Momentos después se hallaba Ramón al lado de su cuñada: ésta dolorida
y sollozando; el otro con el corazón oprimido, pero sereno. Cuando
Isabel notó la presencia de Ramón, le dijo con acento triste:
--¡Qué mal hiciste en no haberme advertido lo que pasaba, antes que á
Carlos, desde que adquiriste la primera sospecha!
--Culpa fué de tu marido, que no me consintió hablarte de lo que me
saltó á los ojos apenas llegué á esta casa.
--¡Cuánto dolor me hubieras evitado!
--¡Dejando que el mal extendiera sus raíces, y fueran mañana la afrenta
y el escándalo más grandes! ¿Te parece?
--¿Luego tú también me crees culpada?
--Creo, Isabel, lo que he visto ayer, lo que me pasó anoche y lo que
está pasando hoy. Nada más, y es bastante.
Isabel se ahogaba bajo el peso de esta nueva indirecta acusación,
remedo de las que le harían, fundadas en las mismas apariencias, aun
las personas que más trataran de favorecerla. Buscando algún alivio
á su pena, hizo, lo mismo que á Carlos, la relación de los hechos
verdaderos; pero era Ramón bastante más aprensivo y obcecado que su
hermano, y si bien oyó con gusto las disculpas, no las aceptó con la fe
que hubiera deseado.
--Ya ves--prosiguió Isabel,--cómo me hubiera sido imposible evitar lo
que está sucediendo.
--No tanto--dijo Ramón,--si hubieras sido un poco discreta en leer
fisonomías.
--No comprendo...
--Porque no te dedicaste jamás á estudiar la de tu marido, como era tu
deber.
En esto apareció la marquesa, en traje de confianza, afectuosísima,
locuaz, hecha un brazo de mar, inaguantable.
Isabel apenas tuvo tiempo para secar sus ojos y tomar una actitud que
revelara menos la tormenta que corría su alma.
--Buenos días, Isabel... señor don Ramón--dijo la invasora tendiendo la
mano al aludido, que no podía comprender aquella explosión de repentino
afecto hacia él,--doy á usted los más cumplidos y sinceros parabienes...
--¡A mí, señora! ¿Y porqué?
--¿Por qué? Por lo que hizo usted anoche... y eso que no debía
perdonar el desaire que me dieron ustedes marchándose de allí sin
decirme una palabra... Pero, en fin, algo había que dispensar en unas
circunstancias como aquéllas... además de que, por otra parte, yo no
soy rencorosa, y prueba de ello es que estoy aquí tan pronto como he
dejado la cama.
--Muchas gracias,--dijo Isabel calando la intención de su amiga.
--¡Oh! no hay por qué, Isabel--continuó aquélla con una movilidad
que mareaba.--La verdad es que el sitio, la ocasión y demás, no
justificaban mucho un atentado semejante; pero, por otro lado, el señor
guardaba el decoro debido, y no todos están obligados, por nacimiento,
por educación ó por costumbre, á llevar el frac con todo el _chic_ de
rigor. ¿No es cierto?... Yo no sabía nada de lo ocurrido más que el
porrazo y el consiguiente barullo; pero cuando ustedes salieron, pude
averiguar que el vizconde había querido reirse de usted á sus mismas
barbas...
Isabel y Ramón se miraron, dudando ambos que la marquesa hablara de
buena fe y que no les ocultase la verdad de los rumores esparcidos por
el salón á raíz del suceso.
La charlatana continuó sin fijarse en aquella mirada ni en el rubor que
asaltó las mejillas de Isabel.
--El caso es que el vizconde merecía un correctivo ejemplar, porque
es vano y lenguaraz como él solo, y que al cabo le encontró donde
menos podía esperarle. Y adviertan ustedes que lo que hizo anoche no
vale nada en comparación de lo que suele hacer á cada instante...
¡Oh, algún día le van á costar aún más caras sus calaveradas; y á fe
que lo tendría bien merecido! Para él no hay nada sagrado, y lo mismo
atropella reputaciones que cambia de vestidos... Figúrense ustedes que
ayer tarde entró en la tienda de un joyero cuando más llena estaba de
ociosos; tomó un riquísimo aderezo que, por lo visto, deseaba adquirir
la Rocaverde; llamó á un dependiente después de escribir un billete
tiernísimo, cuyo contenido leyó á gritos; metió el billete en el
estuche; entregó éste al dependiente, y le dijo con voz muy recia: «á
casa de... Fulana (no se me ha dicho el nombre) y entrégasele á ella en
propia mano». ¡Calculen ustedes qué rechifla se armaría allí, y cómo
quedaría la honra de aquella mujer... y la de su marido, porque, según
parece, es casada!...
Á medida que iba hablando la marquesa, las rosas de las mejillas de
Isabel tornábanse poco á poco en lirios; íbanle faltando las fuerzas
al mismo tiempo, y próxima estuvo á desplomarse bajo el peso de su
vergüenza; pero la consideración de que la falsa amiga estaba más al
tanto de la verdad que lo que aparentaba y de que se expresaba así por
herir más impunemente, la prestó, en un acceso de indignación, los
bríos que necesitaba.
Iba á continuar sus irónicas lamentaciones la marquesa, gozándose en el
martirio de su amiga; pero ésta, levantándose airada,
--¡Basta!--la dijo.
--¿Por qué me interrumpes en ese tono?--preguntó la marquesa
dulcificando el suyo y fingiéndose sorprendida.
--Porque tu conducta en este momento está siendo más vil que la de tu
vil amigo al hacer lo que nos has referido.
--¡Isabel!...
--Sí, porque estás abusando villanamente del arma que ha puesto en
vuestras manos una desdichada casualidad; porque estás sirviendo
admirablemente los fines de ese infame calumniador, avezado á los
triunfos fáciles que mujeres... como tú, le han procurado, haciéndole
creer que todas somos lo mismo; porque estoy resuelta á no consentir
que siga adelante esa criminal burla, y á hacer que comprendan los que
hoy me difaman la diferencia que hay entre una mujer de honor y una
despreciable... cortesana.
Verde, amarilla, azul, jaspeada se ponía la marquesa al oir á Isabel;
quería contestar, y le faltaba la voz; quería imponerse con un ademán,
y le faltaba el movimiento: estaba allí clavada, rígida como una
estatua, condenada á oir sin replicar aquellos apóstrofos de acero.
Ramón desconocía á su cuñada; aplaudía en silencio su actitud, y
comenzaba á creer en su inocencia.
Entre tanto, Isabel, no creyéndose satisfecha con lo que había dicho,
cogió el malhadado aderezo, que aún estaba sobre su tocador, conforme
le había dejado al quitársele la noche antes, y arrojándole en el suelo
á los pies de la marquesa,
--¡Toma!--le dijo con ira y desprecio, mientras saltaba la alhaja hecha
pedazos,--por si, creyéndola debida á tu adorador, es esa prenda la que
mueve á esgrimir contra mí el puñal de tu despecho... ¡Pero vete, y no
encones más con tu presencia los recuerdos del tiempo que he estado
concediéndote una amistad que no merecías!
La marquesa, que seguía siendo, más que una mujer, un autómata, miró á
Isabel como una hiena, y echando espumarajos por la boca, y lágrimas de
rabia por los ojos, salió como una exhalación.
--¡Esto es demasiado, Ramón!--exclamó Isabel al quedarse sola con éste,
dejando correr de nuevo el llanto por sus mejillas.
--Y ¡qué has de hacerle ya, desdichada?--la dijo Ramón vivamente
conmovido.
--¡Cómo!--replicó Isabel fuera de sí.--¿Será posible que una mujer
como yo no pueda demostrar su inocencia; que una mujer que no tiene
que arrepentirse ni siquiera de un pensamiento indigno, haya de verse
obligada á bajar su frente ante el mundo como una criminal? ¿Con qué
justicia, Ramón?
--Con la de ese mismo mundo, Isabel, en que se confunden tan
fácilmente las honradas con las perdidas.
--¡Es que yo desharé esas apariencias que hoy me condenan!
--No lo dudo; pero ¿cómo?
--No lo sé; pero necesito hacer algo con ese fin... Por de pronto,
salir de aquí... ir á... ¿Me quieres acompañar, Ramón?
--Sin duda... Y ¿adónde vamos?
--¡Qué sé yo!
Y tiró del cordón de la campanilla. Presentóse un criado, y le mandó
que pusiesen al momento un coche.
Mientras se vestía precipitadamente, recogía Ramón del suelo los
pedazos dispersos del aderezo, y murmuraba al propio tiempo:
--¡He aquí un caudal despilfarrado, que, como todos los despilfarros
y por castigo de Dios, no ha traído sobre el despilfarrador más que
desventuras y tardíos arrepentimientos!