Tenía don Serapio una hermana viuda y pobre, que en algún tiempo, en
vida de su marido, gozó también los favores de la fortuna. Esta hermana
vivía en una aldea de la misma provincia, y tenía á su vez un hijo, de
nombre César, en la edad crítica de emprender una carrera que, cuando
menos, le proporcionase en adelante el pan cotidiano que su madre no
podría darle siempre. Escribió á don Serapio todas estas cosas y otras
más sentimentales todavía, añadiéndole que recibiría como una merced
del cielo el ver á su hijo sentado en el último rincón del escritorio,
bajo el amparo de su tío. Lo cual era tanto como pedir también al
caritativo hermano techo, vestido y alimentos para su sobrino.
Prestóse desde luego á la solicitud el bueno de don Serapio; pero no
su señora, que abarcó, en una sola ojeada, el desentonado cuadro que
ofrecería semejante intruso en su entonada casa. ¿Qué puesto iba á
ocupar en ella? Para ponerle á la mesa, era muy poco; para enviarle á
comer á la cocina, era demasiado; y en la mesa y en la cocina sería
un pregón incesante de la miseria de su madre; y doña Sabina no se
resignaba fácilmente á declarar, con testimonios de tal calibre, que en
su familia ó en la de su marido hubiese individuos pobres. Hubo, pues,
dimes y diretes, semanas enteras de hocico y de ceñudo silencio en la
mesa; pero aquella vez tuvo un poco de carácter don Serapio, y fué el
rapaz á su casa, medio cerril, medio culto, pero listo como un pájaro y
revelando en todas sus vetas una madera de facilísimo pulimento.
Diósele cuarto, aunque obscuro, en la casa, un puesto en la mesa y un
atril en el escritorio. En el primero dormía como una marmota á las
horas convenientes; en el segundo comía con gran apetito y desparpajo,
y en el escritorio copiaba facturas, ejercitaba la letra y las _cuatro
reglas_, y á menudo iba al correo á llevar ó traer la correspondencia.
En las primeras horas de la noche, después de dejar su tarea, jugaba
con Enriqueta al _as de oros_, ó al _tenderete_, ó á las adivinillas,
ó la contaba los cuentos de su aldea. Muchas veces iba también á
acompañarla al colegio por la mañana, ó á buscarla por la tarde. Y
con éstas y con otras, al poco tiempo de conocerse los dos primitos
parecían nacidos el uno para el otro. Gozábase en creerlo así don
Serapio; pero no doña Sabina, que se daba á todos los demonios con las
familiaridades que se iba tomando el atrevido pelón.
Á los ocho meses de haber llegado éste á casa de su tío, ya se le
encomendaban trabajos más delicados: se le permitió poner su mano en el
copiador de cartas, y sus ojos en el _Mayor_ para consultar el estado
de alguna cuenta corriente.
En momentos tan solemnes para él, cuando llevado de su afición al
trabajo, ó más bien, de su deseo de saber algo y de valer algo, se
quedaba solo en el escritorio, solía bajar Enriqueta de puntillas;
acercábasele callandito, y después de leer por encima de su hombro,
conteniendo la respiración, lo que escribía, dábale en el codo un
brusco manotazo y le hacía trazar un verdadero mapa-mundi en la página
más pulcra y reluciente del inmenso libro. Saltaba César de ira y de
espanto, y amenazaba tirar con el tintero á la atrevida chiquilla;
pero tal reía ésta, tales muecas y dengues sabía hacerle, que acababa
por reducirle á que le enseñara todos los armarios del escritorio que
estuviesen á su alcance, y á que robara para ella una barra de lacre,
dos lapiceros y media docena de obleas de goma, amén de _echarla_ en
la portada de su catecismo el timbre en seco de la razón social de su
padre.
--Por esta vez, pase--decía el pobre chico haciéndose el
enfadado;--pero no vuelvas aquí más, ó se lo digo á tu papá.
Y la chiquilla, ocultando lo robado en el seno ó en la faltriquera,
subía la escalera cantando, mientras César se ponía á raspar el
escandaloso mapa-mundi, y después cernía polvos de greda sobre lo
raspado, y luego frotaba lo cernido con las uñas hasta que saliera
lustre en el papel, que no salía antes que el sudor en su frente. Así,
tras hora y media de fatiga, quedaba la página tan limpia como si nada
hubiera sucedido en ella.
Á todo esto, ya le apuntaba el bozo (á César, no á la página); peinaba
con esmero su negra y ondulante cabellera; comenzaba á brillar en sus
hermosos ojos la luz de una inteligencia no vulgar; y aunque vestido
con desechos mal arreglados de su tío, y en una edad en que todo
en el hombre, desde la voz hasta la longitud de los brazos, de las
piernas y de las narices, ofrece chocantes desarmonías, presentaba á
la vista del más escrupuloso, magníficos elementos para ser un gran
mozo dentro de pocos años. Era además dócil, prudente y trabajador. Don
Serapio comenzaba á quererle entrañablemente, y la misma Doña Sabina
necesitaba violentarse mucho para quererle mal. De Enriqueta no hay
que decir que le prefería, para sus juegos y entretenimientos, á su
desabrida zagala, que tan á menudo la contrariaba en sus deseos más
sencillos.
Y corriendo el tiempo, sin mejorar en una peseta la situación económica
de la casa, pero sin agravarse tampoco, llegó Enriqueta á los diez y
siete años, creciendo sus bellezas en proporción de la edad, y César á
los veinte. Para entonces era el dependiente más activo y diestro de su
tío, que halló en él un gran descanso; se le había asignado un sueldo
proporcionado á sus merecimientos y dado en la habitación un gabinete
más cómodo que el cuarto obscuro de antes; vestía con suma elegancia,
aunque con modestia; era siempre discreto en su conversación, y,
sobre todo, agradecido á la protección recibida, pareciendo haber
reconcentrado todo su cariño de hijo en su tío, desde la muerte de
su madre, ocurrida al cumplir él diez y ocho años. En cambio un
instinto de invencible repugnancia le alejaba cada vez más de su tía.
Verdad es que no se apuraba ella gran cosa por conquistar el afecto
de su sobrino; antes al contrario, siempre se mostraba con él fría y
desdeñosa.
--Es un excelente muchacho este César,--decía don Serapio á su señora,
muy á menudo, después de haber ensalzado alguna de sus cualidades,
con el fin, sin duda, de ir dándole entrada en el corazón de aquella
insensible mujer, quien, por todo elogio, contestaba:
--¡Quiera Dios que esa alhaja no nos dé que sentir algún día, en pago
del hambre que le has quitado!
--Eres muy injusta, Sabina,--replicaba el bueno del comerciante, herido
en sus más nobles sentimientos.
Y Enriqueta, que lo escuchaba todo en silencio, sentía, con las
palabras duras de su madre, algo que helaba la sangre en su corazón, á
la vez que hallaba en los elogios de su padre un consuelo para aquella
impresión de escarcha.
Porque es de advertir (y no se sorprenderá el lector, seguramente, al
decírselo yo) que la mutua simpatía entre los dos primos había ido
creciendo con los años y transformándose poco á poco, sin advertirlo
los interesados, en otro afecto más acentuado y de raíces más extensas
y profundas. Enriqueta, al vestirse _de largo_, no sintió la alegría
tan propia de todas las niñas en semejante caso, por la fútil ansia
de que al presentarse en el paseo con los nuevos atavíos, dijera la
gente: «una mujer más», sino porque viera César si se había cumplido su
pronóstico, tantas veces repetido, de que ella iba á ser «una mujer
hermosa». Por su parte, César, si se afeitaba con un cortaplumas á cada
instante, no lo hacía por adquirir cuanto antes determinada patente
que le permitiera codearse en el mundo con los hombres, sino por el
inocente deseo de saber si, con un bigote bien poblado, se parecía su
cara, como Enriqueta se lo tenía predicho, á la de un guerrero de las
Cruzadas que ella había visto en una estampa, y considerado siempre
como el tipo de la belleza varonil.
Si al tener veinte años y un bigote negro, suave y bien desmayado, se
parecía César al guerrero de la estampa; si al cumplir Enriqueta los
diez y siete era tan hermosa como su primo se lo había prometido, no
quiero decirlo yo por si me equivoco así por carta de más como por
carta de menos; pero es lo cierto que ninguno de los dos daba señales
de haber perdido con los nuevos atributos las ilusiones, según que se
comprendían y se adivinaban sin necesidad de hablarse ni de verse;
hasta el punto de que la una desde su habitación, distinguía, entre
todos los ruidos del escritorio, los pasos que en él daba el otro; á
la vez que éste percibía claros y distintos, desde abajo, los menores
movimientos de su prima: el roce de su vestido contra una puerta, ó el
leve rumor de sus menudos pies al hollar la alfombra de su gabinete.
Una vez hablaban los dos de estos fenómenos, mientras Enriqueta, libre
por entonces de la presencia de su madre, hacía labor de punto al calor
de la chimenea en una de las largas noches de invierno.
--Y ¿por qué será eso?--preguntaba ella entre rubor y curiosidad.
--Pues ahí verás tú,--respondió él, por no meterse en mayores honduras;
con lo cual ni la una ni el otro quedaron muy satisfechos.
Pasaron algunos instantes de silencio, y volvió á preguntar Enriqueta:
--Y ¿siempre vivirás tú con nosotros?
Á lo cual contestó César, casi haciendo pucheros:
--Y ¿adónde quieres que vaya yo, pobre huérfano, sin otro amparo que tu
padre, ni más porvenir que su casa?
--Qué sé yo...--dijo la joven algo aturdida al observar la emoción de
su primo.
--¿Y tú?--preguntó á su vez éste.
--¡Oh, yo siempre aquí!--exclamó Enriqueta sin titubear.
--¿Lo crees así?--repuso César como asaltado de algún recelo.
--Y ¿por qué no he de creerlo?--dijo aquélla con mucha gravedad.--¿No
me quiere papá con entusiasmo? ¿No dice mamá que no tiene otro
pensamiento que mi porvenir?
--Pues por eso mismo que dice tu mamá...
--¡Cómo!
--¿Sabes tú, Enriqueta, á qué llaman las madres «porvenir» de sus hijas?
--No lo sé, por lo visto.
--Y ¿quieres que yo te lo diga?
--Es natural.
--Pues se llama porvenir de una hija á...
Y aquí le faltó la voz al pobre chico, que jamás se había visto en
trance tan apurado. Su corazón hasta entonces no había hecho más que
sentir, y en aquel momento comenzaba á hablar, y lo que su corazón le
decía le daba miedo, á la vez que le embriagaba.
--Vamos, hombre--exclamó Enriqueta impaciente; ¿qué porvenir es ése?
--Ese porvenir es... es--respondió al cabo el atortolado mozo, cerrando
los ojos de miedo y de vergüenza,--un matrimonio... ventajoso.
Calló César, bajó Enriqueta los ojos, paráronse las agujas entre sus
manos, y quedó sumida en profunda meditación. Quizá también por primera
vez le asaltaba á ella el temor de un riesgo en que jamás había pensado.
--Y ¿qué es un matrimonio ventajoso?--se atrevió á preguntar todavía, á
poco rato.
--Matrimonio ventajoso--contestóle César--es el que se contrae con un
hombre muy rico...
--¿Aunque no se le quiera?
--Aunque no se le quiera.
--¿Aunque no sea joven ni bello?
--Aunque no sea bello ni joven.
--No puede ser eso,--exclamó la joven con admirable ingenuidad.
--No puede ser--repitió el primito con un poco de amargura,--y, sin
embargo, se ve muy á menudo.
--Pues, _por esta vez_, no lo verás, César,--concluyó con aire resuelto
la inexperta chica.
--¡Que Dios te oiga... y te lo pague!...
--¿Por qué te alegra tanto mi resolución?
--Porque ahora he caído en que--y esto lo dijo dando diente con
diente,--si yo te viera casada... con _otro_, me moriría.
Á la cual protesta correspondió la joven lanzando á su primo una mirada
elocuentísima, y diciéndole al mismo tiempo:
--Pues mira, César, si quieres que yo viva, no _nos_ dejes nunca.
En aquel instante entró en escena doña Sabina, cuyos ojos de basilisco
supieron leer toda una historia en la emoción reflejada en los
candorosos semblantes de los dos jóvenes; emoción que llegó á su colmo
y hasta rayó en espanto, cuando les acometió el recelo de que aquella
dulcísima señora podía haberles descubierto su secreto.
¡Como si no le hubiera descubierto mucho antes que ellos mismos!