Un cuarto de hora más tarde, se hallaban los tres reunidos en casa.
Isabel lloraba, Carlos recorría la estancia y Ramón meditaba.
--¡Carlos! ¡Carlos!--exclamó al fin aquélla, arrojándose en los brazos
de su marido.--¡Hay huellas que no se borran jamás!
--Sí, Isabel; y ése es el puñal que no puedo arrancar de mi corazón.
--¡Mal podrás, en ese caso, perdonarme nunca!
--Á ti, sí; á mí es á quien no perdonaré jamás, pues soy la causa de
todo.
--¡Tú!
--Yo, sí; yo, que no supe mostrarte con tiempo el peligro que corrías,
pues en ese terreno, como en ningún otro, debe hacerse comprender á
la mujer que _no le basta ser honrada_, sino que, como la del César,
_necesita parecerlo_.
--¡Oh! no volveré á ese mundo en que con tanta facilidad se mancha el
honor más limpio con las apariencias del deshonor.
--Al contrario, Isabel: ahora soy yo quien te manda volver á él, pero
por poco tiempo. Retirarte después de lo ocurrido, sería tanto como
declararte vencida por esos miserables. Es preciso, pues, que te
vuelvas á presentar delante de todos ellos, y con la frente muy alta.
Después...
--Después, yo le pediré á tu hermano un rincón en su casa...
--Mucho salto es ése--dijo Ramón sonriendo:--de lo más alto de la corte
al más bajo de los cortijos.
--Con algo menos habrá bastante, Isabel--repuso Carlos.--Bueno es que
conozcas el humilde y honrado techo bajo el cual vi la luz primera,
y ¡ojalá que nunca de él te quieras alejar después! Pero entre ese
extremo y el único que hoy conoces, hay un medio, en Madrid mismo, en
cualquiera parte, lleno de encantos y de paz.
--Y ¿cuál es ése, Carlos?
--El hogar doméstico; sus mil detalles, que no conoces todavía, al
calor de los cuales, y no de otro modo, se forman y viven las dos
grandes figuras de la humanidad: la esposa y la madre.
--¡Oh, yo trataré de conocerlos y de amarlos!
--Pues bien, cuando los conozcas y los ames, yo seré el primero que te
ponga á las puertas del gran mundo, y te diga:--«Entra, si te atreves».
[Ilustración]