VIZCONDE».

El primer cuidado de Ramón, después de leer esta fineza cursi,

disimulando cuanto pudo la impresión que le causaba, fué despedir al

criado.

--Yo se lo entregaré á mi cuñada,--le dijo.

Solo ya con lo que él creía cuerpo de un delito, le dió cien vueltas

entre sus manos; le leyó otras tantas; apostrofó á su cuñada de mil

modos diferentes; imaginó cincuenta planes de castigo para la que

así abusaba de la hidalga confianza de un hombre como su hermano, y

concluyó por comprender que no había más que un partido que tomar:

hacérselo saber á Carlos. Esto podía conseguirse de dos maneras: en

el acto, ó esperando á que los acontecimientos hicieran más notoria

la criminalidad de Isabel. Lo primero le pareció muy cruel para su

hermano, que ni sospechaba siquiera la posibilidad de tamaño desastre.

Lo segundo era, sin duda alguna, más prudente, y á ello se atuvo.

Por de pronto se guardó el papel en el bolsillo, y llamó á su cuñada.

Al salir ésta de su gabinete, la presentó el estuche.

--Esto han traído para ti,--le dijo observando cuidadosamente su

semblante.

Isabel se abalanzó al estuche, le abrió, devoró con sus ojos el

aderezo; pero no dijo una palabra.

--Creo que viene--añadió Ramón intencionalmente,--de parte de... del

vizconde de... de no sé cuántos.

--Ya lo sé--respondió Isabel sin disimular su contento.--Le esperaba.

Y dando á Ramón las gracias con la más hechicera de las sonrisas,

volvió á su gabinete y se encerró en él.

¡Calculen ustedes lo que pasaría entonces por el ánimo del sencillo

montañés, que no conocía, como el lector y yo, la historia de aquel

_regalo_! Pensó ver á su cuñada roja delante de la prueba de su pecado,

y se la halló risueña, desenvuelta y hasta burlona, como si el pecar

así fuera su oficio.

Este nuevo, gravísimo dato, estuvo á pique de dar al traste con su plan

de prudencia. Púsole fuera de sí, y, como una fiera en su jaula, dió

cien vueltas en la habitación; trató de penetrar en la de su hermano

para contárselo todo; retrocedió arrepentido; volvió á leer el papel;

tornó á guardarle en el bolsillo... hasta que felizmente le llamaron á

almorzar cuando más enredado se hallaba entre tan opuestos pareceres;

pero en la mesa observó á su cuñada más risueña, más amable y más

expansiva que nunca con su marido, y ya no le quedó la menor duda de

que le estaba engañando. Súpole á rejalgar cada bocado, y se encerró en

el silencio más sombrío.

V

Poco tiempo después pasaba en el cuarto segundo una escena que merece

referirse para mayor claridad de este asunto.

El marqués había llegado sin ver al vizconde, y la marquesa con el

pleito perdido. Estaba, pues, la apreciable pareja dada á todos los

demonios.

--¡Ya podía yo estar esperándole hasta el día del juicio!--exclamaba el

pobre hombre dando vueltas por la habitación.

--¿Conque tampoco ha ido á la prueba?--le preguntó la marquesa.

--¡En eso pensaba!

--¡Vaya una formalidad!

--¡Cuando te digo que es un zascandil!...

--¡Cuando te digo que tienes muy poco aguante!

--¡Otra te pego!...

--Ya has oído que vino á casa después que tú saliste de ella. ¡Tenías

tanta prisa!

--¡Ésta es más gorda! ¿Quién sino tú estaba de prisa? ¿Quién sino tú me

hizo salir de casa á aquellas horas? Lo que te aseguro es que no tenía

grandes deseos de encontrarme.

--Aprensiones tuyas.

--¿Aprensiones mías? ¡También es fuerte cosa que para todos has de

hallar una disculpa siempre, menos para mí!...

--Eso te probará que no la mereces.

--Pues juzga tú misma la oportunidad con que se la aplicas ahora á

tu amigo. Figúrate que, cansado de esperarle en la caballeriza y de

pasearme por la acera de la calle y de mirar hacia todos los puntos

por donde pudiera asomar, me acordé de que á aquellas horas solía

hallársele en el bazar de su joyero haciéndole la tertulia con otros

desocupados como él. Deseando concluir de una vez el enojoso asunto que

me sacaba de casa, me voy en aquella dirección; llego á la joyería... y

¡te aseguro que tenía que ver aquello cuando yo entré!

Al decir esto cambió de tono el marqués adoptando un airecillo de

maliciosa reserva; pero tan desgraciado, que no logró excitar la

curiosidad de la marquesa.

--¿Y qué me importa eso?--repuso con el mayor desdén.

--Nada. Pero figúrate, para formarte una idea, que se trataba de

cierto aderezo regalado por... cierto prójimo á... cierta mujer de su

marido; que esta mujer le irá luciendo esta noche á la recepción de

la Rocaverde, y que el podenco del marido irá quizás á su lado tan

satisfecho y tan orondo...

--Todos son lo mismo.

--Hasta cierto punto, querida. Cosas hay que el más lince no las ve;

pero hay otras tan gordas, que para dármelas á mí por corrientes, muy

recio había de tronar.

--Porque tú eres una excepción... Pero, después de todo, ni ese lance

tiene nada de raro, ni veo por qué me lo cuentas.

--De raro no tiene, en efecto, gran cosa, por lo que hace al fondo;

pero hay algo en la forma que indigna. Bueno que cada hombre tenga un

enredo, ó diez, ó veinte, si por ahí le arrastra el demonio, ya que hay

mujeres que se prestan á ello; pero tenerlos de modo que todo el mundo

los conozca y con el único afán de darse importancia, como le sucede á

ese títere de vizconde... ¡Ay!... ya la solté.

Oirlo la marquesa y dar un brinco como si le hubiera picado un alacrán,

fué todo una misma cosa.

--¿Conque según eso se trata del vizconde?--preguntó con ansiedad.

--Ya que lo dije...

--Y bien...

--Pues nada, que, por lo visto, llegó el vizconde á la tienda, que

estaba llena de ociosos; pidió un magnífico aderezo, y después de

hablar algunas palabras con el joyero, escribió en un papel algunos

renglones, se los leyó por lo bajo á varios de los circunstantes, metió

el papel en el estuche, puso éste en manos de un dependiente, y le dijo

en voz recia:--«Á casa de...». Y pronunció un nombre muy conocido en

Madrid. Después, volviéndose hacia los mismos á quienes había leído

el papel, les dijo:--«Al vérsele puesto esta noche, me diréis si

mis esfuerzos eran _escarceos ociosos_, como me asegurábais á cada

instante». En este momento llegué yo, y chocándome estas palabras que

cogí al vuelo, traté de que me las explicaran; pero sólo conseguí

averiguar lo que te he contado. Ahora bien: como la dama es de copete y

el vizconde hombre de ruido, calcula tú el que se armaría en la tienda

con semejante suceso.

--Pero no me has dicho el nombre de esa dama,--repuso la marquesa

echando lumbre por los ojos.

--En cuanto al nombre, hija mía--observó el marqués con la mayor

ingenuidad,--no me fué dado averiguarle, por más esfuerzos que hice.

--Pues ¿qué me importa lo demás?--exclamó su dulce mitad en una

verdadera explosión de ira.

--¡Ah! se me olvidaba lo más notable. Parece que el aderezo regalado á

esa dama es uno que estaba destinado á la Rocaverde para esta noche.

--Le conozco entonces.

--¡Tú!

--Sí, porque ella me le enseñó en el escaparate al pasar, uno de estos

días; pero me aseguró que era ya cosa suya, y en esta cuenta estaba yo.

--Pues ahí verás.

--¡Pero eso es una vileza!

--¡Bah! una de las viejas mañas de ese mozo, y nada más. Desengáñate,

el vizconde no busca los triunfos sino por el escándalo, y le importa

poco que existan con tal de que el público los acepte como hechos

consumados.

--¿Y la honra de una mujer no merece más respeto?--dijo la ex-mística

hecha una furia, como si ella fuese el guarda jurado del honor ajeno.

--Pues, hija mía, de tipos como el vizconde está lleno el mundo.

--¡Buen consuelo!

--Con tal de que os sirviera de gobierno...

--¿Para qué?

--Contesto á lo que preguntas.

--¡Estúpido!--murmuró la marquesa mirando á su marido con gesto

despreciativo y volviéndole la espalda.

--Que se pierda por mala una mujer--pensó el marqués viendo alejarse á

la suya,--vaya con Dios, si ése es su destino; pero que se la lleve el

diablo, como á ésta, por averiguar lo que no le importa un rábano, no

lo comprendo.

Y se quedó tan conforme.

Bocetos al temple. Tipos trashumantes · 第 34 / 78 题