Cuatro días después de lo referido en el capítulo anterior, la casa de
don Serapio volvía á presentar el aspecto de sus mejores tiempos. En
el escritorio no cesaba un instante el ruido seductor de la moneda;
montones de ella aparecían en mesas y tableros con la matemática
regularidad de un ejército en parada; y al comenzar el desfile, con
la misma iban pasando á acuartelarse en la insondable caja que, en
menos de tres días, se tragó, contantes y sonantes, no menos de cien
mil pesos. Años hacía que en aquel rincón del mundo no se había visto
tanto dinero junto. Don Serapio lo palpaba y no lo creía. El achacoso
comerciante parecía haber rejuvenecido medio siglo en media semana. Su
aire era más suelto, su mirada más viva, su color más animado; daba tal
cual golpecito sobre el hombro á su dependiente de confianza, quien
¡para que se vea hasta qué punto era chocante la revolución que allí
se había verificado! pagaba con una sonrisa verdadera cada caricia
de su principal; los dos dependientes se permitían entre sí ciertos
equivoquillos, aunque á media voz; y hasta el almacenero, cuando subía
con algún recado, tarareaba unas manchegas ó silbaba el himno de Riego.
Aquello parecía un contagio de misteriosa enfermedad: todos se sentían
atacados de ella, y sólo don Serapio y el tenedor de libros conocían
las causas.
¡Pues no les digo á ustedes nada de cómo andaban los ánimos y las cosas
por la habitación! Doña Sabina era un argadillo; Enriqueta se reía
sola; las doncellas andaban en un pie, y la cocinera no daba golpe sin
romper un cacharro, asombrada de ver que su señora, lejos de echarla un
sermón por cada siniestro, la decía por todo desahogo:--«Ande usted,
que rica es la orden».
Porque es preciso que el lector entienda que no se trataba ya,
únicamente, en el escritorio de una lluvia de talegas, como caídas del
cielo, ni en la habitación del próximo ingreso en la familia de un
hombre «poderoso»: es que éste había sido ya presentado á su futura,
y había comido «en la casa», y el padre y la madre y la hija habían
convenido sin dificultad en que, «después de bien tratado y ataviado,
el novio era hasta _simpático_, y que no tenía maldita la comparación
con Fulano, ni con Zutano, ni con Perengano, que evidentemente eran
unos groseros, palurdos y asquerosos»; y había habido lo de «tonta
hubieras sido en pararte en remilgos, ¡qué ganga te perdías!» y lo
de «la verdad es, mamá, que no debe uno pagarse de impresiones á lo
lejos», ó «te digo que nos echamos tu madre y yo un yerno, y tú un
marido, que no le merecemos».
Por un descuido se le ocurrió una vez á don Serapio decir:
--Para que la dicha fuera completa, no nos falta más que conocer
algunos antecedentes de _él_; porque aunque necesariamente han de ser
buenos, esto de tener uno con qué tapar la boca á cuatro maldicientes...
--¿Y por respeto á esa canalla--le objetó doña Sabina,--habíamos de
ofender la delicadeza de una persona tan respetable con preguntas
impertinentes?
--Lo cierto es--indicó Enriqueta,--que tratándose de una persona
tan delicada como ésa, no es muy cuerdo ir á molestarle con tales
_menudencias_.
--Naturalmente, mujer--volvió á decir doña Sabina;--sino que tu padre
algunas veces... Figúrate si _él_, resuelto á decirlo, no nos lo
hubiera dicho ya. ¿Se calla? Pues eso prueba que no tiene para qué
decírnoslo.
--¿Y lo dudo yo acaso?--replicó don Serapio.--Sólo que hubiera
preferido... pues... ¡Si sabré yo lo que ciertas cosas ofenden dichas
al tunturuntún y sin venir á pelo!
Ni más ni menos se había hablado, ni se volvió á hablar en aquella
casa, de semejantes _pequeñeces_.