En esta ocasión fué cuando se le dijo á doña Sabina, que estaba,
_de oídas_, al tanto de los acontecimientos, «haz economías», ó lo
que es igual, «no más teatro diario, no más competencias de lujo en
los paseos». Esto no podía ser en tales circunstancias. Era preciso
hacer un esfuerzo. Cuando menos, una escapadita al teatro, de vez en
cuando, y tal cual exhibición en el paseo, aunque fuera con los trajes
del ropero. Porque la amorosa madre tenía en su poder el cebo más
estimulante que podía apetecer á aquel Pluto trasatlántico, dado que
Enriqueta era la belleza más atractiva del pueblo, y con tales ventajas
no era cosa de resignarse al papel de espectadora en aquella lucha
encarnizada que se había empeñado entre el ejército femenil de la buena
sociedad para conquistar las atenciones del recién venido.
De la cual lucha había resultado (y esto lo ignoraba doña Sabina) que
el ostentoso Nabab había ido familiarizándose con la contemplación
de tantas y tan pertinaces bellezas, hasta el punto de que ya _no le
movían_, como declaró una noche á sus oyentes en su platea del teatro,
después de haberle recorrido todo con sus gemelos... y su pechera
centelleante, recibiendo expresivas correspondencias visuales de todos
los puntos de la sala.
Entonces se abrió la puerta de un palco, antes vacío, y aparecieron en
él doña Sabina y Enriqueta.
--Ajá, camará, ¡qué vitola!--exclamó al ver á la garrida moza el
indiano, empuñando los gemelos, revolviéndose en la silla como un
azogado, y mostrando dos hectáreas de pechera y una cantera de pedrería
fina.
Enriqueta, entre tanto, después de lucir el talle al descubierto, so
pretexto de colocar más á su gusto la silla, ó de colgar el abrigo, ó
de responder á una supuesta pregunta de su madre, tomó asiento dando la
espalda al escenario; y sin cuidarse de lo que en él sucedía, paseó, al
amparo de sus anteojos, su vista escudriñadora en derredor de la sala.
En este viaje rápido tropezó con los gemelos del indiano, y al verlos
fijos en ella, detúvose un instante á examinar al curioso cuya estampa
debió chocarla, según el gesto que hizo; gesto muy parecido al que hace
todo nieto de Adán al tropezar con un bicho raro.
--¡Ajá, te clavaste, guachinanguita!--dijo don Romualdo al encontrarse
con la mirada de Enriqueta.
Pero ésta, lejos de haberse clavado, como el pintoresco Tenorio creía,
preguntó á su madre sin dejar de mirarle:
--¿Qué es _aquello_, mamá?
Y doña Sabina, que, aunque por sus sabidos contratiempos, no había
pisado la calle tiempo hacía, no dejaba de conocer por la fama al
personaje de moda, la respondió después de seguir la dirección de su
mirada:
--Cuidado, hija mía, que creo que es _él_.
--¿Y quién es él?
--El famoso acaudalado de quien habla todo el mundo... Y por cierto que
no separa los ojos de ti.
La tal noticia causó en Enriqueta el efecto de la picadura de un
alacrán. Soltó los gemelos al instante, y volvió las espaldas al
personaje. Desde entonces no hubo ya pisotón, ni carraspera, ni
mirada elocuente, ni advertencia clara y terminante de su madre, que
bastara á convencer á la testaruda chica de que debía corresponder á
las insinuantes actitudes del indiano. Tanto la habían hablado de él;
tanto de la revolución que el afán de su conquista había producido en
el pueblo, que aun sin llegar á conocerle le había cobrado aversión.
Doña Sabina, en cambio, queriendo sin duda enmendar los desdenes de su
hija, no hallaba en su cara ojos bastante expresivos para mirar á don
Romualdo.
--Dígame, camará--preguntó éste al más inmediato de sus compañeros de
platea, chocándole, á media función, la esquivez de Enriqueta,--¿tendrá
amores con alguien?
--¿Por qué es la pregunta, don Romualdo?
--Porque no _acude_.
--Esos son dengues de niña mimosa.
--Pues mire, yo me perezco por las dengosas.
Y continuó asestando sus gemelos á la ingrata, sin que ésta se diera
por más entendida de sus miradas, que de su pechera deslumbrante, de su
cadena ostentosa ó de sus anillos colosales.
Pero se enteró de la lucha todo el teatro, y llovieron las miradas
sobre la desdeñosa, que pasó las penas del purgatorio hasta que cayó el
telón por última vez.
Al salir á la calle con su madre, ya estaba esperándola don Romualdo; y
allí, con los ojos en blanco, la soltó un par de _finezas_ al oído, con
tan poco éxito, que huyendo de ellas no paró la ruborosa joven hasta la
acera de enfrente. En cambio doña Sabina contestó al indiano con una
mirada que era todo un poema de esperanzas.
Aquella noche no durmió el refulgente personaje. La esquivez de
Enriqueta (que él tomaba modestamente por ruborosa timidez); la
comparación que hacía de su resistencia con las facilidades con
que tantas otras mujeres le estaban brindando á todas horas, y la
peregrina belleza de la joven, le tenían en constante tortura; y como
resueltamente se decidía por ella, pensando en el modo de conquistarla
le cogió el sol del día siguiente.
Por la tarde se vistió «de fresco», como él decía: eligió la pechera
más tenue y á la vez más pintoresca de cuantas tenía; y así engalanado
y tendido en su _quitrín_ dirigido por calesero negro, paseó catorce
veces la calle de la ingrata. Pero ésta no se dejó ver detrás de las
vidrieras, aunque no se apartó de ellas un instante la cara de doña
Sabina.
Al otro día salió con el mismo rumbo, pero en carretela descubierta
y vestido de serio; y en vano los herrados cascos de los dos fogosos
brutos que le arrastraban hacían temblar los cristales de la vecindad.
Doña Sabina salió al balcón y hasta pagó con afable saludo la media
reverencia que él la hizo; pero Enriqueta no se dejó ver.
Su tercera _manifestación_ fué cabalgando á la mejicana. Diez veces
rayó con el índice de su diestra los adoquines, y más de otras tantas
recogió del suelo su _jarano_; los chicos le seguían en bandadas; la
gente se paraba á contemplarle... y nada: las vidrieras de su ingrata
cerradas como siempre, y detrás de las vidrieras la sempiterna cara
de doña Sabina. ¡Ni la sombra siquiera de su hija! Entonces, en un
arrebato de despecho, arrojó á la canalla hasta tres puñados de
monedas, y entre aplausos, silbidos y jujeos, echó por una boca-calle y
se perdió de vista.
Después de cada una de estas exhibiciones grotescas, doña Sabina corría
al lado de Enriqueta y la decía algo por este estilo:
--Pero, hija, ¿es posible que seas tan obcecada que no quieras
manifestar la menor señal de que, cuando menos, agradeces las
atenciones que te dedica ese hombre?
--Nunca entró en mis cálculos--respondía la interpelada,--echarme por
caballero un payaso.
--¡No exageres!... Ese hombre tiene gusto en vestirse al estilo del
país en que ha vivido, y hace bien, porque es un traje precioso.
--Cuestión de gustos, mamá. Por eso respeto el de las que con tanto
empeño, según se dice, se dedican á su conquista; pero no las imito.
--No tengo yo noticia de que ese señor haya hecho por nadie lo que está
haciendo por ti.
--Razón de más para que yo no se lo agradezca.
--Es un gran sujeto.
--Pero á mí me parece un mamarracho.
--Es riquísimo.
--Buen provecho le haga.
--Es una gran proporción.
--Para quien la desee.
--¡Será preferible un tierno doncel que te alimente con arrullos ó te
vista con trovas!...
--Entre esas ilusiones romancescas y ciertas realidades como las que
usted me recomienda, hay ancho espacio que recorrer... si llegara el
caso, que, después de todo, aquí no ha llegado todavía.
--Pues es preciso que llegue y que, por de pronto, vayas sacando de tu
cabeza esas quimeras que al fin han de perderte y de perdernos á todos.
--¡Á todos!... ¿Por qué?
--Porque... yo me entiendo. Mira, Enriqueta, soy tu madre y por ello
no he de pedir para ti cosa que no te convenga. Yo te aconsejo, yo
te suplico, ¿quieres más? no que aceptes desde luego las rendidas
diligencias de ese potentado; pero que no le desanimes con tu obstinada
esquivez. Tolérale y estúdiale, pues los hombres no son de cerca lo que
de lejos parecen; y en todo caso, cuando le desdeñes, que sea porque lo
merezca, no por una prevención caprichosa.
Como Enriqueta conocía bien las características tendencias de su madre,
en nada le chocaban sus consejos ni sus «súplicas». ¡Cuán lejos estaba
de sospechar que, por aquella vez, al pedir doña Sabina un yerno rico,
le pedía con muchísima necesidad!