Por aquel entonces había llegado al pueblo, como un aerolito, sin
saberse de dónde ni por dónde, un personaje que, por más de un
concepto, estaba siendo el tema obligado de todas las conversaciones
y el objeto de la conversación de todos los círculos, tertulias y
corrillos de la ciudad.
Según _unas_, pasaba de los cincuenta; según _otras_, no llegaba á
los treinta y ocho. Según éstas, era elegante; según aquéllas, era
charro, aunque todos convenían en que era espléndido y ostentoso.
Algunos aseguraban que venía á comprar media provincia para titularse;
_algunas_, que sólo trataba de casarse. Las costureras y modistas le
suponían de humildes aspiraciones; las señoritas, de aristocráticos
humos.
Unas decían que, _bien mirado_, era feo; otras que, _después de todo_,
era gracioso; tal, que se pintaba las patillas y gastaba peluca; cual,
que no era verdad; aquí, que sus chistes eran ingeniosísimos; allá,
que chocarreros; aquende, que su carácter era vulgar; allende, que,
_después de tratado_, era simpático y hasta _distinguido_... Pero
todas, chicas y grandes, altas y bajas, morenas y rubias, aristocracia
y plebe, al pasar á su lado se ponían tiernas y trataban de llevarse
sus miradas por conquista, pues convenían, _nemine discrepante_, en que
era soltero é _inmensamente rico_.
Vivía en la mejor fonda y ocupaba la mitad de un piso de ella. Á los
quince días de llegar á la ciudad, todo el mundo le conocía y él
conocía á todo el mundo. Jamás paseaba ni asistía al café ni al teatro,
sino entre los jóvenes más en boga y más revoltosos.
Tenía lujosa carretela para las grandes ocasiones; para lo ordinario,
_volanta_ habanera, esa especie de cascarón entre dos inmensas ruedas,
en la cual entraba, así como en la guarnición del caballo, la plata
maciza por arrobas; y un brioso trotón con montura mejicana, cuajada
también de ricos metales, no siendo menos rico ni apropiado el traje
con que cabalgaba sobre aquel aparejo. Generalmente este último era su
placer favorito. Á caballo, y aunque rodeado de jinetes de la población
vestidos á la europea, él nunca abandonaba su pintoresco vestido
mejicano. Por lo común aprovechaba su tránsito por delante del paseo
más concurrido para lucir sus habilidades á la usanza de los _gauchos_
de las Pampas, tales como rayar el suelo con un dedo ó recoger su
sombrero _jarano_, previamente arrojado, á todo correr de su caballo.
Excusado es decir que con estas exhibiciones acrobáticas hasta los
chicos de la calle se chupaban los dedos al verle; y es seguro que más
de una vez le hubieran largado tal cual tronchazo, á no tomarle por
cosa medio sagrada, según le veían garantido y obsequiado por todo lo
más pudiente de la ciudad.
Cuando iba á pie se distinguía por la extensión y la riqueza de sus
pecheras; y como era en verano, ora vistiera de dril, ora de lana,
todo su traje parecía no pesar medio cuarterón: tan fino, vaporoso y
reluciente era. En tales casos llevaba en la cabeza rico jipijapa, al
cuello leve corbata de batista con grueso solitario, y en los pies
zapatos de charol sobre media de seda. Por supuesto que sus cadenas y
relojes y sus anillos entraban por docenas, y había formas y tipos para
cada día y para cada gusto.
Cuando vestía de serio, su traje no era menos rico ni mucho más pesado;
pero siempre era la pechera el principal objeto de sus cuidados y el
punto en que se fijaba la curiosidad de los transeúntes: era, como si
dijéramos, su plaza pública adoquinada con diamantes.
No se sabía á punto fijo dónde había nacido, pues solía decir en
chanza, cuando se le preguntaba eso, que para hombres como él todo el
mundo era patria. Algunas veces dijo, poniéndose muy serio, y hasta
triste, que procedía de una de las aldeas de aquella provincia, y de
una familia pobre hasta la miseria; pero que no quedando ya ningún
individuo de ella sobre la tierra, quería olvidar hasta el nombre de su
pueblo por tener una pesadumbre menos.
Entre tanto, he aquí su retrato fidelísimo: su estatura no llegaba á
mediana; su cabeza era gruesa y su cara ancha, la cual aparecía como
embutida en espesa patilla corrida á la catalana, con tornasoles entre
verde y chocolate, señal del tinte que la cubría con la pretensión de
hacerla pasar por negra. Sus ojos eran pequeños y garzos, la nariz
roma, los labios gruesos, la boca muy rasgada, los dientes pocos,
pero grandes; el cutis áspero y no libre de toda marca, y el color
moreno obscuro, las piernas gruesas y estevadas, y las manos anchas
y velludas. Sin embargo, no puede decirse que por su fisonomía era
antipático: había en ella, por el contrario, cierta expresión de viveza
y jovialidad que atraía. Su voz era de gran cuerpo; reía siempre
á carcajadas y hablaba muy recio, aunque con las cadencias propias
del estilo americano. Era, en suma, en todo y por todo, un hombre
verdaderamente _estrepitoso_, y además se llamaba don Romualdo. En
cuanto á la edad, me consta que se acercaba más á los sesenta que al
medio siglo.
No tenía nada que hacer, le sobraba el dinero, había prometido á sus
amigos casarse en la ciudad en todo aquel año, y todo esto lo sabían
allí hasta los perros de la calle.
Calcúlese ahora la sensación que estaría causando su presencia en medio
de una sociedad cuyos miembros más legítimos eran las mujeres como la
perínclita doña Sabina.
Por de pronto se abonó el teatro hasta los topes, aunque representaba
en él una perversa compañía; el mismo teatro que jamás se vió lleno,
ni por mostrar en su escenario las más ilustres celebridades del arte;
pobláronse los paseos públicos aun en los días en que no era _de moda_
asistir á ellos, y hasta hubo amagos de declarar también de moda la
misa de cierta hora en determinada iglesia; pero se supo luego que don
Romualdo no asistía á ella... ni á otra tampoco, y en este particular
siguieron las cosas como estaban.