XII

Momentos después se hallaba Ramón al lado de su cuñada: ésta dolorida

y sollozando; el otro con el corazón oprimido, pero sereno. Cuando

Isabel notó la presencia de Ramón, le dijo con acento triste:

--¡Qué mal hiciste en no haberme advertido lo que pasaba, antes que á

Carlos, desde que adquiriste la primera sospecha!

--Culpa fué de tu marido, que no me consintió hablarte de lo que me

saltó á los ojos apenas llegué á esta casa.

--¡Cuánto dolor me hubieras evitado!

--¡Dejando que el mal extendiera sus raíces, y fueran mañana la afrenta

y el escándalo más grandes! ¿Te parece?

--¿Luego tú también me crees culpada?

--Creo, Isabel, lo que he visto ayer, lo que me pasó anoche y lo que

está pasando hoy. Nada más, y es bastante.

Isabel se ahogaba bajo el peso de esta nueva indirecta acusación,

remedo de las que le harían, fundadas en las mismas apariencias, aun

las personas que más trataran de favorecerla. Buscando algún alivio

á su pena, hizo, lo mismo que á Carlos, la relación de los hechos

verdaderos; pero era Ramón bastante más aprensivo y obcecado que su

hermano, y si bien oyó con gusto las disculpas, no las aceptó con la fe

que hubiera deseado.

--Ya ves--prosiguió Isabel,--cómo me hubiera sido imposible evitar lo

que está sucediendo.

--No tanto--dijo Ramón,--si hubieras sido un poco discreta en leer

fisonomías.

--No comprendo...

--Porque no te dedicaste jamás á estudiar la de tu marido, como era tu

deber.

En esto apareció la marquesa, en traje de confianza, afectuosísima,

locuaz, hecha un brazo de mar, inaguantable.

Isabel apenas tuvo tiempo para secar sus ojos y tomar una actitud que

revelara menos la tormenta que corría su alma.

--Buenos días, Isabel... señor don Ramón--dijo la invasora tendiendo la

mano al aludido, que no podía comprender aquella explosión de repentino

afecto hacia él,--doy á usted los más cumplidos y sinceros parabienes...

--¡A mí, señora! ¿Y porqué?

--¿Por qué? Por lo que hizo usted anoche... y eso que no debía

perdonar el desaire que me dieron ustedes marchándose de allí sin

decirme una palabra... Pero, en fin, algo había que dispensar en unas

circunstancias como aquéllas... además de que, por otra parte, yo no

soy rencorosa, y prueba de ello es que estoy aquí tan pronto como he

dejado la cama.

--Muchas gracias,--dijo Isabel calando la intención de su amiga.

--¡Oh! no hay por qué, Isabel--continuó aquélla con una movilidad

que mareaba.--La verdad es que el sitio, la ocasión y demás, no

justificaban mucho un atentado semejante; pero, por otro lado, el señor

guardaba el decoro debido, y no todos están obligados, por nacimiento,

por educación ó por costumbre, á llevar el frac con todo el _chic_ de

rigor. ¿No es cierto?... Yo no sabía nada de lo ocurrido más que el

porrazo y el consiguiente barullo; pero cuando ustedes salieron, pude

averiguar que el vizconde había querido reirse de usted á sus mismas

barbas...

Isabel y Ramón se miraron, dudando ambos que la marquesa hablara de

buena fe y que no les ocultase la verdad de los rumores esparcidos por

el salón á raíz del suceso.

La charlatana continuó sin fijarse en aquella mirada ni en el rubor que

asaltó las mejillas de Isabel.

--El caso es que el vizconde merecía un correctivo ejemplar, porque

es vano y lenguaraz como él solo, y que al cabo le encontró donde

menos podía esperarle. Y adviertan ustedes que lo que hizo anoche no

vale nada en comparación de lo que suele hacer á cada instante...

¡Oh, algún día le van á costar aún más caras sus calaveradas; y á fe

que lo tendría bien merecido! Para él no hay nada sagrado, y lo mismo

atropella reputaciones que cambia de vestidos... Figúrense ustedes que

ayer tarde entró en la tienda de un joyero cuando más llena estaba de

ociosos; tomó un riquísimo aderezo que, por lo visto, deseaba adquirir

la Rocaverde; llamó á un dependiente después de escribir un billete

tiernísimo, cuyo contenido leyó á gritos; metió el billete en el

estuche; entregó éste al dependiente, y le dijo con voz muy recia: «á

casa de... Fulana (no se me ha dicho el nombre) y entrégasele á ella en

propia mano». ¡Calculen ustedes qué rechifla se armaría allí, y cómo

quedaría la honra de aquella mujer... y la de su marido, porque, según

parece, es casada!...

Á medida que iba hablando la marquesa, las rosas de las mejillas de

Isabel tornábanse poco á poco en lirios; íbanle faltando las fuerzas

al mismo tiempo, y próxima estuvo á desplomarse bajo el peso de su

vergüenza; pero la consideración de que la falsa amiga estaba más al

tanto de la verdad que lo que aparentaba y de que se expresaba así por

herir más impunemente, la prestó, en un acceso de indignación, los

bríos que necesitaba.

Iba á continuar sus irónicas lamentaciones la marquesa, gozándose en el

martirio de su amiga; pero ésta, levantándose airada,

--¡Basta!--la dijo.

--¿Por qué me interrumpes en ese tono?--preguntó la marquesa

dulcificando el suyo y fingiéndose sorprendida.

--Porque tu conducta en este momento está siendo más vil que la de tu

vil amigo al hacer lo que nos has referido.

--¡Isabel!...

--Sí, porque estás abusando villanamente del arma que ha puesto en

vuestras manos una desdichada casualidad; porque estás sirviendo

admirablemente los fines de ese infame calumniador, avezado á los

triunfos fáciles que mujeres... como tú, le han procurado, haciéndole

creer que todas somos lo mismo; porque estoy resuelta á no consentir

que siga adelante esa criminal burla, y á hacer que comprendan los que

hoy me difaman la diferencia que hay entre una mujer de honor y una

despreciable... cortesana.

Verde, amarilla, azul, jaspeada se ponía la marquesa al oir á Isabel;

quería contestar, y le faltaba la voz; quería imponerse con un ademán,

y le faltaba el movimiento: estaba allí clavada, rígida como una

estatua, condenada á oir sin replicar aquellos apóstrofos de acero.

Ramón desconocía á su cuñada; aplaudía en silencio su actitud, y

comenzaba á creer en su inocencia.

Entre tanto, Isabel, no creyéndose satisfecha con lo que había dicho,

cogió el malhadado aderezo, que aún estaba sobre su tocador, conforme

le había dejado al quitársele la noche antes, y arrojándole en el suelo

á los pies de la marquesa,

--¡Toma!--le dijo con ira y desprecio, mientras saltaba la alhaja hecha

pedazos,--por si, creyéndola debida á tu adorador, es esa prenda la que

mueve á esgrimir contra mí el puñal de tu despecho... ¡Pero vete, y no

encones más con tu presencia los recuerdos del tiempo que he estado

concediéndote una amistad que no merecías!

La marquesa, que seguía siendo, más que una mujer, un autómata, miró á

Isabel como una hiena, y echando espumarajos por la boca, y lágrimas de

rabia por los ojos, salió como una exhalación.

--¡Esto es demasiado, Ramón!--exclamó Isabel al quedarse sola con éste,

dejando correr de nuevo el llanto por sus mejillas.

--Y ¡qué has de hacerle ya, desdichada?--la dijo Ramón vivamente

conmovido.

--¡Cómo!--replicó Isabel fuera de sí.--¿Será posible que una mujer

como yo no pueda demostrar su inocencia; que una mujer que no tiene

que arrepentirse ni siquiera de un pensamiento indigno, haya de verse

obligada á bajar su frente ante el mundo como una criminal? ¿Con qué

justicia, Ramón?

--Con la de ese mismo mundo, Isabel, en que se confunden tan

fácilmente las honradas con las perdidas.

--¡Es que yo desharé esas apariencias que hoy me condenan!

--No lo dudo; pero ¿cómo?

--No lo sé; pero necesito hacer algo con ese fin... Por de pronto,

salir de aquí... ir á... ¿Me quieres acompañar, Ramón?

--Sin duda... Y ¿adónde vamos?

--¡Qué sé yo!

Y tiró del cordón de la campanilla. Presentóse un criado, y le mandó

que pusiesen al momento un coche.

Mientras se vestía precipitadamente, recogía Ramón del suelo los

pedazos dispersos del aderezo, y murmuraba al propio tiempo:

--¡He aquí un caudal despilfarrado, que, como todos los despilfarros

y por castigo de Dios, no ha traído sobre el despilfarrador más que

desventuras y tardíos arrepentimientos!

Bocetos al temple. Tipos trashumantes · 第 40 / 78 题