IX

Triste silencio reinaba en el escritorio de don Serapio dos días

después de la última corrida _celebrada_ en la misma calle por

el estrepitoso don Romualdo, silencio apenas interrumpido por el

charrasqueo de las plumas de los dos dependientes. El viejo tenedor de

libros había sido llamado por don Serapio al departamento presidencial

de éste, en el cual se llevaban ya más de hora y media á puertas

cerradas. Los de afuera tenían orden de despedir á los corredores que

llegasen, con la frase sacramental de «no ocurre nada», que quita,

en los usos del comercio, todo pretexto á réplicas y observaciones

impertinentes.

Hallábanse amo y dependiente, sentado el primero en su vetusto

sillón; y de pie, junto á él, el segundo, ambos hojeando libracos y

papeles amontonados sobre la mesa y el atril; don Serapio con los

ojos enrojecidos, descubierta la cabeza y erizado el escaso pelo; el

dependiente impávido y sereno, en espera siempre, como si fuera un

libro más de la casa, de que se consultase alguna de sus páginas, para

ofrecer, con mecánica lealtad, los guarismos estampados en ella.

--De manera--decíale con voz lenta y apagada don Serapio,--que tenemos,

en junto, para cubrir las atenciones de este mes...

Y entonces el dependiente, leyendo un papelejo que tenía en la mano,

resumen de todo lo consultado hasta aquel instante en libros y

correspondencias, continuó, tomando, con la precisión de un músico de

concierto, la _entrada_ que le daba su principal:

--«En valores á cobrar en la plaza, trescientos mil seiscientos y

quince reales.

«Saldos de cuentas corrientes, á negociar, ochenta y tres mil y

doscientos.

«Total, trescientos ochenta y tres mil ochocientos quince».

--Créditos contra nosotros en igual tiempo,--prosiguió don Serapio,

después de apuntar con mano trémula aquellas respetables cifras.

--«En todos conceptos»--leyó el dependiente con voz clara é

inexorable:--«Un millón seiscientos mil ochocientos setenta y dos

reales con catorce maravedís».

Don Serapio apuntó esta cantidad sobre la otra, y restó.

--¿Déficit?...--dijo angustiado el comerciante, después de ejecutar la

operación.

--«Déficit»--leyó en su papel el dependiente,--«un millón doscientos

diez y siete mil cincuenta y siete reales con catorce maravedís».

--Exactamente. Sesenta y un mil pesos, mal contados. ¿Recursos

extraordinarios?

--Cero.

--¡Hombre, tanto como eso!...

--Los treinta mil duros en pagarés de la casa Peje y Compañía, de

Málaga, que quebró la semana pasada. Ofrecen el uno y medio á sus

acreedores; pagarán el pico, librando bien... y saque usted la cuenta.

--Ese golpe nos mata.

--Ese golpe... y otros como él, no diré que no.

--¡De modo que estoy arruinado?

--Por las trazas...

--¡Que tengo que llamar á mis acreedores?

--No habrá más remedio.

--¡Hija de mi vida!--fué la única exclamación que hizo el angustiado

padre, dejando caer la cabeza entre sus manos y las lágrimas de sus

ojos.

Contemplóle el dependiente un breve rato con la mayor impasibilidad, y

díjole después, con la seriedad de un recluta delante de su coronel:

--¿Hago falta?

Mas viendo que no obtenía respuesta, echóse debajo del brazo dos

libros de cuentas corrientes; recogió algunos paquetes de cartas, y

girando sobre sus tacones, salió del departamento señorial.

Al entrar en el suyo vió que se abría con estrépito la puerta principal

y que aparecía en ella un personaje vestido de rigorosa etiqueta,

brillando en pecho, puños y pescuezo, como cielo en noche de verano.

--¿El señor don Serapio Caracas?--preguntó desde la puerta con voz de

trueno.

--Aguárdese usted,--respondió el tenedor de libros, que aún no se había

sentado, volviendo á anunciar la visita á su principal, en la duda de

si también con los de aquel pelaje había de entenderse la consigna dada

para los corredores.

Vaciló don Serapio entre hacerse el ausente ó el visible; pero como se

le manifestó que la visita no tenía cara de negocios, procuró serenarse

y mandó entrar al anunciado.

Momentos después se hallaban los dos frente á frente.

--¿El señor don Serapio Caracas?--volvió á preguntar el visitante.

--Servidor de usted,--respondió el visitado,

--¿Á quién tengo el honor de?...

--Romualdo Esquilmo, para lo que se ofrezca.

Y haciendo una profunda reverencia, tendió su enguantada mano á don

Serapio, quien al oir aquel nombre tan sonado y respetado en el

pueblo un mes hacía, púsose de pie de un brinco, y exclamó con toda la

veneración que pudiera un moro delante del famoso zancajo de la Meca:

--¡Muy señor mío y dueño!... Y usted me perdone que no le haya conocido

á pesar de su envidiable fama, porque este obscuro rincón es, mucho

hace, toda mi sociedad. ¿Y á qué debo la inmerecida honra de su visita?

Mas como notara que el visitante miraba mucho en su derredor, como si

temiera ser oído, se apresuró á invitarle á que subiera á la habitación.

Aceptó de buena gana don Romualdo; subieron por la escalera excusada, y

se encerraron en el gabinete de don Serapio.

Á vueltas de algunos cumplidos y generalidades, quiso entrar en materia

el comerciante con esta popularísima invitación:

--Conque usted dirá, mi señor don Romualdo.

Y éste, sin hacerse rogar más, habló así, dulcificando cuanto pudo la

rudeza de su voz con la melosidad del estilo trasatlántico:

--Pues mire, don Serapio, yo soy muy claro, clarito, y no quiero

cansar. Con mi trabajo gané en América muchos pesos... Porque soy

muy rico, ¿entiende? Pero no me tienta la codicia; y cuando me vi

con un pasar y todavía con mucha vida por delante, dije: «camará,

que arrempuje otro, que yo voy á darme buena vida». Porque mire, don

Serapio, yo soy solito en el mundo, sin padres ni parientes... Es una

desgracia, ¿verdad? Con todo y eso, la tierra me tiraba... porque ésta

es mi tierra. Cuatro barracones en una manigua; pero al cabo es patria

¿me entiende? Conque cogí mis intereses en América, como el otro que

dice, para buscar acá lo que allí no hay, y dejar lo que uno tiene; y

por lo que pueda tronar, vayan dos al Banco de Londres, cinco al de

París, cuatro al otro lado y un pico para la jornada, ¿me entiende?

Pues así fué, don Serapio. Después de colocar lo gordo á sotavento,

diéronme letras sobre esta plaza adonde yo venía del tiro, y hoy la una

y mañana la otra, todas van venciendo esta semana. Y mire, don Serapio,

ello poco es; pero antes del domingo tendré en mi casa, entre sobras

del camino y picos de uno y otro, cerca de cien mil fuertes, ajá.

--Vamos, no es mal pico--observó don Serapio, casi dispuesto á adorar

á aquel hombre que llamaba _picos_ á una suma de dos millones, cuando

él con poco más de la mitad podía volver á ser el _acaudalado_ señor de

Caracas.--¿Y acaso querrá usted consultarme sobre el destino que ha de

dar á ese pico?

--Nadita de eso, don Serapio. Yo traigo ya mi composición hecha,

¿estamos?... Porque yo he sido aquí muy solicitado, ¿entiende? y por lo

mismo guardo mucho el cuerpo... Y yo conozco muchísimo de nombre esta

casa; y como nada me ha brindado, por lo mismo la prefiero, clarito,

ajá.

Comenzaban á zumbarle los oídos á don Serapio, porque tenía barruntos

de algún acontecimiento halagüeño, y estaba pendiente de las palabras

de aquel hombre-filón, como el reo de las del juez, que puede enviarle

lo mismo al palo que al aire de la libertad.

Sin embargo, sólo contestó con exagerado acento de modestia:

--Mil gracias por la preferencia que tanto me enaltece.

--Yo soy así, don Serapio. Por eso vengo hoy y le digo: «aquí están

cien mil pesos fuertes: ¿quiere tomarlos de bien á bien como en cuenta

corriente?»

--Pero don Romualdo...

--No me ofenda, don Serapio: yo, en una fonda, no los he de tener á mi

vera; de negocios no hay que hablarme; ¿quiere que los bote á la calle?

En aquel momento la situación de don Serapio era para volver loco al

más cuerdo. Hombre honrado, no podía abusar de la buena fe de aquella

persona tomando su dinero en el instante en que su casa se iba á

declarar en quiebra. Sin embargo, la suma pasaba con mucho de lo que él

necesitaba para salir de apuros, y hasta para enderezar sus torcidos

negocios, siempre que los cien mil del pico entrasen en su poder por

cierto tiempo, sobre lo cual aún no se había explicado el indiano,

aunque ya revelaba en sus palabras que en aquel capítulo no sería

exigente. Podía, pues, recibir el dinero con muchas probabilidades de

salir de sus viejas apreturas sin que éstas llegaran á traslucirse.

_Pero_ de todas maneras, y aun librando bien por el momento, ¿no

sería una ignominia para él que, tiempo andando, llegara á saberse

que estando en quiebra su casa había admitido tan enorme depósito sin

advertir al depositante el riesgo que corría su dinero?

Todas estas consideraciones en tropel cruzaron en un instante por la

mente de don Serapio, que llegó á sudar bajo el peso de tan encontradas

emociones. No obstante, optó por lo más decente, resolviéndose, ante

todo, á desengañar á don Romualdo.

--Señor mío--le dijo:--yo no tengo palabras con qué expresar á usted

la gratitud que le debo por la deferencia que me quiere guardar; pero,

hombre honrado ante todo, no puedo aceptar ese depósito sin dar á usted

ciertas explicaciones.

--Que yo no quiero escuchar, ¿estamos?

--Es que no hemos hablado todavía ni aun de los intereses.

--No los quiero... en moneda sonante.

--Ni del plazo.

--El que usted quiera, si teme que puedo quitarle de un jalón esa

miseria.

--Tampoco sabe usted si mi casa...

--¿Si está firme? ¡Bah! Pero pinto que estuviera quilla arriba...

Mejor, si con esa ayuda la poníamos á flote. Jajajajaaaá. Si al fin

tenemos que entendernos, camará. De modo que sobre este punto estamos á

la orillita los dos, y desde esta tarde empiezo á mandar plata. Por lo

que falta de apañar, aquí tiene las letras endosadas á usted ya, con un

montón de billetes.

Dijo, y sacó de una cartera enorme con vivos de oro y cifras de

diamantes, más de un millón de reales en papel que entregó á don

Serapio.

Éste no sabía si echarse á llorar ó á los pies de aquella providencia

tan estrafalaria como espléndida; pero conteniéndose, por no evidenciar

demasiado su necesidad, ya que el indiano se empeñaba en no conocerla,

aceptó la oferta tan tenaz y, según las señas, deliberadamente hecha,

diciendo al indiano en un tono que no carecía de dignidad:

--Yo, señor mío, y por mi desgracia, no tengo el dinero en tanta

abundancia como usted; mis negocios, como todos los de la plaza, son

en pequeño, relativamente á los de ustedes en América; por lo cual ni

mis colegas ni yo tenemos nunca la caja tan bien provista que podamos

disponer de cien mil duros en un momento de sorpresa, pues no llegan á

tanto muchos capitales que aquí se llaman grandes, cuanto más nuestros

sobrantes para imprevistos. En una palabra, yo no puedo admitir esta

suma más que en uno de estos tres conceptos: como depósito, en cuyo

caso, y por razones que son para mí sagradas, aunque usted no quiera

oirlas, le daré la llave de una caja de mi escritorio para que usted

disponga á su arbitrio del dinero; ó como préstamo, por un plazo

convenido; ó en cuenta corriente, á condición de que para disponer de

sumas de alguna importancia me avise usted con la anticipación que

se estipule. Además, y usted me perdone tantas exigencias, yo, por

un sentimiento de delicadeza, necesito consignar en el resguardo que

le entregue, que se resiste usted á oir ciertas explicaciones que he

querido darle acerca del estado de mi casa, requisito que yo juzgo de

utilidad vista la importancia de la suma.

--¿Acabó ya, mi amo?--exclamó don Romualdo después de haber escuchado

con la boca abierta á don Serapio.

--Es cuanto me ocurre sobre el asunto, después de volver á dar á usted

un millón de gracias por la confianza con que me honra.

--Pues mire, cuando le haga la entrega del último centavo, me pone

el papel como le dé la gana, ó no me pone pizca. Y se finó aquí la

historia, que, camará, por cuatro chinitas como ésas nunca he platicado

yo tanto.

Don Serapio caminaba de asombro en asombro. Como broma podía pasar

aquel derroche; pero contra tal suposición protestaban los valores que

ya tenía en su poder.

--Pero la cuestión de intereses--replicó al indiano,--no puede dejarse

sin tocar, señor mío; y necesito que usted me diga si le bastan los que

aquí abonamos en las cuentas corrientes...

--Ahorita mismo vamos á hablar de eso, señor don Serapio; y mire que no

encuentre caros los que le pida.

--Ya pareció aquello--pensó el buen hombre; y añadió en voz

alta:--Usted dirá.

--Voy á decirle. Yo quiero tomar estado, ¿me entiende?

--Recomendable propósito.

--Y quiero tomarle en este pueblo.

--Me parece muy bien.

--Y con una madamita muy conocida de su mercé.

--Pues lleva el proyecto muy adelantado ya.

--Andandito.

--¿Y será imprudencia preguntar á usted quién es?

--Enriqueta.

--Hay varias de ese nombre.

--Su niña de usted.

--¡Mi hija!

--Ajajá. ¿Le van pareciendo caros los réditos?

No es fácil explicar el efecto que produjo en don Serapio esta

embestida en seco. Preocupado con la situación de su casa y en

entredicho con su mujer desde la escena que conocemos, no tenía la

menor noticia de las exhibiciones y aparentes propósitos del indiano,

ya públicos en la ciudad. Cogióle, pues, de nuevas la pretensión, y le

aturdió. Por un lado le halagaba; por otro se le resistía. Aquel tipo

para una mujer como su hija... y César... y el recuerdo de éste en la

memoria de Enriqueta. Pero aquel caudal enorme, aquel desprendimiento,

aquella franqueza honrada, el porvenir de la casa con un protector

semejante... Todo lo fué viendo instantáneamente, y así, sin saber si

agradecer la demanda ó maldecirla, contestó al indiano con afectada

parsimonia:

--La nueva pretensión que acaba usted de manifestarme, mi señor don

Romualdo, es de tal naturaleza que no alcanzaría todo mi buen deseo á

despachársela á su gusto sin contar antes con el de la interesada.

--Por ahí me duele, camará.

--¿Usted la conoce?

--¡Si la llevo estampadita en el alma!

--Digo si la ha tratado usted,--repuso don Serapio, nada complacido con

aquella _fineza_.

--Eso no; pero ella me conoce, y también su mamita.

--Es decir, que se conocen ustedes de vista.

--Cabales.

--Entonces nos falta casi todo el camino por andar, y usted no

extrañará que yo, dando á su deseo toda la importancia que se merece,

se le transmita á mi hija para que, libre de toda presión, me diga su

parecer, que es, en mi concepto, lo principal del asunto.

--Y la mamita, ¿tomará parte en el consejo?--preguntó el pretendiente

seguro de que no le sería su voto desfavorable.

--Naturalmente, señor don Romualdo.

--Pues entonces--replicó éste,--me retiro ahorita; y me hará la merced

el señor don Serapio de leerme cuanto antes la sentencia. Y mire, al

llegar le hubiera implorado que me presentara á las señoras; pero desde

que platicamos del caso, para que lo vea, me tiemblan las choquezuelas,

y no lo aceptaría hoy aunque me lo brindara.

--Iba á hacerlo precisamente.

--Pues ya me ha oído. Créame, don Serapio: aunque me ve tan llenote y

rollizo, soy una criatura en lo sentido.

--Ya lo voy reparando,--observó aquél sonriendo.

--Es la fija, créame... ¡Jajajajaaaá!

Y lanzó una carcajada, llena, robusta, sonora, estrepitosa,

interminable. Con la cual, dos reverencias, tres sombreradas y un

apretón de manos, amén de algunas frases de cumplido, despidióse de don

Serapio, que le acompañó hasta la puerta del escritorio, donde hubo

todavía algunas ofertas recíprocas y no pocos cumplimientos.

Volvióse el comerciante á su despacho; llamó al tenedor de libros, y le

dijo, examinando con escrupulosidad los billetes y las letras que había

recibido del indiano.

--Abra usted una cuenta á don Romualdo Esquilmo...

Y como si hubiera cambiado repentinamente de parecer, añadió en seguida:

--Pero no se la abra usted _todavía_.

Con lo cual volvió el tenedor á su puesto, extrañando mucho que en

semejantes circunstancias se le mandasen tales cosas; de lo cual dedujo

que la visita del indiano podía llegar á tener alguna influencia en los

futuros destinos de la casa.

Entre tanto, es de advertir que don Serapio se arrepintió de su primer

mandato, porque se le ocurrió de pronto que habiendo sido los dos

millones una embajada más ó menos ostentosa para autorizar la petición

subsiguiente, si ésta llegaba á ser desairada, procediendo con decencia

había que mandar retirar los embajadores, si es que no se retiraban

ellos solos. Que la petición podía ser desairada, se lo hacían temer

el carácter de su hija y las aparentes circunstancias, aun sin meterse

á indagar las desconocidas, de su pretendiente; circunstancias y

_peros_ que habían pasado inadvertidos para él cuando sólo se trataba

de sus intereses materiales, y que le saltaron á los ojos tan pronto

como aquél se declaró aspirante á la mano de Enriqueta. Conste, pues,

como dato que honra á don Serapio, aunque no le salve en lo principal

de su culpa, que, por de pronto, teniendo en su mano el talismán

misterioso que podía regenerar su casa en un momento, estaba dispuesto

á arrojarle por la ventana si esa regeneración había de ser al precio

del sacrificio de su hija.

Y meditando así, envolvía los valores del indiano en una carpeta, sobre

la cual escribió: «De don Romualdo Esquilmo», lacrándola y sellándola.

Después guardó el paquete en el fondo de su caja embutida en la pared y

defendida por maciza puerta que cerraba con barrotes y candados.

Volvió luego á su puesto; sentóse en el viejo sillón; estuvo meditando

largo rato con la cabeza entre las manos; trancó después el atril y

los cajones de la mesa, y con paso tranquilo y mesurado echó escalera

arriba por la excusada.

X

Bien ajena estaba doña Sabina á lo que pasaba en el gabinete de su

marido entre éste y el indiano, en el punto y hora en que ella y

Enriqueta entretenían el tiempo, en un saloncito, con esas frivolidades

de adorno que compradas en la calle valen una miseria, y llegan á

costar un sentido hechas en casa por la aplicación y economía de una

gran señora _hacendosa_.

Excusado es decir que ni esta ocasión ni otras parecidas desaprovechaba

doña Sabina para predicar á su hija sobre el tema tan debatido ya de la

_brillante proporción_. Y es la verdad que al llegar el _amén_ de la

anteúltima homilía, Enriqueta, fuera por cansancio ó por haber agotado

su caudal de excusas, epigramas y reparos, ó por otro motivo más grave,

no dijo una palabra ni mostró en el más leve gesto señal alguna por

donde su madre pudiera conocer el verdadero fruto que habían dado sus

palabras. Pero como los sermones habían sido predicados en rigorosa

gradación de efecto, hábilmente preparada, sin cuidarse mucho de

aquella aparente impasibilidad, aguardó al próximo con gran confianza

en el Cristo que reservaba como último argumento para mover hasta el

corazón de su hija.

Así como así, desde la cabalgada de que ya tenemos noticia, don

Romualdo no había vuelto á parecer por aquellos barrios, lo cual era un

mal síntoma, y se hacía indispensable ganar á todo trance el terreno

perdido.

Con tan loable propósito comenzó su exordio la buena predicadora en la

ocasión á que nos referimos al principio de este capítulo; y preciso es

confesar que nunca se mostró más elocuente ni más seductora.

--Mira, hija mía--la dijo entre otras cosas,--el hombre más antipático

y repulsivo desde lejos, tiene, estudiado de cerca, condiciones que

le hacen, si no encantador, por lo menos tolerable. Pues bien: tú

misma me has dicho que, en rigor, no hay en el aspecto de don Romualdo

nada de repugnante, aunque haya algo de vulgar y charro. ¿No es casi

seguro que ese hombre, tratado en confianza, descubriría algunas

virtudes que harían olvidar fácilmente aquellos defectos? Según

fama, es campechano, afable y bondadoso hasta con los más extraños.

Y siendo así con todos, ¿qué no sería contigo? Y siéndolo contigo,

¿qué prodigios no haría un hombre como ése por verte contenta y

agradecida? ¿Has meditado alguna vez sobre esto, Enriqueta?... Pero me

dirás que eres joven; pensarás, aunque no me lo digas por modestia,

que eres hermosa; que tienes un corazón virgen, como quien dice, de

todo sentimiento amoroso; que ese corazón aspira á llenarse con otro

corazón que le comprenda y que se le parezca... Después el mundo, el

fantasma del mundo que te viera unida á un hombre que, por su edad,

más parecería tu padre que tu marido; que no es aristocrático en su

aire, ni literato en su estilo, ni en sus contornos un modelo. Pero á

estos reparos, hija mía, que te conteste ese mismo mundo por la boca de

tantas mujeres, amigas tuyas las más de ellas, que también los hicieron

en parecido trance. El uno era grosero; el otro sucio; éste carcomido

de cuerpo; aquél, del alma; tal, de escandalosa conducta; cual, de

infame procedencia. Y todos eran viejos, pero todos eran ricos. Ellas

no eran pobres, y además todas eran jóvenes, y ninguna fea ni sin casto

amor en el pecho. Gimieron al principio, protestaron, maldijeron;

pero llegó la reflexión al cabo, venciéronse los escrúpulos... y vete

á preguntarlas hoy si están arrepentidas, en medio de sus galas,

entre el ruido de sus trenes y el vértigo de sus viajes y sus fiestas

ostentosas; consulta sus corazones, y ve si queda en ellos la menor

señal de que habitó allí por largo tiempo la imagen de un galán

enamorado.

Aquí hizo una pausa doña Sabina y estudió con mirada escrutadora el

efecto de sus palabras en el ánimo de Enriqueta; pero ésta seguía

con los ojos sobre su labor, sin mostrar señal de asentimiento ni de

desaprobación; duda que animó á la predicadora, la cual continuó así:

--Pues bien, hija mía, esta transformación, tan rápida que parece

increíble, se ha obrado á merced de una fortuna que no pasa de lo

ordinario entre las buenas, y de unas cuantas cualidades morales de

pacotilla, que de ningún modo pueden contrapesar ni la carcoma del

uno ni los públicos vicios del otro. Figúrate ahora lo que sucedería

si llegaras á ser la señora de ese hombre que, tras de no tener nada

de repugnante, reúne un caudal que excede á todo cálculo, y es además

generoso y ama con delirio la sociedad y el trato de las personas

distinguidas. ¡Deslumbra y ofusca, hija mía, la sola consideración de

ello! Por de pronto, al mero anuncio de tu boda, lloverían sobre ti

joyas y ricas telas, y vendrían del extranjero, para tu regalo, los

más costosos y elegantes trenes. Una vez casada, no habría país en el

mundo que no visitaras, ni capricho que en él no satisfacieras. Ya

de retorno, te establecerías en espléndido palacio que se edificaría

para ti, en el cual estarían las fiestas y la servidumbre á la altura

de tu posición. Llevarías al gran mundo el ejemplo de tu esplendor

y tu elegancia, y á las capas humildes de la sociedad la limosna

de tu filantropía y el consuelo honroso de tu presencia. No habría

asociación piadosa que no te diera la presidencia, ni huérfano que no

te ensalzara, ni desvalido que no te bendijera. La prensa seguiría

tus pasos, popularizaría tu nombre y tus riquezas, y desde la bordada

silla de tu lujoso despacho, no tendrías que envidiar el poder ni

los honores de un ministro en su poltrona. Y si todavía, en medio de

estos resplandores y de estas armonías de la opulencia, trasluces

ciertas horas de prosa y de tinieblas, necesarias á la vida íntima del

matrimonio, repara á la vez, hija mía, que la existencia doméstica de

una mujer del gran mundo está sujeta á leyes sabias que quitan todo el

mal gusto que debían dejar necesariamente las costumbres patriarcales

de nuestros progenitores. Una señora de tu jerarquía, con un palacio

como el tuyo, no podría menos de vivir con entera independencia dentro

de su propio hogar, sin tener que dar cuenta á _nadie_ de las horas

que eligiera para entrar, para salir, para dormir ó para levantarse,

lo cual ya es algo tratándose de escrúpulos de estética. De manera,

hija mía, que puestos de un lado tan livianos inconvenientes, y del

otro tan colosales ventajas, no es difícil adivinar hacia qué parte se

inclinaría la balanza.

Calló otra vez doña Sabina, observó á Enriqueta y vió, no sin alegría,

que ésta iba levantando poco á poco los ojos hacia ella; que la

expresión de su boca estaba muy lejos de ser desdeñosa, y que se

disponía á romper su obstinado silencio.

--Vamos, hija mía--prosiguió la buena madre, en su deseo de sacar todo

el partido posible de tan favorable situación,--dime, á lo menos, tu

parecer con franqueza. ¿Qué juzgas de lo que te voy diciendo?

--Juzgo, mamá--respondió al cabo Enriqueta sin pizca de encono,--que

estamos haciendo castillos en el aire; porque, después de todo, ¿quién

nos ha dicho que ese señor ha pensado en semejante cosa?

La cual respuesta, si no era una explícita aprobación de las teorías de

doña Sabina, tampoco envolvía una repulsa manifiesta; y esto era mucho

tratándose de una boca como aquélla, que, para hablar de don Romualdo,

no había usado más que burlas cáusticas y epigramas sangrientos. Podía

creerse con algún fundamento que el sermón aprovechaba. Toda la virtud

de un justo, de un Dios, fué necesaria para resistir la tentación del

demonio que desde lo alto de una montaña le decía, mostrándole el

mundo:--«Todo esto será tuyo si me adoras».

Frágil criatura Enriqueta; demonio doña Sabina, punto más sutil y

tentador que el del Evangelio, ¿qué extraño sería que la incauta joven

cayera de rodillas ante aquel ofrecido reino de placeres y riquezas?

Abundando en esta misma opinión la diabólica mujer, y creyendo ya en

buena sazón el espíritu de su hija, juzgó llegado el caso de sacar el

Cristo que había de rematar su obra.

--No creo--dijo, respondiendo á la observación de Enriqueta,--que me

engañen ciertas apariencias; pero de todos modos, conviene colocarse

en lo más cómodo y proceder en ese sentido. Porque has de saber, hija

mía--y comenzó la habilidosa mujer á hacer dengues y pucheros,--que hay

razones que yo no he querido decirte nunca, por las cuales ese enlace,

además de hacer tu felicidad, sería para tu padre y para mí... ¡el

manto de la Providencia!

Y la muy taimada se limpió los ojos con el pañuelo.

Como era de esperar, aquellas palabras capciosas y aquellas lágrimas

vergonzantes llamaron vivamente la atención de Enriqueta.

--Pues ¿qué sucede?--exclamó alarmada.

--Sucede, hija mía--prosiguió entre sollozos doña Sabina,--que hace

ya mucho tiempo (y perdona á una madre cariñosa que te lo ha venido

ocultando por no afligirte), que el caudal de tu padre no es más que

una apariencia; que la suerte le ha vuelto la espalda; que á duras

penas y con indecibles fatigas, ha logrado hasta hoy ir sosteniendo su

casa; que los contratiempos, lejos de estar vencidos, se van acumulando

de día en día, y en fin, Enriqueta, que no está lejano el en que, sin

un milagro de Dios... ó el amparo de un hombre como ése, nos veremos

todos envueltos en la más espantosa miseria.

Calló doña Sabina y ocultó la cara entre sus manos, lanzando de su

pecho angustiosos quejidos; y Enriqueta, que había ido devorando cada

una de sus palabras con la ansiedad fácil de adivinar, al oir los

sollozos de su madre inclinó su hermosa cabeza, y exclamó también con

lágrimas en los ojos y con verdadera angustia en el corazón:

--¡Pobre padre mío!

¡Cosa extraña! Ni éste ni su hija se habían acordado de doña Sabina en

el instante de saber que la miseria llamaba á las puertas de aquella

casa.

Después que hubieron pasado los primeros desahogos del verdadero

dolor de Enriqueta, y la parte de farsa que había en el de su madre,

disponíase aquélla á dirigirle la palabra, cuando entró una doncella á

decir que «el señor» esperaba en su gabinete á la señorita.

Serenóse la joven cuanto pudo, é impresionada hasta el extremo con

aquel casual recuerdo de su padre, acudió rápida al llamamiento, sin

pararse á considerar la sorpresa que en su madre causó el recado.

Bocetos al temple. Tipos trashumantes · 第 50 / 78 题