VI

Aquella misma noche se hallaban alrededor de la chimenea en casa de

Isabel, esperando á que ésta diera la última mano á su prendido, la

marquesa, su marido, Carlos y Ramón. La primera, hecha una verdadera

lástima de encajes y pedrería; el segundo, de rigurosa etiqueta;

Carlos, de bata y pantuflas, y Ramón como siempre. El marqués revolvía

los tizones; su mujer miraba sin pestañear los monigotes de la

chimenea; Ramón no cabía en la butaca, de desasosiego, y Carlos, más

pálido y ojeroso que nunca, miraba cómo se retorcían las cintas de

fuego entre los tizones, que se iban consumiendo á su contacto, como la

humana vida entre las malas pasiones. Ninguna conversación llegaba á

formalizarse allí, por más que el marqués las apuntaba de todas clases,

y Carlos trataba de conjurar aquella monotonía recordando á la marquesa

su perdido pleito. Así se pasó una hora.

Al cabo de ella apareció Isabel.

Y aquí lamento yo mi falta de erudición indumentaria, pues por ello

me es imposible decir al lector de qué tela era el vestido de la

hermosa dama, cómo se llamaba cada pieza de adorno, cuántas eran

estas piezas, á qué época de la historia respondía la falda, ó á cuál

las ondulaciones ó escabrosidades del peinado, y tantísimos otros

interesantes pormenores que no se le escaparían en este caso al último

de los cronistas del «buen tono».

Únicamente diré, y eso por decir algo, que los altos del cuerpo del

vestido iban sumamente bajos, y que los bajos de las mangas subían

hasta muy cerca del sitio que debían ocupar los altos del cuerpo,

merced á lo cual Isabel llevaba al aire libre mayor cantidad de carnes

que la que autorizan una moral severa y los usos ordinarios de la

sociedad. Esto aparte, Isabel estaba deslumbradora de hermosura... y de

diamantes. Llevábalos sobre el pecho, sobre la cabeza, en las orejas

y en los brazos; y aunque tan desparramados iban, Ramón reconoció

en ellos los mismos que por la mañana había visto amontonados en un

estuche. Este reconocimiento le hizo dar un brinco sobre la butaca,

brinco que sacó á la marquesa de sus meditaciones y la obligó á volver

la cabeza hacia Isabel: fijóse entonces en el aderezo, que brillaba

como un incendio con los fuegos cruzados del salón y de la chimenea,

y lanzó á poco un ¡Jesús! que hizo abrir un palmo de boca al marqués,

que iba, con los ojos, de la marquesa á Isabel, de Isabel á Carlos y de

Carlos á Ramón, sin acabar de comprender la causa de aquellos ademanes

extremosos.

Carlos, entre tanto, observaba el cuadro con la mayor serenidad. Su

rostro, como de costumbre, era un pedazo de mármol sobre el cual no

asomaba el menor destello de la situación de su ánimo.

Isabel, objeto entonces del escándalo de unos y de la curiosidad de

otros, se calzaba los guantes risueña; y de seguro era el personaje, de

cuantos formaban el grupo, que tenía el alma, más en reposo.

Á todo esto, la marquesa había dejado la butaca; Ramón se paseaba por

la sala hecho un veneno, y el marqués, acercándose disimuladamente á su

mujer, le preguntaba por lo bajo:

--¿Qué pasa?

--El aderezo,--respondió ella con ira reconcentrada.

--¿Qué aderezo?

--¡El de tu cuento, imbécil!

--¿Dónde está?

--Sobre Isabel.

--¡Zambomba!--exclamó el meleno abriendo medio palmo de boca y mirando

á Carlos con ojos de compasión.

--¡La gazmoña! ¡La virtud de bronce!--murmuraba trémula su mujer.

--¡Qué fortuna la de ese pillo!--se atrevía á pensar el marqués.

--Cuando ustedes gusten,--dijo Isabel, echando sobre sus hombros

túrgidos un elegante abrigo.

Y mientras la marquesa se ponía el suyo y el marqués se vestía un gabán

sobre el frac, Ramón, trocando en apacible su gesto de hiel y vinagre,

se acercó al grupo diciendo:

--Un momento más, si ustedes me le conceden. En estos salones de

Madrid, ¿se admite á los hombres honrados en su traje habitual?

--Según sea el traje,--contestó Isabel riendo.

--El mío, por ejemplo,--dijo Ramón muy serio.

--Tanto como eso...--observó Carlos movido de cierta curiosidad.

--Entonces--añadió Ramón dirigiéndose á éste,--te ruego que me prestes

un frac con todas sus inherentes zarandajas.

Imagínense ustedes la sorpresa que causaría en los circunstantes tan

inesperada salida.

--¡Extraña pretensión!--le dijo Carlos.

--Nada de eso--respondió su hermano:--he pensado que ver este pueblo en

las calles, no es ver á Madrid; y como yo he venido á verle, de paso

que á ti, quiero estudiarle una vez siquiera en los salones... aunque

no sea más que por llevar algo curioso que referir en el lugar. Pero

es difícil que vuelva yo á hallarme tan dispuesto como ahora á dar ese

paso, y que se me presente una ocasión tan favorable como la reunión á

que ustedes van esta noche. He aquí por qué me propongo asistir á ella,

en la inteligencia de que Isabel no tendrá á desdoro presentar en la

buena sociedad á un hermano tan rústico como yo.

--Pero ¿hablas de veras?--insistió Carlos lleno de extrañeza, mientras

Isabel se hacía cruces y el marqués se pasmaba y la marquesa se daba á

los demonios con aquella nueva contrariedad.

--Como si fuera á morirme,--respondió Ramón resueltamente.

--Entonces--dijo Carlos,--si estas señoras quieren tomarse la molestia

de esperar un rato, yo me comprometo á transformarte en un elegante de

primer orden.

--¿Y qué mayor gloria para mí--añadió Isabel riéndose de veras,--que

contribuir á reconciliar con las vanidades del mundo á un filósofo como

Ramón?

--Va á ser el gran acontecimiento de la noche,--observó el marqués con

un poquillo de ironía.

--Será lo que usted guste--le dijo Ramón saliendo con su hermano;--pero

me ha entrado ese antojo... y yo soy así.

Carlos tenía bien conocido el carácter de Ramón, refractario á toda

sujeción, incompatible con todo género de etiquetas; habíale observado

desde el mediodía, inquieto, sombrío, receloso; había notado también un

repentino sobresalto al acercársele Isabel últimamente, y, por fin, su

pretensión de asistir con ella á una fiesta del gran mundo, le parecía

mucho hasta para soñado por un hombre como su hermano. ¿Qué pasaba,

pues, por Ramón que quizá se relacionaba con su cuñada? Carlos no podía

comprenderlo; pero que pasaba algo extraordinario, era para él evidente.

Con el objeto de averiguarlo, tanto como con el de servirle, acompañó á

Ramón á su gabinete; pero en vano, mientras le vestía y acicalaba, le

provocó la lengua: ésta no se movió sino para decir:

--He venido á Madrid á conocer de todo, y por eso voy esta noche al

gran mundo. Si esto os desagrada, me quedaré en casa; pero si deseáis

complacerme, no me contrariéis este capricho.

Carlos, que encontraba, hasta en las inflexiones de la voz de su

hermano, algo de nuevo y aun de solemne, dejándose llevar sin disimulo

de los impulsos de su corazón.

--No solamente--le dijo,--no te combato el propósito, sino que te

aconsejo que persistas en él... y que procures aprovechar bien el

tiempo esta noche.

--Gracias--respondió Ramón;--yo te juro que no te daré motivo para que

te pese haberme aconsejado así.

¡Y qué ganas se le pasaban, entre tanto, de contar á su hermano todo

aquel capítulo de iniquidades que estaban abrasándole la memoria y

punzándole la lengua!

Á todo esto iba empaquetándose en un traje de etiqueta; y salvas

algunas estrecheces de frac por razones de espaldas, el improvisado

_gentleman_ no dejaba de estar presentable.

Faltábale únicamente lo que se llama, no sé por qué, _chic_ de buen

tono; y esto lo confirmaron la risa de su cuñada, el mohín de la

marquesa y el respingo del marqués, cuando Ramón apareció delante de

ellos con marcial desenvoltura y diciendo por toda excusa:

--Me faltan los guantes blancos para acabar de ponerme en carácter;

pero los compraré, al pasar, en una guantería. Conque, perdón por la

tardanza, y cuando ustedes gusten...

--Andando, pues,--dijo Isabel, tomando alegremente el brazo de su

cuñado.

El apreciable matrimonio salió detrás.

Al quedarse solo Carlos, dejó caer su cuerpo en una butaca y la cabeza

entre sus manos.

Debo al lector la explicación de estas tristezas y la de algunas, al

parecer, incongruencias de carácter de este personaje. Ninguna ocasión

como ésta para echar un párrafo sobre el particular.

Carlos no engañó á su hermano cuando le dijo que al casarse con Isabel,

no existía entre ambos una pasión ni mucho menos. Isabel conocía las

brillantes cualidades morales de Carlos, que, por otra parte, era

un mozo distinguidísimo y agradable. Un rival de más noble alcurnia

y de mayor _lustre_ social, quizás hubiera hecho muy difícil, si no

imposible, el proyectado enlace; pero ese rival no existía ni Isabel le

echaba de menos, especialmente desde que conoció los deseos de su padre

en favor de su joven protegido. El anciano letrado no podía ignorar,

con su experiencia y su talento, que su hija, en poder de un hombre sin

más título que los de una ejecutoria ni más ambiciones que las de los

vanos triunfos del lujo y la ostentación, llevaba muchas probabilidades

de ser desgraciada, contribuyendo á ello su mismo caudal, que había de

servir, sin duda alguna, para sostener esas mismas vanidades, cuando no

otras menos lícitas del vanidoso.

De aquí su idea de unirla á Carlos, cuya modestia, cuya laboriosidad,

cuya hidalguía, cuyo talento, formaban raro contraste con la

petulancia, con la ligereza, con la ignorancia, con el impudor de la

juventud _brillante_ que en derredor veía.

En cuanto á Carlos, con la poco común hermosura de Isabel, su carácter

noble y su fortuna inmensa, ¿cómo había de rechazar el pensamiento de

su protector?

Cierto es que cuando consideraba con todos sus peligros la región que

era el elemento natural de su novia y descendía á meditar sobre sus

propias tendencias, tendencias al trabajo, al aislamiento del hogar y

á la modestia en todo, cruzaban por su fantasía cuadros que no eran de

color de rosa y horizontes nada risueños; mas ¿para qué servían el buen

sentido y la previsión y tantas otras dotes que no le faltaban á él?

Además, en todas partes hay media legua de mal camino, y no era mucho

el contrapeso de estos imaginarios peligros tratándose de las positivas

ventajas que se le iban á las manos.

Cuando, terminado el luto por la muerte de su padre, volvió Isabel al

gran mundo, Carlos, que ya había formado su resolución de sostener su

casa á expensas de su trabajo para evitar los inconvenientes que le

hemos oído exponer á su hermano, la acompañó siempre; pero no tardó

en comprender que, así por sus ocupaciones como por carácter, le era

imposible continuar por semejante senda. Aquel mundo, sobre robarle las

mejores horas de estudio y de meditación, le oprimía, le asfixiaba; sus

vanidades le afligían y sus exigencias le repugnaban.

Entonces llegó para él la cuestión grave. Su retirada le era

indispensable; pero al retirarse ¿dejaba á Isabel allí, ó se la llevaba

consigo? Esto, ¿con qué derecho? Aquello, ¿con qué razón de buen

sentido?

Isabel era buena y de muy nobles y honradas inclinaciones; pero tenía

demasiados atractivos para dejarla sola en una región en que la

lisonja, la galantería, el lujo y todas las vanidades imaginables,

entran por lo más esencial.

Sin embargo, Isabel no había conocido otro elemento que aquél:

trasplantarla á otro más humilde, era desorientarla, sofocarla,

violentar su carácter, contrariar, tal vez, los deseos de su padre, que

allí se la entregó, pues Carlos no desconocía que al pasar Isabel de la

tutela de su padre á la suya, no había cambiado de terreno, digámoslo

así, sino de pastor.

¿Cuál de todos estos inconvenientes era el más atendible?

En la posición de Carlos no era fácil decirlo.

He aquí el razonamiento que por conclusión se hacía después de una

batalla por el estilo: «Mientras yo no tenga un motivo _serio_ que

exponerla por disculpa, no debo alejarla del mundo; hablarla de

precauciones, sería ofender su virtud, ó acaso despertar el enemigo que

aún no conoce... En todo caso, dejemos pasar los días sin perder por

completo de vista los acontecimientos, y... ello dirá».

Arreglado á este modo de pensar, Carlos adoptó un sistema conciliador,

dejando de ir á la sociedad sin retirarse de ella por entero.

Y así las cosas, crecieron las necesidades de su casa, y para

cubrirlas todas tuvo precisión de aumentar las horas de su trabajo;

pero á costa de su salud. Isabel no reparó siquiera en ello.

Éste fué el golpe más rudo que sufrió la resignación de Carlos; pero

tampoco tenía derecho á quejarse de él. Su mujer podía decirle siempre:

«¿por qué trabajas?» y á él no le era dable, decentemente, responderla:

«porque no puedas decirme nunca que vivo á expensas de tu dinero».

Falto de salud y recargado de trabajo y de disgustos, se retiró por

completo de la sociedad, y entonces empezaron sus grandes amarguras;

porque al considerarse lejos del peligro, dió en verle en su fantasía

con proporciones colosales, y á su mujer caminando hacia él, vencida

por una atracción irresistible.

Pensó en conjurarle de una vez para siempre, apelando á su indisputable

autoridad de marido. Para ello era preciso hablar á Isabel, con cierto

cuidado sí, pero hablarla al alma. La ocasión era la que jamás se

presentaba. La misma mujer que, considerada lejos de él, le inspiraba

tan serios cuidados, ¡le parecía de cerca tan incapaz de faltar á sus

deberes! ¡Mostrábase siempre tan serena, tan digna, tan en posesión

de sí misma! ¡Inspirábale tal confianza cuando la comparaba con la

marquesa, su vecina é inseparable amiga; cuando observaba el efecto

de burla y aun de lástima, que en ella causaban las trivialidades y

flaquezas de la fatua cortesana!

Y así se le pasaban las horas y los días, y jamás llegaba la ocasión de

realizar los propósitos que formaba en sus soledades.

Para hacer éstas más angustiosas todavía, representábasele, sobre todas

sus meditaciones, el desvío de Isabel. ¿Qué significaba aquella glacial

indiferencia al dejarle solo y dolorido cada vez que concurría á las

fiestas del mundo?

«Y ese mismo mundo--pensaba para colmo de amarguras,--¿qué juzgará de

mí cuando me ve, al parecer, tranquilo en mi bufete, mientras mi mujer,

mi propia honra, anda á su libertad conquistando el aplauso de los

salones»?

Y en éstas y otras, sufriendo siempre acerbo martirio en el alma,

pasóse más de un año y llegó Ramón á Madrid.

Tampoco á él se le habían ocultado los tenaces galanteos del vizconde;

pero en este punto estaba tranquilo, porque jamás creyó á un tipo

semejante capaz de hacer vacilar la virtud de Isabel.

Sin embargo, fué aquel mequetrefe uno de sus mayores sufrimientos,

por ser el único hombre á quien había visto intentar siquiera tamaño

ultraje á su honra.

Estaba, pues, con esta disculpa más resuelto que nunca á establecer

en su propia casa la honrada tranquilidad á que le daba derecho su

cualidad de jefe de familia, máxime desde que su hermano estaba siendo

testigo de ciertas apariencias que sólo con serlo le afrentaban.

Sensible en este punto y hasta visionario, no hay para qué decir con

qué cuidado observó hasta el menor movimiento de los producidos en su

casa desde el mediodía, por la aparición en ella del dichoso aderezo,

especialmente al presentarse su mujer adornada con él; tanto, que

sin la inesperada resolución de su hermano, acaso hubiera tomado el

mismo partido, cuando no el de prohibir á Isabel salir de casa aquella

noche. Ignorante de lo que ocurría, pero en el firme convencimiento de

que ocurría algo extraordinario y tal vez grave, el mejor remedio era

cortar por lo sano y tomar en el acto el partido que estaba resuelto á

tomar muy pronto. Esto no sería muy diplomático, pero sí muy saludable.

Por eso aplaudió en su interior el deseo de su hermano, que, sin

hacerle á él sospechoso ni violento, podía contribuir á descubrirle

la verdad sin menoscabo de la honra; por eso, dejándose llevar de sus

impresiones del momento, pero guardando siempre el debido respeto á

su propia dignidad, le hizo aquella advertencia mientras le vestía;

advertencia que, aunque vaga en los términos, quizá fué comprendida

por Ramón, por esa intuición misteriosa que une á dos seres á quienes

afecta un mismo infortunio ó sonríe una misma felicidad.

En tal situación de ánimo, y enfermo más que nunca del cuerpo, le dejó

Isabel aquella noche, sin fijarse siquiera en los estragos que en su

semblante iban haciendo tantas horas robadas al sueño y al reposo,

para adquirir las enormes sumas que ella despilfarraba sin duelo en

caprichos y frivolidades.

Bocetos al temple. Tipos trashumantes · 第 35 / 78 题