I
Imagínese el pío lector que la vulgarísima historia que voy á referirle
se remonta á los tiempos de Maricastaña, y elija para teatro de los
sucesos la capital que más le agrade de las nuestras de segundo orden,
con tal de que sea de las más empingorotadas en la estadística de los
subsidios industriales, y no forme con las últimas en el catálogo
de las que más nutren y alimentan el caudaloso mar de las rentas de
aduanas; señal infalible de que el vértigo de la ganancia es su vida,
y el alma del negocio el negocio de su alma; de que por letras se
entiende allí las de cambio; por artes los de cocina; por ciencias la
aritmética mercantil, y por «trabajo honroso» pura y exclusivamente
el que se emplea, de sol á sol, en sacar el jugo á la _matrícula_,
esa ejecutoria de los pueblos ricos, ora en el sucio _Borrador de
almacén_, ora en el pulcro, terso y espacioso libro _Diario_, ora en
remover obstáculos de arancel con el santo fin de que pasen, como una
seda, torres y montones, por donde el rigor de las leyes no deja libre
entrada á un mal garbanzo.
Andaba allí el lujo como Pedro por su casa; y teniendo en todas ellas
un culto el lujo de los trapos, era un vicio de los más abominables el
lujo del entendimiento.
Disculpábase la pobreza en el negociante desgraciado y hasta en
aquéllos que del último concurso de acreedores no habían podido sacar
la conciencia tan limpia como el fondo de sus cajas; pero era punto
menos que infamante en los que por natural aversión á la ciencia del
_toma y daca_ sudaban gotas de sangre por hacer un mendrugo miserable
del meollo de su inteligencia, consagrada á fútiles asuntos que jamás
daban un cañamón de riqueza para basar sobre ella la proporción de un
impuesto, ni la de un _concierto_ de arbitrios, ó de _derecho módico_.
Aunque gentes sin abolengo blasonado, como buenos «hijos del trabajo»,
observábase entre ellas la ley de razas. Había allí pueblo bajo que
repugnaba á la clase media, y una clase media que era insoportable á
la aristocracia; entendiéndose por clase media negociantes de poco más
ó menos, ó _de ayer acá_; rentistas que habían dejado la matrícula á
medio camino de la gran fortuna, y «gentuza» del foro, de la medicina y
de las letras. La aristocracia era el comercio tradicional, los grandes
caudales en realidad ó en apariencia; _casas_ cuyos nombres de guerra
contasen de tres generaciones para arriba.
Los hombres de esta privilegiada comunión eran, por lo general,
sombríos, recelosos, taciturnos, apegados al atril del escritorio
como la ostra al peñasco; tacaños para sí propios, manirrotos para
las mujeres de la familia; gran lujo en las encuadernaciones de sus
infolios rubricados; pero ni un libro en los barnizados armarios de
sus gabinetes de dormir; magnífica letra inglesa, pero ni pizca de
ortografía española.
Las mujeres parecían ser el único objeto de tantos desvelos y sudores,
al vérselas saquear sin tregua ni descanso el taller de la modista y
los estuches de los joyeros. No se les conocía otra pasión ni otras
aficiones. Ostentar más lujo que ninguna otra de la _clase_, y barrer
en la calle más basura con más ricas colas y sobrantes; prodigarse poco
para no vulgarizarse demasiado; cara de escrúpulo á las de _abajo_ y
de altiva majestad á sus _congéneres_, vamos al decir; á las unas por
razón de distancia, y á las otras por cuestión de competencia... Y
paren ustedes de contar.
En resumen, de aquel pueblo podía decirse muy bien, violentando en
obsequio á la verdad, lo más consolador de una vieja máxima cristiana:
«Cada uno en su casa y el demonio de la envidia y de la maledicencia en
la de todos».
Entre las más encopetadas de la encopetada clase última de las citadas,
distinguíase la familia de don Serapio Caracas, sexto representante
de la _casa_ que, con el mismo apellido como razón social, había
venido hasta entonces acreditándose en la _plaza_ entre las más firmes
y de más prosapia mercantil. Componíase la tal familia del citado
don Serapio, de su señora doña Sabina y de una, al comenzar nuestra
historia, niña de diez años, bella como una aurora de mayo, alegre,
ingenua y descuidada, como suelta cervatilla entre lentiscos y verbenas.
Habitaban los tres casa de gran fachada en el barrio de preferencia,
sin más trato íntimo, según la costumbre, que el de algunos individuos
del mismo apellido que los cónyuges, siempre que fuesen mayores
contribuyentes, y sin otro pasatiempo que el escritorio para don
Serapio, las tiendas para su señora y el colegio á media pensión para
la niña Enriqueta; por extraordinario, algunas visitas de etiqueta
cuando el almanaque marcase «lujo extremado»; tal cual exhibición en el
teatro, en los entierros ó en Semana Santa, y nada más.
Don Serapio tenía su escritorio en el entresuelo de la misma casa,
con el cual estaba ésta en comunicación por medio de una escalera
en espiral. Por esta escalera subía y bajaba dicho señor cuando lo
necesitaba, y por la misma subían, para no bajar más á la mazmorra
de donde habían salido, los cartuchos de doblones que doña Sabina
necesitaba para lo necesario y para lo superfluo, que era muchísimo si
ha de decirse toda la verdad. Mas no por eso se quejaba don Serapio,
que, aunque avaro para adquirir, no lo era para guardar, siempre que
los despilfarros redundasen en gusto y contentamiento de su familia;
en lo cual llevaba una gran ventaja á casi todos sus colegas, que si
bien eran ostentosos, porque consideraban á sus familias respectivas
como trenes de lujo por razón de crédito y rivalidad, no entregaban
el cuarto sin protesta, ni se pagaban en poco ni en mucho de la
satisfacción inefable que experimentar pudieran sus hijas y sus mujeres
al verse hechas un escándalo de sedas y pedrería.
Era, en verdad, don Serapio un pobre hombre en toda la extensión de la
palabra. Ni las grandes jugadas le entusiasmaban ostensiblemente, ni
los descalabros le sacaban de su centro, por más que hicieran honda
mella en su corazón. Si no era de un entendimiento brillante, ni
mucho menos, tenía cierto sentido práctico, el cual le bastaba para
considerar qué sería de su hija y de su mujer si la contraria suerte
le obligase á ponerles tasa en sus dispendios enormes, acostumbradas á
ellos toda la vida. Pero sabía sufrir y ocultarlo, para lo cual contaba
con una languidez natural de fisonomía, que así podía ser reflejo de
un lento dolor físico, como de una gran pesadumbre; y don Serapio optó
por aparentar lo primero, cuando la suerte le puso en la necesidad de
elegir entre las dos apariencias. Verdad es que los estrechos límites á
que fué reduciendo los negocios; la chocante parsimonia observada en su
casa, tan notable antes por su vertiginoso movimiento, y otros síntomas
por el estilo, dieron algo que sospechar en la plaza; pero ni el más
mínimo recelo asaltó la mente de doña Sabina. Bien es que para esta
señora había en el caudal de su marido algo como _derecho divino_ que
le ponía fuera de toda discusión y hasta de todo riesgo vulgar.
Tenía don Serapio, como dependiente de confianza, un viejo tenedor de
libros, vástago de una familia que también venía perpetuándose en la
casa con el mismo cargo; hombre, en verdad, no muy expresivo en su
afecto, acaso por no haber dado fomento en su alma á otra pasión que
la de los números en columna; pero, en cambio, honrado, metódico,
inteligente y reservado como arca de tres resortes. Aquel hombre y su
principal eran los únicos que conocían, por maravedís, la verdadera
situación de la casa. Los otros dos dependientes que se empleaban
también en ella, eran poco más que máquinas de copiar ó de escribir al
dictado.
No se crea, sin embargo, que la casa de don Serapio estaba para dar un
estallido de un momento á otro: era, como si dijéramos, uno de esos
edificios quebrantados de muy atrás, que viven largos años con reparos
y puntales, pero que son temibles durante cualquier temporal que se
desencadena en torno de ellos... si es que no les da por durar siglos
de medio lado, como la torre Nueva; fenómenos que si son raros en
arquitectura, lo son mucho más en el caprichoso vaivén de los negocios
mercantiles.
Y bien lo sabía don Serapio, según se afanaba hasta pasar en vida el
purgatorio, no solamente por sostener derecha su fortuna, sino porque
ni por dentro ni por fuera de su casa se vieran los puntales y el
revoque con que aguantaba los desplomes y tapaba las rendijas.
Se me olvidaba decir que el buen señor pasaba ya de los cincuenta y
cuatro, y que doña Sabina andaba muy cerquita del medio siglo, siendo
la niña Enriqueta el fruto de su último alumbramiento, tras otros cinco
bien desgraciados. Y su lucha á brazo partido con los estragos del
tiempo, no era lo que menos preocupaba á la vanidosa mujer, no poco
atareada ya con el afán obstinado de eclipsar á todas sus _semejantes_,
así en el brillo del lujo como en la novedad de las galas.