Habíase ésta levantado rato hacía, porque su sueño de aquella noche no
había sido tan tranquilo como los de costumbre, merced al recuerdo del
lance de su cuñado; recuerdo á que, en la soledad de sus meditaciones,
daba mil formas y colores diferentes, aunque, en honor de la verdad, le
examinó por todas partes menos por donde debía, lo cual prueba la gran
tranquilidad de su conciencia en ese particular, y hasta qué punto se
embotan los espíritus más sutiles cuando sólo se alimenta la cabeza de
pueriles vanidades.
Grande fué su sorpresa cuando vió entrar á Carlos, cuyo semblante
disimulaba mal el estado de su alma.
--Isabel--la dijo, sentándose á su lado,--seguramente que no podrás
tacharme, en buena justicia, ni de hombre egoísta ni de marido
intolerante.
La sorpresa de Isabel rayó en asombro al oirle hablar así.
--Y ¿por qué me dices eso?--le preguntó.
--Porque no me califiques de importuno ni de ligero por lo que pienso
decirte; porque entiendas que estás en este momento en el caso de
hablarme con la lealtad que tengo derecho á esperar de tu carácter y de
las consideraciones que te he guardado siempre.
--Por favor, Carlos--dijo Isabel angustiada:--si quieres que responda á
tus propósitos, dime claro cuáles son éstos, y no me atormentes más con
ese lenguaje tan extraño en ti.
--Voy á hacerlo. Respetos á la memoria, para mí siempre sagrada, de tu
padre, y á tus propios merecimientos, me impidieron, desde que soy tu
marido, decirte lo que, pesándome demasiado sobre el corazón, ha venido
haciendo de mi vida un martirio insoportable.
--¡Carlos!
--Sí, Isabel: un martirio horrible, un calvario angustioso.
--Pero ¿por qué?
--Por no atreverme á decirte: «El género de vida que traes, el elemento
en que vives, lejos de mí, lejos de toda verdad, es la senda que
conduce más fácilmente al olvido de todos tus deberes».
--Pero ¿me hablas de veras, Carlos?
--Con el corazón en los labios, Isabel; y déjame continuar. No me
atrevía á decirte: «La mujer que lo consagra todo á los triunfos
livianos del mundo, está muy próxima á arrastrar por los salones su
propio decoro y la honra de su marido».
--¡Pero eso es enorme, Carlos! Yo no te he autorizado ni con mis actos
ni con mis palabras para que tan duras me las dirijas.
--Déjame concluir, Isabel, porque me abrasan los labios otras que
necesitas oir por tu propio bien y para desahogo de mi corazón. No
quise decirte nunca: «En la imposibilidad en que me hallo de ajustarme
á tus costumbres, porque en ese mundo no quepo yo, porque me ahogo en
él, amóldate tú á mis hábitos sencillos y tratemos de hacer en nuestro
hogar una residencia de amor y de ventura, á lo que podemos aspirar
por muchos títulos». Yo no podía decirte esto, porque, diciéndotelo,
creía ofender la rectitud de tus miras y la nobleza de tu corazón,
en las cuales creía con ciega fe. Pero al mismo tiempo que te creía
incapaz de faltar á lo que á mí me debes y á lo que te debes á ti
propia, temía las apariencias de ello; porque es ley de ese mundo que
habitas, quemar lo que se le acerca ó manchar lo que quemar no puede...
Desgraciadamente--añadió Carlos con voz sorda,--ya no es posible evitar
que caigas en uno de estos dos peligros.
--¡Jesús!--exclamó Isabel fuera de sí.
--¡Es la verdad!
--Y después de decírmela de ese modo, ¿pretendes que te agradezca
esas contemplaciones que me has guardado y han sido la causa de que
lleguemos á ese extremo... que tú conocerás, porque yo no sé todavía de
qué se trata?
--No busco tu agradecimiento, Isabel, sino tu lealtad. ¡Demasiado
lamento y maldigo esas contemplaciones!
--¡Y bien?...
--Cálmate.
--¡Que me calme!--dijo Isabel con voz terrible, levantándose
erguida;--¡que me calme cuando me acusas quizá de una infamia! ¡que me
calme cuando me afrentas!
--¡Oh, repara, Isabel, que, al afrentarte á ti, me afrentaría á mí
propio! Yo no soy, pues, quien te afrenta.
--Pero, Carlos, ¿me quieres volver loca, ó lo estás tú?... ¿Quién puede
ser capaz de sospechar de la rectitud de mis acciones, ni siquiera de
la de mis pensamientos?
--Óyeme un instante más. Anoche ocurrió un lance de mal género en los
salones de la condesa de Rocaverde.
--Lo sé.
--Los protagonistas fueron mi hermano y el vizconde de siempre.
--¿Y qué tiene que ver?...
--¿Sabes por qué abofeteó Ramón á ese... infame?
--No... ¡Acaba!...
--Porque le oyó jactarse, entre otros como él, de haber vencido tu, por
lo visto, proverbial esquivez.
--¡Virgen María!
--¿Sabes con qué probaba su aserto el procaz?
--¡Con qué?...
--Con un aderezo que tú lucías, y que, según parece, te había sido...
enviado por él.
--Y ¡tú has podido creerlo, Carlos?--exclamó Isabel en el paroxismo de
la desesperación, arrasados sus ojos en lágrimas.
--Yo--respondió Carlos sordamente,--no he tenido más remedio que leer
lo que dice este billete.
Y alargó á Isabel el que le había dado Ramón.
Isabel, que en un momento había comprendido la verdad de lo que pasaba,
recordando la ligereza con que se fió el día antes del vizconde, tomó
el papel y le leyó precipitadamente.
--Está--dijo á poco, regándole con sus lágrimas,--bien tendido el
lazo. Pero ¿de dónde ha salido este papel que yo no he visto? ¿Cómo ha
llegado á tus manos?
--Este papel venía dentro del estuche...
--Y cayó en poder de Ramón--continuó Isabel, que recordó entonces que
éste fué quien le entregó á ella el aderezo;--y Ramón, como si también
se conjurara contra mí, te le dió como una prueba de mi crimen.
--No culpes á Ramón todavía,--dijo Carlos intencionalmente.
--Tienes razón--repuso Isabel adivinándole:--mal puedo culparle cuando
aún no me he disculpado yo. ¿No es así?
Carlos guardó silencio. Su mujer sollozaba. Á poco se enjugó ésta el
llanto, miró á aquél serena y majestuosa, y
--Carlos--le dijo con voz entera,--comprendo que me sería imposible
desvirtuar en este instante á tus ojos todas las pruebas con que
me acusas: es ese tejido de infamias demasiado fuerte para que yo
pueda deshacerle con una palabra. Sin embargo, antes de contarte la
historia de ese que crees regalo, quiero, por lo que valga, hacerte una
advertencia: si algún día hubiera sido yo capaz de faltar á lo que debo
á tu honra y á la mía, mi propio decoro me hubiera obligado á decirte
antes: «Carlos, me faltan fuerzas para resistirme; préstame las tuyas».
Ahora, oye la verdad de lo ocurrido.
Y esto dicho, Isabel refirió punto por punto cuanto había pasado el día
antes entre ella y el vizconde.
Carlos no podía tranquilizarse con aquella explicación ni con otra
alguna, por muy palpable que apareciese la verdad: que en asuntos de
honra, tanto duele perderla como el temor de que nos la crean perdida.
Mas con respecto á la supuesta delincuencia de su mujer, daba más
importancia á las aseveraciones, y sobre todo á la actitud de ésta,
que á las alarmas y exageraciones de su hermano. Así, pues, no le
sorprendieron los descargos de Isabel, porque los esperaba por el
estilo desde que conoció los antecedentes del fatal asunto.
Pero quedaba en pie otro muy grave, para el que desgraciadamente no
había disculpa ni remedio: el escándalo. Isabel y el vizconde eran
demasiado conocidos en la alta sociedad para que el suceso dejara de
haber transcendido ya á corrillos y salones. Éste era el verdadero
clavo que atravesaba el corazón de Carlos. ¿Qué merecía el hombre que
le había colocado á él en tan terrible situación? Por eso, desde que
habló con su hermano, todos sus odios se convirtieron á un solo punto,
á una sola persona: el vizconde.
Isabel, por su parte, era demasiado discreta para desconocer la
inmensidad de su desdicha. No dudaba que ante Carlos, que la conocía
bien, le sería dable justificarse; pero ¿cómo se justificaría ante el
mundo? Esta idea le arrancó del corazón un torrente de lágrimas.
Carlos, que no le había contestado una palabra al oir sus
explicaciones, la dejó intencionadamente sumida en aquel dolor, y salió
del gabinete. Entró en el suyo, se vistió precipitadamente, rogó á su
hermano que acompañase á Isabel, cuyo estado le refirió, mientras él
volvía, que sería muy pronto; encargóle también que entre tanto no
dijese á nadie que faltaba de casa, y salió de ella apresurado.