--¿Es reservado lo que ustedes tienen que decirme, caballeros?--les
preguntó sin más saludos.
--Cabalmente,--le contestaron.
--Entonces, pasemos á mi cuarto.
Y en él los introdujo, cerrando después cuidadosamente la puerta.
Carlos, mientras esto sucedía, estaba en ascuas. En ciertas situaciones
de la vida, todos los ruidos, todos los movimientos, todos los
colores, todo lo imaginable responde á un mismo objeto: al objeto de
la preocupación que nos domina. Aquellos dos personajes preguntando
por su hermano, á quien nadie conocía en Madrid; su ida «al mundo»,
su inesperada é intempestiva visita á su cuarto, la interrumpida
conversación, todo esto era muy grave y todo le parecía íntimamente
ligado con la tempestad que destrozaba su alma desde la noche anterior,
y más especialmente desde las últimas palabras que le había dirigido
su hermano. Ciego y desatentado salió tras él, vióle encerrarse en
su cuarto con los dos recién llegados, á quienes tampoco conoció, y
pareciéronle siglos los minutos que duró la secreta entrevista.
Veamos lo que pasó en ella.
Tan pronto como se sentaron los tres, dijo Ramón:
--Sírvanse ustedes manifestarme cuál es el objeto de su venida, pues yo
no tengo el gusto de conocerlos.
Los desconocidos eran personas de gran pelaje: mucho gabán, mucha
patilla, mucho guante, mucho olor á pomada y afeites, y, sobre todo,
mucha afectada lobreguez de fisonomía.
Uno de ellos respondió á Ramón después de carraspear:
--Usted, caballero, no habrá olvidado el lance de anoche.
--¡Ni mucho menos!--exclamó ingenuamente Ramón.--Pero juraría que no
les había visto á ustedes ni á cien leguas de él.
--Es lo mismo para el caso--dijo el otro en tono muy lúgubre.--Nosotros
no venimos aquí por nuestra propia cuenta, sino por la del señor
vizconde del Cierzo.
--¿Y qué se le ocurre tan temprano á ese señor?
--Lo que es natural que se le ocurra después del suceso de anoche.
--Pero como lo más natural en ese caso sería un dentista, y yo no lo
soy...
--Nos permitirá usted que le advirtamos--dijo el hasta entonces
silencioso embajador,--que hay ocasiones en que ciertas bromas no
están justificadas.
--Respondo sencillamente á la observación que me ha hecho este otro
caballero--replicó Ramón;--y como hasta ahora nada me han dicho ustedes
que exija mayor solemnidad, no veo por qué ha de tomarse á broma mi
respuesta.
--Pues bien--dijo el señalado por Ramón,--para abreviar y para
entendernos de una vez: venimos de parte del señor vizconde del Cierzo
á pedir á usted una satisfacción.
--¡Satisfacción á mí!--exclamó Ramón haciéndose cruces.--¿Por qué y
para qué?
--Por lo ocurrido anoche, y para vindicar sin honor nuestro
representado.
--¿Les ha dicho á ustedes ese señor por qué le abofeteé yo?
--Lo sabemos perfectamente.
--¿Y aún se atreve á pedirme satisfacciones?
--Es natural.
--¡Natural! ¿Por qué ley? ¿Con qué criterio?
--Por la ley que rige en toda sociedad decente, y con el criterio de
todo el que se tenga por caballero.
--Pase la decencia de esa sociedad, siquiera porque estuve yo en ella;
en cuanto á que el vizconde sea un caballero, lo niego rotundamente.
--Señor mío--exclamó el más soplado de los dos representantes,--hemos
venido aquí á pedir á usted cuenta de un agravio hecho públicamente á
un caballero, y no es esa respuesta la que á usted le cumple dar.
--Efectivamente; pero la doy porque la que procede no puedo dársela
más que al interesado, que se ha guardado muy bien de ponerse á mis
alcances.
--Es decir, que rehusa usted...
--¡Pues no he de rehusar?
--En ese caso, nombre usted otras dos personas que se entiendan con
nosotros.
--¿Para qué?
--Para arreglar los términos en que usted y el señor vizconde...
--¿De cuándo acá necesito yo procuradores para esas cosas?
--Desde que no están autorizados los duelos sin ese requisito.
--¡Acabaran ustedes con mil demonios!... ¡Conque se trata de un duelo?
--Como usted se resiste á dar una satisfacción cumplida...
--Vamos, es ésa la costumbre... Y no extrañen ustedes ésta mi
ignorancia, porque allá, en mi pueblo, no se gastan tantas ceremonias
para romperse el bautismo dos personas que desean hacerlo.
--Ya lo suponíamos. De manera que, ahora que está usted al corriente de
todo, no se resistirá á nombrar esas dos personas...
--Respecto á eso, señores míos, lo mismo que antes.
--¿Es decir, que tampoco quiere usted batirse?--dijo el emisario de más
aire matón, mirando al desafiado con un poquillo de menosprecio.
--En manera alguna,--insistió Ramón muy templado.
--Me parecía á mí--objetó con desdeñoso gesto,--que cuando se
abofeteaba á un hombre en público, habría valor suficiente en el
agresor para responder más tarde con las armas en la mano.
--Poco á poco, señor mío--saltó Ramón muy amoscado.--Tengo mi opinión
formada sobre eso que se llama entre ustedes _lances de honor_, opinión
que no juzgo necesario exponer ahora; mas esto á un lado, y aún
considerada la cuestión con el criterio de ustedes, creo que el único
hombre que no tiene derecho para acudir á ese terreno es aquél á quien,
como al vizconde, abofetea otro por haberle infamado cobardemente, y
por lástima no le mata.
--¡Rancias ideas!...--exclamaron riendo ambos padrinos.
--Y ¿á quién hace usted creer--añadió uno de ellos,--que rehusa un
lance por eso y no por otra cosa peor?
--¿Y á mí qué me importa que se crea ó que se deje de creer?--contestó
Ramón con la mayor naturalidad.--Lo que puedo asegurar á ustedes es que
á media vara de mis barbas no se reirá nadie de mí sin que le meta yo
las suyas hacia adentro... Y esto les baste á ustedes.
--Ya se ve, cada uno tiene de su propia honra la idea que mejor le
parece, por más que...
--¿Por más que, qué?--preguntó Ramón muy en seco.
--Por más que á la sociedad no le parezca tan bien.
--En pocas palabras, caballeros, y por si á ustedes les va pasando por
la cabeza que puede ser miedo lo que me hace hablar así. Que tengo el
corazón en su lugar, lo he visto ante cien peligros algo más graves que
el que ofrece el cañón de una pistola de desafío, que acierta una vez
por cada ciento que dispara; y en cuanto á lo demás... sin jactancia,
no sería para mí, ni siquiera empresa difícil, echar á cada uno de
ustedes por el balcón, ó á los dos juntos si me pusieran en ese caso.
--¡Caballero!--exclamaron los dos embajadores poniéndose muy foscos y
de pie.
--Aseguro á ustedes--se apresuró á decir Ramón con la mayor
ingenuidad,--que no he dicho eso en son de amenaza, ni mucho menos,
sino para indicarles de algún modo que no es miedo ni debilidad lo que
me domina... y para que les vaya sirviendo de gobierno.
--Pues bien--observó uno de los padrinos más dulcificado en tono y en
gesto,--quiere decir, que usted ni da satisfacciones ni acepta un lance.
--Cabales.
--De manera que implícitamente autoriza usted á nuestro representado
para que, donde quiera que le encuentre, pueda declararlo así...
--Su representado de ustedes--dijo Ramón ya muy cargado,--puede hacer
eso y cuanto guste, porque corre de mi cuenta arrancarle á bofetadas
los dientes que le dejaron en la boca las dos de anoche, donde le
encuentre, con eso... y sin eso.
Miráronse los padrinos y no con gesto de burla; fingieron lamentarse
del mal éxito de su cometido, porque conocían el carácter del señor
vizconde y _temían las consecuencias_, y salieron haciendo reverencias
á Ramón, que los condujo á un medio trote hasta la escalera, por temor
de que oliera algo Carlos, que andaba rondando por las inmediaciones.
X
Reunidos otra vez los dos hermanos, enardecido más y más Ramón con la
escena en que acababa de figurar, é inquieto como nunca Carlos con lo
que aquél le había dicho al separarse de él, se hacía indispensable
para ambos una explicación terminante de todo lo ocurrido. Bajo tal
supuesto, Carlos dijo á su hermano, despojándose ya de todo miramiento:
--Ramón, no puedo dudar de lo entrañable del cariño que me tienes.
Pues bien: ese cariño y el interés que, como nacido de él, debe
inspirarte mi felicidad, te ponen en el caso de decirme, sin duelo ni
consideración, _cuanto pasa_. Si lo que pasa es grave, para poder obrar
yo en consecuencia; si son aprensiones mías, para mi tranquilidad...
¡Todo menos esta situación de horribles temores! ¿Qué significa esa
visita; qué las últimas palabras que me dijiste al ir á recibirla; qué
tu ida inesperada á la sociedad... qué, en fin, tantos otros sucesos
raros que estoy observando desde ayer?
--Nada... y mucho--respondió Ramón, que siempre temía herir demasiado
directamente el corazón de su hermano.--Nada, si aún es tiempo de
atajar el mal en su progreso; mucho, si lo que he visto no son amagos,
sino la enfermedad misma.
--Pero ¿qué has visto?--preguntó Carlos con ansiedad.--¿No reparas
que en la situación en que se encuentra mi espíritu, más daño que la
realidad misma me hacen los miramientos con que me la ocultas?
--¡Tienes razón, voto al demonio!--dijo Ramón conmovido.--¿Á qué tantos
rodeos ni preparativos cuando el enfermo puede morirse entre tanto?
Escucha. Las dos personas que acaban de estar conmigo, venían á pedirme
una satisfacción en nombre del vizconde del Cierzo; esa satisfacción
me la pedía el vizconde porque anoche le di dos bofetadas en casa de
la condesa de Rocablanca, ó negra, ó verde, ó como se llame; le pegué
las dos bofetadas allí, porque le oí jactarse de merecer de Isabel más
atenciones de las que á tu honra convienen; se jactaba de ello, porque
Isabel lucía unos diamantes que le había regalado él aquel día; y, por
último, fui yo á la reunión aquélla, porque, después de sorprender
por la mañana el regalo en tu propia casa, vi por la noche que Isabel
le llevaba á la fiesta, lo cual era señal de que le aceptaba de buen
grado, y quise ver en qué términos daba tu mujer á ese hombre las
gracias que, por lo visto, le había prometido. Ésta es la historia
compendiada de los sucesos. He aquí ahora la prueba del más grave.
Y esto dicho, Ramón, sacándole del bolsillo, puso en las manos trémulas
de Carlos el billete que había encontrado en el estuche del aderezo.
Á medida que el primero iba acercándose al fin de su relato, se
producía una notable transformación en el ánimo de Carlos.
Lo que aterraba á éste, antes de conocer aquellos datos, era la
posibilidad de que le exhibieran una prueba de que Isabel no era ya
dueña del corazón que jamás creyó él poseer por entero. En tal caso, el
mal no tenía ya remedio. Isabel era mujer al cabo, y podía tener ésa y
aun otras debilidades análogas. Pero lo que le decía Ramón era de un
género incompatible con ella, y demasiado, por tanto, para tomado al
pie de la letra. Isabel podría llegar á faltar á sus deberes, pero no
de aquel modo; podría conquistar su virtud un hombre, pero no un hombre
como el vizconde; podría vencérsela con una pasión, pero jamás con una
dádiva, como á una esquiva niñera; podría, en fin, por una aberración
de su talento y de su carácter, llegar á dejarse dominar por un acto
semejante, y aun á recibir una expresión material de su cariño; pero
hacer ostentación de ella á la faz del mundo, á la de su propio marido,
jamás. Isabel podría serlo todo, menos vulgar y necia.
Arguyéndose así Carlos á medida que Ramón le hablaba, cuando tomó en
sus manos el papel mencionado, asombróse el último al observar que
no le producía el efecto que él temía. Carlos no estaba tranquilo,
ni mucho menos; mas para el hombre que había llegado en sus recelos
al punto á que él había llegado, la historia hecha por Ramón y el
contenido ambiguo del billete eran, ya que no un consuelo, cuando menos
una tregua en su posible desventura.
Así, pues, leído el papel con gran presencia de ánimo, dijo á Ramón:
--En todo esto hay un crimen indudablemente; una verdadera infamia, que
no quedará impune; pero esta infamia no es, ni ser podía, de Isabel.
--¿De quién es entonces?--preguntó Ramón admirado.
--Del que firma este billete,--respondió Carlos estrujándole en su mano.
--Y ¿qué más da para ti?
--¡Mucho, Ramón! Pude haber perdido á Isabel á más de la honra; y hasta
aquí no veo más que una apariencia de ello, tal vez preparada por
ese miserable. Tremendo será esto para mí, pues rastros dejan tales
apariencias que no se borran jamás; pero, al cabo, no es el peor de los
dos males que me amenazaban.
--Pero ¿en qué puedes tú fundarte para aceptar esa idea?
--En tu propio relato, en este papel, en el carácter de tu cuñada... y
en otras mil razones que tú no puedes alcanzar, porque no conoces como
yo el mundo ni el corazón humano.
--¿Y en esa confianza vas á dormirte otra vez?
--¡Oh, eso no!--dijo fieramente Carlos, que ya se había puesto de
pie.--Colocado para mis propósitos en la peor de las hipótesis, voy á
proceder en todo, y sin pérdida de un solo instante, con la energía que
tienes derecho á exigir de mí. ¡Yo te juro que no he de dar al mundo el
triste espectáculo de un marido resignado!
Y esto dicho, y dejando á Ramón en su cuarto, se dirigió al de Isabel.