, en hacerlo, una inmensa satisfacción, y lo
creí, además, como un sagrado deber mío; especialmente siendo, como han
de ser, muy pocos los días que he de permanecer en esta ciudad.
--Y ¿quién te ha dicho que nos estorbes ó dejes de estorbarnos?--repuso
doña Sabina en el tono más despreciativo que pudo.--Ya
veo--añadió,--que te has curado muy poco de tus achaques románticos.
--En esta casa hay siempre una habitación para ti, y corazones, no lo
dudes, César, que se interesan por tu felicidad,--dijo don Serapio
queriendo enmendar las demasías de su señora.
--Ya lo veo,--contestó César con doble intención, mirando á su tía, y
sobre todo á Enriqueta, que no desplegaba sus labios ni levantaba los
ojos de la falda de su vestido.
--Y por cierto--prosiguió doña Sabina, resuelta á dar á su sobrino la
última puñalada,--que si tardas un poquito más, te encuentras con dos
habitaciones en vez de la que te ofrece la generosidad de tu tío.
--¿Cómo así, mi buena tía?
--Porque dentro de dos horas sale Enriqueta para Francia.
--¿Con usted acaso?
--No, señor: con su marido.
Y esto lo dijo doña Sabina recalcando mucho la última palabra.
--¡Con su marido!--exclamó Cesar aturdido, como si el suelo se abriera
bajo sus pies.
--Con su marido,--insistió aquélla.
--Pero ¿desde cuándo le tiene?
--Desde esta mañana.
--¡Es posible eso?... digo, ¿es cierto, Enriqueta?--preguntó César
dirigiéndose á su prima, y queriendo en vano dominar el dolor, la ira y
el despecho que á la vez estaban atormentándole.
--Creí que tú lo sabías...--respondió Enriqueta con voz apenas
inteligible.
--¡Que lo sabía yo! ¡Y te has casado esta mañana!
Al desencantado joven ya no le quedaba la menor duda de que ni la misma
Enriqueta, cuyas protestas de eterno cariño conservaba él escritas en
su corazón como un consuelo en sus tribulaciones, había guardado en su
alma el más leve recuerdo del pobre huérfano arrojado de casa á merced
de la suerte.
--Es de advertir, César--díjole don Serapio, quizá deseoso de disculpar
su propia conducta,--que no sabemos de ti hace algunos meses, y que he
tratado en vano de averiguar tu paradero.
Estas palabras sacaron al joven del estupor en que había caído.
--Cierto es--dijo,--que durante ese tiempo no he querido dar á usted
noticias mías.
--Y ¿por qué has hecho eso?
--Porque en ese período de mi vida, la suerte ha puesto el colmo á sus
rigores conmigo. Y para que no se atribuya á olvido ni á ingratitud
lo que acaso es efecto de todo lo contrario, impondré á ustedes de
los tristes sucesos que fueron causa de que se interrumpiese nuestra
correspondencia.
Aquí relató cuanto ya sabe el lector sobre el robo de sus economías.
Enriqueta hubiera querido hallarse á cien leguas de allí cuando su
primo se detenía á hablar de su vehemente afán de llegar pronto á ser
_algo_, pues no se le ocultaba que este afán era hijo del propósito de
_merecerla_... ¡á ella que tan dócil había sido para olvidarle, y tan
fácil para entregarse, con una venda en los ojos, aunque con disculpas
de sacrificio, á los azares de un porvenir dudoso en brazos de un
desconocido!
Comparaba entonces la delicadeza, la hermosura de su primo, con las
chocarrerías y el aspecto grosero y vulgar de su marido, y tal vez
maldijo á la casualidad que no había traído á César doce horas antes á
aquella casa.
Entre tanto, éste concluía así su relato:
--Llegado á Inglaterra, averigüé que, efectivamente, tenía aquel
bribón, ya con otro nombre, un enorme caudal depositado en el Banco
de Londres; pero no pude hacer valer mis reclamaciones ante aquellos
tribunales. Incierto y desalentado en mis propósitos, reparé entonces
que estaba á las puertas de mi patria. Parecióme muy duro alejarme
nuevamente de ella sin verla y sin abrazar á mi familia, y aprovechando
la salida de Londres de un vapor para este puerto, víneme en él.
Ésta es la causa de mi presencia entre ustedes... Y por cierto que
es lamentable que la casualidad no me haya traído algunas horas
antes--y aquí cambió de tono, y dió á su fisonomía y á sus palabras
una expresión bien marcada de ironía,--pues me ha privado de la dicha
de ser testigo presencial de un acto tan solemne. Pero esto no obsta
para que yo, aunque un poco tarde, felicite á ustedes cordialmente por
el acontecimiento... porque no puedo menos de creer que mi prima habrá
sabido elegir, con la sensatez que le es propia, un marido digno de
ella.
--La elección de mi hija--exclamó airada y convulsa doña Sabina,--para
ser acertada y digna, no necesita para nada el parecer del sobrino de
mi marido.
--Si llegas una hora antes--dijo éste terciando en aquel altercado que
no le hacía gracia en ningún concepto,--hubieras conocido aquí mismo
á tu nuevo primo; pero le verás de un momento á otro, y espero que
simpatizaréis. ¡Es un bendito de Dios!
En aquel instante se oyeron fuertes pisadas en el corredor adyacente.
--¡Aquí le tenemos ya!--exclamó don Serapio.
Y al abrirse la puerta de la habitación en que pasaba la escena, y
aparecer la figura de don Romualdo, tornó á decir su flamante suegro:
--He aquí á mi yerno.
Volvióse César rápido para corresponder á la presentación de su tío;
púsose enfrente de aquel hombre, y levantó los ojos para mirarle. Pero
como si de repente hubiera recibido un balazo en el cráneo, dió dos
pasos atrás; llevóse las manos á la cabeza, y exclamó tras un alarido
espantoso:
--¡Dios de justicia!
Por su parte don Romualdo, al ver á César, sintió un estremecimiento
que no pasó inadvertido para los circunstantes; pero muy dueño de sí
mismo, ó siendo ó aparentando ser extraño á la causa de aquel arrebato,
hízose el sorprendido y se limitó á preguntar de la manera más natural
y sencilla:
--¿Se ha puesto malo este joven?
--Sin duda... así parece...--contestó doña Sabina hecha toda ojos
y movimiento, y paseando sus miradas escrutadoras de su yerno á su
sobrino, y viceversa.
Enriqueta, al oir el grito de César, se levantó aterrada de su asiento,
y corrió instintivamente al lado de su padre, que se quedó como si
viera visiones.
En el asiento que dejó vacío Enriqueta, cayó como desplomado César, á
quien las piernas no podían sostener, y allí, hundida la cabeza entre
sus manos, permaneció breve rato.
Durante él volvió á preguntar don Romualdo, perfectamente tranquilo, al
observar el silencio en que había quedado la familia:
--Pero ¿qué sucede aquí? ¿qué es lo que pasa?
No obtuvo contestación, si, como tal, no le satisfizo un crucero de
miradas que, como saetas, iban de César á él y de él á César, porque
éste era el único que, según las trazas, podía responder á su pregunta.
Al fin se incorporó César, y después de pasarse las manos por los
ojos, como si quisiera apartar de ellos funestas visiones, dijo con
voz segura y firme, dirigiéndose respectivamente á don Romualdo y á su
familia:
--Perdone usted... caballero, y ustedes perdónenme también. Los que
vivimos bajo el peso constante de una preocupación, en cada sombra
que pasa, en cada rostro nuevo que aparece á nuestra vista, creemos
hallar algo que se relaciona con el objeto de nuestros afanes. Una vaga
semejanza, una alucinación quizá, ha producido en mí este vértigo que
no he podido dominar. Tengo, pues, el mayor gusto en conocer al elegido
de mi prima, y doy á entrambos la más cordial enhorabuena.
--Un millón de gracias--respondió don Romualdo,--y á mi vez me felicito
de conocer á usted, y me ofrezco á sus órdenes para cuanto guste y yo
pueda y valga.
Y quiso estrechar la mano de César; pero éste, fuera casualidad ó
estudio, le jugó la vuelta, dirigiéndose á su tío con otro vano
cumplimiento.
--¡Ya decía yo!--exclamó entre tanto doña Sabina acercándose á
Enriqueta con aire de triunfo.--¿No te parece, mujer, el mentecato de
tu primo, qué lances tan pesados viene á provocar en nuestra casa?
Fortuna que tu marido es un caballero; pues otro que lo fuera menos, le
hubiera curado el vértigo con un bofetón.
Pero Enriqueta estaba muy lejos de oir á su madre, y acaso también de
pensar como ella.
--Nos refería César hace un instante--dijo en esto don Serapio
deseando disculpar más y más el arrebato de su sobrino,--cómo un bribón
le había robado en Méjico, en pocas horas, el fruto de su trabajo de
siete años; y naturalmente, estaba muy impresionado con el recuerdo de
aquel lance en el preciso momento de llegar usted. El chico es nervioso
y vehemente, se alucinó creyendo hallar ciertas semejanzas...
--¡Oh! lo comprendo muy bien--dijo don Romualdo, todo bondad y
tolerancia.--Á mí me sucedió de pronto... es decir, me hubiera
sucedido eso mismo en igual caso. ¿Y fué mucho lo que le robaron,
joven?--preguntó de golpe y como condolido de la situación de César.
--Muchísimo para una persona como mi sobrino, que comenzaba á
vivir--contestó don Serapio.--Según nos ha dicho, llega á treinta mil
duros.
--¡Hombre, eso es una bicoca!--exclamó don Romualdo;--y es un dolor que
por ella haya un desgraciado hoy en esta familia tan digna de ser feliz.
César, que no había querido contestar á la pregunta del indiano,
recibió estas últimas palabras como una burla intolerable, á juzgar
por la cara que puso al oirlas; pero don Romualdo, que no le perdía de
vista un momento, lejos de resentirse de aquella actitud, añadió en
seguida mirándole con elocuente fijeza:
--Mis palabras, señor don César, no son una baladronada: he dicho que
no quiero verle desgraciado por la pérdida de esa pequeñez, y lo pruebo
ofreciéndosela desde ahora... en nombre de su prima, si usted no la
quiere en el mío.
Doña Sabina, que creyó ver á su sobrino caer de rodillas ante el hombre
que tales rasgos usaba, sintió hervir su sangre de indignación al ver
que César recibía la oferta generosa con rostro airado y las manos
crispadas.
Don Serapio y Enriqueta iban de sorpresa en sorpresa, y no podían ó no
querían explicarse lo que estaban viendo rato hacía.
--Y ¿en qué concepto me hace usted esa oferta, señor don... qué?
--Romualdo Esquilmo.
--¿Señor don Romualdo Esquilmo?--concluyó César recalcando mucho sobre
el apellido.
--Esta oferta se la hago á usted, señor don César--contestó aquél en
tono más suave del que esperaba su dulcísima suegra,--no en el concepto
de préstamo, sino en el de... donación, supongamos.
--Y diga usted, señor mío--replicó César con irónica sonrisa,--y sin
que deje yo por eso de agradecer la oferta en todo lo que vale la
_generosidad_ de que es fruto: ¿no sería una burla de la suerte que
tuviera yo que tomar, ó aparentar que tomaba en España, como una
_limosna_ del señor don Romualdo Esquilmo, lo que me robó en Méjico el
bribón, falsario, don Cleofás Araña?
--Pues demos otra forma al caso. Figúrese el señor don César que yo,
hombre de grandes relaciones en Méjico, convencido de que puedo cobrar
muy pronto ese crédito, le ofrezco á su merced por él todo su valor,
sin que su merced ponga de su parte más trabajo que recibir los pesos
con una mano y entregarme con la otra los comprobantes de la deuda.
--¡Oh! don Romualdo, le estimo á usted demasiado para cogerle por la
palabra. ¿No ha reparado usted que ese procedimiento más parecería una
_restitución_ que una limosna á los ojos del vulgo maldiciente?
--Déjese del vulgo, camará, y agarre la ocasión, que la pintan calva.
--Vamos, hombre--dijo entonces don Serapio al ver la creciente
indignación que se iba pintando en César,--si en el recibir no hay
engaño, y esa cantidad es para tu... primo, una bicoca, como él te lo
asegura, acéptala desde luego, sé feliz, y olvida al otro á quien, por
las trazas, no has de ver más.
Al llegar aquí la porfía, Enriqueta, que no perdía un gesto, ni una
palabra, ni una mirada de las que se cruzaban durante la extraña
escena que veía representar, rompió su silencio para decir á su primo,
sin disimular su disgusto:
--Si, como no puede dudarse, es cordial la oferta, me atrevo también
á rogar á César que la acepte, y á los dos, que cesen en esa lucha de
inaudita generosidad.
--¡Oh--respondió su primo,--no sabes tú bien todo lo que de inaudito
tiene este caso, Enriqueta!
--Ea--añadió don Romualdo con el aire más campechano del
mundo,--quédese aquí la historia, que no es cosa de moler con ella á
quien no le interese. Pero como ya está picado mi amor propio y tengo
más empeño que nunca en convencer á don César, le ruego que hablemos á
solas unos instantes para conseguirlo... Porque lo he de conseguir, ó
yo he de poder poco. ¡Jájájá!
--Eso me place,--dijo el joven como si le hubieran acertado su mayor
deseo.
--Pues vamos al escritorio, que estará hoy de huelga, si el señor don
Serapio lo consiente,--propuso el indiano, como si de intento buscase
para la entrevista el rincón más apartado de la casa.
--Pues sea en el escritorio,--dijo don Serapio, tomando el lance por lo
cómico y guiando á los dos interesados á la escalera secreta.
--Sea enhorabuena en el escritorio,--asintió César siguiendo al indiano
y á su tío.
Y mientras los dos descendían al entresuelo, don Serapio se volvió al
lado de su familia.